Capítulo 42
E n la mesa larga del comedor habían dispuesto el desayuno como de costumbre.
Huevos revueltos con cilantro, tomate y chile, frijoles negros, pan dulce en bandejas de mimbre, rebanadas de papaya con limón, un tarro metálico con mantequilla y una cafetera alta de las que silban al hervir.
Aún era temprano y no había nadie más. Tomé un plato y me serví con calma.
Escogí poco, por hábito más que por apetito.
Me senté cerca de la ventana, en una silla de respaldo de varilla pintada de verde pistacho.
Desde allí, entre las rendijas del ventanal, volví a mirar la silueta de Peña Colorada.
Seguía quieta. En la cima, las primeras aves pasaban en diagonal como un presagio.
Keller entró y se acercó con un sobre blanco con borde azul.
—Padre Arizaleta —dijo—. Hoy hay una reunión en la subdelegación de Tlalilnamican. Nos han extendido una invitación formal. No sé si desearía acompañarnos.
—¿De qué se trata?
Extrajo la cartulina con un ademán litúrgico y me la mostró sin entregármela.
—El Custodes Regnum ha agendado un encuentro con el subdelegado Héctor Flores Magut y con un grupo de empresarios de la región y del Distrito Federal. En su calidad de representante de la Santa Sede, consideran que su presencia sería conveniente.
Dudé. Pero recordé las palabras de Marifuente: «Cada gesto tiene otra lectura».
—Ya. Muy bien.
—La cita es a las once. En las oficinas del gobierno de San Miguel Tlalilnamican.
La oficina municipal ocupaba una casona que había sido reformada para tal fin un par de años atrás.
Junto a la entrada —aunque a una distancia prudente para no levantar objeciones— se encontraba una imagen de Nuestra Señora de los Dolores de Soriano, de escayola, atrapada entre dos cristales opacos.
Tenía a los pies un par de ramos de flores de plástico empolvados.
Una secretaria morena, de flequillo imposible, tecleaba en una Remington estridente en la recepción.
Tenía a su lado una pequeña radio portátil desde la que Luis Miguel hacía aritmética con un par de enamorados a un volumen confesional.
Como había llegado demasiado temprano, me llevaron a una sala de espera.
Solo había un hombre enjuto que sostenía una carpeta amarilla doblada por la mitad.
—¿Viene por lo de los permisos? —curioseó, sin mirarme.
—No —respondí.
—Yo vengo por lo de mi terreno. Era de mi papá. Allá en el camino viejo a El Amparo. Se sembraba poco, pero algo salía.
Lo llamaron a la ventanilla. El hombre se levantó con esfuerzo.
Caminaba con dificultad, así que lo ayudé a llegar hasta donde estaba la funcionaria.
Regresé a mi asiento y desde ahí pude ver cómo la empleada de catastro —joven, con blusa de flores y maneras secas— le mostraba unos papeles y señalaba un plano.
Quince minutos después, venía con la misma carpeta, sin doblarla.
Le ayudé a bajar los escalones de la entrada.
—¿Y…? —le pregunté antes de que cruzara la salida.
—Fue cedido en usufructo —dijo—. A una empresa que se llama… algo de Azúcar.
—Azurmex.
—Esa.
—¿Y va a pelear?
—¿Pa qué? Si la Virgen no se aparece en lotes baldíos.
Solo incliné la cabeza y el hombre se fue, sin rabia. Con paso tranquilo.
Después de un rato, por fin me llevaron a la entrada del salón de eventos.
En el centro, sobre una mesa plegable, había una maqueta.
Blanca y precisa bajo una cubierta de metacrilato que estaba abierta.
Representaba Peña Colorada, o una versión depurada de ella: sin grava, sin huizaches, sin irregularidades.
En su cima, una plataforma redonda, brillante.
Una mujer de traje de chaqueta de lino, estilo power dressing , con una blusa de seda impecable, estaba inclinada sobre la construcción a escala.
Movía pequeñas figuras humanas con unas pinzas metálicas.
Me acerqué. Sin levantar del todo la vista, la mujer hablaba con justeza, con acentos cortantes en cada término técnico, acostumbrada a enunciarlos y a medirlos.
—Ah, veo que ya está aquí. Lo más importante —dijo, sin preámbulo— es que la arquitectura revele lo invisible. Si solo ordena el espacio, fracasa .
No sentí que buscara mi aprobación. Continuó hablando mientras deslizaba una lámina transparente sobre los planos.
—Como puede ver, la bóveda se abrirá hacia el este, hacia Peña Colorada.
Recibe el brillo de la mañana con un juego de celosías inspirado en el códice Borgia.
Luz oblicua, indirecta, como en los sueños.
Mire aquí —señaló un área apartada—. Esta parte se reserva para el sancta sanctorum . Nadie podrá entrar sin descalzarse.
Revisó sus documentos, buscando entre ellos.
—El centro comercial será subterráneo —siguió—. Habrá una tiendita de recuerdos litúrgicos, un módulo de catequesis y una cafetería. Pero no interfiere con el templo. Conviven.
—Como conviven fariseos y tenderos en los evangelios —solté.
Me miró por fin.
—También María vivió entre tenderos y fariseos, ¿no? —fulminó—. ¿Y usted es…?
—José María Arizaleta. Vengo a una reunión con el subdelegado.
—Ah, sí… Disculpe, es que lo confundí con alguien más.
No había ironía en su tono. Me extendió una tarjeta satinada: «Arq. Marcela Tamez – Coordinadora de Espacios Públicos».
—No se preocupe —dije—. Su presentación era muy interesante.
—Bueno, ya que hemos empezado a hablar sobre la evolución de Peña Colorada…
Me mostró una tabla de materiales: piedra volcánica, acero cepillado y hormigón pulido con pigmentos.
—¿Ve? —continuó—. Cada uno devuelve algo del alma. Hay que usar lo sagrado y lo austero como contraste, no como nostalgia.
Sus dedos —bien cuidados, sin joyas— se detenían con precisión en las capas del plano. Me enseñó los senderos adoquinados, el anfiteatro y los pabellones con una varilla. Había incluso una explanada para helicópteros, aunque ella lo llamaba «plataforma de acceso aéreo».
—Zonificación espiritual —indicó la arquitecta—. Clase A para la zona de aparición. Clase B para comercio religioso. Clase C para hospedaje popular.
—¿Clase C es para quiénes?
—Peregrinos, catequistas, seglares del pueblo. Locales. Gente común que viene en camión y consume poco.
No dije nada. Sonreí.
—¿Le hace gracia, padre?
—No sé. Tal vez.
—Lo tomo como un sí. No se preocupe: priorizamos la fe, optimizamos el acceso y respetamos las clases.
Volví a mirar el diorama mientras le ponía la tapa. En una esquina, una escultura de acrílico transparente —muy abstracta— se alzaba sobre un pedestal. Según una ficha pegada con cinta adhesiva, se trataba de una «representación del alma en ascenso». Me recordó a un molusco de feria.
—El subdelegado está muy entusiasmado —añadió—. Creo que esto puede ser tan grande como San Juan de los Lagos. Ya está ayudando con contactos y con respaldo técnico. Es amigo de la causa.
No pregunté a qué causa se refería.
El salón de actos del municipio tenía las paredes recién pintadas y un templete adornado con flores naturales. Una lona colgaba del fondo con letras doradas sobre vinilo negro: «Encuentro por el desarrollo. Subdelegación San Miguel Tlalilnamican, 1983».
Aunque había ventiladores en todos los rincones, no bastaban.
El calor parecía transpirar desde el suelo.
Flores Magut nos recibió con entusiasmo.
Ya había llegado Olaya. También estaba Keller, puntual y serio como siempre, y una decena de convidados más: financieros, un periodista, una funcionaria del gobierno de Querétaro con una carpeta repleta de documentos. Me sentaron en la mesa principal.
El evento contó con varios oradores y presentadores que hablaron sobre cifras y modelos.
La arquitecta Tamez hizo una presentación muy detallada de todo lo que me había enseñado antes en el vestíbulo.
Una burócrata habló de «impacto económico positivo», de aumento del consumo y de empleo temporal.
El ingeniero Cobián —que seguía igual de rollizo y rubio— proyectó láminas con datos de crecimiento.
Uno de los cuadros anunciaba: «Santidad y plusvalía: modelo mixto de proyección espiritual». Nadie se veía incómodo.
El licenciado Héctor Flores Magut subió por último al estrado para cerrar el evento. La luz de los focos brillaba en sus gafas de sol. Cuando estaba a punto de despedirse, me dedicó unas palabras.
—Y a nuestro visitante ilustre —dijo Flores Magut, dirigiéndose al micrófono—, enviado por el mismísimo Vaticano para observar de cerca este fenómeno que ha traído esperanza y progreso.
Los aplausos resonaron por el local. Dos fogonazos surgieron de una cámara. Me incliné con cortesía. La sala ya se vaciaba y Flores Magut nos invitó a comer.
El restaurante estaba en la Hacienda Jurica.
Me recordó a la otra hacienda: la de Los Morales, en Polanco.
Nos sentamos en una terraza con sombrillas blancas, camareros de guayabera y una panorámica de un campo verde imposible.
En la mesa larga nos esperaban dos miembros del consejo de Azurmex, otros dos de compañías locales, un ejecutivo de Mexvidia y dos políticos de traje oscuro y camisa clara.
Algunos se identificaron entre sí con aquella frase de rigor que empezaba a sonarme como un saludo masónico: «Soy de Cristo».
Sus frases pasaban sobre los platos de loza blanca y el tintinear de los cubiertos. Uno de los consejeros señalaba con un palillo la servilleta desplegada, a modo de un general sobre un mapa.
—Arquitecta Tamez, hay que redistribuir la entrada hacia la zona sur del cerro. El flujo se nos puede ir por donde no haya control… ni venta.
—Y pónganle baños —agregó el de Mexvidia, sin levantar la vista de su copa—. Nadie quiere filmar penitentes orinando por los montes.
Rieron a carcajadas.
—Muy buena —celebró uno de los ejecutivos.
Brindaron y dejaron que la risa se extinguiera.
—Por cierto, el nombre —intervino uno de los políticos—. Peña Colorada ya no sirve. «Peña del Milagro» tiene más fuerza.
—Creo que «Peña de Santa María» otorga más legitimidad —dijo Cobián.
—La marca debe ser una promesa, no un recuerdo —aclaró alguien más, mientras sorbía su margarita con lentitud.
Olaya tomaba notas en un cuaderno parisino de cuero. Vi que no lo escribía todo, sino frases sueltas. Y de vez en cuando, asentía.
—«Vocaciones mediáticas» —murmuró, subrayando con firmeza. Luego añadió algo al margen que no alcancé a ver.
Keller, sentado al otro extremo, estaba ausente. Había dejado intactos los medallones y jugaba con la cucharilla del postre, trazando círculos en el plato del pan. Reía poco, pero lo veía todo. Lo escuchaba todo. A ratos giraba el rostro y me buscaba.
Uno de los financieros soltó, entre broma y propuesta:
—Imagínense esto: cada peregrino recibe una tarjeta con su « intención» y puede depositarla en una urna adornada con luces. O sea, serían como milagritos modernos, ¿no? Podemos incluso registrar cuántas peticiones se ofrecen. Cada mil, encendemos un foquito. Es medible. Emotivo. Y exportable.
Keller sonrió con un gesto indefinido.
—¿Y qué ocurre con las oraciones que no se registran?
Hubo un silencio. Unos segundos tal vez. Pero bastaron para que todos volvieran a mirar sus platos.
—La fe también necesita de un lenguaje nuevo —terció Olaya, con un tono más suave de lo habitual—. No para traicionar su raíz, claro, sino para sobrevivir al mercado.
Cobián aplaudió con los dedos contra la mesa, dos toques a la manera real.
—¡Eso, padre! Ahí está el núcleo: traducir sin traicionar. Como la Vulgata.
El sacerdote volvió a escribir algo.
Casi no me dirigieron la palabra. Me sirvieron un Peñafiel con una rodaja de lima verde y un plato de medallones de res, aunque no había pedido nada. La conversación fluía por encima de mí. Al final, Flores Magut se dirigió a mí, notando que no había dicho nada durante toda la comida.
—Usted nomás rece, padre —dijo—. Nosotros nos encargamos del resto.
Guiñó un ojo y todos rieron de nuevo.
Yo no.