Nadie entierra los nombres Capítulo 41
59%

Capítulo 41

L legó el ocho de mayo. Desde muy temprano, la plaza ya era un pandemonio: puestos de antojitos, globos que flotaban sujetos por manos infantiles, imágenes de San Miguel Arcángel y de Nuestra Señora del Pueblito, de Ana Lucía, de santos y de actores de cine y televisión —vivos y fallecidos— colocadas en pequeños altares portátiles.

Las campanas tañían a gloria del patrono con repique de alboroto.

Marcaban una festividad que aquel año tenía un cariz distinto, porque era el primer domingo después del Milagro.

Después de la misa solemne y el tedeum, la iglesia había permanecido abierta sin descanso.

Algunos peregrinos dormían en la explanada o sobre cartones viejos dispuestos bajo los soportales.

Nadie quería perderse el gran día de San Miguel Arcángel, príncipe de la milicia celestial, vencedor del dragón infernal, terror de los demonios, guardián del paraíso y defensor del pueblo de Dios.

El templo era una construcción típica del barroco tardío novohispano.

Tenía muros anchos, ventanas estrechas; las vidrieras estaban oscurecidas por los años.

Esa mañana estaba más lleno que el viernes.

Las mujeres habían ocupado las filas de adelante, como mandaba la costumbre ese día, mientras los hombres y adolescentes se apretaban contra los pilares del fondo, muchos de pie y otros en cuclillas.

Cientos de feligreses agitaban en alto ramos de flores frescas, sofocando el aroma del incienso.

El párroco oficiaba con la voz engolada.

Hablaba despacio. Y tan pronto comenzó a hablar, un par de ancianas cayeron dormidas en el primer banco.

Su discurso abundó en el valor de la obediencia, de la humildad de María, de los tiempos de prueba y de la dignidad de Ana Lucía.

Los bancos rechinaban cada vez que la grey cambiaba de postura y el sacerdote aprovechaba para tomar aire.

Me había sentado junto al confesionario del lado izquierdo, que solo servía de ornamento. Lo habían clausurado hacía años a causa de una humedad repentina que había podrido la madera.

Y de pronto. Sin aviso. Sin señal ni temblor.

Una, dos, catorce, veinte personas cayeron de rodillas al suelo en perfecta sincronía.

Sin aspavientos. Sin desmayos. Ni vértigos.

Solo un segundo en el que el aire pareció posarse sobre todos los cuerpos a la vez.

Luego vino el silencio. Se levantaron poco después, desorientados.

Jonás se acercó a mí.

—Padre, mire. Ahí arriba hay una luz —dijo—. Roja.

—¿Dónde?

—Allá. Ya no está.

Consulté mi Casio digital: 11:32 a. m. La misma hora consignada en el expediente miliciano para la primera aparición de la Virgen ante Ana Lucía, el año anterior.

Entonces, entre el rumor confuso de la gente, irrumpió un grito.

—¡Todo es mentira!

La frase rebotó entre las columnas y desvió la atención de todos hacia la nave central. Un hombre venía avanzando desde el fondo, a pasos torpes. Llevaba la camisa suelta, manchada, y la mirada encendida de pulque o de furia. Aunque la boca estaba desencajada, los ojos se mantenían alerta.

—¡La niña es una actriz! —bramó—. ¡Una vil actriz contratada! ¡Pagada con tierras y con miedo!

El párroco se quedó inmóvil, como si no pudiera discernir si presenciaba una interrupción o el juicio final.

Los murmullos se espesaron como humo. Algunos se santiguaron.

Otros abrazaron a sus hijos. La mayoría miraba hacia el altar, a la espera de una señal del cura.

Al fin, un par de hombres se levantaron.

Indecisos. Sin decir palabra, sin mirar a nadie más, se dirigieron al hombre, lo tomaron por los brazos y lo arrastraron hacia la salida.

—¡Un día va a hablar! —alcanzó a gritar mientras pataleaba—. ¡Esa muchacha va a decir la verdad cuando despierte! ¡Y van a ver lo que han sembrado!

La puerta se cerró de golpe.

El párroco vigilaba el vestíbulo, temeroso de que algo más irrumpiera desde lo invisible. Sin atropello, los fieles volvieron a sentarse.

Después de un Ite, missa est, traducido al más puro castellano posconciliar, me rezagué mientras los demás salían de la iglesia.

Cuando estaba a punto de salir, encontré a varias personas arrodilladas, con rosarios entre los dedos, frente a la capilla lateral donde está la imagen de la Virgen de San Juan de los Lagos.

La talla debía ser del siglo XVII, quizá de principios del XVIII.

Los rasgos eran finos, labrados con esmero.

Fijé la vista en sus ojos azules y me vino a la memoria la tilma de Guadalupe sobre la cinta transportadora: la mirada morena y el aspecto sereno, cercano.

Estos eran distintos. Más fríos. Más remotos .

Y entonces, la vi llorar.

Las lágrimas resbalaban por las mejillas de pasta, enrojecidas por la luz tamizada por las vidrieras.

¿Sangraba? Avancé y tropecé con el banco.

Los fieles me miraron sin interrumpir su rezo.

Llegué al pie de la hornacina y vi que la cara estaba limpia.

Seca. Sin rastro alguno. Sin sangre. Sin lágrimas.

Desde la plaza me llegó el rumor de la multitud, acompañado del crepitar metálico de un megáfono. La voz distorsionada de un hombre rasgaba el aire entre chasquidos eléctricos.

Cerca de la explanada, distinguí a un grupo de personas reunidas frente a un estrado improvisado.

A un costado, destacaba una furgoneta blanca con la insignia de Azurmex.

El orador ocupaba el centro de la plataforma.

Vestía un traje Brioni claro a rayas grises.

Se había plantado delante del micrófono, sin quitarse las gafas de sol, aunque la sombra de los árboles ya cubría el llano.

Lo reconocí en seguida. Era el mismo hombre que se había fotografiado con Ana Lucía en la conferencia previa al Milagro.

Rollizo y rubio. A su espalda colgaban dos estandartes con el símbolo del Custodes Regnum: un corazón encadenado.

Un grupo bien vestido escuchaba con atención. Los campesinos locales se quedaron en los márgenes. Villalobos ocupaba la primera fila del espacio reservado para la prensa.

—Hoy, este lugar está llamado a ser un referente nacional, un verdadero santuario de fe y turismo para todo México —declaró—. Con las apariciones y la devoción que ha despertado nuestra querida Ana Lucía, este paraje será pronto el motor de desarrollo que tanto anhelamos.

Abrió los brazos como un prestidigitador de feria y un aplauso atronador cortó de golpe su arenga. Me detuve al borde de los toldos, sin avanzar un paso más .

—Ya está en marcha, estimados amigos, el proyecto de la carretera pavimentada que unirá este pueblo con la autopista. ¡Esto es progreso real! —exclamó, extendiendo el índice hacia el horizonte, marcando la línea imaginaria de un camino aún inexistente.

El público estalló en otra ovación más larga. Cobián esperó a que los aplausos se extinguieran.

—Y no solo eso. En breve, aquí mismo, construiremos un hotel de cinco estrellas, pensado para nuestros visitantes de más alto nivel. Porque esta ya no es una localidad cualquiera.

El hombre hizo una señal y una asistente de busto exagerado se acercó al estrado.

—Angélica, si eres tan amable, por favor.

La mujer se detuvo junto a un caballete cubierto con una tela negra. Hizo una pequeña reverencia y la retiró con un ademán grácil, dejando al descubierto un anuncio impreso en gran formato que mostraba imágenes estilizadas de la iglesia y de la plaza.

En lo alto, destacaba un lema que el hombre leyó en voz alta.

—San Miguel Tlalilnamican: la puerta del milagro.

La expresión rebotó en los muros de la plaza y provocó una nueva ovación con silbidos y bravos que tardó aún más en apagarse. Los flashes destellaban sin reposo.

—Y esto no termina aquí, hermanos. No. Vamos a levantar un mercado artesanal —continuó—, un espacio donde su arte por fin encontrará una vitrina al exterior.

La plaza respondió con una nueva salva de aplausos.

—Todo esto, claro está, es posible gracias a la colaboración de quienes creen en nuestra visión. Y, por supuesto, a la gracia divina, que nos ha bendecido con la presencia de María, nuestra madre.

El evento terminó y la multitud se dispersó con calma.

Algunos vecinos se quedaron conversando en pequeños corrillos y el resto emprendió el regreso con paso fatigado.

Los hombres trajeados se mantuvieron cerca del orador, que descendió del entarimado con aire triunfal.

Estaba a punto de marcharme cuando advertí que uno de ellos me señalaba.

El hombre rubio y rollizo se giró y avanzó hacia mí.

—¿Padre Arizaleta, supongo?

—Así es.

—José Artemio Cobián, encantado. Coordinador de Obras del Bajío. —Forzó una sonrisa—. Y soy de Cristo.

Inclinó la cabeza y me extendió una mano fría, dura y sudorosa. La tomé y él apretó la mía con fuerza desmedida. Era un hombre macizo, de un rubio pajizo, como las barbas doradas de las mazorcas.

—Qué gusto verle por aquí. —Su tono era cálido—. Me habían dicho que estaba en el campamento, pero no esperaba encontrarlo por estos lares.

—Señor Cobián, mucho gusto. Su discurso ha sido… interesante.

—Ingeniero.

—¿Cómo lo supo?

—No, que soy ingeniero. Ingeniero Cobián. No señor.

—Ah, disculpe.

—Pero bueno, salió muy bien, ¿no lo cree? —Rio—. Estamos viviendo un momento histórico. Un verdadero milagro que cambiará para siempre este pueblo. No me cabe duda de que comparte nuestra alegría.

—Es evidente que el pueblo está cambiando, sí.

—Yo sé que ha venido a ayudarnos, padre —dijo, más confidencial—. Y créame, le agradecemos su apoyo. Que el Vaticano y la Iglesia certifiquen este evento es un honor para nosotros. Ya sabe. Hay muchos que no creen en estas cosas .

—¿Y usted las cree?

Pareció sorprendido. Luego sonrió.

—Claro que sí. ¿Y usted? ¿Qué piensa?

—Aún estoy recopilando información.

—Pues espero que la recopile pronto. Este lugar está destinado a ser grande y contamos con usted para lograrlo.

—Ya.

Consultó su reloj.

—Bueno, debo irme. Si necesita algo, no dude en decírmelo. Estoy a sus órdenes para ayudarle.

Me estrechó la mano con las dos suyas, al estilo de los políticos y se despidió con un gesto militar. Le vi subir a la furgoneta junto a los ejecutivos. Poco después, el vehículo de Azurmex se alejó por la carretera.

Más tarde, hice lo posible por averiguar quién era el hombre que había interrumpido la misa.

Nadie lo conocía. O eso decían. Un jornalero.

Un pariente de una mujer de El Marqués. Un borracho.

Alguien que había trabajado en la construcción del campamento, en Juriquilla o en alguno de los ingenios de Espino de Morales.

O que venía de la ciudad. Después me acerqué a la comisaría local.

Pregunté. Insistí. Me dijeron que ya no estaba.

Que se lo habían llevado a Querétaro. Que no era asunto mío.

De regreso en Monte Cristal, encontré a Villalobos en la zona de logística. Estaba hablando con un técnico, pero al verme se giró sin ceremonia.

—José María, nos conviene lo mismo, ¿eh? —me dijo al paso, sin dejar de sonreír—. Que esto no se desinfle. Piénselo.

No esperó respuesta. Se dio media vuelta, ajustó la correa de su bolso y se perdió entre los módulos de prensa .

Esa noche, a las 11:32 p. m., desperté de golpe.

Sin pesadillas. Con el cuerpo tenso, la garganta seca y la seguridad de que algo —no sabía bien qué— había pasado de nuevo.

Me senté en la cama. La cabaña estaba en silencio.

Sin viento. Miré la pared. Y durante un instante creí ver en ella un resplandor tenue.

Rojo.