Nadie entierra los nombres Capítulo 40
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Capítulo 40

E l sábado, entrada la tarde, bajamos al pueblo para abastecernos en la tienda de ultramarinos. Alicia, Miriam y Luis Ramón me acompañaban con las listas arrugadas de encargos para el campamento: sal, velas, jabón Zote, Nescafé.

El Volkswagen Caribe diésel de Jonás nos había dejado a dos calles de la plaza. Caminábamos en fila india por la acera estrecha, como escolares en excursión.

Frente a la iglesia de San Miguel Arcángel, justo al lado del portón lateral, había un círculo de mujeres sentadas sobre esteras de palma. En el centro, una fina columna de humo blanco se elevaba desde un sahumerio de barro, donde ardían hierbas, resina y ocote. Y copal. Siempre el copal.

Jacinta, con el cabello recogido, sostenía una vasija con agua y ramitas de tejocote.

El resplandor del brasero le encendía el rostro.

Cerró los ojos y se puso a cantar. Aunque su voz no era fuerte, tenía la firmeza de un himno.

Yo no entendía una sola palabra. Las demás mujeres unieron sus voces a la suya y el canto subía y descendía como el trino de un ave al amanecer.

Había una lógica lábil en aquellas sílabas que se apoyaban en una compleja arquitectura tonal.

Nos detuvimos a unos metros de ellas.

Tres ancianos, apoyados contra los muros del templo, lloraban en silencio. Las lágrimas les corrían por las mejillas. Dos niños se acurrucaban detrás de una de las pilastras del atrio y miraban todo con los ojos muy abiertos.

Miriam se acercó sin pedir permiso. Se quitó las zapatillas Chuck Taylor All Star y se sentó junto a ellas en silencio. Cerró los ojos y dejó que el canto la envolviera. Se mecía con suavidad al ritmo de las sílabas.

A mis espaldas, oí las burlas de los monitores.

—No manches, no seas naca, Miriam. Qué oso.

—Debrayas. Esto no es cristiano. Es brujería. Te pasas.

Un hombre que había estado escuchando desde lejos se acomodó bajo los naranjos.

—Miren nomás: Satanás ya las tiene poseídas.

La tonada continuó, cada vez más lenta. Repetía unas pocas notas y volvía siempre al mismo punto, mientras el humo del sahumerio trazaba espirales bajo el sol.

En el atrio de la iglesia, una placa conmemorativa indicaba la fecha de fundación del templo.

A su lado habían colocado un cartel de papel, sujeto con cinta adhesiva, que decía: «Se ruega a los fieles no profanar las festividades parroquiales con expresiones ajenas al culto romano».

La Conchita —la tienda de ultramarinos— era la misma de siempre.

Sus pasillos amontonaban cloro, manteca, detergente, aceite y cartón húmedo.

Las latas de conserva brillaban bajo la luz fluorescente, alineadas junto a las velas, con el rostro de Ana Lucía impreso en etiquetas de colores.

La imagen había sido retocada: en la fotografía la vidente tenía los ojos marrones y el cabello negro.

Quizá en un intento torpe de acercarla más al pueblo.

Entramos y cada uno tomó un cesto de plástico verde.

Al pasar por los sacos de maíz, dos mujeres conversaban frente al frigorífico de los refrescos.

Una de ellas apretaba una botella de Mirinda contra el pecho.

La otra tenía las uñas pintadas de rojo chillón y mordidas en los bordes. Comía un Gansito sin cerrar la boca.

—… yo le llevé al muchacho por lo del bazo, porque me dijeron que ella sabía. Y sí, se le quitó el dolor, pero después empezó a hablar dormido. Dijo que soñaba con huesos enterrados.

—Ay, nanita. ¿Huesos? Ya se me puso la piel chinita.

—Sí. Por ahí dicen que la curandera los entierra en el patio. Para llamar las lluvias. Ella es bruja de cerro. Y su esposo es un nagual. Tratan con el demonio…

Se me escapó una sonrisa. Preferí no decir nada y pasé junto a ellas sin interrumpirlas.

Cogí un paquete de detergente Ariel y lo coloqué en el cesto. Pagamos y salimos. El sol seguía su descenso. La fachada de la carnicería ya estaba oscura y los perros dormían a orillas del canal seco.

Pensé en la casa del chamán y de la curandera.

Pensé en aquel fogón limpio, en aquel altar cubierto de flores marchitas, en aquel cuenco de loza con agua quieta.

Pensé en el copal. Pensé en la discreción con que Jacinta curaba, sin exigir fe ni ofrecer milagros.

Pero jamás pensé entonces que una frase dicha sin pensar fuera suficiente para que un murmullo se volviera costumbre.

Y luego, verdad.

Los monitores regresaron al punto convenido para que los recogieran.

Yo opté por caminar de regreso en solitario.

El sol doraba los tejados de chapa y estiraba sobre el suelo las sombras de los alambres de púas.

Bajé por la calle de los jacarandás. Algunos de ellos ya no tenían flores, solo ramas secas que colgaban como dedos.

Al llegar a la esquina de la plaza encontré a un grupo de figuras familiares que departían con ánimo.

Adriana Villalobos estaba sentada en la terraza del Café Continental —el único del pueblo, un local pequeño con mesas y sillas de metal pintado—.

A su lado, reconocí al subdelegado Flores Magut, con su guayabera inmaculada, sus gafas de sol y los dos guardaespaldas tras de él.

A una distancia prudente. Junto a él, un productor de Mexvidia, quizá el mismo que días antes había coordinado las tomas con Ana Lucía.

En la cabecera, el hombre del Custodes Regnum que yo había visto en la conferencia de prensa.

Traje gris, corbata delgada, sonrisa sin pliegues. Rollizo. Rubio.

Crucé la calle y me detuve ante un cartel que anunciaba las festividades patronales.

Desde allí, fuera del alcance de sus voces, los observé.

Reían. La reportera hablaba con soltura.

Movía las manos. Sonreía. El de la productora tomaba notas en una servilleta.

Flores Magut se inclinaba hacia el centro.

El otro, el rollizo y rubio —el del Custodes Regnum—, solo miraba.

Seguí mi camino.

Desde algún rincón venía una bocanada de grasa frita.

A un costado de la explanada mayor, entre toritos de cartón y castillos aún por armar, dos octogenarios marcaban el pulso sobre el cuero tenso de unos tambores con aros de mezquite.

Las mujeres seguían cantando letanías que empezaban en castellano y terminaban en otomí.

Jacinta se había ido. Los niños corrían entre los puestos con globos, banderillas y máscaras de ángeles, y el megáfono parroquial se fundía con una flauta de carrizo en tono menor.

Más allá, bajo un laurel, junto al parque, don Teo fumaba un puro con calma. Llevaba una camisa blanca, limpia y desgastada en las costuras, y su sombrero de palma con cintillas. Me reconoció y me ofreció asiento. Había varios hombres con él.

Entonces se elevó otro canto a lo lejos.

No venía de ningún sitio en particular. Las mujeres que habían cantado junto a la iglesia se habían marchado hacía tiempo.

Era una voz de mujer, aguda y dulce, que cantaba en un idioma que no reconocí.

No me sonaba ni a otomí ni a náhuatl. Aún hoy no sé si alguien más oía aquel canto aparte de mí.

Poco después se unieron más personas alrededor del chamán. Junto a los hombres ya había mujeres y, junto a ellas, jóvenes y niños.

Don Teo se dio cuenta de que lo escuchaban.

—¿Saben ustedes quién es la Señora? ¿La que dicen que se aparece? —dijo.

—Díganos usted —respondió una mujer regordeta, sentada con un elote untado de queso, nata, limón y chile piquín, que le chorreaba por la barbilla. Mordía la mazorca con fruición y salpicaba todo a su alrededor.

—Tlaltecuhtli. La de la tierra abierta. La de los dientes de obsidiana. La que come lo que ya no sirve y saca de adentro lo nuevo. La que es mujer y, por eso, sangra.

Juntó las manos en un puño y apretó algo invisible entre ellas.

—¿Y la chava del campamento allá arriba? ¿Ella sí sabe quién es? —preguntó un joven que se acercó más al círculo.

—No lo sé. Pueque naiden sepa. Pero sí sé que cuando los dioses se asoman entre los santos, es porque algo se rompe.

Uno de los ancianos cerró los ojos .

En el quiosco, la banda ensayaba, desafinada, un arreglo de Flores de Romana , de Juventino Rosas.

Los músicos, sudados, marcaban el compás con el pie sin encontrar el ritmo del danzón.

Una mujer de falda plisada cruzó entre nosotros con una cesta de la que sacaba corazones de cera cubiertos de celofán: rojos, blancos, azul cielo y uno negro.

Decía que eran para aliviar penas o para agradecer milagros y en su pregón no mencionaba el precio.

El olor de la hierba recién cortada me recordó los prados junto al Ega.

Don Teo seguía con su puro, envuelto en humo.

—Tembló bien recio la segunda vez —dijo un hombre con un saco en las manos.

—La tierra está inquieta —añadió otro.

—Y los animales… quién sabe dónde están. ¿Ya vieron que se van?

—La tierra ya protestó antes —dijo don Teo—. Nos olvidamos de ella y la tierra se acomoda.

—Pero hemos rezado muchos rosarios —se defendió una mujer.

—Nosotros no rezamos pa entender. Lo hacemos pa acompañar. Hay muchas formas. Igual que raíces. ¿Y usted cree que cuando reza el rosario o reza en la iglesia, le reza a la Señora?

—Claro. A la madre de Jesús. A nuestra Madre.

—Tlaltecuhtli es la dueña de la tierra y de todo lo que se mueve en ella. No cabe en una imagen de piedra.

—Eso no es lo que enseñan los padres.

—Yo no repito lo que ellos enseñan. Yo hablo por la tierra.

—Don Teo, ya nos advirtieron que eso suyo no es verdad. Que hasta puede ser peligroso —dijo uno de los viejos.

—¿Peligroso? ¿Hablar del viento, del río, del canto del agua? Ay, pobres de nosotros. Por eso está inquieta.

—¡Está endemoniado! Quiere alejarnos de la fe —espetó la mujer del elote y tiró del brazo de su marido—. ¡Vámonos de aquí !

—¿Y usted, padre? ¿Qué piensa de lo que dice el chamán? —preguntó un campesino.

—Creo que don Teo mira la misma realidad desde otro sitio —dije.

Algunos hombres se dirigieron a la pulquería. Los demás regresaron a la plaza.

Nos quedamos solos.

—La gente tiene orejas, pero no oídos, padre —dijo don Teo mientras envolvía el colgante con la mano y se ponía en pie.

—Vamos. Le acompaño.

Avanzamos por el camino como viejos amigos. Don Teo siguió vertiendo su doctrina sobre mí, como en el último libro: dulce en la boca y amarga en las entrañas.

La víspera de San Miguel Arcángel se abría como una herida festiva. Por todos lados se escuchaban los voladores y la música de banda.

Clara y yo compartimos el regreso a Monte Cristal por el sendero empedrado que se retorcía entre los huizaches.

La iglesia quedaba atrás, aún iluminada por las luces de los oficios nocturnos.

Conforme avanzábamos, se seguían oyendo los petardos y el lejano retumbar del castillo pirotécnico.

La verbena se alzaba en el pueblo sin reparos.

Rezumaba pólvora recién quemada, buñuelos en aceite viejo, jolgorio y promesas de eternidad hechas de espuma.

Ella caminaba callada, con un andar que se me antojaba constante y litúrgico.

—Mañana son las elecciones en Navarra —dije sin pensar.

Se volvió hacia mí, envuelta en la pañoleta blanca que solía llevar puesta fuera del campamento. Sus palabras salieron también blancas .

—¿Lo echa de menos?

—¿El qué?

—Votar.

Reí, sin alegría. Me encogí de hombros.

—Ya. No, nunca supe por quién. Siempre me ha parecido un teatro educado: una forma de elegir el decorado, no el guion.

A lo lejos, alguien hacía girar un toro de fuego cubierto de luces de colores, y los chiquillos corrían entre la música y las risas.