Capítulo 39
N unca había visto a Ana Lucía entrar en éxtasis, y mucho menos estar expuesta a tantas miradas a la vez.
Aquella mañana, éramos más de un millar de almas apiñadas en torno al sitio de las apariciones, que había sido talado y desbrozado para dar mayor visibilidad a los asistentes.
El altar improvisado de días anteriores también había sido retirado y, en su lugar, el claro servía de escenario para lo que estaba por ocurrir.
Habían instalado un estrado bajo un gran palio, reservado para los «invitados de honor».
Allí se encontraba Cifuentes de la Barquera, flanqueado por los dos milicianos, que no dejaban de susurrarle al oído.
Tras ellos, su corte. A un lado estaba el subdelegado Flores Magut, escondido detrás de unas gafas de sol Aviator Laque de Chine y acompañado de sus guardaespaldas.
Reía mientras intercambiaba comentarios con su mujer.
Ella llevaba el cabello teñido de un anaranjado intenso y un peinado aparatoso. Iba arreglada para una gala o una boda.
Los reporteros pululaban como abejas, atentos a cada detalle.
La vidente permanecía en el centro del claro.
Su mirada estaba fija en el suelo y sus manos, entrelazadas delante de ella, temblaban.
El murmullo de los presentes me recordó al que precede al banquete nupcial, ese instante en el que los invitados esperan a los novios.
El sofoco de los días pasados había dado tregua y el viento soplaba ligero, impregnado de perfumes caros, de sudor y del dulce aroma de las flores que los peregrinos habían traído.
El obispo mantenía una expresión indescifrable.
Keller continuaba con su monólogo al oído del prelado, mientras Olaya sostenía una perorata al otro oído, quizá para decirle todo lo contrario.
El jerarca asentía a ratos, como un patriarca.
Las cámaras del Canal 13 apuntaban en todas direcciones y los flashes de los fotógrafos de Novedades se disparaban sin cesar, empeñados en iluminar incluso bajo la luz del mediodía.
Ana Lucía cayó de rodillas de repente. Sin transición: un tramo de película mutilado, varios fotogramas perdidos. Primero estaba de pie y, un instante después, de hinojos en el suelo.
Varias mujeres jadearon de espanto. Alguien más soltó un grito.
Después, todos callaron a una. Noté un pitido agudo en los oídos.
Ella primero agachó la cabeza y alzó los brazos en una postura que recordaba a las imágenes de Cristo crucificado.
Permaneció así durante unos instantes, inmóvil.
El cielo, hasta ese momento despejado, comenzaba a cubrirse de nubarrones oscuros.
La luz cambió y todo a nuestro alrededor adquirió un tono grisáceo.
El prelado se levantó con esfuerzo, apoyándose en su báculo, para observar mejor.
La vidente levantó la cabeza y miró hacia la cueva.
Empezó a hablar, pero no con nosotros. Sus palabras, aunque nos llegaban suaves, eran claras y se abrían paso entre el gentío expectante.
Tenía los ojos como el vidrio ahumado de las botellas de vino.
Los párpados le temblaban y su voz sonaba pausada, aletargada .
—No, madre. En su lugar vino monseñor Cifuentes de la Barquera. Pero sí están los demás —dijo.
Se miraron unos a otros.
—No, ella no ha podido venir —continuó, frunciendo el ceño—. Clara está enferma y se tuvo que ir a reponer a Querétaro, a la casa de las consagradas… Gracias, se lo diré… ¡Qué alegría verte después de tanto tiempo, a ti también!
La sonrisa que apareció en ella era tan luminosa como desconcertante.
Pero pasaron unos pocos minutos y su expresión cambió.
El alborozo desapareció, reemplazado por una profunda tristeza, y de un instante a otro, sin que pudiera precisar cuándo, ya estaba de pie.
Se había elevado sin transición alguna. Del mismo modo que había caído antes.
La bóveda celeste se cerró aún más. Y quedamos sumidos en una penumbra total, a pesar de que era mediodía.
—¿Por qué, Señora? —exclamó entre lágrimas—. ¿Qué hemos hecho? ¿Y qué culpa tienen los más pequeños? ¿Y los viejos? ¿Y los buenos?
Ana Lucía se puso a llorar, con sollozos que poco a poco se transformaron en gemidos. Cifuentes, alarmado, se inclinó hacia atrás.
Y sin previo aviso, la tierra empezó a temblar.
El movimiento fue repentino, un sacudón intenso, similar al del otro día, que arrancó gritos de pánico entre los presentes.
Muchos se arrodillaron. El cielo se despejó de súbito, pero permaneció oscuro.
Se llenó de estrellas y nos envolvió la medianoche en pleno día.
—Así lo haré, Madre. Así sea.
Entonces se desplomó al suelo, inconsciente.
La gente rompió el cerco y corrió hacia ella. Los flashes se sucedieron con mayor rapidez. Los gritos, los empujones y el tropel hicieron temer que aquello terminara en desgracia. Los dos sacerdotes y yo nos abrimos paso como pudimos, por miedo a que la lastimaran o a que la turba la aplastara .
Cuando llegamos, Olaya se arrodilló a su lado y le tomó el rostro entre sus manos temblorosas.
—¡Está bien! —exclamó, aliviado.
Todos retrocedieron.
Se disipó la oscuridad. El sol volvió a caer sobre nosotros y solo quedó el silencio.
Quince minutos después fuimos a la sala San Bernardo, donde se nos había convocado de improviso. Durante el trayecto, el sol espiaba entre los árboles y se quebraba sobre el camino de tierra.
Cuando entré, el recinto ya estaba lleno.
El prelado, imponente en un traje azabache y con una enorme cruz pectoral colgada de una cadena, estaba sentado en la cabecera de la mesa.
Aún mostraba la palidez que le habían causado los incidentes recientes.
Dos miembros de su comitiva, con expresiones severas, intentaban darle espacio y auxilio.
Los milicianos recuperaron posiciones estratégicas cerca del prelado. Yo me acomodé al final de la mesa. Ana Lucía estaba de pie frente a ellos. Su vestido blanco, manchado de la arena suelta de la colina, chocaba con la opulencia de las ropas del obispo auxiliar y de sus adjuntos.
—Su excelencia, he recibido un mensaje que nada más puedo compartir con usted. Necesito pedirles a todos los demás que, por favor, nos dejen solos. Lo siento.
—Si eso es lo que la Virgen te ha pedido, así será.
El prelado hizo un ademán, indicando que debíamos abandonar el lugar.
Nos levantamos uno a uno, con reticencia.
En el corredor, nos quedamos en un incómodo silencio tras la puerta cerrada.
El murmullo de las voces a través de la hoja de madera llegaba amortiguado.
No podíamos distinguir las palabras. Olaya, con los brazos cruzados, caminaba de un lado a otro. Sus pasos resonaban en el adoquín.
—Esto es una falta de respeto —mascullaba—. No entiendo. ¿Qué puede haber tan importante que tenga que mantenerse en secreto?
Al cabo de unos minutos que parecieron horas, la puerta de la sala se abrió por fin.
Ana Lucía surgió primero, con el semblante aún pálido pero sereno.
No dijo nada. Caminó hacia la salida del edificio y Olaya la siguió.
Pero Josefina se interpuso y se la llevó por uno de los pasillos mientras el cura la observaba irse confundido.
El obispo auxiliar apareció después, con una expresión inescrutable.
Nos miró a todos, se ajustó la cruz pectoral que colgaba de su cuello y se dirigió a donde le esperaba su séquito.
Keller llegó de repente por el otro extremo. Se acercó con pasos medidos.
—¿Todo en orden, excelencia? —preguntó.
Cifuentes de la Barquera tardó en contestar. Su mirada se posó en Keller y luego en mí.
—Ahora todo está en manos de la Providencia —respondió, serio, antes de marchar por el corredor.
Keller se encaminó hacia Olaya y le susurró algo que no alcancé a escuchar.
La mañana llegó con el canto de los gallos y el balar de los corderos.
El sol se abría paso entre nubes espesas y el frescor empezaba a ceder ante el calor despiadado que descendía desde el Trópico de Cáncer.
Pero aun en medio de ese bochorno me sentía renovado.
Aquella noche había disfrutado del descanso más profundo de los últimos años.
Abrí la ventana y dejé que la brisa tibia me acariciara.
El Ventolin permaneció en el cajón, junto a la estilográfica, como lo había hecho desde hacía varios días.
Después de la ducha, tomé la dosis prescrita de Manex y me tumbé de nuevo en la cama.
Era temprano. Dejé que mis pensamientos se perdieran en lo ocurrido la víspera.
Sí, el terremoto solo podía ser una coincidencia.
Como muchas otras. Las palabras de Ana Lucía podían significar cualquier cosa.
Aforismos. Apotegmas. Pero aquel oscurecimiento, tan oportuno, me tenía hechizado.
La conjunción de aquellos hechos resultaba enloquecedora.
Mi mente de ingeniero no lograba ensamblar las piezas y me resistía a dejar la racionalidad a la deriva.
Salí a dejar que mis pies decidieran el camino.
Horas después, el sol había resbalado hasta rozar las agujas de la iglesia de San Miguel Arcángel y ya apretaba con ese resplandor que anuncia las vísperas de fiesta.
Los preparativos ya eran visibles en cada esquina: estructuras para castillos de pirotecnia, toldos de mercado, papel picado entre faroles, guirnaldas tricolores que se mecían sobre las calles empedradas.
Era viernes y las campanas repicaban con un tono más solemne que el habitual.
Desde que los medios empezaron a hablar del Milagro —así, con mayúscula—, el párroco había convocado a todo el pueblo a una celebración extraordinaria: «Gran misa de acción de gracias con canto del Te Deum laudamus incluido».
Tal vez en un intento fútil de impedir que los Milicianos del Reino le arrebataran el protagonismo y que la devoción popular se desplazara del templo diocesano al nuevo santuario que ya se insinuaba en las faldas de Peña Colorada.
El pueblo entero se había volcado en la plaza principal. Entre peregrinos llegados durante la semana, vecinos curiosos y los residentes —cada vez más numerosos— de Monte Cristal, el Milagro se difuminaba en la solemnidad del santo del pueblo.
Solo una de las torres del templo tenía campanas. Eran dos, y sus voces se alternaban: una profunda y grave; la otra, más aguda y prolongada, semejante al llanto de un niño.
Un campesino que pasaba me siguió la mirada hasta el hueco.
—¿Ve que falta una?
—Sí, justo en eso estaba.
—Fue allá cuando la revolución. Llegó la bola una tarde y quisieron entrar a la iglesia.
—¿La bola?
—Los dizque soldados revolucionarios: «la bola», ¿entiende?
—Ya.
—Ese día llovía bien recio. Pero Diosito tiró la campana más grande desde allá arribota hasta aquí mero, frente a la puerta, pa que no entraran a deshonrar la casa del Señor.
Se despidió con un tímido toque del sombrero.
La parroquia de San Miguel Arcángel estaba llena de almas y de expectación.
Atiborrada hasta el atrio. El rezo de los fieles y el canto del coro llenaban cada rincón.
Costaba respirar entre vahos, cuerpos, queso añejo, verduras frescas, gallinas vivas y candelas consumidas hasta el pabilo.
Hasta la luz se abría paso con dificultad entre los muros de piedra.
Me aposté en un lateral, sin alzacuello, con la camisa blanca desabotonada. El cura, desde el altar mayor, trazaba parábolas en el aire con sus manos y su voz vibraba en los altavoces.
De la nada, un leve cuchicheo empezó a propagarse de banco en banco.
El sacerdote interrumpió la ceremonia. Y todos giramos el rostro. En los bancos de en medio, un niño de no más de siete años murmuraba sinsentidos de pie junto a su madre. Se balanceaba con las manos apoyadas en la baranda del reclinatorio. Sus palabras brotaban con un ritmo extraño. Entrecortadas.
—¡Dios mío! —exclamó una mujer.
—¡Está hablando en lenguas! —dijo otra .
—Es un milagro —soltó otra más, al borde del llanto.
Algunos se arrodillaron. Otros rezaban en alto. Una anciana sacó un pañuelo. El presbítero levantó los brazos y pidió calma con un gesto que no surtió efecto. Me acerqué. La madre lo abrazó con temor.
—¿Qué está diciendo? —pregunté.
—No lo sé. Empezó a decir cosas. Así, de repente. Nunca lo había hecho. Dieguito no habla. O muy poquito. Pero ahora…
El pequeño tenía los ojos abiertos como platos. Fijos en lo más alto de la cúpula. No me miraba.
—Tejas, tejas, tejas…
Poco a poco las palabras cobraron sentido.
—Te… Haste, Haste… La hora de México… doce y cuarenta —balbuceaba—. Chocolates Turín… ricos…
La madre, avergonzada al reconocer los anuncios de radio, me miró con recelo. Los feligreses farfullaban de nuevo a nuestras espaldas.
El cuerpo del chiquillo temblaba entre los brazos de su madre.
—Ay, padre —dijo la madre—. ¿Qué hacemos? ¿Es el demonio?
—No es nada grave —dije—. Solo guárdelo. Cuídelo. Déjelo descansar.
Ella bajó la cabeza. Abrazó a su hijo con fuerza. El templo entero había vuelto a enmudecer. Nadie sabía si aplaudir, si orar, si cantar, mientras Dieguito salía de la iglesia de la mano de su madre.
El presbítero se adelantó dos pasos hacia el altar y cogió el micrófono.
—Oremos al Señor —dijo.
—Te rogamos, óyenos —rugió el templo entero.
Terminada la ceremonia, regresé en solitario por el mismo camino que había recorrido al comenzar el día.
El sol inclinaba su luz ardiente sobre mi espalda.
Quemaba. Caminaba de oeste a este, en sentido contrario al de aquella mañana.
Y, sin embargo, el sol seguía ahí. Fijo, detenido junto a la torre sin campana de la iglesia. No se había movido durante todo el día.
Un campesino cruzó el sendero. Se parecía demasiado al que me había saludado en ese mismo punto, horas atrás.
Me miró y sonrió, desdentado.
—Aquí, a veces, pasa esto —dijo. Y siguió andando.
Las nubes velaron el sol detrás de la cúpula eclesial.
Y la tarde cayó, como siempre.