Capítulo 38
L lamaron dos veces a la puerta.
Me levanté y abrí. Keller entró y cerró tras de sí. Sin pedir permiso ni perdón.
—Padre Arizaleta, espero que entienda la importancia de lo que voy a decirle.
—Le escucho. Soy todo oídos.
El cura caminó hasta el escritorio y se apoyó en el borde. Cruzó los brazos y me miró con intensidad militar.
—Ana Lucía tuvo otra visión anoche. Pero esta fue una experiencia distinta a las anteriores.
—¿En la colina?
—No, esta vez fue en su habitación. Estaba sola y un ángel la visitó. O quizá un arcángel. Miguel, tal vez. O Gabriel. No lo sabemos a ciencia cierta.
—¿Y qué hizo ese ángel allí con ella?
—Un milagro, padre. Anunció un portento.
La Virgen se manifestará a la vista de todos en Peña Colorada.
Será visible, incuestionable. Los medios de comunicación estarán presentes, junto con los peregrinos, los habitantes del pueblo y, por supuesto, monseñor Cifuentes de la Barquera.
El visitante celestial pidió expresamente la participación de su excelencia reverendísima, el obispo Toriz Cobián; pero, por asuntos de agenda, el auxiliar vendrá a representarlo.
Ya confirmó su asistencia para el gran día.
—Ya. ¿Y cuándo ocurrirá este milagro?
—Dentro de dos días, el próximo 5 de mayo, a la hora del ángelus. Esto es un designio divino. No puede evitarse.
—¿Y Ana Lucía? ¿Cómo está?
—Está tranquila. Resuelta. Sabe que esto es más grande que ella. Hará falta su fe, y también la nuestra, para que esto sea posible.
—¿La nuestra?
Sus ojos se estrecharon.
—Padre Arizaleta, entiendo su escepticismo.
Sé que usted ha tenido dudas, dificultades.
Pero le pido, por favor, que no proyecte sus incertidumbres en este momento.
Menos delante de monseñor Cifuentes de la Barquera.
Piense que la fe no es algo que podamos explicar.
Si no, no sería fe. Sería certeza. Esto es algo que debemos aceptar.
—¿Aceptar? ¿Aceptamos que una joven, cuya fragilidad es evidente para cualquiera que se tome el tiempo de mirar, cargue con algo tan monumental como protagonizar un milagro público?
¿Delante de cientos de personas? ¿Delante de cámaras de televisión?
¿Y aceptamos que este «designio» coincida tan bien con la agenda de quienes invierten tanto en este lugar?
—No somos quienes para cuestionar los designios de Dios.
—No.
El sacerdote se detuvo un momento.
—Mire. Lo único que le pido, padre, es que permanezca en el campamento. Nada de sus habituales paseos a San Miguel Tlalilnamican. Nada de ausencias en este momento tan importante. Su presencia es indispensable.
—¿Indispensable para qué ?
—Para que el obispo vea que todos sostenemos el mismo testimonio.
Que caminamos juntos y estamos del mismo lado.
Y, de paso, dar fe de lo que será un acto glorioso.
Si tiene dudas, esta es la oportunidad de aclararlas.
Tal vez ahí encontrará las pruebas que busca.
La Virgen se hará presente. Usted puede decidir ser testigo de la gracia o seguir aferrado a sus conjeturas.
Lo que ocurra dentro de cuarenta y ocho horas cambiará este lugar. Y puede que también le cambie a usted.
Se levantó y se dirigió hacia la entrada.
El resto de la tarde me vi confinado en el estrecho despacho, enredado en la interminable redacción del informe. Por la ventana veía cómo el viento arrastraba el rastrojo y formaba volutas en el camino.
El obispo auxiliar de Querétaro, el excelentísimo y reverendísimo señor don Eusebio Cifuentes de la Barquera y Pinos de la Cordada, hizo su entrada en Monte Cristal con la solemnidad y el boato de quien se sabe admirado, acompañado de un vicario, cuatro diáconos, un turiferario, un navetero, dos ceroferarios, un crucífero, un librífero, un mitrífero y un baculífero.
El sofoco de la tarde espesaba el humo del incienso que brotaba de un segundo turíbulo de latón que Luis Ramón y Jonás hacían oscilar detrás del pertiguero, vestidos de negro y cruzados de cintas multicolores, como si fueran tunos extraviados de La casa de la Troya.
Desde el otro lado de la cancela, observaba cómo el prelado descendía de un coche oscuro, rodeado de sus asistentes.
Vestía el solideo púrpura y la capa pluvial con un porte afectado, y su sortija episcopal reflejaba los rayos del sol en todas direcciones.
La multitud que se había acercado hasta San Miguel Tlalilnamican se agolpaba en la entrada del campamento.
Algunos se inclinaban y musitaban oraciones .
El prelado convertía cada paso en su propia liturgia y pompa. Por los altavoces, se repetía el mismo cántico mariano, y una alfombra roja —tapizada con pétalos de girasol traídos desde Amealco— marcaba el sendero hacia el palio previsto para la ocasión.
—¡Monseñor, bienvenido sea a San Miguel y al Campamento Juvenil Monte Cristal! A nombre de la Milicia de Cristo y el Custodes Regnum, me permito darle la más cordial acogida a esta su humilde casa —exclamó Keller.
El prelado extendió la mano para recibir el ósculo protocolario. El sacerdote se enderezó de nuevo para guiarlo hacia el bloque principal.
Olaya no se quedaba atrás. Su semblante también era de devoción, y sus ademanes cuidadosos y exagerados.
—Monseñor Cifuentes, beso a usted la mano y me inclino ante usted —anunció, lo bastante alto para que todos le oyeran.
Un coro formado por siete chiquillos del pueblo, vestidos cada uno con un color del arcoíris, entonaba un canto que hablaba de fe, esperanza y caridad.
Lo había compuesto el propio Olaya en tan solo una noche de desvelo.
Un séquito de niños de San Miguel Tlalilnamican, revestidos de rojo y blanco con las sobrepellices encogidas, sostenían unos cirios desmesurados para el tamaño menudo de sus dedos.
Incluso creo recordar un par de querubines alados que proyectaban su sombra sobre nosotros. O quizá eran unas palomas perdidas entre el gentío.
Las cámaras y los micrófonos apuntaban en todas direcciones y capturaban cada instante.
Cuando terminó el aparato de bienvenida, Cifuentes de la Barquera fue conducido al interior del campamento, donde le asignaron una habitación en una de las edificaciones más grandes y mejor equipadas.
Una vez que el prelado se encerró en su habitación y el vicario, los diáconos, el turiferario, el navetero, los ceroferarios, el crucífero, el librífero, el mitrífero y el baculífero se retiraron a sus respectivos alojamientos en las cabañas del fondo, las que usaban los padres de familia durante las visitas de verano, la calma regresó por fin al campamento.
Los habitantes de San Miguel Tlalilnamican regresaron al pueblo y los demás retomaron sus tareas.
Los peregrinos se instalaron donde pudieron: aparcaron los carromatos en las cercanías, levantaron tiendas de campaña en las faldas de la colina o tendieron mantas sobre el suelo.
Un rato después, cuando caminaba por uno de los pasillos, lo encontré por casualidad.
Venía acompañado de uno de sus acólitos, no recuerdo cuál de todos.
En cuanto me vio, hizo una señal para que me acercara.
Me detuve. Dudé si debía seguir adelante o dar media vuelta, pero Cifuentes de la Barquera me llamó con un movimiento firme de la mano y su asistente se retiró.
—Ah, usted debe ser el cura español que mandaron de Roma. El jesuita, ¿cierto? —Su voz era profunda, con una autoridad innata.
Ofreció su anillo para que lo besara.
—Sí, monseñor —respondí, inclinándome para cumplir el gesto obligado. Sentí la frialdad del oro contra mis labios, un frío que contrastaba con el ahogo vaporoso de la tarde.
El obispo auxiliar me observó con atención. Al cabo de unos segundos, continuó con una sonrisa de corte artificial.
—Prudencia, hijo. Prudencia en todo esto. Los enigmas de Dios deben asimilarse en la sencillez del alma —dijo.
—Entendido —respondí, aunque no tenía claro a qué prudencia se refería.
—Bien. Espero que, como enviado de la Santa Sede, comprenda la importancia de tratar estos asuntos con sumo cuidado. La fe de la grey es un don precioso, pero también frágil.
—Por supuesto. Siempre respetaré esa fe .
El prelado inclinó la cabeza, esta vez satisfecho. Hizo la señal de la cruz a modo de bendición y retomó el camino hacia su habitación. Su figura desapareció en la penumbra del pasillo.
No había menos de quinientas personas alojadas esa noche en las inmediaciones del campamento.
La mayoría eran fieles que habían llegado desde distintos puntos del país, atraídos por la promesa de contemplar el milagro.
Algunos incluso habían pagado por dormir, aunque fuera a cielo raso, dentro de los límites del campamento y hasta junto a la malla de acero que separaba el área comprada de la colina.
Los himnos y rezos se mezclaban con el rumor de las conversaciones.
En el interior, la fogata que los monitores solían encender después de la oración nocturna se había convertido en una auténtica verbena de San Juan. Esperaba ver en cualquier momento a los monitores saltar sobre ella. Pero no lo hicieron.
Ana Lucía permanecía con la mirada extraviada junto a las llamas, rodeada de consagradas y monitores que rezaban y cantaban sin respirar apenas.