Nadie entierra los nombres Capítulo 37
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Capítulo 37

F ue idea de Jonás. Me preguntó si ya había conocido El Sapo Triste. Lo dijo con una sonrisa ladeada y un brillo travieso en los ojos.

—Si quiere conocer el alma del pueblo, no se quede con los altares. Hay otras devociones.

Acepté por curiosidad. Y por cansancio. Me pareció una gran oportunidad para escapar de la efervescencia mediática.

La pulquería estaba en una calle lateral, sin letrero.

Solo una puerta de madera pintada de azul, descascarillada en los bordes.

Al entrar, el primer golpe fue el hedor —fermentación, orines viejos, sudor reseco, cáñamo y moho—.

El segundo fue de luz: dentro todo era amarillo, turbio.

Las paredes estaban cubiertas de estampas religiosas, recortes de periódicos, imágenes plastificadas de santos con visajes desmesurados, mujeres desnudas, artistas de televisión y cine.

En una esquina, un póster mal cortado de la Virgen de Guadalupe colgaba junto a un cuadro de Pedro Infante enmarcado en laminilla y una fotografía reciente de Ana Lucía.

Nos sentamos frente a un enorme barril apoyado contra el muro sur, junto al tinacal. El pulquero era un hombretón calvo con bigote caído, camiseta trasudada y una gran panza que le desbordaba la ropa. Me señaló con el mentón.

—¿Donas? —preguntó.

—Sí, donas —replicó Jonás.

El hombre regresó a la barra y nos colocó enfrente sendos vasos de vidrio grueso, de los llamados tornillos.

Dentro, el líquido blanco y espeso se movía con dificultad.

Dudé si estaba vivo. Tenía un olor agrio, a espumarajos, a raíz molida.

Lo probé. Dulce y espeso al principio. Luego amargo.

Después, escurridizo como la arena mojada.

A mi izquierda, un campesino nos miraba sin ver.

Jonás alzó su bebida y brindó con aquella misma sonrisa ladeada.

—¿Qué le parece, padre?

—Áspero. Como beber saliva y raíces.

—Así es la vida acá. Le digo: no todo huele a incienso.

Me quedé mirando el fondo de mi tornillo, la baba blancuzca pegada al vidrio.

—¿Y eso te gusta?

—Aquí creen que Dios aguanta el olor y con eso basta.

La tarde caía fuera. La calorina bajaba con lentitud.

El ácido de la bebida se pegaba a la lengua y el día no quería terminar.

Al fondo, un televisor viejo, encajado en una repisa, mostraba un noticiario.

Imágenes de Ronald Reagan hablando sobre la Unión Soviética desde un estrado con banderas.

Un anciano, ya ebrio, se levantó tambaleante.

—¡Imperio del mal eres tú, cabrón! —rugió al aparato.

Todos siguieron con sus conversaciones, como si nada.

—A este le mataron a un hijo en Nicaragua —aclaró el campesino a mi lado.

Nos pusieron un plato con gusanos de maguey, unas tortillas, sal y chile piquín en polvo, de un rojo encendido. El fuego acidulado del picante competía con el fermento. Nuestros tornillos ya estaban por la mitad cuando Jonás señaló a los parroquianos que reían, gritaban o lloraban.

—¿Sabe lo que me gusta de estos lugares, padre? Que aquí la gente no finge. No tiene por qué. Cada uno dice lo que trae dentro.

Señaló la foto de la vidente que nos sonreía a través del cristal.

—Y cuando hablan de Ana Lucía —añadió—, lo hacen igual. Sin miedo a sonar raros. Es como si la Virgen misma se sentase aquí, en esta mesa, y nadie se diera cuenta.

—¿Y tú lo ves así también?

Jonás giró el vaso en la mano.

—No sé. Pero aquí la fe huele distinto. Más a verdad de pueblo.

Bebió un trago corto. El pulque le empezó a aflojar la lengua.

—En el campamento… a veces también pasa, ¿sabe? —siguió—. Después de la fogata, cuando ya no hay cantos y nos quedamos nada más viendo las brasas, algunos se sueltan. Dicen cosas que no dirían de día.

—¿Qué cosas?

Torció la boca, incómodo. Se encogió de hombros.

—Historias viejas. Cosas que dicen que les pasaron cuando eran pequeños con algunos padres, hace años. Yo solo escucho. Eso: recuerdos sueltos.

—¿Tú les crees?

Jonás movió el vaso y observó la bebida blanca adherida al borde.

—No sé. Creo que en la noche se habla más con miedo que con la verdad. Quizá nada más son recuerdos torcidos, quizá puros desahogos. Hasta fantasías.

—Ya. Pero algo hay, ¿no?

—Lo cierto es que aquí… —Señaló el barril, la música, las carcajadas—. También se reza. Cada uno a su modo .

En la radio empezó a sonar una marcha militar. Una de esas de cornetas agudas y redobles quebrados. Algunos comenzaron a golpear las mesas con los nudillos, siguiendo el ritmo. Otros se fueron a orinar en el patio trasero, entre los nopales. Alguien, fuera, disparó al cielo.

Dos, tres veces.

Mi tornillo había quedado sin una gota.

Salí de la pulquería con el dejo áspero del pulque aún en la lengua.

Jonás decidió acercarse a la iglesia para hablar con el párroco.

Yo no lo seguí. Quería que se me pasara el mareo, así que dejé que mis pasos me llevaran, sin dirección fija, hasta que me descubrí otra vez en el banco de madera desgastada donde las palabras sabían a hierba y olían a copal.

Las paredes de la pequeña cocina conservaban un agradable frescor tras el calor del día. Había hojas de ranúnculo colgadas para secar. Exhalaban un aroma herbáceo que se integraba al de un caldo que hervía en una olla de barro sobre un fogón de leña. Jacinta cortaba un manojo de hojas.

Arrancó una y la sujetó entre los dedos.

—¿Ve esto, padrecito? Esto es epazote. Lo usamos pa’l estómago y pa bendecir la casa. Si lo pone en un caldito, limpia por dentro. Si lo pasa por las ventanas y las puertas, pos limpia por afuera.

—¿Y siempre mezclan lo espiritual con lo práctico?

La curandera dejó el cuchillo.

—Aquí no mezclamos ni separamos. Todo es parte de lo mismo. Mire, si cocino, doy gracias a la tierra por lo que nos da. Si cuido a mi esposo, cuido a los dioses, porque los dioses están en él. Porque es lo mismo. ¿Ora sí le va entendiendo?

Don Teo, que permanecía sentado junto al brasero, inclinó la cabeza. Su cabello largo, ese día despojado de su trenza gris, brillaba con los reflejos de la luz del fuego.

—Por eso, muchos no entienden —comentó él—. Rezan nomás pa pedir. Rezar es pa dar también. ¿Ve? Lo que comemos, el agua que bebemos, todo eso nos lo dan y es sagrado. Pero también nosotros damos a los demás.

—¿Y no sienten que eso puede confundir? A mí, al menos, me confunde.

Ella rio, con esa risa suave, maternal. Luego, me miró con sus ojos oscuros y serenos.

—Nosotros sí entendemos, padrecito. Ya mi abuelita me enseñó que la tierra nos da comida y también nos cuida. Mire: si pasamos copal no es pa que huela bonito, es pa recordarnos que el aire que respiramos es un regalo.

Jacinta sacó un mortero de piedra del armario y lo puso sobre la mesa.

—Vea. Machacamos hierbas pal que tiene dolores. Pero antes de darle el remedio, mi Teo reza. Y yo rezo. No es que el xíhuitl no sirva solito, pero los rezos… es como abrirle la puerta pa que funcione mejor, ¿ya me entiende?

Me entretuve viendo cómo trabajaba, absorto en sus movimientos.

—¿Y usted cree que esos dioses oyen estas oraciones?

—Ay, padre —dijo don Teo—. Sigue sin ver. Nuestros dioses no andan escondidos como el suyo.

—¿El mío?

—No se me agüite. El suyo y los nuestros siempre están y siempre oyen. Pero somos nosotros los que dejamos de oír. Y por eso ustedes creen que el suyo se escondió.

—A ver, padrecito. Pruebe esto —ofreció ella—. Y dígame si no siente el trabajo del mero mero Diosito suyo en cada mordida.

Era una quesadilla de hierbas y la tortilla de maíz tenía un sabor nuevo para mí.

Había un dejo de cal. Al masticar, sentí una presión en el pecho.

Busqué por instinto el inhalador en el bolsillo de la chaqueta, pero no lo encontré.

Ya me había acostumbrado al Manex. Esperé un poco para recobrar el aliento antes de irme de la casa.

Jacinta me entregó otro hato de hojas envuelto en un paño.

—Tome, le doy más ruda, padrecito, porque veo que no trae la que le di. No se olvide de llevarla siempre con usted.

Después, caminaba en dirección al comedor de Monte Cristal, sin hambre, cuando escuché a Clara tararear entre los arbustos una melodía que podía ser un himno antiguo o tal vez una invención suya. Me acerqué. Recogía los pétalos caídos y los metía en una bolsa con cuidado litúrgico.

—¿Ya notó que el cielo se está limpiando? —dijo sin mirarme. Creí que hablaba con las flores.

—En verdad lo veo más despejado, sí.

—Para el ocho. Es normal. Siempre se despeja para San Miguel. La tierra se acomoda. El aire se prepara. Lo llaman «la semana del aliento».

—¿Y eso?

—Así le dicen aquí: «Antes de que San Miguel llegue, Dios sopla para que no haya polvo ni la fe se niegue». Como lo hizo en Italia, en el monte Gra… —Buscó la palabra sin recordar.

—Gargano.

—Eso. En la cueva donde el arcángel se le apareció al obispo y le dijo que no tocara nada porque ese lugar ya estaba consagrado por el Altísimo.

¿Se imagina? Una cueva ya bendita sin padre ni agua ni campanas.

Como la de Peña Colorada y nuestra Ana Lucía.

—Rio—. Por cierto, este año el ocho cae en domingo.