Capítulo 36
— E sto se nos está saliendo de control —dijo Keller, sin preámbulos.
Olaya, Keller y yo caminábamos sin rumbo aparente por uno de los senderos que bordeaban el comedor. Nos alcanzaba el aroma a recuelo y a césped recién cortado. El sol subía lento sobre Peña Colorada y teñía de bronce los árboles.
—¿A qué se refiere usted? —preguntó Olaya, sereno.
—A las cámaras en el atrio, a las tiendas de campaña en las laderas, a las preguntas absurdas, al desfile diario de curiosos disfrazados de devotos.
Esto ya no es devoción, Olaya. Es espectáculo.
Y lo peor es lo que les está haciendo a los muchachos.
Mire a Daniel: llegó confundido y se fue destrozado.
—Daniel tiene un pasado conocido de consumo de drogas, padre —aclaró Olaya.
—Sí, pero la gente no se queda con eso. Se queda con el milagro. Y otros muchachos pueden empezar a buscar lo mismo. Eso sí me preocupa. En nada tendremos crisis, histeria. Y los periodistas no ayudan: están desbocados.
—¿Y si precisamente ese fuera el modo? La Providencia nunca ha despreciado los medios de su tiempo. Antes fueron las cartas de san Pablo. Hoy son las cámaras. Quizá sea la forma que Dios ha elegido para que el signo no permanezca oculto.
—¿Aunque se tergiverse? —repliqué.
Ambos se detuvieron. Yo también.
—Padre Arizaleta —dijo Olaya—, usted es nuevo en esto y quizá todavía no lo haya advertido: los medios no vienen a buscar la verdad. Vienen a construir un relato.
—Justo por eso —repuse—. Deberíamos ser más prudentes. Todavía no sabemos qué tenemos entre manos.
Keller se frotó el mentón. La luz del sol le tocaba solo un lado del rostro.
—¿Y si convocamos nosotros? —propuso, tras una pausa—. Una conferencia formal. Controlada. Un único mensaje. Una sola voz.
—Podría funcionar —dije al fin—. Mejor que este caos diario.
—Sí. Si se hace con orden —concedió Olaya—. Yo puedo encargarme de la logística. Pero tiene que ser pronto. Antes de que inventen otra historia.
Esa misma tarde, el gran salón San Felipe de Jesús estaba acondicionado para la rueda de prensa.
Las cámaras del Canal 13 estaban colocadas en posiciones estratégicas, y un micrófono de XECIE-AM —Radio La Ciénega— ocupaba un lugar prominente en la mesa principal.
A los lados, dos periodistas de Novedades repasaban sus notas.
Olaya y un miembro del Custodes Regnum posaban delante de las cámaras junto a la vidente.
El hombre hacía el ademán de entregarle un enorme rosario de cuentas de madera.
Sonreía como un político en campaña. Los productores de Mexvidia iban y venían entre los pasillos.
Los dos presbíteros se acomodaron a un costado del individuo rubio y rollizo que acababa de posar con Ana Lucía. Ella se sentó junto a ellos. Yo me quedé en uno de los asientos dispuestos para el público, en el extremo trasero del improvisado auditorio.
Una vez que todos ocuparon sus lugares, Keller se puso en pie y el murmullo del salón cesó.
—Gracias a todos por asistir —dijo—. Nos complace compartir con ustedes el mensaje que la Virgen está enviando al mundo desde este humilde rincón de nuestro México.
Los reflectores acentuaban la figura esquelética y el semblante amarillento del sacerdote. Ana Lucía mantenía la mirada esquiva y aparentaba rezar en silencio.
—¿Qué puede decirnos la mística sobre su experiencia personal?
—Ana Lucía, por favor.
El sacerdote tomó asiento. La vidente alzó la vista y pude ver el brillo verde bajo la luz artificial del estudio improvisado. No se levantó para hablar.
—Bueno, o sea, yo siento que la Virgen me ha elegido por algo que aún no entiendo del todo. Es un honor y una gran responsabilidad. Pero solo rezo para hacer lo correcto.
Las videocámaras capturaban su juventud en imagen. Nadie pareció notar cómo sus dedos seguían jugando, nerviosos, con el mantel. Keller señaló a un reportero de Radio La Ciénega.
—¿Qué opina el Vaticano de este fenómeno? ¿Podemos esperar un reconocimiento oficial pronto?
—Seguimos trabajando con Roma. El padre José María Arizaleta, aquí presente, es una muestra de ello. Su experiencia y conocimiento serán clave para que esta investigación avance hacia el pronunciamiento formal.
Las cámaras se volvieron sobre mí, pero regresaron al presbítero en cuanto continuó su exposición y desvió el discurso hacia un anuncio detallado de las próximas actividades del campamento. Otra periodista agitó el brazo en alto .
—Padre Keller, hay rumores de que ciertas inversiones privadas están vinculadas a las apariciones. ¿Puede confirmar si hay intereses económicos detrás de esto?
Por un momento creí que nadie respondería, hasta que el orondo miembro del Custodes Regnum rompió la quietud con aquella sonrisa que parecía esculpida tras miles de ensayos frente al espejo.
—¿Me permiten? Gracias. No podemos negar que las apariciones de nuestra Madre han atraído la simpatía de muchos y eso incluye a personas dispuestas a ayudar al desarrollo de San Miguel Tlalilnamican.
Quiero dejar claro que lo más importante es siempre respetar la voluntad del pueblo y eso es lo que estamos promoviendo.
Si el pueblo se beneficia por la gracia de este milagro, es algo que escapa a cualquier interés de terceros.
Tan pronto como terminó la conferencia, apagaron el equipo de vídeo y los periodistas comenzaron a recoger sus cosas.
Olaya y el rubio rollizo estrechaban manos y compartían sonrisas con los reporteros.
Ana Lucía, en cambio, había desaparecido, llevada por alguna de las consagradas para evitar más preguntas.
Poco después de la merienda, Olaya apareció con las manos cruzadas a la espalda. Se detuvo a una distancia prudente y ladeó la cabeza antes de hablar.
—Padre José María —dijo—, una reportera desea hacerle unas preguntas. Nada serio. Una formalidad. Todo bajo control. Como quedamos.
—¿Ahora?
—Está aquí mismo. Viene de parte del equipo de comunicación. Solo quiere unas palabras. Será breve. Diez minutitos, a lo mucho.
Lo seguí hasta las mesas del exterior, donde Keller tomaba una limonada.
Nos sentamos con él y la periodista llegó unos instantes después.
Cabello cuidado, segura. Treinta y tantos.
Vestía unos vaqueros Jordache oscuros y una blusa Benetton de color limón sin mangas. Me ofreció una inclinación cortés.
—Padre Arizaleta, un gusto. Adriana Villalobos, de Novedades . Gracias por tomarse el tiempo.
—Gracias a usted —me adelanté, antes de que Olaya pudiera responder.
—Siempre es un placer colaborar con la prensa, señorita Villalobos —intervino Olaya de todos modos—. Es importante que la verdad sobre estas apariciones llegue a todas partes.
Ella agradeció con un gesto. Sacó una grabadora de bolsillo, la colocó sobre la mesa y me miró, ignorando a los milicianos. Oprimió una de las teclas.
—¿Le importa si grabo?
—En absoluto.
Comenzó con preguntas previsibles. Mi designación, mi experiencia, el protocolo del Vaticano para asuntos como este.
—Entonces, ¿esta es la primera vez que investiga apariciones marianas?
—He trabajado en comunidades donde la fe popular se expresa con gran intensidad.
—¿Qué tan intensas?
—Cada uno las vive a su manera.
—¿Y usted las vive así, también con intensidad?
—Mi labor es observar, discernir.
—Un enfoque muy jesuita.
Giró la libreta sin querer. Una de sus notas decía: «Roma contra interés local».
—Padre, ¿qué opina de que este lugar, antes invisible, atraiga ahora inversiones, políticos, prensa?
—Lo que ocurre no tiene nada que ver con propósitos terrenales. Ya lo comentamos antes en la conferencia —intervino Keller—. Este es un sitio de fe. Y la fe no entiende de economía ni de turismo. Lo que la gente ve es un milagro.
La reportera lo ignoró. Volvió a mirarme.
—Padre Arizaleta… Puedo llamarle José María, ¿verdad?
Asentí y la dejé continuar.
—¿Y usted, José María? ¿Cree que todo esto es espontáneo? ¿O hay alguien —o algo— alineando los elementos?
—Mi cometido es valorar el posible carácter sobrenatural. De lo demás no tengo pruebas.
—Pero ve lo que pasa a su alrededor.
—Sí.
Olaya tosió. Villalobos no apartaba la mirada de mí.
—¿Y no les parece que no todos están contando la misma historia? ¿Que les falta precisión?
—La fe también puede ser incoherente —replicó Olaya.
Ella se acomodó en su silla, cruzó las piernas. La grabadora seguía encendida.
—Mire —dijo—, no me interesa armar un escándalo y mucho menos provocarlo. Pero llevo semanas hablando con gente del pueblo, empresarios y funcionarios. Y todos repiten lo que oyen de otros: «milagro», «renacimiento», «zona bendita». Yo solo quiero entender: ¿quién está alineando los mensajes?
Keller irguió la espalda. Olaya se inclinó un poco más hacia la reportera.
—¿Alinear los mensajes? —repetí.
—Sí —dijo—. Construir un relato digerible para el público.
Que no se contradiga. Que funcione. Que convenza.
¿Hay planes para un documental? ¿Para una campaña de imagen?
Nadie quiere que esto acabe en un escándalo como el de Durazo, con cada quien contando una versión distinta. La fe requiere consistencia.
—¿Y eso no sería fabricar una verdad? —pregunté.
Ella me sostuvo la mirada. No sonrió .
—Toda verdad necesita un productor.
Olaya se acercó más a la mesa.
—Ya, ya entiendo. Usted intenta decirnos que los medios pueden ayudar a filtrar el ruido, ¿verdad? No se trata de manipular. Puede ser una manera de acompañar el proceso pastoral con orden.
Se giró hacia él, amable sin ceder. Apagó la grabadora.
—No. Lo que quiero decir es que la fe ya no basta. Ahora necesita edición. Esta es mi tarjeta, si lo piensan mejor. Gracias por su tiempo, padres.
Se levantó. Los sacerdotes también le ofrecieron sus tarjetas. Ella no las tomó.
Nos quedamos los tres solos.
—Tenga cuidado, padre. Esa mujer busca titulares, no comprensión —dijo Keller.
—Creo que no dije nada que no fuera cierto —respondí.
—Padre Arizaleta, el Custodes Regnum nos entrenó para tratar con la prensa. Ya sabe que tenemos mucha actividad pública y una relación constante con los medios —añadió Olaya—. Estamos disponibles para acompañarlo. Intente no hablar con nadie sin que alguno de nosotros esté presente.