Nadie entierra los nombres Capítulo 35
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Capítulo 35

S onó un portazo. Luego otro. Después, los pasos frenéticos de quienes corrían en busca de seguridad.

Sus oraciones rotas. Los gemidos reprimidos.

Me puse a tientas lo primero que encontré.

Creo que unos pantalones y la misma camisa del día anterior.

La luz todavía no había vuelto. Los demás salieron apresurados.

La tierra se detuvo y los grillos retomaron su canto.

Me acerqué al grupo que se había formado en el centro del patio.

Los dos milicianos ya estaban allí, con sendos atuendos nocturnos tan absurdos que, a pesar de la situación, tuve que morderme la lengua para no soltar una carcajada.

Keller llevaba una bata a rayas demasiado corta para su estatura, mientras que Olaya vestía un conjunto de franela en tonos rosados y unas zapatillas con enormes orejas de conejo.

Las dos monitoras y las dos consagradas, descalzas, se persignaban con obsesión y murmuraban oraciones atropelladas.

—Ay, madre santísima. ¿Esto es una señal? —preguntó Josefina, estremecida.

—Dios nos está mandando un mensaje —afirmó Clara .

—Una advertencia.

—¿Qué hicimos mal?

—¿Cree que es un castigo? No, por Dios.

—Tengo miedo —terció Miriam—. Aquí no tiembla nunca.

—Sí. Es un castigo —aseguró Alicia.

—Dios te salve, María… —comenzó Clara.

—Llena eres de gracia, el Señor es contigo —prosiguieron las demás, unidas en un improvisado rosario de angustias—. Bendita tú…

Ana Lucía se acercó al grupo. Se quedó junto a los curas, con un camisón blanco que iluminaba la turbidez de la noche.

Traía el cabello revuelto y sus ojos grandes estaban llenos de miedo verde.

Me encontró y vino hacia mí. A sus espaldas, los dos presbíteros debatían con las consagradas si el movimiento sísmico era un escarmiento o una manifestación de la omnipresencia divina.

—¿Estás bien? —le pregunté.

—No lo sé. Neta que jamás había sentido algo así en Querétaro. O sea, no así de fuerte.

—Solo ha sido un movimiento, Ana Lucía.

—¿Es la primera vez que le toca un temblor?

—No, hija. En El Salvador, esto habría sido apenas un ligero movimiento.

—Me dan mucho miedo los temblores. Mucho. ¿Y no oye lo que dicen todos aquí? Piensan que es un castigo… ¿Será que enojé a la Virgen?

—Te aseguro que no. La tierra también necesita acomodarse. No siempre hay que buscar un significado más allá de lo que son las cosas.

La noche se había calmado. Fresca, sin frío, y la luna iluminaba lo suficiente como para que no estuviéramos envueltos en la oscuridad.

—Hermanos, mantengamos la calma —dijo Keller, con la voz en alto—. Ya revisamos las instalaciones del campamento y todo está en orden. No hay daños. Pueden regresar a las cabañas y a sus habitaciones.

—Padre Keller, ¿este es un mensaje para nosotros? —preguntó Josefina, todavía con el temblor dentro.

—Siempre hay un mensaje. No olvidemos que todo lo que ocurre en la vida tiene un propósito. Incluso los eventos que a simple vista parecen accidentales están bajo el diseño celestial.

Olaya se acercó con gravedad.

—Si quieren buscar un sentido en lo ocurrido —agregó con un bostezo—, tómenlo como un simple recordatorio de que debemos fortalecer la fe y redoblar las oraciones. Buenas noches.

Cuando desperté por segunda vez, el sol ya castigaba el tejado de la cabaña. Permanecí unos instantes tendido, intentando ordenar lo ocurrido durante el temblor. Entonces otra vez oí voces junto a la puerta. No eran gritos, pero todos hablaban a la vez, aunque procuraban no elevar el tono.

Me incorporé, busqué las sandalias y salí. Varios monitores formaban un corro frente a la cabaña. Al verme, dos de ellos dejaron de hablar.

—¿Qué ha pasado?

—Es que —titubeó Jonás— parece que Daniel, uno de los nuevos que llegó ayer, dice que también vio algo. Ya sabe… algo como lo de Ana Lucía.

—¿Dónde está?

—En la capilla. Los padres ya están con él.

Llegué en menos de cinco minutos. Al entrar, advertí enseguida a un joven de unos veintiún años, con el rostro encendido por la emoción y el nerviosismo.

No le había visto antes. Estaba sentado, con los brazos cruzados, y los dos sacerdotes se encontraban de pie ante él.

La luz de la capilla alargaba sus sombras sobre el suelo de madera.

—Padre Arizaleta —dijo Keller al verme—. Qué bueno que vino. Justo platicábamos aquí con Daniel.

—Al parecer tiene un asunto muy interesante que contarnos —añadió Olaya.

Me senté en un banco detrás de ellos. Los curas intercambiaron una mirada rápida. El joven levantó la vista hacia mí.

—¿Qué pasa? —pregunté con suavidad.

El joven no quitaba la vista de Olaya. Le temblaban los labios al hablar.

—Padre, esta mañana salí a correr por el camino cerca del arroyo.

Pero me dio por subir hasta la cueva donde dicen que Ana Lucía vio a la Virgen.

Yo… yo no sé cómo explicarlo, sentí que alguien me llamaba.

Era como una voz muy dulce. Miré y ahí estaba.

Vestida de blanco, con un manto azul que brillaba.

Olaya carraspeó.

—¿Y qué ocurrió después? —preguntó.

—Pues eso. Me miró. No me dijo nada más. Sentí mucha paz. Una paz que nunca había sentido en mi vida. Y luego, se fue.

Keller intervino con tono firme y tajante.

—Hijo, estas cosas son muy serias. No podemos jugar con la fe de la gente. ¿Estás seguro de lo que viste? ¿No fue tu imaginación? ¿No habrá sido alguna de las consagradas que andaba por ahí?

El monitor esquivó la mirada.

—Sabemos que tienes buenas intenciones, Daniel —dijo Olaya—, solo que las visiones no son algo muy común ni compartido.

—Es que yo sé lo que vi —insistió.

—¿Por qué crees que la Virgen se te manifestó? —Intenté darle un espacio para que hablara—. ¿Hay más que quisieras compartir ?

—No lo sé —dijo entre sollozos—. Es que pensé que debía contarlo. Que era importante.

Olaya dio un paso adelante y le puso la mano en el hombro al muchacho.

—Hijo, te agradecemos que nos lo hayas contado. Por el momento es mejor que no hables de esto con nadie más, ¿de acuerdo? No queremos que algunos malinterpreten las cosas. Vamos a dejar pasar unos días. Y luego volvemos a hablar con calma, cuando las cosas estén más claras.

Cuando salimos de la capilla, Daniel caminaba encorvado.

Me detuve un momento frente al jardín. Entre las ramas de una acacia se posó una mariposa.

Era negra, de alas opacas, endeble como ceniza.

Primero fue una. Batía el aire con lentitud.

Luego llegaron las demás: dos, tres, hasta completar diez.

Se acercaron unas a otras, aún dispersas.

Después, una espiral invisible las fue alineando.

Formaron un círculo perfecto, semejante a un rosario de ébano.

Aleteaban fuera de compás, en un soplo tibio y sin corriente.

Permanecieron así, suspendidas, en un rezo sin palabras que se disolvió en cuanto se esparcieron con las alas al viento.

Esa misma tarde Daniel abandonó el campamento.

El aire en el corredor traía un olor tibio a cables calientes y plástico nuevo. Me llegó de lejos el pitido agudo de una consola de sonido. Seguí el alboroto que se escapaba desde una de las salas amplias del ala este, junto a la zona de aulas.

En el centro del espacio habían erigido un altar de cartón pintado con flores de tela y una imagen iluminada de Nuestra Señora de Guadalupe.

Sobre el ara se acumulaban los adminículos del rito —un rosario reluciente, un misal sin estrenar, una vela eléctrica que parpadeaba con cadencia programada y una descomunal custodia de oropel—, mientras que al fondo los técnicos de Canal 13 cambiaban objetivos y ajustaban la posición de los trípodes bajo la vigilancia de los supervisores de Mexvidia.

Las voces competían por la atención de los demás.

—¡Más luz aquí!

—Cable y ajuste de corriente.

—¡Maquillaje! ¿Dónde está el maquillaje? Me lleva la que me trajo.

Por encima del altar alguien colgaba más bombillas, sujetas al techo mediante tensores. La cinta marrón trazaba marcas y ángulos en el suelo.

Uno leía en voz alta una escaleta.

—Plano cerrado al rostro. Zoom y luego paneo suave hacia el altar. Que se vea la reacción emocional.

Ana Lucía estaba allí, de pie, con un vestido celeste y el pelo peinado a la perfección.

Enfrente, un reflector le encendía el semblante sin piedad.

Repetía frases entrecortadas: «Ella vino a enseñarnos…

», «… no pide sacrificios, pide silencio», «El espíritu está en lo que no decimos».

Se equivocaba, se detenía, volvía a empezar.

Una maquilladora le secaba el sudor entre toma y toma.

Me acerqué a un joven que enfocaba la lente de la cámara en un riel.

—Esto no es en vivo, ¿verdad?

—No, señor. Ensayo de pregrabado. Ya después montamos los planos de recurso. Y mañana, si da tiempo, la buena.

—¿Y por qué repetirlo mañana?

—Para que salga después mejor —dijo, sin ironía.

En la otra esquina de la sala estaban Alicia y Miriam. Alicia mantenía las manos enlazadas sobre el regazo y los ojos húmedos, fijos en la escena. Miriam ya no intentaba contener el llanto. Junto a ellas, Josefina permanecía inmóvil, con dos lágrimas detenidas en la barbilla.

Ana Lucía se detuvo y me buscó con la mirada. En ese instante, entró Keller. Vestía informal, sin alzacuellos .

—Pero… ¿qué es esto?

Nadie contestó. El productor levantó una hoja del guion y la marcó con un lápiz bicolor.

—¿Se está grabando con Ana Lucía?

—Ensayo técnico —dijo alguien.

—No hay autorización para esto —sentenció Keller—. No se filma nada que no esté autorizado. Ella no es una actriz.

Puso los ojos en la joven, luego en mí.

—Padre Arizaleta, esto no está autorizado —reclamó—. ¿Por qué los dejó seguir?

Yo no respondí. El operador de cámara volvió a ajustar la lente para apurar las grabaciones.

—Ana Lucía, ven —ordenó—. Los demás recojan esta burla y hagan el favor de salir de aquí.

Y la vela eléctrica sobre el altar continuó con su parpadeo.