Nadie entierra los nombres Capítulo 34
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Capítulo 34

S alí del campamento para que el sol me deshiciera un poco.

En el camino, me crucé con Jacinta. Con un gesto me pidió que la acompañara.

Anduvimos juntos por una vereda estrecha que zigzagueaba entre las casas del pueblo.

El polvo se alzaba con cada uno de nuestros pasos y los muros encalados nos devolvían el calor acumulado del día.

Cruzamos un callejón donde el hormigón cedía paso al adobe y los perros dormían con el lomo tenso al sol. Ella permaneció en silencio hasta que llegamos a una explanada sin nombre, un claro entre dos edificaciones viejas, una cubierta de baldosines rotos y la otra con las ventanas tapiadas.

—Mire ahí —dijo—. Esa piedra es sagrada.

La piedra no se veía a primera vista. Había que acercarse y apartar unas ramas.

Había que encontrar el punto exacto para que la luz revelara su contorno.

Era grande. Ovalada. Tan aplanada que se confundía con el suelo.

El musgo la había cubierto por tramos y una capa fina de limo y hojas secas la hacía parecer cualquier cosa menos sagrada.

Carecía de inscripciones y no brillaba. La curandera se agachó.

Tocó la roca con los dedos extendidos, y luego con la palma abierta .

—Aquí veníamos todas a parir y pedir después por las milpas. Antes que nos dijeran que venir aquí era pecado. Ora ya no viene naiden . La última mujer parió aquí ya no le quiso salir su hija. Se hicieron ancestros las dos aquí en la piedra.

Acarició el borde. Me agaché y pasé una mano sobre la superficie. La sentí fría, mucho más de lo que hubiera esperado en una losa bajo el sol calcinante. Su tacto recordaba el de una estela fúnebre, marmórea. Un hilo de viento levantó más polvo.

Jacinta se incorporó con dificultad y le ofrecí el brazo. Después seguimos caminos distintos: ella regresó al pueblo por el mismo sendero que nos había llevado a la piedra y yo me interné más allá, en la maleza.

A lo lejos, escuché risas agudas y el chapoteo del agua.

Primero pensé que era la batahola de unos niños en el arroyo.

Pero conforme avanzaba, el sonido se hacía más hondo.

Más rítmico. Hasta que distinguí voces femeninas que se entrecortaban con melodías hiladas en la garganta.

Las palabras llegaban por igual en otomí, náhuatl y castellano.

Ninguna se imponía. Me dejé guiar por el sonido hasta el riachuelo.

En las orillas, el lavadero comunal hervía.

Las mujeres restregaban la ropa con fuerza y cadencia mientras el jabón espumaba al ritmo de los cantos.

Llevaban los pies descalzos, sumergidos hasta los tobillos.

Algunas se inclinaban con los vestidos recogidos a la altura de las rodillas.

El cabello trenzado les caía por la espalda.

Al verme, no se detuvieron. Una mujer mayor me hizo un gesto para que me acercara.

—¿Usted es padre? —dijo.

—Sí.

—Pues, siéntese un ratito, padre. No nos tenga miedo, que aquí no mordemos.

Se rieron todas, las jóvenes y las viejas.

Me senté en un resalto tibio, un poco apartado. Discutían de cualquier tema —al menos, cuando hablaban en castellano—: del tiempo, del maíz, de los hijos que no dormían, del cieno que no se va. Y también de Ana Lucía.

—La niña no habla tanto —dijo una.

—Nomás con verle la cara —agregó otra—, ya sabes qué dice. Y con el cuerpo, cuando le tiembla.

La que me había invitado a sentarme tenía las manos fuertes y callosas.

—¿Y usted qué piensa de las apariciones? —le pregunté.

—La Señora no se aparece —contestó con voz educada—. Nomás se desdobla en las que callamos.

No la entendí y, aunque quise preguntar más, me limité a ver el agua. Corría espesa, arrastrando barro y burbujas. Dos de las lavanderas más jóvenes no dejaban de mirarme ni de hablar en su lengua. De pronto, varias estallaron en carcajadas. Las miré confundido.

—Comentan que es usted un… —aclaró otra de las mujeres mayores— desperdicio.

—¿Desperdicio?

—Pos que está usted muy guapo. Que no debía usted ser padre, pues.

Rieron todas otra vez.

Les sonreí de vuelta. Las chicas se asustaron un poco y volvieron a frotar la ropa con más ímpetu. Al cabo de un rato, me despedí. Me respondieron apenas con la cabeza, sin detener el movimiento de los brazos.

Cuando regresé al campamento, la luz aún se esparcía con mansedumbre sobre Monte Cristal. Aproveché el primer respiro para descolgar la fotografía del pasillo y llevársela a Clara. La encontré en el huerto, entretenida en podar albahaca con una tijera oxidada.

—¿Tiene un momento? —interrumpí .

Accedió, sin dejar de cortar. Le pregunté por la mujer de la fotografía.

La reconoció al instante.

—Sí, Nicole de Beaulieu. Fuimos compañeras. Entró a la Sociedad de Vida Apostólica unos años después que yo, en Dublín.

—Entonces, ¿era del Regnum Christi?

—De las consagradas, sí. Vino de Francia, de una pequeña comunidad cerca de Limoges. Se integró con disciplina. Era brillante. Pero no era dócil. Para nada.

—¿Y por qué lo dejó?

—Se fue. Sin despedirse. Poco después conoció al ingeniero Espino de Morales y se casó con él.

—¿La expulsaron?

—No. Nadie la obligó a irse. Tampoco la forzaron a quedarse. No quiso volver con nosotras después de que nos separamos del Regnum Christi y ya aceptábamos consagradas casadas. Algunas tienen otro tipo de vocación. Y no todas juramos castidad. ¿Entiende?

El viento venía tocado de petricor.

—¿Cree que Ana Lucía fue preparada por su madre para esto?

Tardó en responder.

—No creo. No sé cómo decirlo… A ver, la fe se me hace como las semillas del cilantro —dijo por fin—. No crecen si una las mira todo el tiempo. Me imagino que las madres seguro que saben cuánta agua ponerle a sus plantitas. Pero sí, creció en tierra fértil si a eso se refiere.

Miré de nuevo la instantánea enmarcada, que permanecía en mis manos.

—Nicole no era una mujer común —continuó—. Eso lo supimos desde el primer día. Callaba de un modo que daba órdenes a las demás en silencio.

La conversación quedó allí. Ella regresó a podar las plantas, envuelta en su blancor, y yo volví al pasillo a colgar la imagen en su lugar. Las otras caras se desdibujaban ante mí. Nicole seguía mirándome con desafío. Y su nombre me supo a sangre y blasfemia.

Uno de esos cortes de electricidad, cada vez más frecuentes, volvió a dejar el campamento sumido en la oscuridad total. Comenzaba a adaptarme a la penumbra cuando escuché manotazos en la puerta. Abrí. Luis Ramón apareció, con un quinqué y el rostro desencajado.

—Algo está pasando en Peña Colorada —dijo, sin aliento.

Suspiré. Me puse los zapatos con premura y cogí una linterna antes de seguirlo.

En la explanada del patio se habían congregado varios monitores.

Algunos apuntaban al cielo con entusiasmo, mientras murmuraban entre sí, sobrecogidos.

Keller y Olaya también estaban allí, aunque más discretos, con expresiones indescifrables.

—¿Qué ocurre? —pregunté.

—¡Luces, padre! —gritó Miriam, llena de emoción—. Allá, mire, en el cielo. Bailan. Son ángeles. Es una señal. Dios mío…

Miré en la dirección indicada. Al principio, no vi nada fuera de lo ordinario. El cielo estaba despejado, con estrellas repartidas en una cúpula brillante sobre nuestras cabezas. Al fijar la vista, distinguí unos destellos móviles: pequeñas manchas de luz que recorrían las pendientes lejanas.

—Es un milagro, padre —aseveró Jonás, con voz temblorosa.

—Vamos a acercarnos.

Me siguieron algunos jóvenes y el propio Keller.

El sendero hacia Peña Colorada era escarpado y resbaladizo.

Por momentos, parecía devorarnos. La linterna deformaba los troncos y las piedras.

Los resplandores no venían de arriba, como habíamos creído desde el campamento: se reflejaban en las laderas.

Llegamos a un claro desde donde miramos de cerca las ráfagas que danzaban entre las rocas. Detrás se oía un rumor tenue.

—¿Escucháis eso? —pregunté.

El grupo enmudeció. Nos detuvimos.

—Creo que… que es un motor diésel. Una camioneta —dijo Luis Ramón.

Seguimos el sonido y, tras unos metros más, hallamos la fuente. Un viejo furgón estaba aparcado junto al camino, con los faros encendidos. La luz rebotaba entre las formaciones rocosas y la niebla. Iluminé el vehículo con la linterna.

—Ahí tenéis vuestra señal —indiqué.

De regreso a Monte Cristal, el grupo seguía con el cuchicheo de sus oraciones, aferrados al supuesto milagro igual que náufragos a un madero. Pero caminaban con la cabeza baja y arrastraban los pies.

Volvimos a las cabañas. Ya dentro, encendí una vela y me recosté en la cama.

Entonces recordé aquella noche de invierno en Estella cuando un apagón nos sorprendió y mi madre tuvo que recalentar las sobras a la luz de unas bujías.

La cocina era estrecha. Tenía los azulejos desportillados y un fogón que gemía cada vez que encendíamos el horno.

La lluvia golpeaba la ventana con fuerza y las gotas rebotaban en el alféizar.

Las veía y, en mi imaginación infantil, creía que bailaban.

No había cumplido aún nueve años y me repantingaba en una banqueta con el libro de Astete abierto sobre las rodillas.

Las palabras se perdían en la oscuridad, todavía subrayadas con el lápiz rojo de Josu.

Ella removía el potaje con una cuchara de madera.

Mientras cocinaba me preparaba para la primera comunión.

—¿Qué es el cuerpo de Cristo? —inició, con la atención puesta en el fuego.

—Es la hostia consagrada —recité lo que había memorizado—, presencia real del Señor .

—Esa es una promesa que pocos entienden.

El vapor ascendía con lentitud y la ventana empañada que daba al patio interior rutilaba con el reflejo de las velas.

—Y si es una promesa, ¿qué promete?

Sonrió. Le añadió un poco más de sal al cocido.

—Promete que nadie está solo. Y no siempre cumple.

Más tarde, la noche me arropó con la tibieza de los recuerdos de la infancia. Me dormí pronto, hecho un ovillo.

El temblor nos sacudió poco después de las tres de la mañana.