Nadie entierra los nombres Capítulo 33
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Capítulo 33

L a luz se había desprendido de las sombras, como siempre. Después de un desayuno ligero, con el sabor del café todavía en el paladar, salí a andar por el pueblo.

En la plaza mayor, advertí un inusual ir y venir de coches con logotipos de medios de comunicación pintados en las puertas.

Varias personas se arremolinaban en torno a un corro de periodistas mientras las lentes se enfocaban en los rostros más expresivos.

Una furgoneta polícroma, coronada por un altavoz descomunal, estaba aparcada junto a una cabina improvisada.

Dos individuos conversaban allí, frente a una mesa estrecha con dos micrófonos encendidos.

Un locutor de radio sobresalía entre los murmullos.

Al acercarme, distinguí entre la multitud a algunos de los vecinos. Habían acorralado a dos hermanos gemelos y a una mujer lozana cubierta con un rebozo ajustado.

—Pues yo sí creo —decía ella, evitando mirar al objetivo de la cámara—. Nada más se apareció la Virgencita y la paz ha vuelto a mi casa. Mis hijos, que andaban de rebeldes, ya me ayudan con la cosecha y todo, fíjese.

Uno de los periodistas asentía con entusiasmo.

Su grabadora captaba cada palabra de la mujer mientras una asistente tomaba notas con un lápiz en una libreta de espiral.

Avancé un poco más y encontré a otro grupo.

Esta vez, era un chico con una camiseta de Novedades que entrevistaba a un zapatero.

Sus voces se escuchaban por encima del ruido de la plaza.

—¿Y usted qué opina, señor?

—Mire, joven, la verdad yo no creo en estas cosas. Dicen que la Virgen nos visita, pero yo nomás veo más turistas que ángeles. Y hasta rateros, oiga. Puras payasadas.

El reportero frunció el ceño y detuvo la grabación. No insistió ni hizo más preguntas.

Al acercarme a la explanada principal, vi a varias personas con equipo de vídeo descender de una furgoneta azul, con el emblema de Mexvidia estampado en un costado. Un hombre robusto que parecía el director señaló una pila de cables y luces que sus compañeros descargaban con prisa.

—¡Apúrense con la iluminación! —ordenó.

Desde lejos, veía cómo organizaban más entrevistas con los lugareños. En su mayoría eran mujeres mayores y niños. Junto a mí, una joven con una carpeta en la mano y la voz afectada daba indicaciones precisas a una mujer mayor que temblaba, incapaz de domar sus nervios.

—A ver, doña Margarita, nada más cuéntenos otra vez lo que sintió cuando vio la luz. Pero dígalo más bonito. Acuérdese que fue algo bien suave, ¿sí?

La anciana asintió, nerviosa. Reprodujo su testimonio con palabras más exageradas y añadiendo detalles. La chica le sonreía mientras el asistente hacía un gesto de aprobación al operador de la cámara.

Más adelante, la comitiva televisiva rodaba una escena frente a un altar improvisado de cartón.

Me detuve a observar cómo uno de los fotógrafos afinaba el encuadre.

Las velas encendidas titilaban junto a flores de papel.

Una reportera se arrodilló con teatralidad y encendió una vela mientras recitaba un padrenuestro. Repitieron la secuencia tres veces.

Me alejé por una de las calles laterales. En eso, a lo lejos vi acercarse un perro escuálido. Era negro, enjuto, de silueta afilada. Su piel recordaba al cuero pulido.

Me agaché para tocarlo y entreabrió el hocico.

— Xoloitzcuintle —reveló una voz irracional, primitiva.

Me giré y confirmé que no había nadie detrás. El animal siguió andando. Lo vi alejarse, sin volver la cabeza, hasta desaparecer entre el aire trémulo del sendero.

Al regresar a Monte Cristal, vi que la prensa también había llegado.

Dos jóvenes rubias —una con una gorra americana del Canal 13— entrevistaban a los dos milicianos.

Ellos sonreían con una desenvoltura que no les había visto hasta entonces.

Keller sonreía nervioso mientras Olaya hablaba con soltura ante la lente.

—Queremos que esto sea un santuario abierto a todos. Un lugar donde la fe se encuentre con la esperanza.

Después, Olaya invitó a los técnicos a un café en el comedor. A Keller lo maquillaban para que apareciera delante de las cámaras de televisión. No me había percatado de lo blanco que era su semblante hasta entonces.

Desde la distancia, vi a Ana Lucía avanzar por el camino de grava. Miriam y Alicia la acompañaban. Las seguía un operador de cámara. Y cada dos pasos se detenían. Ajustaban la toma y la empezaban otra vez. La vidente caminaba cabizbaja, con los brazos rígidos.

El hombre detrás de la cámara levantó la mano con fastidio.

—Otra vez. No convence .

—A ver, de nuevo, por favor —indicó una directora que estaba en una silla plegable.

—Atrás. Corre video: cuatro, tres, ¡dos!

—No, no. Así no. De nuevo. A ver, alguien que la guíe, por favor.

Ella se detuvo. Parpadeó con fuerza y retrocedió unos pasos. Miró hacia mí. Me acerqué al productor, un hombre con bigote fino, largas patillas y una libreta doblada bajo el brazo.

—¿Qué están haciendo? —pregunté.

—Es un plano de refuerzo —dijo—. La luz es buena, pero la emoción no se sintió. El gesto no le sale.

—¿Gesto?

—La expresión. La mirada. Esto tiene que sentirse: si no se siente, nadie lo cree y no sirve.

—Ella no es una actriz.

—Eso lo sabemos.

—Pero quieren hacerla actuar.

—Estamos contando algo que ocurrió, ¿no? Necesitamos que la verdad y la imagen coincidan.

—Tal vez convendría descansar un poco. Hace mucho calor.

—El calor ayuda —explicó el productor—. Da realismo. Se siente el esfuerzo.

Ana Lucía no dijo nada. Caminó hacia el jardín sin que nadie se lo indicara y se sentó en una piedra. Se recogió el cabello corto y bajó la vista a sus pies.