Capítulo 32
M uchos se habían refugiado en las cabañas durante el apagón, así que el corredor del ala norte estaba vacío esa noche, a pesar de que ya había vuelto la luz.
Uno de los muros era una galería improvisada de fotografías antiguas.
Había eventos del campamento, ceremonias religiosas, retratos grupales en blanco y negro en los que los ojos parecían mirar a través del cristal.
Nunca les había prestado demasiada atención. Pero en esa ocasión, una me detuvo.
Una docena de mujeres: falda por debajo de las rodillas, blusa sencilla, medias, zapatos de tacón bajo, alguna chaquetilla, algún jersey —la ausencia de hábito propia de las consagradas—, dispuestas en dos hileras frente a un altar portátil.
El encuadre era minucioso, como el de un álbum institucional.
Habían puesto una cinta Dymo con «Custodes Regnum» sobre el rótulo original, quizá «Regnum Christi».
Todas miraban a la cámara con recogimiento, orgullo y pudor postizo.
La tercera desde la izquierda, en la fila inferior, era inconfundible por su blancor. A su derecha había otra que me resultó familiar. Me acerqué.
«Nicole de Beaulieu».
No pude evitarlo. La imagen regresó como siempre, como esa fisura no sellada: el salón silencioso, la piel tersa, los relojes detenidos, la fragancia del Joy, el cuerpo que se aproximaba, la boca que no decía, la culpa que no tenía dueño ni nombre…
Nicole.
El día entró despacio con un cielo diáfano, sin nubes ni sol.
De los que huelen a marga apagada y recuerdan las promesas incumplidas.
En San Miguel Tlalilnamican, el polvo aún dormía pegado a las biznagas, y los perros callejeros se disputaban los resquicios frescos junto a las losas.
Keller ya estaba en la plaza cuando llegué.
Llevaba un ridículo sombrero de palma, como los que usan los turistas alemanes, y una camiseta del campamento, ya empapada de sudor.
Me saludó con una palmada exagerada.
—Vamos, padre. Que hoy pintamos el Reino —bromeó mientras repartía brochas entre los monitores.
Varias personas esperaban junto a los botes de pintura. Consultaban un mapa y señalaban una zona cercana. Nos reunieron a todos en corro y Keller indicó el procedimiento:
—Jóvenes, su atención, por favor. Gracias por estar aquí puntuales.
Quiero agradecer a los miembros de ARCO y a los voluntarios de San Miguel Tlalilnamican por participar hoy en el programa «Color de hogar» de ARCO House.
Nos vamos a dividir en grupos para pintar las casas de cuatro familias del pueblo.
Los materiales fueron donados por Azurmex y contaremos con personal de la compañía a nuestra disposición si hace falta.
Todos aplaudieron.
Enseguida formamos una cuadrilla compacta: Alicia, Miriam, Evaristo, Jonás y yo.
Alicia llevaba consigo una libreta en la que comenzó a anotar formas de optimizar el tiempo.
No perdió ni un minuto antes de empezar a dar instrucciones al resto.
Evaristo permanecía en silencio; la escuchaba mientras observaba los muros de las casas aledañas.
Jonás, serio, empuñaba la brocha como una herramienta de carpintero más que de pintor y asentía a todo lo que ella decía.
Una vez que nos pusimos de acuerdo, echamos a andar.
Miriam nos seguía, algo rezagada y distraída, y no perdía la oportunidad de entablar conversación con cuantos se cruzaban en su camino.
Llegamos por fin en procesión hasta una de las viviendas recién reformadas, todavía con las paredes cubiertas de yeso crudo. Un hombre nos esperaba fuera, con una sonrisa nerviosa.
—Aquí es la casa de los Gutiérrez —anunció Keller—. Y este es Adrián Gutiérrez, el dueño de la vivienda. Trabajarán con él. Pongan atención a la elección de colores de cada habitación y recuerden: en todo momento respeten la casa que les abre las puertas.
—Gracias, muchas gracias, padre. Pasen, por favor, esta es su casa.
Keller nos dejó.
Trabajamos en silencio al principio y la tarea avanzaba despacio. Jonás delimitaba los bordes de una ventana con cinta adhesiva con la exactitud que exigía un retablo.
—No es para tanto —reclamó Alicia.
—Mi papá era arquitecto. Me enseñó a hacer las cosas bien o no hacerlas —contestó él .
Una de las niñas de la familia que vivía allí se acercó con timidez.
—¿Y yo puedo dibujar un corazón? —preguntó, la boca pegajosa de mango.
Alicia se agachó hasta quedar a su altura.
—¿Un corazón? ¿Y de qué color lo quieres?
—Rojo. Como el de los dibujos.
—Nada más tenemos blanco, ¿no te importa?
—Bueno.
—Puedes hacerlo aquí. —Le señaló un tramo junto a la reja, con el dedo ya manchado de pintura—. Pero ni una gota en el vidrio, ¿eh?
La pequeña asintió. Nada más. Alicia le revolvió el cabello con la otra mano y Miriam se acercó después.
—Oye, ¿no te huele? —le dijo en voz baja.
—¿El qué?
—La mano, mensa…
—¿Mano?
—A indio.
—No seas babosa. —Rio, dándole un empujón.
Mientras la chiquilla trazaba su dibujo tembloroso, Alicia ya estaba organizando la siguiente esquina. Sin alzar la voz, se volvió hacia los demás.
—A ver: Jonás, tú mejor toma esta esponja y empieza por el borde de arriba. A las once cambiamos roles. Evaristo, ayúdame a mover esa cubeta, que está muy pesada. Miriam, ¿tenemos más masking tape ?
—En la caja de cartón. Abajo del costal —respondió sin quitar la vista de la pared.
Luis Ramón entró en la vivienda y se acercó a nosotros, tímido.
—¿Puedo ayudar aquí? —preguntó—. En la otra casa ya están como que muy avanzados .
—Claro, por favor, protege esos remates con periódico —dijo Alicia.
Después, aproveché un instante en el que todos coincidimos junto al cubo de agua y ataqué.
—Ya que estamos aquí, ¿qué pensáis de lo que ocurre con Ana Lucía? —pregunté.
Evaristo no contestó enseguida. Removía la lechada en un balde.
—Muchas veces la gente quiere ver algo tan fuerte que acaba viéndolo —dijo al fin—. Y otras… Creo que hay cosas que sí pasan, pero son como los sueños raros que uno no sabe si tuvo.
—Yo no lo entiendo todo —añadió Alicia—. He visto a Ana Lucía rezar cuando cree que nadie la ve. Y lo que siente, lo siente de verdad.
—¿Y vosotros?
Miriam se encogió de hombros y tomó de la mano a la niña de la casa para llevarla a la cocina. Los demás regresaron a la vivienda.
La radio repetía, por quinta vez en la misma hora, el anuncio fastidioso del detergente Viva: la locutora, la música de banda y un burbujeo grabado que salpicaba desde dentro del micrófono.
Alicia conversaba con los vecinos y anotaba todo en su libreta de tapas verdes.
—Me gusta acordarme de a quién le dimos color a su casa —explicó.
A mediodía, el calor nos cayó encima como una losa de zinc.
La pintura comenzaba a secarse antes de que termináramos de aplicarla.
Miriam se había quitado las zapatillas Converse y pintaba en calcetines para no mancharlas.
Keller pasó entre los grupos ofreciendo bebidas.
Me dio un envase de plástico con la imagen de un elefante sentado sobre la palabra « Comex».
Tenía restos de yeso y el agua estaba caliente. A pesar de ello me supo a gloria.
El trabajo continuó sin que nadie diera señales de cansancio.
A eso de las cinco, apareció Olaya en una furgoneta.
Dos hombres del pueblo lo ayudaron a bajar varias tarteras envueltas en mantas.
La comida consistía en arroz con pollo, frijoles refritos y tortillas de maíz que aún humeaban.
También nos dieron gelatinas de colores en vasos desechables y refrescos en bolsas de plástico transparentes, cada una con su pajita.
Nos sentamos bajo un jacarandá. Comimos con las manos, sin protocolos, riéndonos de lo mal que algunos habíamos dejado las paredes.
Terminada la faena, uno de los chicos del pueblo sacó una guitarra.
Empezaron con canciones de misa que pronto derivaron en Mocedades, José Luis Perales y Juan Gabriel.
Miriam cantaba afinada, segura del ritmo.
Me sorprendieron la belleza de su timbre y el control de los vibratos.
La niña de la casa se acomodó en su regazo y Miriam le trenzó el pelo sin dejar de canturrear.
Jonás se sumó con una armónica que llevaba en el bolsillo.
Tocó unas pocas notas. Lo justo. Alicia lo miró cómplice mientras Luis Ramón dibujaba en su libreta de oraciones.
Nos explicó que estaba haciendo un boceto del arcángel San Miguel «como lo vería un niño de seis años».
Olaya permanecía de pie, a cierta distancia, con los brazos cruzados. Por un momento me pareció ver que su expresión se endurecía al ver a Keller hablar con Evaristo.
Al caer la tarde regresamos al campamento cubiertos de pintura y de un cansancio alegre. El sol terminaba de esconderse cuando los monitores reunieron a los chicos bajo uno de los árboles del claro para celebrar la oración de la noche.
Keller descolgó la cruz de madera de la capilla y la apoyó contra el tronco. Nadie dio instrucciones. Poco a poco fuimos ocupando nuestro sitio a su alrededor .
Miriam abrió el Evangelio y leyó el pasaje del día con una voz apenas más alta que el viento.
Después Evaristo rezó por los ancianos del pueblo.
Jonás pidió por quienes habían perdido la fe y, al terminar, sacó una hoja doblada del bolsillo.
Era una carta para su madre. Leyó solo un fragmento. No levantó la vista en ningún momento.
Alicia se llevó una mano a la cara y lloró sin hacer ruido.
Luis Ramón buscó una caja de cerillas, encendió una vela y la dejó sobre la tierra, junto a la cruz.
Alguien tomó otra vela y la acercó a la llama.
Luego otro. Después otro más. Sin que nadie lo ordenara, la oscuridad empezó a cerrarse en torno a un círculo de pequeñas luces.
Aquella sencillez me devolvió, sin proponérmelo, a las paraliturgias de San Damián, donde la comunidad improvisaba el rito con una hondura que muchas misas nunca alcanzaban. Cuando me tocó a mí, la sostuve unos segundos y luego la puse en la hierba.
Su llama era pequeña, vulnerable. Pero todavía alumbraba. Se apagó de golpe.