Capítulo 31
A cabada la cena, me invitaron a la sesión que precedía la oración de la noche.
En la sala multiusos perduraba ese aroma penetrante a pino y lejía que encontraba por todos lados.
Las sillas estaban dispuestas alrededor de una mesita de centro redonda con un cirio encendido en medio.
Me senté entre Luis Ramón y Evaristo, ambos con sendas carpetas en el regazo.
Clara, con su blancor apretado y voz serena, dirigía la conversación.
Llevaba un jersey pálido como ella y una libreta de tapa dura, blanca.
—Hoy no venimos a resolver —dijo al comenzar—. Vinimos a escuchar.
La llama oscilaba inquieta. Alguien apagó el ventilador y la sala quedó aún más quieta.
—¿Quién quiere empezar?
—¿Ana Lucía viene? —preguntó Miriam.
—Se quedó en su cuarto, rezando. Hoy es su día de recogimiento.
Jonás comenzó su historia. Habló con la mirada perdida en el vacío.
Dijo que llevaba semanas durmiendo mal. Que se sentía útil, pero muy agotado.
Que temía decepcionar a su equipo. La consagrada no lo interrumpió.
Solo asentía. Nadie ofrecía soluciones. Solo escuchábamos.
Luego habló Alicia. Contó que extrañaba a su madre, que a veces la llamaba desde un teléfono público del pueblo y que no le decía todo porque «no quería preocuparla».
Al acabar, se cubrió el rostro. Nadie la juzgó. Miriam le pasó un pañuelo de papel.
Le tocó el turno a Olaya.
—Recién ordenado, celebré una de mis primeras misas en la Cárcel de Piedra, en Ciudad Juárez.
En teoría no debíamos estar ahí, y menos en la sección de mujeres, pero nadie decía nada.
Me acuerdo que una de las internas, una señora mayor, no me miró a la cara en ningún momento.
Al final se acercó, se arrodilló y me pidió que le diera la comunión «con las dos manos, padre, como si fuera un abrazo».
Interrumpió el relato. Se oyeron dos carraspeos.
—Yo no sabía qué hacer. Me temblaban los dedos. Pensé que iba a dejar caer el copón. Pero lo hice. Le di la hostia como me pidió. Y ese gesto tan simple me marcó. Me recordó por qué estaba ahí. Todavía hoy siento que la comunión es eso: un abrazo.
Tenía los ojos húmedos.
—Luego, al salir del reclusorio… Me dijeron que estaba allí porque había asesinado a su esposo y a sus dos hijos, de cuatro y dos años.
Solo la vela crepitaba. Keller habló después. Su tono era más grave de lo habitual, más lento.
—Mi historia es más sencilla. Yo… yo ya me cansé de ser «el ejemplo».
De tener siempre la palabra correcta, de ser el señor enciclopedia.
A veces quisiera sentarme con alguien y poder decirle: «Hoy estoy triste.
No sé por qué, pero no me pidas consejo».
Porque también yo necesito que me escuchen.
No es queja, muchachos, ustedes saben muy bien que siempre tengo la s puertas abiertas para todos.
Es solo que a veces soy yo el que necesita consejo.
Se quedó mirando la llama de la vela. Todos respetaron su tiempo.
—Y sé que no soy el único —concluyó—. Aquí todos llevamos nuestra cruz y no encontramos dónde dejarla. Así que gracias por este espacio.
Cuando Clara me preguntó si quería compartir una historia, negué con la cabeza.
—Hoy no —dije—. Gracias por invitarme.
Ella agradeció a su vez, sin presión.
El grupo siguió. Algunos rieron, algunos lloraron. Al final, todos nos dimos la mano para orar. Yo dudé. Pero lo hice. No por Dios. Por ellos. En silencio sin rezar.
—Danos, Señor, un corazón de fuego —dijo alguien.
Y otro más añadió:
—Y brazos que no teman temblar.
Nos fuimos apagando como bujías mojadas.
Fuera hacía fresco. La noche estaba llena de cigarras y volvía a cargarse del olor a tierra mojada.
El día había renacido y, cuando salía del comedor después del desayuno, me encontré con Ana Lucía, que venía sola por el corredor principal. Me saludó con una sonrisa.
—¿Dónde vas?
—A la zona de aulas. Voy a ayudar a las consagradas con unos arreglos de flores.
—¿Te importa si te acompaño en el camino?
—Como quiera, padre.
Caminamos unos metros sin mediar palabra. La brisa de la mañana era pegajosa. No había canto de pájaros ni rumor alguno .
—¿Te puedo hacer una pregunta sobre lo del otro día?
—Claro, adelante.
—Cuando ves a la Virgen, ¿es la misma figura siempre o se ve diferente cada vez?
—No lo sé. Lo recuerdo todo como un sueño.
—Pero algún detalle…
—No me lo tome mal. Cada que pienso en las visiones se me confunden las cosas. A veces me da mucho miedo acordarme. Lo recuerdo todo distinto. O sea, como si fuera otro recuerdo, ¿ve?
Nos detuvimos frente a una de las jardineras y me perdí un momento en lo verde de su mirada.
—No era así antes —continuó—. No antes del campamento.
—¿Viste algo antes del campamento? ¿Del verano pasado?
—Bueno, sí. Cuando era chiquita, yo creo que tenía más o menos como cinco o seis años, en la casa de mis papás vi algo una vez. Estaba en uno de los jardines y vi a una señora. Estaba sentada a la sombra de uno de los árboles. Pero no era la misma.
—¿Y te dijo alguna cosa?
—No. Se quedó ahí, nada más mirándome. Callada. Ni sonreía ni nada.
—¿Y esa fue la primera vez?
—Sí. Y la única. Hasta el año pasado aquí en Monte Cristal.
—¿Sentiste miedo ese día?
—No, para nada. Estaba muy tranquila y yo era muy pequeña como para preocuparme. Luego le conté a mi mamá y no le dio importancia. Durante mucho tiempo, nunca supe si había sido verdad o si me lo imaginé.
Josefina se aproximó a nosotros.
—Padre —saludó con una inclinación y se dirigió a Ana Lucía—. Hija, te estaba buscando por todos lados. Clara nos espera desde hace rato. Son muchísimas flores .
—Ya voy… —contestó, haciendo una mueca—. Me tengo que ir. Gracias por pasear conmigo, padre.
Más tarde, volví a aquella casa del pueblo que me tenía hechizado. Mis pasos acababan allí. Siempre. La casa de don Teo y Jacinta tenía la misma sencillez que había encontrado en San Damián.
Jacinta estaba en un banquillo y alzó la vista en cuanto me acerqué.
—No veo a don Teo, ¿está?
—Salió al cerro por quelite. Ya no debe dilatar mucho.
—No quiero importunar.
—Usted no importuna, padrecito. Y, ya que él no está ahorita, le voy a contar algo que usted no sabe. Porque siento que ora sí ya es momento. Mi don Teo también vio cosas que naiden más veía, cuando era chamaco. Espéreme aquí tantito. Siéntese.
Se levantó, caminó hasta una repisa y volvió con un libro encuadernado a mano y cuyas páginas estaban amarillentas por el tiempo. La abrió y, con el índice artrítico, señaló un dibujo. Era una figura humana, rodeada de serpientes entrelazadas y coronada de plumas.
—Don Teo lo dibujó luego de que vio a Quetzalcóatl y a Huitzilopochtli. Él dice que eran como hombres, pero no eran hombres. Llevaban penachos bien grandes en la cabeza y sus voces eran como de piedra. Le hablaron en una lengua que él no conocía, pero dice que lo entendía todo.
Hizo una pausa para entregarme el libro.
—Le dijeron que la tierra estaba en peligro, que los hombres rompían lo sagrado —continuó.
Pasé las yemas por las páginas mientras reparaba en aquellos trazos apretados y tan detallados .
—¿Y qué hizo él? —pregunté, sin apartar la atención de las imágenes.
—Pos trató de decírselo a los señores sabios del pueblo.
Esto era allá en Tecuanulco, de donde es él, allá en el Estado de México.
Algunos sí le creyeron, y otros… pos otros se asustaron.
Dijeron que estaba bien lurias. Y a los patrones, los que tenían tierras y ganado, no les gustó.
No querían que les pararan lo que le hacían a los bosques y a las aguas.
—Ya. ¿Y qué ocurrió después?
—Pos me lo callaron. Los hombres de un tal Pedro Santillana, un ejidatario muy rico de Texcoco y jijo de su madre, fueron a buscarlo. Don Teo se les escapó y se escondió en una cueva. Ahí se quedó un resto de semanas. Regresó y ya no le decía nada a naiden . Y luego, pos, ya se vino pa acá.
Pasé la hoja. Entre las páginas destacaba un pájaro pintado con ceras de colores. No cualquier ave. Tenía tres ojos. Las alas extendidas como en vuelo, y en el pecho, una espiral dibujada con carbón. Igual al que llevaba en su colgante. Debajo solo estaba la fecha: 25 de abril de 1959.
Ella bajó la mirada.
—Ese fue el último que dibujó, fíjese —dijo—. Se lo pasaron en sueños. Así le dijeron que ya estaba marcado. Que ya lo veían como nahualli . Y este es su nahual, su animal, el que comparte su espíritu: Yeyixtototl.
—¿Y qué significan los tres ojos?
—Son tres porque uno es pa mirar el mundo. Otro pa mirar lo que no se ve. Y el tercero… —Se detuvo y se tocó la frente—. El tercero mira pa dentro. Yeyixtototl.
Guardó el librillo con la reverencia que se reserva a una reliquia antigua.
—Tenga cuidado, padrecito. A mi don Teo le dieron otro ojo, y eso le bastó pa perder la paz pa siempre.
Una ráfaga de viento sacudió las hierbas colgadas del muro.
Olaya me buscó antes de que me retirara a la cabaña.
—Padre Arizaleta, mañana los monitores tienen misión en San Miguel. Keller los llevará a pintar casas en el pueblo. Pensamos que puede ser una buena oportunidad para que se acerque más a ellos. Ya ve que el otro día los notamos muy nerviosos con usted durante la reunión.
—No sé —dudé—. ¿Cómo puede eso ayudar a la investigación? ¿Vendrá Ana Lucía?
—No, se quedará con las consagradas. Ella no es monitora.
—Entiendo.
—Piénselo. Creo que allí podría escuchar sus testimonios con más cercanía, sin la rigidez de una sala. Si le interesa, mañana la cita es en la plaza de San Miguel en punto de las ocho y media.
—Gracias, padre. Si me levanto con ánimo, quizá me acerque. No lo prometo, pero lo consideraré.
Se despidió con una inclinación. Bajo el alero del comedor, la penumbra comenzaba a tomar el campamento sin ceremonia mientras se encendían las primeras luces.
Me fui a la habitación.
Y la electricidad se fue sin previo aviso.
Bastaron unos minutos para que todo quedara detenido.
Tomé la linterna del cajón de la mesita y salí al pasillo.
Las cabañas, las aulas, las oficinas de apoyo…
hasta el generador de emergencia había quedado enmudecido.
Me dejé guiar por el resplandor de las velas que alguien había encendido en la capilla. Supuse que estaría vacía.
Keller estaba sentado solo cerca del altar, con el cuerpo inclinado hacia adelante, los codos apoyados sobre las rodillas y el rostro hundido entre las manos. Me detuve junto a la entrada, sin hacer ruido .
Habló, sin levantar la cabeza.
—Entre, padre Arizaleta. Ya le vi. Yo nunca tengo las puertas cerradas a nadie…
Lo obedecí y me senté un par de bancos atrás. Pasaron un par de minutos antes de que el sacerdote se incorporara y se volviera hacia mí. Tenía los ojos húmedos. Al erguirse, se apretó un instante el costado.
—Hay momentos en que pienso que me equivoqué de siglo —dijo.
—¿Por qué lo dice?
—Porque desde el Vaticano II creo que la Iglesia se apagó.
Todo lo que creía entender se me hizo polvo.
La liturgia. El fervor. Incluso la obediencia.
Ahora todo es una coreografía alejada de Dios.
O peor: un teatro que Dios tolera sin intervenir.
Dejé la Legión por dolor, con la esperanza de que en la Milicia todo fuese más auténtico.
—Ya. ¿Y lo de Ana Lucía?
—No lo sé —dijo, con los labios apretados—. Hay días en que pienso que la Virgen la toca. Y otros en que siento que nada más es una niña atrapada en las expectativas de los demás.
Me miró durante un tiempo y luego se distrajo con una de las velas, debajo de las estaciones, todavía sin marco.
—¿Y usted? ¿Cree? —preguntó.
—Creo que algo ocurre. Pero no sé qué nombre ponerle.
—La primera vez que la vi —dijo— pensé que era una santa. Después pensé que era una víctima. Ahora no sé ni qué pensar. Solo sé que cada día la veo más sola.
Levantó la vista al sagrario.
—Y yo también —añadió—. Me siento fuera de lugar. No sé si mi función es servir o maquillar. Y eso es lo más terrible: no saber cuál es el verdadero rol.
—Creo que lo entiendo.
—Ni modo. Es lo que toca. ¿Viene mañana con nosotros ?
—Lo intentaré.
La vela más cercana parpadeó al moverse el aire. Nos alcanzó el zumbar lejano de un generador que intentaba encenderse, pero la oscuridad duró un poco más. Cuando volvió la luz, abandoné la capilla por el corredor del ala norte.