Nadie entierra los nombres Capítulo 30
45%

Capítulo 30

—¿Puedo? —pregunté, acercándome.

El joven me miró sin entusiasmo.

—Claro, padre.

Me alcanzó el balón. Lo tomé y lo lancé sin convicción. Golpeó el aro y rebotó hacia un costado.

—Nunca fue lo mío —admití.

Tenía una sonrisa torcida que nunca supe si era ironía o cansancio.

—A mí me calma —dijo .

Después de pasarnos la pelota y fallar varios tiros más al aro, nos sentamos al margen del campo, en una de las gradas. Descansó los antebrazos sobre los muslos, interesado solo en la superficie agrietada. En la pared de enfrente había un grafiti de tiza a medio borrar que decía: «Viva Cristo Rey».

—Eres Evaristo, ¿no? Me hablaron bien de ti —dije.

Antes de responder, siguió con la mirada a Olaya, que cruzaba el soportal al fondo. Después bajó la vista y se quitó una piedrecilla del calzado con parsimonia.

—Ja —soltó, alargando la sílaba con desdén—. Se aprende rápido a hacer que hablen bien de uno. Solo hay que decir lo correcto y no hacer preguntas incómodas.

Encogió los hombros y se apoyó en el respaldo del banco.

—¿Y tú las haces?

—Antes sí. Ahora ya no. Nada más las pienso.

Se frotó el antebrazo con fuerza.

—¿Cuánto llevas de monitor?

—Dos años. El doble de lo que había pensado. Desde que terminé la preparatoria. Quería «darme por completo», como decían en los retiros de ARCO. Pero la neta no tengo claro si me di o me disolví. ¿Puedo serle sincero?

Me miró de reojo.

—No se saque de onda —siguió—. Es que creo que, como usted viene de afuera, me puede entender mejor. No tiene prejuicios ni me conoce. Y a lo mejor hasta me puede dar un buen consejo.

—Dime, haré lo que pueda.

—Mire, hay días en que me despierto y me gustaría desaparecer.

Como hoy. No lo digo como huir o escapar.

Desaparecer. —Sus ojos se desviaron hacia la cima de Peña Colorada que se asomaba entre la bruma—.

Ojalá pudiera hacerme niebla. Para ver si Dios me encuentra o me olvida de una vez. No sé… ¿Me entiende?

—Sí. Más de lo que imaginas .

Hubo un silencio largo. Las luces en el alero del comedor se apagaron al fondo.

—No estoy del todo seguro, pero creo que quiero dedicarme al sacerdocio. Aunque no en la Milicia. Usted es jesuita, ¿no?

—Sí.

—Ustedes tienen una orden de verdad. ¿Sabe que los milicianos se separaron de los legionarios, verdad?

Asentí.

—Creo que prefiero regresar a los orígenes: los Legionarios de Cristo, el Regnum Christi…

—¿Y el Custodes Regnum?

—Es un asunto complejo. A veces pienso que sí, que es un traje que me queda apretado. Pero, aunque no lo crea, ARCO es lo único que me impide romperme de momento. Así que no sé.

Tomó la pelota naranja y la hizo rodar con la mano.

—¿Le puedo hacer una pregunta? —siguió.

—Claro.

—¿Usted cree que se puede servir al Reino y odiar a quienes lo representan?

—No lo sé —dije—. Si gracias a ese odio el Reino prospera, quizá no estás tan perdido.

Se puso de pie, sacudiéndose el polvo de los pantalones cortos.

—Una vez oí a uno de los viejos decir: «Los escándalos se tapan para no hacer tropezar a los pequeños».

Se mordió el labio. No dijo más. Se alejó con paso firme, botando el balón. Y con cada rebote marcaba distancia.

En un momento de respiro, salí de Monte Cristal y, de nuevo, dejé que mis pies me guiaran hasta que me vi otra vez en la vivienda del nagual y su mujer.

Ocupé el banco de madera, que ya empezaba a tomar mi forma, bajo el mismo árbol frondoso, detrás de la casa.

Frente a mí, el chamán me sostenía la mirada. Se quitó el sombrero antes de hablar.

—Fíjese que ora están pasando cosas bien raras —dijo don Teo.

—¿Raras en qué sentido?

—Animales, padre. Perros, gallinas… hasta la vaca de acá, la del vecino, don Ursicino. Se van. Así, nomás. Ya no están. Desaparecen. Desde hace ya varios días.

—¿Y no habéis encontrado nada?

—Nada. Se van nomás.

—¿Señales, marcas… algo?

—No, ya le digo que no. Ni huellas, ni sangre, ni nada. Nomás están y luego ya no están. Y es que cuando los animales se van, es porque la tierra está inquieta. La Señora está molesta.

—¿Tlaltecuhtli?

—Éjele. Cuando el hombre se olvida de ella, reclama y se lleva lo suyo. Tiene hambre.

—¿Sus vecinos, la gente del pueblo, dicen algo?

—Nada. No hablan. Tienen miedo.

—¿Y ustedes?

Don Teo se frotó las palmas.

Me llegó un aroma térreo, con un toque fresco, proveniente de las hojas machacadas por la curandera desde el interior.

—Ya ni vienen a vernos —siguió—. No quieren acercarse por aquí.

—¿Ni siquiera para buscar sus hierbas y su magia…?

—Y dele con lo mismo. No es magia —interrumpió, seco—. No hay magia. Sigue sin entender, padre. Pensaba que era más listo.

—Yo…

—Mire, vamos con mi Jas. A ver si ella le puede enseñar un poquito de lo que hace con las hierbas y entiende de una vez.

Entramos. La mesa de madera rústica se tambaleaba con cada movimiento de Jacinta que separaba las hojas con sus dedos curtidos.

—Jas, enséñale al padre lo que estás haciendo ahí. Tiene la cabeza de madera. A ver si puedes hacer que aprenda un poquito del xíhuitl .

Ella sonrió y me miró con dulzura.

—¿Y pos por dónde quiere empezar, padrecito?

—Bueno, me preguntaba si ustedes también usan medicinas, aparte de sus remedios, las que se venden en la farmacia.

—Las medicinas son hierbas también. Nomás que las meten en cajitas y las venden más caras.

—Y las hierbas están vivas y también pueden hablar —apuntó don Teo.

Jacinta levantó un manojo de hojas verdes.

—¿Ve esto? —dijo ella—. Esto es estafiate. Sirve pa’l dolor de estómago, pa limpiar la sangre y hasta pa las malas energías si lo usa bien.

—Ya. Malas energías.

La mujer soltó una risa. Sacó dos hatos pequeños de hierbas y los puso sobre la mesa. Los desató y empezó a triturarlos en el metate.

—Las malas energías no siempre son por los espíritus. Muchas veces son nuestras propias penas, nuestras envidias, lo que cargamos aquí. —Se tocó el pecho con fuerza—. Por eso, la tierra tiene hartas cosas pa enseñar. Pa que aprendamos.

La curandera me acercó un cuenco de barro que contenía un líquido oscuro y turbio. Despedía un aroma picante. Cítrico. Me lo ofreció sin decir nada, y me animó a tomarlo con un gesto.

—Ándele, bébale. Es té de toronjil —dijo orgullosa—. Le calmará los nervios.

Bebí un sorbo con cautela y el sabor agridulce se extendió por mi lengua. Ella retomó su explicación. Abrió un cajón y extrajo una raíz retorcida que recordaba un árbol en miniatura .

—Esto es árnica. Es pa los golpes, pa que no se haga bola. Nomás se machaca y se frota donde duele. Como en su tobillo.

—Ya, pero…

Recordé a mi madre en Estella, presa de su vesania. Me señalé la sien.

—¿Y para la cabeza? —pregunté.

Don Teo tomó asiento a mi lado y levantó una pequeña bolsa de tela que llevaba colgada al cuello, junto al ave de tres ojos. Con cuidado, sacó un botón verdeazulado y lo sostuvo entre los dedos.

—Esto. Esto cambia el alma.

—¿Y eso qué es, don Teo?

—Es peyotl . Peyote. Un maestro, pero bien severo. Si uno no está listo, mejor ni tocarlo.

—¿Un maestro? ¿Cómo puede una planta ser un maestro?

—Porque le abre la puerta de adentro y uno ve lo que no quiere ver. Es por eso que no se usa nomás así porque sí. No es pa andar jugando a los brujos.

—¿Usted lo ha usado? —indagué.

—Hemos caminado juntos, sí.

—Es bien peligroso, padre —intervino ella—. Muchos ni aguantan lo que la planta les dice. Muchos se asustan y se pierden. Salen corriendo y se tiran a las piedras. Otros ya no vuelven y pos se quedan como ancestros.

—Ya.

—Y ni le intente. No se puede tomar solito, tiene que estar con un nahualli que sepa lo que hace —aclaró Jacinta.

—Como don Teo.

—Es un camino que necesita un guía —intervino don Teo—. Nomás que no se lo daría a usted, que duda tanto.

—¿Tanto se nota?

El hombre rio y se dio una palmada en la pierna.

—A ver, padre. Usted duda de todo. Duda de las apariciones, duda de la fe de la gente, duda de lo que siente dentro. Duda hasta de la duda.

—No se agüite. Mi Teo nomás le dice lo que ve. Y él ve muchas cosas que ni vemos ni entendemos.

Pasaron las horas y hablamos de hierbas y remedios. De ritos y recetas. Hasta que cayó la noche.

Cuando ya me iba, Jacinta me entregó un pequeño ramo de hojas secas envuelto en un trozo de tela.

—Llévese esto, padrecito. Es ruda. Cárguela siempre, le ayuda a mantener lejos lo que no debería estar cerca.

Nada más cruzar la cancela del campamento, vi a Olaya salir de la recepción. Sin preámbulos, me invitó a caminar con él. Salimos por uno de los senderos que cruzaban la colina desde el flanco norte.

—No todo se resuelve en salas de juntas, ¿sabe? —dijo—. A veces hay que sacar el cuerpo del encierro para que el alma se acuerde de que todavía respira.

Sonreí. El terreno estaba seco, cubierto de zacate y piedras grises. El cielo tenía un tinte anaranjado que lo hacía parecer líquido.

—¿Caminar y pensar? —pregunté.

—Como los peripatéticos.

—Ya.

—Me acostumbré a caminar en Roma. Después de Ontaneda fui al Colegio Máximo allá.

Cada víspera de domingo me reunía con estudiantes de otras congregaciones y órdenes, y subíamos juntos al Gianicolo por la Via Garibaldi.

Tenía dos compañeros de camino: uno era salesiano; el otro, un dominico que recitaba a Karl Rahner de memoria.

Decíamos que Roma era una ciudad perfecta para quienes dudan sin prisa.

Se detuvo a mirar el horizonte. La tarde comenzaba a caer y una brisa suave aliviaba la ardentía que había apretado durante todo el día.

—Usted también estudió en Roma, ¿no?

—Unos meses nada más, con los jesuitas en la Gregoriana.

—Entonces leyó a Teilhard de Chardin.

—Lo discutimos mucho. No era del agrado de todos.

—Claro. —Rio—. Porque no sabían si era místico o geólogo.

A mí me fascinaba. Ese intento de reconciliar la evolución con la gracia.

La materia que tiende hacia el espíritu.

En ocasiones me pregunto si lo que pasa aquí, en Monte Cristal, no es justo eso: una tensión mal entendida entre lo que asciende y lo que resiste.

¿Sabe? Esa fue una de las razones por las que dejé a los Legionarios de Cristo y me uní a la Milicia.

La vida allí se había convertido para mí en obediencia y administración.

Mucha escuela, mucha disciplina y ningún espacio para el Espíritu.

Aquí podemos acercarnos al misterio sin ese arnés.

El sendero bordeaba un grupo de mezquites secos. Las ramas se cruzaban en el aire como una escritura ilegible.

—¿Y cómo equilibra usted el carisma con la prudencia? —le planteé.

Olaya no respondió de inmediato. Caminó unos pasos más y se detuvo.

—No siempre lo consigo —dijo—. Aprendí a sospechar del entusiasmo, sobre todo cuando viene disfrazado de fe.

Ya sabe: el carisma convence, la prudencia sostiene.

Y si uno falla en lo segundo, lo primero se pierde.

Antes del sacerdocio estudié ingeniería electrónica en la Anáhuac y después hice una maestría en química en el Tec de Monterrey.

Supongo que sigo intentando reconciliarlo todo.

—¡No me diga! Yo también soy ingeniero electrónico por la Universidad de Santa Clara.

—Vaya coincidencia. Coincidencia doble: en la fe y en la ciencia —celebró—. Así que, además de Chardin, leyó a Maxwell también .

—Y me aprendí de memoria las cuatro ecuaciones. Con la Salve.

Se inclinó, recogió una piedra lisa del suelo, la sostuvo unos momentos y luego la lanzó lejos.

—¿Y cómo ve todo este asunto de las apariciones desde su filtro de ciencia y fe? —pregunté.

—¿Ana Lucía? Hay planos, estados diferentes. William James ya lo intuía a principios de siglo. Los místicos acceden a realidades que la conciencia ordinaria no puede percibir.

—¿Se refiere a…?

—A que los grandes santos experimentaban genuinas alteraciones de la conciencia. Santa Teresa describe síntomas que hoy reconoceríamos como estados disociativos. Nuestros antropólogos han documentado técnicas similares en nuestras culturas indígenas.

—Técnicas. ¿Qué técnicas?

—Ayuno prolongado, privación sensorial, sustancias naturales, ciertos extractos que, bien dosificados…

—Se detuvo y miró a la distancia—. Los chamanes saben que hay puertas que requieren llaves específicas.

La gracia divina puede manifestarse a través de canales que la ciencia todavía no comprende del todo.

Bajó la mirada hacia la senda, que descendía con suavidad por una de las laderas de Peña Colorada.

Emprendimos el regreso entre más mística y electrones, entre mecánica cuántica y apariciones.

Olaya lo tejía todo en un continuo que se anticipaba a las teorías sobre la conciencia que formularían Penrose y Hameroff más de una década después.

De vuelta en el campamento, ya con la noche encima, se detuvo en el corredor al pasar frente a su cabaña.

—Espéreme tantito —dijo.

Entró a su cuarto y salió con un librito de tapa dura, vestido de tela burdeos. Me lo extendió sin ceremonia.

—San Juan de la Cruz. Subrayado. Algunas anotaciones y glosas son de mi autoría. Las más sesudas pertenecen a un profesor carmelita que tuve. Murió sin saber que era un místico extraordinario.

Lo tomé con ambas manos.

—Gracias.

—No es un regalo —aclaró, mirándome con seriedad—. Es una herencia prestada. Léalo con sospecha, como todo lo verdadero. ¿Nos vemos en el comedor más tarde para la cena?

—Sí, claro.

Nos despedimos con cortesía. Al volver a mi habitación, encendí la lámpara y abrí el libro. La primera nota estaba al margen de un verso:

«Para venir a gustarlo todo, no quieras tener gusto en nada».

Al lado, con letra pequeña, una más íntima:

«El alma no se expande en el ruido. Solo en la brecha».

Y al final, la lapidaria:

«A veces lo que despreciamos termina por volver».