Nadie entierra los nombres Capítulo 29
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Capítulo 29

Olaya dejó una nota con mi nombre sobre una pila de documentos: todas las copias del expediente que había servido de base para el informe enviado a Roma meses atrás.

Leí con paciencia y no encontré sorpresas.

El prodigio había sido narrado a la perfección antes de ser verificado.

Sin embargo, cada vez que creía haber encontrado una explicación, surgía un cabo suelto.

Pasó el tiempo y acabé harto de la moqueta nueva y la pintura fresca. Los músculos de la espalda me dolían y el cuerpo empezaba a protestar. Así que me levanté a estirar las piernas.

La tarde ya estaba avanzada y Monte Cristal parecía un monasterio en vísperas. El sol proyectaba una luz opaca sobre los corredores .

Clara estaba en el porche trasero de la casa grande, sentada en una mecedora de palma trenzada que chillaba a cada vaivén. Llevaba puesto un jersey de estambre blanco sobre una blusa perlina.

—Padre José María —dijo, sin mirarme—, ¿no se le antoja una tacita de café? A estas horas ya empieza a calar el aire. Y ya sabe, una bebida caliente ayuda a refrescar por dentro.

Agradecí el ofrecimiento. Me senté en una silla junto a la mecedora. Una jarra de peltre humeaba sobre la mesita. Clara llevaba en las manos una madeja de lana cana que desenredaba sin apuro.

—Es café de olla, con canela y piloncillo. Hay quien dice que esta bebida puede salvar almas. Yo no iría tan lejos, pero por lo menos relaja.

Sonreí. Lo sirvió en una vasija de barro desportillada. Lo probé. Estaba caliente y dulzón.

—¿Cuánto lleva aquí, Clara?

—En Monte Cristal, como ya hace siete años. Antes de la separación, estuve unos cuatro años en la Sociedad de Vida Apostólica. Después pasé a la sección femenina de la Milicia, donde llevo más de diez años. Soy vieja como los cerros: llegué aquí cuando todo era maleza y buena intención.

—¿Y qué queda de aquello?

La mecedora se detuvo un segundo.

—La maleza vuelve —contestó—. La intención, si es sincera, resiste. A veces.

La miré de reojo. Su perfil níveo estaba cruzado de finísimas arrugas tempranas. Sus ojos de caolín eran pequeños y vivaces. Le pendía del cuello un crucifijo de acebo revestido de nácar, perdido en su palidez.

—Y supongo que ha pasado mucha gente por aquí —aventuré.

—Sí, vi pasar por aquí a varias generaciones de monitores y jovencitos.

Primero con el ECYD y luego con ARCO. Algunos ya hasta se ordenaron, otros se casaron, otros se fueron sin decir adiós, otros…

Uno incluso me escribe desde Australia. Vive en Perth, tiene tres hijas y un taller de bicicletas. Ay, si yo le contara.

—Después de tantos años, habrá visto de todo.

—Más de lo que quisiera.

Bebí un poco del café. La canela resquemaba la garganta.

—¿Y sigue creyendo en todo esto? ¿En lo de Ana Lucía?

—No sabría hacer otra cosa —respondió, encogiéndose de hombros—. Dios nos tocó por dentro. A mí me cambió hasta la forma de mirar el mundo. Oiga, y que nuestra Madre esté hablando con una de nuestras jóvenes hace aún más grande la devoción. ¿Sabe? El milagro nos fortalece.

Unos grillos empezaban a alzar su concierto a nuestras espaldas. La mujer retomó su labor con el estambre.

—¿Y usted, padre? —preguntó sin apremio—. ¿Aún está en busca de la voz de Dios? Muchas personas comentan que su fe se le nota como cansada.

—Creo que solo me quedan fragmentos.

Se tocó el pecho a la altura del corazón.

—Fragmentos. Cuando uno lleva pérdidas dentro, lo único que oye es eso. Los restos. Y también puede estar Él ahí. En los trocitos más pequeños.

La mecedora volvió a moverse con su chirrido desigual. Tomó un sorbo del café.

—¿Sabe lo que más me ha dolido en todos estos años? —soltó de pronto, sin cambiar el tono—. El desánimo. El cinismo. Eso. Que se le contagia a una y le carcome por dentro, como la polilla. La malicia…

—¿Ha habido malicia con Ana Lucía?

—No, no, no. —Rio y continuó—. Para nada.

Con Ana Lucía, no hay malicia. Hablo de antes.

Ya le dije, en todos estos años me tocaron un montonal de cosas.

Todos estamos hechos de barro. Y mire: el barro se agrieta, como en esta taza, dejando entrar lo que hay afuera.

A veces entra luz. Pero otras veces entra puro veneno.

—Son palabras fuertes.

—Usted preguntó. He visto demasiados corazones rotos.

La taza tembló un poco entre mis manos.

—¿Y qué hace cuando entra el veneno?

—Lo que todas: amar. Escuchar. Rezar sin miedo. Y callar, si no hay otra salida.

—Ya. ¿Y nunca se ha querido pronunciar?

—¿Pronunciarme cómo?

—En contra del veneno.

Dejó el estambre en su regazo. Me sostuvo la mirada blanca.

—Mire. Yo no soy profeta, padre. Soy más bien como una abuela. Y las abuelas no son las que incendian la casa. La mantienen en pie para que algún día los nietos puedan rehacerla desde adentro, si hace falta. Si se quema. ¿Me entiende?

La tarde se hizo turbia. Una luciérnaga se posó en la baranda. Clara la ahuyentó con suavidad. El cielo empezaba a desteñirse, como ella.

—¿Ve? La luz también se cansa de esperar —dijo y se meció otra vez.

No dije nada. El barro se había enfriado y el café sabía amargo.

La primera gota golpeó el borde de la taza. Después cayó otra.

La lluvia duró poco más de una hora y del suelo aún emanaba humedad cuando salí a la cancela dispuesto a ir a San Miguel.

Me detuve más allá del claro, junto a un charco grande.

Desde Peña Colorada bajaba una brisa que traía consigo ceniza vegetal y tierra removida.

Inspiré hondo y el pecho no protestó. Hacía días que el Ventolin seguía olvidado en el bolsillo.

Sonreí para mí mismo: el Manex funcionaba.

Caminé un poco más hasta que encontré a un joven rubio, con el cabello rebelde, sentado sobre una piedra junto a un estanque.

Tenía los pantalones mojados hasta las rodillas y la mirada perdida en las ondas.

Apoyaba una libreta gastada en las piernas y llevaba una medalla dorada de la Virgen Milagrosa al cuello.

Al notar mi presencia, se levantó con torpeza.

—Perdón, padre. Se me fue el avión —dijo.

—Tranquilo. ¿Escribías?

Negó con la cabeza.

—Rezaba. O sea, con dibujos. Rezo dibujando. Mis manos son las que rezan. Mire.

Abrió el cuaderno y me lo puso delante. No tenía renglones y alcancé a vislumbrar manchas de tinta y frases entrecortadas entre los dibujos. Bosquejos. Una espiral. Un cordero. Tal vez un versículo mal copiado de Isaías.

Se puso de pie y me estrechó la mano.

—Déjeme presentarme: soy Luis Ramón Solís, uno de los monitores nuevos, y soy de Cristo —indicó con una inclinación pomposa—.

Estoy cubriendo a Mateo Valencia, que se fue de misión con ARCO a Tlaxcala.

Usted no me conoce, pero yo ya oí hablar de usted.

Ya nos explicaron que va a estar por acá unas semanas por lo de Ana Lucía, de parte del Vaticano.

—Encantado.

Su mirada se desvió hacia el estanque y se mantuvo así durante unos segundos.

—Perdón, pero ¿puedo preguntarle algo, padre?

—Claro, sin duda. Adelante.

—No se vaya a sentir, pero cuando me platicaron de usted, lo primero que pensé es que usted debía tener todas las respuestas —continuó—.

Pero luego me dijeron que no participa en la adoración nocturna desde que llegó.

Y ahora que lo veo, pues me doy cuenta de que usted también es de los que se hacen preguntas. ¿Me equivoco?

—¿Y tú?

Esta vez sí me miró. La sonrisa apenas le alteró los labios.

—Me hago preguntas. A veces demasiadas. Pero nunca encuentro respuestas. Lo que pienso yo es sencillo. Por eso dibujo. Es más fácil.

Nos quedamos unos minutos más junto al charco. Creo que conversamos sobre algún pintor y la mística. No lo recuerdo bien. Tal vez Blake, Kandinsky o Duchamp.

—Tápese —dijo al despedirnos—. Esto es como un desierto. Mucho calor de día y mucho frío después. Sobre todo, el frío es bien traicionero por las noches.

—Gracias, estoy acostumbrado al frío. El calor me cuesta más.

—Recuerde —dijo, antes de irme—. A veces lo que despreciamos termina por volver.

No dije más.

Le miré una última vez y eché a andar, con la tarde encima.