Nadie entierra los nombres Capítulo 28
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Capítulo 28

V olví a la cabaña en busca del Manex que había olvidado en la habitación. Sobre el chifonier alguien había dejado una pequeña caja rectangular. Estaba envuelta con cuidado. A un lado había un sobre con mi nombre escrito a mano.

Lo rasgué. Dentro, venía una tarjeta, redactada con el mismo trazo elegante.

«Con el más alto respeto y admiración por su labor, un modesto detalle de alguien que aprecia su dedicación, Ing. Juan A. Espino de Morales y Ayamonte».

No tuve tiempo de pensar más. Golpearon en la puerta.

Era Olaya, con su energía invariable y una enorme sonrisa en el rostro.

—¡Ah, veo que ya la abrió !

—¿Esto? —dije, al levantar la pluma—. ¿De parte del ingeniero Espino de Morales?

—El mismo. Un hombre generoso, ¿no le parece? Sabe muy bien cómo expresar su aprecio.

—Generoso, sí. Pero no alcanzo a entender por qué consideró necesario enviarme algo tan llamativo.

—Es una muestra de respeto, padre. Aquí en México valoramos mucho a quienes vienen de afuera a ayudar, y más aún cuando se trata de alguien con su formación y su prestigio.

—¿Prestigio? No me parece que un regalo tan oneroso sea la manera más acertada de reconocer un trabajo que, en principio, debería ser gratuito.

El sacerdote se quedó en el umbral. Ni entraba ni retrocedía.

—No lo vea así. El ingeniero tiene grandes planes para Peña Colorada.

Está completamente convencido de que estas apariciones les van a cambiar la vida a todos.

Y créame, sus aportaciones ya están haciendo una gran diferencia.

Nadie puede negar que sabe cómo mover el mundo material para impulsar el espiritual.

—Ya. Imagino que su interés se debe a que su hija es la protagonista del fenómeno.

—Por supuesto. La familia de Ana Lucía siempre ha estado comprometida con la fe. Este acontecimiento divino es un regalo para todos nosotros y, claro, también un profundo orgullo para ellos. ¿Ve algo malo en eso?

Olaya vio de soslayo la pluma sobre el tablero. La tinta, todavía húmeda en la punta, seguía desprendiendo ese aroma limpio a madera.

—Aunque… —murmuró— ese hombre también piensa con la herida.

Lo miré.

—¿Qué quiere decir?

Se detuvo un instante, sin mirarme .

—Nada. Pensaba en voz alta. El ingeniero Espino de Morales sabe que Dios solo perdona lo que se confiesa.

Y dejó el cuarto, sin más.

Volví la vista a la Montblanc. El objeto brillaba bajo la luz y no pude evitar comparar aquel lujo con El Salvador.

Los días sin papel ni tinta, los campesinos que firmaban con la huella del pulgar o con su silencio aquiescente.

Arrojé la estilográfica a lo más profundo del cajón. La madera estriduló al cerrarse.

Salí a caminar. Buscaba aire, o al menos un lugar que no oliera a artificio. No me importaba hacia dónde me llevaban mis pies hasta que llegué frente a la doble hoja de fresno. Encima de ella, una placa de latón rezaba con sobriedad: «Biblioteca San Juan de Dios».

La biblioteca de Monte Cristal era un espacio amplio, con mobiliario modesto. Agradecí hallar aquel cobijo. Al avanzar entre las estanterías de metal, me envolvió un rastro de esmalte que competía con la fragancia vieja de los libros.

La luz natural entraba, tamizada por unas persianas de madera, que dejaban franjas opacas sobre las mesas de pino blanco.

Me encontré con Ana Lucía sentada frente a una de ellas.

Tenía abierto delante un grueso volumen encuadernado en piel.

A su lado había una libreta llena de garabatos y dibujos juveniles.

Apoyaba una mano bajo la barbilla y la otra sobre las páginas del libro.

Levantó la mirada y en sus ojos reapareció el inquietante reflejo verde de su madre. Me dedicó una sonrisa delicada.

—Buenas tardes, padre. —Cerró las tapas, aunque mantuvo un dedo entre las hojas—. ¿Viene a leer algo en particular?

—No, más bien a despejarme un poco. Este sitio parece un buen rincón del campamento donde se puede pensar en paz.

—Tiene razón. —Rio con suavidad—. Lo que pasa allá afuera a veces se vuelve demasiado… como ruidoso.

Me acerqué y me senté frente a ella. El ejemplar que tenía en las manos era una colección encuadernada de hagiografías en cómic que había sido muy popular en mis años mozos: Vidas ejemplares .

—¿Te interesa la vida de los santos?

—No lo sé. —Volvió a abrirlo y lo ojeó sin verlo—. Solo leía la historia de santa Bernardita. O sea, la chava que tuvo las visiones en Lourdes. Y pues me pregunto si la Virgen tiene un plan distinto al buscar a alguien como yo y no a alguien como ella.

—¿Y qué crees tú? ¿Crees que la Virgen te eligió por algún motivo especial?

Desvió la vista y apoyó los antebrazos sobre la mesa.

—La neta no sé. A ratos pienso que sí, que debo hacer algo. O sea, algo importante. Pero otras veces no me siento muy segura. Haga de cuenta que hay algo como que… como que no me cae el veinte, ¿ve?

—¿El veinte?

—Es una frase. —Rio otra vez—. Quiere decir que no lo acabo de entender del todo.

—Ya. ¿Y qué es lo que no te cae el veinte?

Se quedó mirando sus dedos, que jugueteaban con el borde del libro.

—Muchas cosas —dijo enseguida—. Qué significa esto para los demás. Para mí misma. Para la Virgen… si es que de verdad es ella la que se me aparece.

Volvió a hojear el libro. Después de un rato, alzó la cara.

—Padre, ¿usted cree en todo esto? —soltó.

—A ver. No se trata de lo que yo crea, Ana Lucía. Lo que vale es lo que tú creas. La fe y la verdad no siempre andan juntas.

Se inclinó un poco y redujo la distancia entre nosotros. Desvié la vista y entonces reparé en la libreta. Entre apuntes apretados, asomaba un corazón. En el centro se leía un nombre, rodeado de flores trazadas con paciencia adolescente.

—¿Emiliano? —leí en voz alta—. ¿Quién es Emiliano ?

—Nadie, padre. Alguien de antes —dijo ruborizada; cerró la libreta y la voz se le apagó—. Cosas que pasaron hace tiempo. Ya sabe: hay cosas que una no puede contarle a nadie.

—¿Por qué no?

—Porque —vaciló—, porque no sé si los demás entenderían. Ni siquiera sé si yo misma lo entiendo, ¿ve?

Un ruido nos interrumpió. Una monitora colocaba unos libros en un carrito, nos echó un vistazo rápido y desapareció por uno de los pasillos. Cuando volví la vista hacia Ana Lucía, ya se había replegado sobre la libreta.

—Ya es tarde. Debería irme —dijo al levantarse—. Gracias por escucharme, padre.

—Gracias a ti por compartir lo que sientes.

La seguí con la mirada mientras salía de la estancia.

—Ana Lucía —la llamé antes de que atravesara el umbral.

—¿Padre?

—Una pregunta tonta: ¿recuerdas de qué color es el pelo de la Virgen que aparece en tus visiones?

—¿Su cabello? —Se quedó pensando—. No lo sé. O sea, siempre lo trae tapado con su manto. ¿Por?

—Por nada, solo curiosidad.

Cerca de la biblioteca se encontraban las aulas donde los monitores daban clases de regularización a los chicos que las necesitaban durante el verano.

Había un pasillo ancho, con tableros y ocho batientes de color aceituna, cuatro a cada lado del corredor.

Cada uno tenía una ventanilla pequeña. La luz encendida se colaba por una de las puertas, que permanecía entreabierta.

Desde allí se oía el crujido del papel y un murmullo infantil. Me asomé sin anunciarme.

Dentro, unas doce niñas —todas de San Miguel Tlalilnamican y ninguna mayor de diez años— trabajaban en silencio.

Unas ocupaban los pupitres; otras, el suelo.

Josefina les había encomendado construir cruces con tiras de periódico.

Las manos pequeñas, manchadas de tinta y pegamento, doblaban el papel con una minuciosidad sin método.

La consagrada caminaba entre ellas: corregía un pliegue, ajustaba un ángulo con un susurro y seguía adelante.

—Así… que no tiemble la línea. Piensen que cada doblez es un secreto —decía.

Me senté en una silla al fondo, a la altura de la ventana. Nadie me pidió que me fuera. La consagrada me saludó con una inclinación y una sonrisa, sin interrumpir su andar. Una niña, de rostro ancho y pupilas enormes, lanzó una pregunta al aire.

—¿Y por qué estas cruces no tienen sangre?

Josefina se detuvo. Antes de que respondiera, una de las pequeñas, la más alta y la más delgada, con el cabello recogido con una cinta rosa, habló sin levantar la vista de su cruz.

—Porque no todo lo que duele deja marca.

Su voz era demasiado grave para ser la de una niña.

—Martita —susurró Josefina, mirándome— comprende muchas cosas.

La chiquilla alzó la cara, y sus ojos negros se posaron en mí. Las pupilas se fundían con el iris, sin separación.

—A veces —añadió la niña—, la fe también se dobla.

Solo incliné la cabeza. Ellas siguieron trabajando.

Algunas comenzaban a decorar sus trabajos con fragmentos de colores.

Una pegó un círculo amarillo en el centro y, con un rotulador rojo, pintó rayos ondulados.

Miré por la ventana. Desde allí podía ver Peña Colorada a lo lejos.

Me entretuve viendo cómo el viento arqueaba las ramas de los eucaliptos.

—Yo soñé con un señor —dijo una de las niñas, sentada en el suelo.

—Ah, ¿sí? —le respondió la consagrada .

—Sí. Subía al cielo y tocaba una estrella. Y ahí, bien arriba, saludaba a Ana Lucía.

Al salir me acerqué al jardín. La luz se deshacía en los tejados de las cabañas de Monte Cristal en un tono magenta impropio para esa hora. El sendero que bordeaba el huerto, cubierto de grava suelta, gruñía bajo mis pasos.

A pocos metros, me encontré con una joven agachada, con un pañuelo de colores atado a la cabeza. Arrancaba malas hierbas y tenía un rastrillo en la mano.

—¿Padre José María? —preguntó, sin apartar la vista de las plantas.

Asentí, por inercia. Vestía una falda cosida en tela vaquera y una blusa beige abotonada hasta el cuello, sin maquillaje ni ornamentos. Se incorporó. Sus uñas estaban llenas de tierra. Tenía los ojos limpios y de un azur insólito.

—Hola, soy Alicia. Y estoy principiando como monitora de ARCO. ¡Ah!, y soy de Cristo. Casi se me olvida.

—Encantado. ¿Estabas en la reunión del…?

—A las nuevas no nos invitaron a la plática con usted el otro día —cortó—. Me asignaron apenitas esta semana, para reemplazar a Marisa que se tuvo que volver hoy a Sinaloa. Así que, mucho gusto, padre.

Me estrechó la mano.

—¿Se queda al rosario con las niñas del pueblo esta noche?

—Tengo otros planes —mentí.

—«A veces los planes de uno no valen nada si hay al menos un corazón que espera ser tocado».

—¿Cómo?

—Santa Priscila de Roseto, Meditaciones y promesas , capítulo septuagésimo cuarto.

Sonrió y me alcanzó un manojo de romero recién cortado.

—Tómelo, padre. El aroma ayuda a pensar.