Nadie entierra los nombres Capítulo 27
41%

Capítulo 27

E ntré en el comedor de Monte Cristal a la hora del almuerzo. Los monitores ya estaban allí y charlaban entre risas y migas. El olor a cilantro era penetrante. Aquel día habían hecho una sopa transparente de guisantes y los vapores todavía impregnaban el aire.

Una de las consagradas estaba sentada frente al tablón de corcho donde solían colgar los menús de la semana. Me acerqué a la silla vacía que tenía enfrente.

—¿Puedo? —pregunté.

—Por supuesto, padre. Por favor. Soy Josefina Tovar, para servirle. A usted y a Cristo.

Sonrió.

—José María. Un placer.

Desde la cocina se escuchaba la radio a muy bajo volumen.

— … falleció el pasado once de abril, a los setenta y ocho años, la actriz mexicana Dolores del Río…

La cuchara de la consagrada quedó suspendida a medio camino. Por un momento no dijo nada. Luego se llevó la servilleta a los ojos.

—No murió en paz —susurró .

—¿La conocía? —pregunté, con cuidado.

—Claro que no.

—Ya.

—Ella era la única santa verdadera que tuvo este país.

La voz le temblaba.

—¿Por qué lo dice?

—Porque lo dio todo. Hasta el cuerpo. Y no por un papel ni por buscar fama. Lo dio para que otros pudieran ver lo que era el dolor de verdad, sin mancha. Ella tenía una belleza pura, sin lujuria.

La miré en silencio.

—Los mártires —continuó— morían sin manchar la túnica, padre. Y ella murió en pantalla, muchas veces, desnudando la dignidad. La gente… la gente no sabía distinguir.

Los murmullos de los jóvenes parecían provenir de muy lejos.

—Ahora está en paz —dije.

—No —negó con lentitud—. La paz es para las que se esconden. No para las que ardemos hasta el final.

Tomé su mano entre las mías. Era pequeña, de piel callosa, quizá marcada por años de fregar baldosas y callar demasiado.

Al fondo, los jóvenes seguían riendo. Alguien se levantó, cambió de estación y subió el volumen.

Rockeretaro FM comenzó a expectorar, con la voz raspada de Brian Johnson, mientras tañía las campanas del infierno.

Limpié mi boca con una servilleta y salí.

El taller de carpintería quedaba detrás del comedor.

Estaba oculto entre matorrales y toneles oxidados.

Era una suerte de cobertizo improvisado con láminas de chapa disparejas y una fuerte emanación de trementina.

Ese día, la puerta estaba abierta. Al pasar por delante, me saludó un joven sin levantar la vista de la tabla que lijaba:

—Padre, tenga cuidado, que aquí uno termina con los dedos llenos de astillas.

Me asomé. Había serrín y virutas por el suelo.

Un ventilador me envolvió en su ráfaga de esmalte y de pintura de aceite.

Sus aspas chirriaban con desgana. Un monitor de poco más de veinte años, con gafas redondas y una camiseta blanca pringada de laca, se acercó con una sonrisa campechana. Era alto y moreno.

Me invitó a pasar.

—Encantado. Me llamo Jonás y soy de Cristo.

Estuve con usted en la reunión de ayer, pero no nos presentamos.

¿Quiere pasar a ver los marcos de las nuevas estaciones?

Son para el viacrucis de la capilla. Ya ve que los que tiene ahora están viejos y están en muy mal estado.

Ya los tenemos casi listos. Falta barnizar tres y pulir dos más.

Lo seguí hasta el interior. Los marcos de cedro rojo estaban alineados sobre una balda, junto a un bote de aguarrás mal cerrado.

—¿Qué le parecen?

—Bellos. Muy sobrios.

—Eso pidió el padre Olaya —dijo con una mueca—. Que esto es para formar conciencias, no para adornar iglesias. No se crea. Evaristo me ayudó mucho. No es trabajo mío nada más.

—Evaristo… no lo conozco.

—Es muy buen chavo. Un ejemplo para todos nosotros. Está pensando muy en serio en entrar al seminario y todo eso. Y es uno de los más conmovidos con las apariciones. Se ve que le pegaron bien fuerte.

—Ya. ¿Tú estuviste aquí el verano pasado, cuando empezó lo de las visiones?

Se encogió de hombros .

—Sí. Yo estaba a cargo del taller de carpintería del grupo de secundaria. O sea, no fui a la excursión.

—¿Cuándo te enteraste de lo que había ocurrido?

—En la fogata, antes de la oración nocturna. Como todos.

Levantó uno de los marcos y lo colocó con cuidado sobre la mesa. Tomó una brocha vieja y la sumergió en la resina.

—¿Me ayuda a barnizar?

—No soy experto, pero puedo intentarlo.

—No hay que ser experto. Nada más hay que tenerle paciencia, ¿ve?

Me alcanzó otra brocha.

—¿Y tú qué piensas de las apariciones?

—Uy, padre. Creo que fuimos bendecidos de una manera bien especial.

—Ya.

Extendimos el barniz sobre la madera. Jonás empezó a hablar sin detener la brocha.

—¿Sabe? La neta es que no he estado muy al tanto de lo de Ana Lucía. A mí me mandaron aquí porque soy «buena onda con los chavos». O sea, así me lo dijeron.

—Eso habla bien de ti.

—No sé. Lo que no me dijeron es qué hacer con el silencio.

—¿El silencio?

—Sí —respondió y bajó un poco la voz—. Ese que queda cuando a uno le cuentan cosas que no pueden contarse. O que no deben. Ya entiende…

—La verdad, no. Lo siento.

El vaivén del ventilador marcó un compás incómodo entre nosotros.

—De vez en cuando creo que nos usan para darles a otros una segunda oportunidad. No a nosotros. A ellos.

—¿A quiénes?

—A los que ya no están. A los que «formaron a tantos», y ya no aparecen ni siquiera en las fotos .

Dejó la brocha en el borde de la lata y se limpió las manos en el mandil de cuero.

—Pero no todos nos vamos. Igual uno se queda —añadió—. Porque hay algo. O eso creo. Y porque, a pesar de que yo mismo no lo entienda del todo, sigo creyendo en la redención. Incluso en la de ellos.

Tomó uno de los marcos.

—Mire, aquí está el cinco romano. El del cireneo que ayuda a Jesús a llevar la cruz. Simón de Cirene. ¿Lo barniza usted, por favor?

Salí poco después. Me detuve en el camino y me senté en una de las gradas del campo de fútbol.

Miré hacia el oratorio. Desde el interior llegaban los acordes de una guitarra.

Alguien entonaba una canción de misa con una melodía temblorosa, cargada de vibratos que recordaban el balar de una cabra.

Un pájaro picoteaba migas al pie del graderío, indiferente a los gorjeos humanos.

El barniz tardaría horas en secarse.

Las horas pasaron y la tarde caía sobre Monte Cristal como una sábana húmeda.

El calor había cedido y una brisa suave corría por los rincones del campamento.

Se agradecía. El hambre volvió y regresé al comedor que aún retenía los olores de la merienda.

Me serví un poco de sopa, que ya estaba tibia, y me senté junto a una ventana abierta.

Desde allí se veía el campo de balonvolea, con su red floja y sus postes desiguales.

Los jóvenes lo habían abandonado hacía rato.

Solo quedaban las marcas de sus huellas en la arcilla cobriza del terreno.

—Disculpe…

La voz venía de mi izquierda. Una chica se acercaba con una jarra de cristal.

No recordaba haberla visto en el encuentro con los monitores del día anterior.

Lucía unos tirabuzones que brillaban como el ónix negro al sol.

Vestía la camiseta oficial del campamento —verde olivo, con el logotipo de ARCO bordado en el pecho— y una falda amplia que le cubría los tobillos.

—¿Ya probó la jamaica hoy? —preguntó.

Me sirvió un vaso hasta el borde sin esperar respuesta. Lo bebí. El líquido era rojo y dulce. Refrescante. Se sentó frente a mí y dejó la jarra sobre la mesa.

—¿Le gusta? Sabe a infancia —comentó—. Bueno, a la mía, al menos. Mi abuelita la hacía con canela y clavo. A esta como que le falta alma, pero da el gatazo.

Sonreí.

—Es buena —dije.

—¿Y eso? ¿Ese acento de dónde es? ¿Castilla? ¿Navarra?

—Navarra —respondí—. Pamplona.

Levantó los brazos y movió las manos imitando el baile flamenco con entusiasmo.

—¡ Arza ! —soltó, exagerando el sonido de la zeta—.

Yo también tengo sangre española y con mucho orgullo.

Muchos me dicen que tengo cara de gallega.

Y fíjese que no, mi abuelito era de Molezuelas de la Carballeda, allá en Zamora.

Español hasta el tuétano. Tenía unos dichos rarísimos.

Uno era… espéreme… «De los tres, líbreme Dios: el Peromato, la Gobierna y el Paseo de San Martín». Nunca lo entendí.

Ella se rio, y yo también.

—Me llamo Miriam —dijo—. Y soy de Cristo.

—Encantado, Miriam. Ayer no estabas en la reunión con los demás, ¿verdad?

—No. Es que llegué apenas hoy por la mañana. Me pidieron venir para reforzar las actividades con los peregrinos y toda la onda esta de las apariciones. ¿Y usted, padre? No es miliciano. ¿Por qué está aquí?

Tragué el último sorbo de la jamaica antes de contestar .

—Porque Roma me mandó a colaborar con el comité que investiga lo ocurrido en Peña Colorada.

Asintió sin inmutarse.

—¿Y tú?

—Soy monitora desde hace año y medio. Terminé la prepa y todavía no quise meterme a la universidad. Preferí seguir sirviendo. Con los chavitos es como que más real, ¿no?

—Ya. ¿Y qué tienes pensado estudiar?

Se encogió de hombros.

—Lo que Dios diga. No sé si al final iré a estudiar. Tal vez me consagre. O me case con alguien que también quiera salvar almas. A mí me gusta la lucha, pero no sola. Mientras tanto, apoyaré a Ana Lucía. ¿No le parece mágico todo lo que está pasando?

Ella bajaba la vista al terminar de hablar. Sus ojos eran grandes, del color del tamarindo.

—No sé si en el fondo hay magia.

—Se le oye triste, padre.

—A veces estamos un poco rotos, hija —me oí decir.

—Pues le entiendo. Pero, ya sabe, como decía mi abuelita: «en el lodo más feo se da la flor más bonita». Bueno, un placer. Que Dios lo acompañe. Gracias por venir a ayudarnos.

Se levantó con la jarra en la mano y se fue. Su perfume Gloria Vanderbilt quedó un instante más sobre la mesa. En el vaso vacío, la jamaica dejaba un poso granate, como el de la sangre vieja.