Capítulo 26
L os milicianos habían insistido en que esperara unos días antes de subir por la ladera de Peña Colorada.
Por fin caminaba por el sendero que conducía a la cueva donde, según el testimonio de Ana Lucía, la Virgen se le había aparecido por primera vez.
Mis botas se pegaban al barro mientras la calima hacía vibrar el aire a lo lejos y desdibujaba el paisaje.
—No sé si sepa que aquí en México la ley no nos permite realizar manifestaciones de culto en espacios públicos —explicó Olaya.
—Sí, el padre Marifuente me lo comentó en su día. Por eso no traje sotana.
—Pues es una pena, porque aquí ya la podría usar.
Ahora que el lugar de las apariciones quedó confinado dentro de las posesiones del Campamento Juvenil Monte Cristal, tenemos más libertad para movernos.
Eso sí, no se crea. Nos tomó su tiempo. Gracias a Dios, el Custodes Regnum logró acelerar los trámites por intercesión del licenciado Flores Magut.
—Ya. ¿Entonces se puede visitar el sitio?
—Por supuesto. A partir de hoy, cuando quiera. Esta colina nos pertenece .
El terreno era accidentado, flanqueado por un bosque ralo que apenas daba sombra. Oía el murmullo de un manantial cercano, interrumpido por el canto ocasional de los pájaros. Habían ceñido el área con una malla metálica que castigaba los ojos con su brillo bajo el sol.
Cerca del camino que conducía a la gruta se había improvisado un altar.
Era una estructura cubierta con un mantel blanco que la brisa levantaba bajo el dosel.
A su alrededor había crucifijos de roble tallado y una estatua de la Virgen de Guadalupe de tamaño natural.
Unas ocho o diez personas rezaban de hinojos.
Sostenían rosarios y movían los labios sin voz.
Junto a ellas unas mujeres en mantilla permanecían con los brazos cruzados y el rostro surcado de lágrimas.
Una consagrada apretaba un enorme escapulario mientras lloraba sin hacer ruido.
A su lado, una pareja de norteamericanos pedía detalles sobre lo ocurrido y uno de los monitores les explicaba el fenómeno.
— Yes, yes… Virgin, she appear here. A message of hope, yes… for humanity, no? —dijo en un inglés titubeante.
El joven sacudía las manos y señalaba el contorno de Peña Colorada.
Lo observé unos minutos más, antes de aproximarme al baldaquino.
Allí, las velas ocupaban un lampadario en hileras perfectas, y las encendidas dejaban pequeños charcos de cera.
Pasé los dedos sobre la madera. El barniz aún estaba fresco.
Una mujer robusta y sudorosa, con un vestido sencillo y una pañoleta que la protegía del sol, se aproximó a pasos cortos.
—Disculpe, ¿usted trabaja aquí? —me preguntó.
—No, estoy de visita también.
Ella se giró hacia la cima.
—Es que vine con mi hermana desde San Luis Potosí porque nos dijeron que como se apareció la Virgen todas nuestras peticiones van a ser oídas. ¿Cree que sea verdad ?
—La fe puede ser algo muy personal —respondí con cuidado.
—Es que mi hija acaba de tener a su bebita y le nació enfermita. Queremos pedirle a nuestra Madre que la cure, pobrecita.
—¿Qué tiene la niña?
—Llegó antes de tiempo, ni seis meses tenía. Está muy débil y los doctores nos dicen que quién sabe si va a resistir. La tienen en las incubadoras del hospital.
—Las incubadoras son el ambiente ideal para los niños que nacen tan pronto.
—¿Usted cree? Está tan pequeñita y frágil, así, con sus manitas chiquititas… como que se va a romper de un momento a otro.
—Los médicos saben cuidar muy bien a los prematuros. Tenga fe en ellos.
Una campanilla reclamó nuestra atención.
Keller, con su casulla bordada en dorado —que además le quedaba grande—, se erguía al frente.
Su cabello rubio le hacía lucir como un icono ortodoxo.
Su voz impuso respeto y llamó a misa. Habían llegado más familias del pueblo, ancianos con sombreros de yute y damas de la ciudad con ropas lujosas.
El reducido grupo de turistas extranjeros prestaba más atención a sus cámaras que a la ceremonia.
La celebración duró poco más de quince minutos. Cuando terminó, el sacerdote extendió las manos hacia adelante en un gesto inusual en el rito.
—Hoy y en todo momento somos testigos de la verdadera fe —proclamó, con los brazos abiertos a la multitud—. Que la bendición del Altísimo sea un canal de gracia para todos los presentes.
Se escucharon varios murmullos de aprobación, reforzados por algún que otro amén.
—El señor esté con ustedes —recitó.
El cura cogió una ramita de romero y la sumergió en un recipiente de terracota que portaba uno de los monitores vestido de acólito.
Comenzó a salpicar a los creyentes. Los devotos se aproximaban para recibir el agua, cerraban los ojos y elevaban plegarias que chocaban unas con otras hasta formar una discordancia imposible.
—Agua de vida, agua divina…
Las gotas, al caer al suelo y sobre las prendas de los fieles, desprendían un tenue resplandor.
Después, se desdoblaron en haces de colores que recordaban lámparas de neón.
Una anciana cayó de rodillas, llorosa, con los ojos levantados al cielo.
La cara se le torció en una mueca, presa de un espasmo.
Keller desvió la mirada un instante hacia la vasija y recobró la compostura.
—¡Es un milagro! ¡Gracias, Virgencita! —exclamó una mujer entre sollozos.
Otros se pusieron de hinojos. Gemían, lloraban. Se persignaban ante la luminiscencia del líquido, mientras los extranjeros sacaban instantáneas y murmuraban explicaciones.
Lo primero que pensé fue en Newton. En la descomposición de la luz, en un capricho de las gotas semejante a un arcoíris. Me acerqué a Keller, que asperjaba a los fieles. El agua me mojó el antebrazo.
— Asperge eos, Domine, aqua munda.
Acerqué la piel a la nariz: aquel olor me resultaba conocido, aunque estaba disfrazado por la tierra mojada y el incienso quemado.
El sol atravesaba la explanada. Los árboles más próximos daban cobijo a los rezagados, cuyos rezos continuaban con siseos apagados. La ceremonia concluyó y entre los cantos y las voces que empezaban a diluirse, Keller vino hacia mí sin prisa.
—¿Cómo vio, padre?
—Impresionante. La fe de la gente conmueve.
Miré a los asistentes que aún permanecían en hinojos cuando Keller apoyó una mano en mi hombro .
—Es un prodigio —dijo al fin—. La Virgen está aquí con nosotros. ¿Aún lo duda?
Bajo el sol, sus ojos azules parecían brillar rodeados de un tinte amarillo, muy suave.
—No —mentí.
Durante un segundo, su sonrisa se relajó. No dijo nada más y se volvió para atender a una joven que suspiraba y pedía otra bendición. Lo seguí con la vista. No vi en él ni la seguridad del farsante ni la euforia del creyente.