Capítulo 25
P oco después, cuando el sol comenzaba a declinar, tomé de nuevo el camino hacia San Miguel Tlalilnamican. El bochorno había cedido, y la luz, ya más baja, doraba los tejados del pueblo enjalbegado.
La vivienda era humilde, con las paredes heridas por el tiempo y el sol.
Los bloques de hormigón y ceniza ayudaban a mantener el frescor en los días de verano.
La fragancia siempre presente del copal se entreveraba con la del maíz tostado.
La puerta estaba abierta, y el cortinaje de cuentas ondeaba en la entrada, movido por un aire tibio que traía leña húmeda y tierra apisonada.
Dudé antes de cruzar. Pero antes de darme cuenta, ya estaba dentro.
El fogón seguía encendido desde la noche anterior.
La curandera estaba agachada sobre una olla de barro y removía con una cuchara de palo un líquido vaporoso que emanaba un fuerte aroma a eucalipto. Al verme, no sonrió.
Solo movió el mentón y volvió al brebaje.
—¿Cómo amaneció el tobillo, padrecito? —preguntó, sin levantar la vista .
—Mejor. Mucho mejor. Casi como si no hubiera pasado nada. La hinchazón ya bajó.
—Las cosas no bajan ni suben —respondió—. Se acomodan. O no.
—Pues, acomodado entonces. —Sonreí.
No dijo más. Me percaté entonces de que en la esquina de la entrada una figura menuda nos observaba en silencio: una niña, no mayor de siete años, con los ojos muy abiertos, los brazos cruzados y un pañuelo atado a la cabeza.
De los bolsillos de la falda le asomaban manojos de ramas que me resultaron extrañas.
La curandera la miró y, con un ademán indescifrable, le indicó que se acercara.
La pequeña extendió las varitas, como una ofrenda bendita.
Jacinta las recogió con la misma seriedad.
Las olió una por una. Luego eligió tres, las echó en un molcajete y comenzó a machacarlas.
La chiquilla aguardó sin moverse. Después, recibió un puñado de polvo envuelto en un trozo de periódico.
—Ocote, hoja de guásima y huizache. Tres veces —explicó la mujer—. Nomás en las noches con luna. Sin comer nada. Nada de nada. Que no hable con naiden después de tomarlo.
La pequeña asintió y se fue. Nos quedamos solos. Le habían dado la vuelta a San Martín de Porres y sobre la repisa del altar, una cruz de nogal cohabitaba con un ramo seco de ruda, una roca negra y un retal de yute con símbolos bordados en algodón de colores.
—¿No necesita ver al enfermo? —pregunté.
—No.
—Y si no habla con ellos, ¿cómo sabe qué darles?
Siguió moliendo. La piedra golpeaba el mortero a un ritmo inconstante.
—Las plantas son las que hablan —dijo al fin—. Nomás hay que callarse pa oírlas.
El humo del fogón subía despacio.
—Algunos dirían que eso es pura imaginación —aventuré .
—A algunos las cosas nomás les pasan por delante —respondió—. Pero no ven lo que crece debajo.
Dejó unas ramas más sobre la mesa y me miró.
—Usted quiere entender —dijo—. Ese es su problema. Entender no sirve. Allá afueras está don Teo —indicó ante mi silencio y señaló con la barbilla.
Lo encontré a un lado de la puerta que daba al patio trasero, sentado en una mecedora cuya madera, lisa y gastada, conservaba la huella de las manos. La brisa era escasa y, con todo, se sentía más fresco que dentro.
—Don Teo —saludé—. Vine a agradecerles la ayuda de ayer.
—No tiene por qué, padre. Mi Jas y yo estamos pa ayudar al que lo necesita.
Tenía una especie de rosario en la mano, pero con muy pocas cuentas y sin cruz. Las pasaba de una en una, mientras hablaba.
—Si no le molesta, don Teo, quería preguntarle algo.
Asintió y entornó los párpados. Me mostró un banco que reposaba junto a la pared.
—Ayer me estaba usted diciendo que la tierra y las apariciones tenían algo en común —continué.
—La tierra está atada con todo. Nomás mire los cerros y las aves. Las gentes. Todos estamos unidos en ella.
—¿Y entonces lo que ve la chica…?
—Ya le dije que no sé lo que ve la chamaca. Pero sí le digo que la tierra vive. ¿A poco usted no ve que la tierra respira?
Pensé en alguna analogía, alguna metáfora. Y, al no encontrar nada, solo asentí.
—Todo lo que nace y muere vuelve a ella. No solo lo que camina, sino lo que canta, lo que vuela. Todo —siguió.
—Eso es muy poético, don Teo.
El chamán dejó escapar una risa seca .
—Las poesías nomás son canciones sin música. Están muertas antes de nacer. Puras palabras.
Reí con él.
—Nuestros antepasados —continuó—, los antiguos, sabían mucho de la tierra. Lo que muchos ojos no alcanzan a ver. Sabían que bajo nosotros habitaba la Señora.
—Una señora.
—Sí, padre. La Señora de la tierra. Decían que tenía bocas por todo el cuerpo. Pa comerse todo.
—Una señora que devora.
—Y que pare. Así es la tierra.
Sacó un cigarrillo liado con las mismas hojas del tabaco. Lo encendió y le dio una profunda calada. Dejó escapar el humo entre nosotros. Olía acre, a hierba quemada.
—Los antiguos la llamaban Tlaltecuhtli —siguió—. Decían que era un monstruo, que mordía y comía todo lo que caía al suelo. Pero lo hacía pa devolver la vida.
—¿Un monstruo que da vida? No es lo que yo esperaría de un monstruo.
—Porque no es un monstruo de verdad, padre. Ustedes la ven así desde la ignorancia de su ciencia. Ustedes nomás separan las cosas entre el bien y el mal: entre un dios y un demonio. No entienden más que blanco y negro.
Se detuvo otra vez, como si buscara las palabras, con la vista perdida en la lejanía.
—Las cosas no eran así —siguió—. Tlaltecuhtli era puro desorden. Un desorden que los dioses tuvieron que arreglar. Ella estaba antes que ellos, en el mar.
—¿Y cómo arreglaron estos dioses el desorden?
—Quetzalcóatl y Tezcatlipoca, los dos grandes, eran hermanos y estaban peleados entre ellos. Pero no podían crear el mundo. Estaban cansados de tanto desorden y se convirtieron en serpientes. La agarraron y la jalaron cada uno por su lado .
—Dos hombres contra una mujer.
—Sí, la rompieron, la cortaron en dos. Con una mitad hicieron el cielo y con la otra hicieron la tierra.
Separó las manos al ilustrar la escisión divina.
—¿Y ella lo permitió? ¿Que la rompieran en dos así como así?
—No. Gritó, padre. Gritó con harta fuerza y los dioses supieron entonces que no se podía matar algo tan poderoso. Así que después la honraron. Hicieron que de su cuerpo nacieran las flores, los ríos y los cerros. Y desde entonces cada árbol y cada piedra llevan adentro el sacrificio de la Señora.
—La Señora… —repetí para mí.
—¿Ya ve? Ya lo está sintiendo. No. No es un monstruo. Es una señora. Una mujer. Y su pelo… chino y rojo, como las llamas.
—¿Chino?
—Sí, con el pelo enrollado. Así enredado como las raíces que buscan agua en la tierra.
—Ah, ya entiendo.
—Pero no se piense que nomás es su pelo. Esos chinos no son nomás un adorno. Son sangre. ¿A poco no ha visto tierra roja?
—Y dígame, don Teo, ¿cree usted que esa señora sigue aquí, bajo nuestros pies?
El chamán sonrió y mostró los dientes amarillentos por la nicotina.
—¿Pos no la siente a veces temblar?
Jacinta se acercó a nosotros con una taza. Me la puso en las manos.
—Tome —ordenó.
El líquido era amargo, espeso, con un dejo de cortezas y picante. Bebí. Me ardió en la garganta. Pero no protesté.
—Esto no es pa sanar el cuerpo —dijo—. Es pa que el cuerpo no estorbe cuando se quiere oír .
Regresó al fogón. La olla hervía con un burbujeo vivo, y en su vientre se agitaban remolinos de vapor.
Esperé allí un largo rato con ellos, entre el rumor de los rescoldos y el tacto del barro tibio entre las manos. Les agradecí una vez más, me despedí y me levanté para retomar el camino hacia Monte Cristal.
—¿Ya le preguntó a la niña que ve a la Señora de qué color es su pelo? —La voz de don Teo me alcanzó mientras me alejaba—. Seguro que es rojo. Como la tierra…