Capítulo 24
E l día se abría paso con paciencia de oficio y llegué, cojeando un poco, a otra de las salas del campamento.
Esta era más amplia que la del día anterior, con un techo elevado que recordaba la bóveda de un claustro.
Los ventanales daban al jardín, donde dos hombres uniformados en gris y con el logotipo de la empresa jardinera en la espalda se afanaban en arreglar los setos.
Las sillas formaban ese día un círculo perfecto.
Los asistentes aparecieron en oleadas. Primero los monitores: jóvenes con camisetas estampadas con el emblema de Monte Cristal o de ARCO, algunos con gorras americanas del mismo color.
Caminaban con disciplina. Hablaban en susurros, se intercambiaban miradas cómplices y ocupaban sus lugares.
Después, entraron dos consagradas, discretas, seguidas de Olaya y Keller.
Una de ellas, de nuevo vestida de blanco, era la mujer albina del día anterior. La reconocí en el acto.
Olaya, con su sonrisa profesional y educada, me saludó de inmediato. El otro, más reservado, se situó al fondo del recinto, cruzó los brazos y apenas inclinó la cabeza hacia mí.
—Muy bien, muchachos. ¿Ya están todos sentados? Bien, buenos días. Hoy está con nosotros el padre José María Arizaleta —inició Olaya—. Para quienes no le conocen, les comento que nos visita desde España, por parte del Vaticano, para apoyarnos en el comité de validación de las apariciones.
—¿Y Ana Lucía? —preguntó una de las integrantes del grupo.
Vestía una cazadora roja con hombreras y una camisa Guy Laroche estampada con mariposas. Su acento norteño mexicano rompía el tono sobrio de la estancia.
—Le pedimos que no viniera. Queremos que puedan hablar con libertad, sin sentir presión. El padre está interesado en su experiencia el verano pasado.
Me cedió la palabra.
—Gracias por vuestra presencia —dije—. Como explicó el padre Olaya, mi objetivo es entender mejor lo ocurrido durante la primera aparición. Así que, por favor, hablad con sinceridad y confianza. Cualquier detalle puede ser importante. ¿Alguien quiere contar lo que pasó?
Tras unos instantes de miradas nerviosas, uno de los chicos carraspeó. Tendría cerca de veinte años, con un porte tímido pero a la vez entusiasta.
—Pues verá, padre, ese día estábamos en una como excursión, siguiendo el caminito que lleva al arroyo.
Vamos cada verano ahí con los muchachos para que hagan un poco de ejercicio y exploren el terreno.
Todo era normal hasta que Ana Lucía se separó del grupo.
Creímos que solo quería curiosear un poco o que tal vez ya le andaba del baño.
Se oyeron algunas risitas contenidas.
—Ya. ¿Cuánto tiempo estuvo ausente, sabéis? —pregunté.
—Como diez minutos, tal vez un poquito más. Nos empezamos a preocupar porque no volvía…
Otra de las jóvenes, sentada al lado opuesto, le interrumpió.
—No, no fue tanto. No llegó ni a dos minutos. Yo misma la vi aparecer luego luego. Ni siquiera eso .
Él se giró hacia ella, incómodo.
—Pues yo lo sentí más largo, como que tardaba y tardaba —replicó inseguro—. O sea, Mateo y yo estábamos a punto de salir a buscarla.
—No es cierto —insistió otra, cruzando los brazos—. Yo estaba cuidando a los más chavitos que iban más atrás, y cuando me di cuenta, ya estaba con nosotros, ¿ves?
La consagrada albina levantó su blanca mano con suavidad.
—Perdón que me meta. Pero yo también me acuerdo que regresó rápido. No sabría decir cuántos minutos, pero no como para preocuparnos.
—Tal cual —añadió una de las monitoras, con tono triunfal.
—Situaciones así pueden distorsionar la percepción del tiempo —explicó Olaya—. Es natural que la experiencia de Ana Lucía los haya afectado de distintas maneras. Sobre todo, por el vínculo que tienen con ella. Es lo que los apologetas llaman «efectos de lo divino».
—Exacto. Es frecuente —intervino Keller—. Los que estamos aquí desde el verano pasado lo hemos visto muchas veces.
—Ya. ¿Y cómo regresó? ¿Qué notasteis en ella?
—Pues estaba bien pálida, como que vio algo, no sé, como increíble —comentó otro monitor—. Luego, en la noche, hicimos la clásica fogata con los chavos. Ahí ya nos contó que vio a una señora. No la noté asustada. O sea, estaba como emocionada.
—¿Dijo más de esa mujer?
—Sí, que llevaba un manto muy bonito, como con brillitos. Eso sí lo recuerdo —explicó una de las jóvenes.
—¿Dijo más cosas? ¿Un encargo, una visión?
Negaron en silencio.
—Bueno, sí. Dijo que tenía que dar un mensaje importante —expresó uno de ellos—. Eso sí, no nos quiso decir cuál .
—Ese primer mensaje fue de índole personal —aclaró Keller, con suavidad—. Es un asunto delicado y lo estamos manejando con cuidado.
La conversación continuó así, de esa guisa.
Entre contradicciones y discusiones. Con explicaciones de Olaya y Keller hechas a medida.
Algunos bajaban la vista; otros alzaban la mirada hacia la lámpara del centro, a la espera de que alguien más hablara.
La reunión concluyó enseguida. Se despidieron y salieron todos los monitores, las consagradas y Keller.
Olaya se acercó a mí antes de que saliera al pasillo.
—Los monitores estaban muy nerviosos, padre.
—Lo noté. No estaban cómodos. Me dio la impresión de que los habían traído a la fuerza.
—No. No es eso. Es que le tienen miedo.
—¿Miedo a qué?
—A usted. Han oído un sinnúmero de historias de jesuitas. Mire, le recomiendo que se acerque a ellos en los próximos días. Poco a poco se abrirán en cuanto le conozcan mejor.
—Gracias por el consejo. Espero que así sea, padre.
A la reunión siguió la comida y, al terminar, paseaba por el jardín que quedaba junto a la capilla del campamento.
Era uno de esos espacios que invitaban al recogimiento, con bancos de piedra pulida y docenas de buganvillas que parecían haber sido plantadas todas a la vez.
Me senté en uno de ellos. Me distrajo ver a dos colibríes revolotear sobre las flores violáceas de un jacarandá.
Entonces, noté que alguien se acercaba. Vi cómo la silueta blanca emergía del sendero.
No era descabellado pensar que el sol, en un exceso de devoción, la hubiera esculpido a contraluz.
Bajo la pañoleta asomaba el cabello de yeso.
Llevaba las ropas blancas, sin mácula, sin bordes ni adornos, como una figura arrancada de un lienzo de Whistler.
Hasta su sombra se me antojó hecha de un polvo luminoso albugíneo.
Se detuvo a pocos pasos de mí.
—¿Padre Arizaleta? —dijo, envuelta en amabilidad.
—¿Puedo ayudarla en algo? —respondí, levantándome del banco.
—No, no se levante, por favor. Solo me gustaría platicar con usted un momentito. Si no es mucha molestia.
—Por favor. Tome asiento —le ofrecí, señalando el espacio junto a mí.
Ella se sentó con cuidado, alisando los pliegues de su falda nívea con movimientos medidos. Soltó un suspiro y me miró de reojo.
—Me llamo Clara.
Tuve que morderme los labios para no reír. Ella lo notó, pero no se inmutó.
—Lo siento —dije.
—No se apure, padre. Me pasa seguido. —Se encogió de hombros—.
Mi madre me puso así cuando Dios me trajo al mundo.
Ella me decía que, al nacer, era como una nube clara.
Bajada del cielo. Y Clara soy. Bueno, al punto: yo no suelo entrometerme en estos asuntos, pero hay algo que siento que debo decirle.
—Por favor.
—Desde que empezó este asunto con Ana Lucía, he visto muchas cosas que me preocupan. Y no digo adentro —bajó aún más la voz—, sino afuera de Monte Cristal.
Sus dedos jugaban con un anillo inexistente.
—No confío en la familia de la niña —siguió—. Ni en la psiquiatra que mandaron desde Roma, una italiana que ni siquiera hablaba bien español. Esa mujer nos duró una semana. Se fue sin despedirse. Pobre.
—¿Y aquí, en el campamento ?
Su mirada se suavizó.
—Aquí… aquí sí la cuidan. Quiero que lo sepa: nadie como el padre Keller y el padre Olaya para estar al pendiente de esa criatura.
Se desviven por ella. Pasaban noches enteras sin dormir, haciendo guardias si la joven se despertaba gritando en alguna pesadilla.
O si se enfermaba. Llamaban a Querétaro a cualquier hora para pedir ayuda médica.
Uno de ellos hasta se quedó tres días seguidos en una clínica sin irse a bañar para acompañarla cuando se enfermó de salmonelosis.
—Ya. ¿Y hay alguna razón por la que deba saber todo esto?
—Sí, padre. Porque sé que vino a buscar la verdad.
Verá, Olaya tiene carácter, sí. Y Keller no es el más cálido.
Pero yo he visto cómo miran a Ana Lucía cuando creen que nadie los ve.
Con respeto. Con miedo, también. No miedo a ella: miedo a fallarle.
¿Entiende? Pero perdóneme si lo confundí o lo molesté.
No deseo causar divisiones. Solo quería que supiera que hay gente que ha hecho lo que ha podido.
—De ninguna manera, Clara. Al contrario, le agradezco que haya compartido esto conmigo.
Se levantó entonces y nos despedimos. La observé marcharse, con su figura nacarada recortándose contra la luz del atardecer que recubría el jardín. El viento traía el aroma fresco de las flores. Me acomodé en el banco, mirando el cielo que comenzaba a ponerse violeta.