Capítulo 23
U n hombre encorvado por los años, con el cabello gris recogido en una larga trenza, se detuvo frente a mí. Me observaba con atención y curiosidad. Se agachó y extendió la mano hacia mi tobillo para evaluar el daño.
—¿Le duele? —preguntó, amable.
—No. No es más que una torcedura, gracias —mentí y apreté los labios para contener el gesto de dolor. Fue inútil.
El hombre frunció el ceño.
—Pos, no parece, mire nomás. Ya se le está hinchando.
Tocó mi tobillo y solté un gemido.
—Ya se me pasará. No se preocupe.
—Mi casa queda aquí cerquita, a unos pasos. Ándele. Mi Jacinta sabe curar. Véngase pa que le echemos la mano.
—De verdad…
El dolor arremetió.
—Está bien, gracias. Le acepto la ayuda —accedí.
Noté que el hombre llevaba al cuello un colgante labrado con la imagen de un ave de tres ojos, junto a pequeños saquitos de ixtle atados con un lazo. De su sombrero de paja caían cintas de colores sobre la coleta .
Me extendió un brazo fuerte y curtido por el trabajo.
—Acá todos me dicen don Teo —dijo.
—José María.
Me apoyé en él y logré levantarme.
—¿Usted es padre?
—Sí.
—Pero usted no es de los milicianos, ¿verdad?
—No, soy jesuita.
Don Teo dejó escapar una sonrisa. Lo seguí cojeando por una trocha que se desviaba del camino principal.
La casa estaba a escasos metros. Era una construcción sencilla que resistía el paso del tiempo con dignidad.
A medida que nos acercábamos, el copal llegó a mi nariz y me trajo recuerdos del santuario de Guadalupe.
Don Teo abrió la puerta de madera, descorrió una cortina de cuentas y, con un gesto amplio, me hizo pasar.
—¡Jas, jálate pa acá, que tenemos visita! —llamó al interior.
La casa, aunque pequeña, era acogedora. Estaba decorada con una combinación de símbolos que no supe interpretar de inmediato.
De una pared colgaba una imagen lenticular del Sagrado Corazón —de esas que abren y cierran los párpados según el ángulo desde el que se mire—, contigua a una cruz adornada con tiras de colores.
En una esquina había una especie de altar donde descubrí estatuillas de santos católicos rodeadas de velas, flores y objetos que no reconocí de inmediato.
También había animales disecados y muchas hierbas.
Había un cuadro de San Martín de Porres boca abajo frente a una vela apagada.
Conchas. Recortes de periódico. Una foto de Jorge Negrete con flores secas.
Un rosario de granos de maíz de colores.
Una talla del busto de la Virgen de Guadalupe. Cazuelas. Hatos de ramas.
Y al fondo, en un nicho puesto a propósito, una figura femenina que en aquel momento tomé por otra Virgen: un esqueleto bajo un manto azabache, alumbrado por dos velas negras .
Una mujer de mediana estatura, con un rebozo marrón y azul desgastado sobre los hombros, apareció por una puerta lateral. Su semblante moreno estaba surcado por arrugas muy suaves.
—¿Qué pasó, mi Teo?
—Pos, aquí está el padre que se lastimó el tobillo.
—Mucho gusto, señora… ¡Ay! —Me doblé. El dolor no pedía permiso.
—¡Shhh! Estese sosiego. Déjeme ver ese pie.
Me invitó a sentarme en un banco. Me pidió que me descalzara y, aunque me sentí un poco incómodo, obedecí. Sentí sus manos firmes mientras inspeccionaba mi pie. Al presionar ciertos puntos, se me escapó un quejido.
—Sí, nomás es una torcedura. No es cosa grave, con que le atendamos ya ahí queda. Teo, bájame el xíhuitl de ahí arriba y el aceite.
Él se subió en un banquillo y abrió una despensa de madera pintada de verde. Mientras el hombre rebuscaba en ese armario, Jacinta tarareaba una melodía en otomí. Su canto tenía una cadencia hipnótica.
—Esto le va a doler tantito, padre —advirtió ella.
Me aplicó una friega que desprendía un aroma dulce, a medio camino entre lo cítrico y lo arcilloso.
El dolor inicial se fue transformando en una sensación de calor que, poco a poco, fue relajando mis músculos.
Mientras continuaba con su labor, Jacinta no dejó de cantar y, aunque no entendía sus palabras, distinguí nombres de santos y vírgenes, entrelazados con las palabras de su lengua.
—¿Y esto qué es? —pregunté al señalar la pomada casera que reposaba en un tarro de barro junto a una mesita.
Jacinta me miró de reojo mientras terminaba la fricción y explicó:
—Pasta de San Antonio: árnica, valeriana, eucalipto y tantito epazote con pápalo .
—¿Y hace esa pasta usted misma?
—Sí, padre. Pero mi Teo es el que la bendice. Él es el nahualli .
—¿Nagual? —repetí torpe.
—Sí, un nahual. —Rio.
—¿Como un chamán?
—Más o menos.
—Ya. ¿Y usted, entonces?
—Yo nomás soy una pobre curandera.
—La última que queda en Tlalilnamican —apuntó don Teo.
—¿Nadie más sigue la tradición? —pregunté.
—Pos es que me quedé solita. Mi abuelita y mi mamá también eran curanderas, pero ellas ya se hicieron ancestros —dijo ella.
—Ancestros…
—Sí, se fueron ya hace un titipuchal al mundo de los ancestros. Al otro lado, pues —aclaró—. Así que ya nomás estoy yo con el xíhuitl .
Se levantó a preparar algo en una cocina de piedra y barro que quedaba escondida bajo una cortina de yute desteñida. Don Teo, mientras tanto, me ofreció una sonrisa.
—El xíhuitl , las hierbas, llevan adentro la fuerza de la tierra —explicó él—. La tierra tiene su vida. No se ve: nomás se siente, en el aire, en el suelo, en todo. Y a veces se siente mucho. Por eso la chamaca siente bien fuerte a la Señora.
—¿Habla de las apariciones?
—Apariciones, pos quién sabe. La gente siente cosas, y eso les confunde.
Jacinta volvió con una taza humeante.
—Tómese esto, padrecito.
—Gracias.
—Es un té de palo de víbora. Con esto no se le va a hacer bola el pie .
El líquido tenía un tono oscuro y un aroma amargo. Lo probé con cuidado. Su sabor era fuerte y acerbo. Noté cómo su calidez se extendía desde el estómago hasta cada rincón de mi cuerpo.
La noche había caído por completo cuando me levanté para irme.
Mi tobillo, aunque aún sensible, estaba mucho mejor. Agradecí a Jacinta y don Teo por su hospitalidad y me dispuse a regresar al campamento.
El sendero hacia Monte Cristal estaba iluminado por el titilar de las estrellas. La bóveda celeste estaba más cerca que nunca, un espectáculo que en otro momento habría pasado por alto. Me pareció oír pasos a mis espaldas, deslizándose mientras avanzaba por el camino.
Y otra vez, al girarme, solo encontré la vereda y la penumbra a mi alrededor.