Capítulo 22
L a vidente venía acompañada por una laica consagrada albina del Custodes Regnum que estaba vestida de blanco. La mujer se detuvo antes de entrar, en el quicio de la puerta, y se inclinó en un gesto de despedida antes de perderse en el pasillo.
La vidente avanzó sin titubeos. Su figura era menuda, pero caminaba con el aplomo inconfundible de su padre.
Venía vestida con una blusa Aca Joe de algodón níveo y unos vaqueros Sergio Valente que resaltaban contra la madera oscura del salón.
El semblante era limpio, trazado con suavidad.
Y las mejillas estaban encendidas por un rubor que tenía muy poco de tímido.
El parecido con su madre era inequívoco.
No pude evitar un respingo que me recorrió la espalda.
—Ana Lucía, gracias por acompañarnos hoy. Este es el padre Arizaleta —dijo Olaya.
Sus ojos verdes me retuvieron unos segundos y, al final, extendió la mano con cortesía medida, con el mismo ademán. La estreché. Tenía la piel suave y fría.
—Mucho gusto, padre —saludó ella. Su acento, gomoso y petulante, me recordaba al de los jóvenes sacerdotes de la residencia en Polanco.
—Encantado, Ana Lucía. Quisiera hacerte unas preguntas.
—Adelante, para eso estoy aquí. Sé a qué vino.
Nos sentamos. Olaya y Keller se colocaron uno a cada lado de la joven.
—¿Puedes contarnos cómo comenzó todo?
Ella bajó la cabeza, cerró los ojos un instante y cruzó los brazos sobre el pecho. Respiraba hondo, con ritmo controlado. El cabello, castaño claro y ondulado, le rozaba la mandíbula con un corte preciso, de peluquería cara.
—Por supuesto, padre. Fue el verano pasado, aquí mismo, en Monte Cristal. Venimos cada año. En general estamos como dos o tres semanas. O sea, es como un retiro de jóvenes, ¿ve?
—Entiendo, sí.
—Un día salimos de paseo por Peña Colorada, con todo el grupo. Veníamos caminando cerca del arroyo cuando me separé tantito. Como que vi algo entre los árboles y me acerqué. Había una cueva y salía mucha luz.
Detuvo su narración, y se acomodó el cabello detrás de una oreja, absorta.
—Me asomé y salió una mujer de la cueva —siguió—. Primero pensé que era una de las consagradas del campamento. Alguien que se había adelantado. Pero algo como que… como que no cuadraba.
—¿Qué era lo que no cuadraba?
—Su ropa, padre. Era como un manto muy ligero, muy brillante. Muy blanco y limpio. Y su cara, o sea, cuando se dio la vuelta y me sonrió, sentí algo que no sé cómo explicar. Como que todo se detuvo. El cielo se puso negro, haga de cuenta que como en un eclipse, y todo se quedó callado, ¿ve?
—¿Y entonces?
—Entonces me habló. La neta, no me acuerdo muy bien de las palabras. Pero creo que fue como un mensaje. O sea, no lo oí con los oídos. Perdone, padre. Es difícil de explicar.
Le di espacio. Olaya y Keller no le quitaban la vista de encima.
—Fue más bien una vibración en todo el cuerpo —continuó ella—. Y luego, cuando terminó, se desapareció. Así, nada más. Y ya todo volvió a la normalidad.
—¿No es fascinante? —intervino Olaya.
—Ya —respondí, sin apartar la vista de Ana Lucía—. Y dices que todo volvió a la normalidad. ¿Qué hiciste después?
—Corrí de vuelta con el grupo. Estaba muy asustada y confundida. Sentí que había pasado mucho tiempo. O sea, como media hora. Cuando regresé, mis compañeros dijeron que no. Que solo había pasado como un minuto.
—¿Y nadie más vio nada?
—Que yo sepa no, nadie. Estaba yo sola.
—Hay testimonios que confirman su estado al volver al grupo —explicó Olaya, alzando la voz desde su asiento—. Todos mencionan que estaba pálida y que tenía la mirada propia de alguien que está en trance. Ya me entiende.
—Estamos casi a finales de abril —añadió Keller— y varios de los monitores de ARCO ya están aquí para preparar el campamento para recibir al nuevo grupo de niños y adolescentes que llegarán en junio para los retiros de verano.
Muchos de ellos estuvieron el año pasado cuando comenzaron las apariciones.
—Entiendo. Me gustaría hablar con ellos más adelante.
—Cuente con ello.
—Ana Lucía, ¿con quién hablaste de esto primero?
—Con Gaby. Gabriela Montemayor. Ella es mi mejor amiga desde la primaria.
—¿Y dónde está Gaby ahora?
—En México. En el DF. En su casa, me imagino.
—¿Y después de Gaby ?
—Después, pues ya en la noche, con todos en el grupo. Durante la fogata…
Inclinó la cabeza.
—¿Cree usted que estoy mintiendo, padre? —preguntó.
—Nadie ha dicho eso, hija —intervino Olaya, con una sonrisa conciliadora—. Es natural que el padre Arizaleta quiera entender todo con claridad. Es su trabajo, al fin y al cabo.
Los ojos de Ana Lucía no se apartaron de los míos.
—Solo intento comprender. ¿Por qué crees que te eligió a ti? —dije.
—No lo sé. Solo sé que dijo que esto era el principio. Y ya.
Keller se incorporó con lentitud.
—Bueno, creo que eso es todo por hoy. Ana Lucía, has hecho un gran esfuerzo hoy. Es momento de que descanses.
En ella habitaba la misma mirada que me había perseguido durante toda una noche. Desapareció por la puerta, acompañada por la misma mujer albina que la había traído a la sala.
—Tiene un poco de gripa. Es mejor que repose —aclaró Olaya.
Se puso de pie con lentitud y entrelazó las manos detrás de la espalda.
—Y bien, ¿qué opina?
—Necesito más tiempo.
—Recuerde que el tiempo juega en nuestra contra, padre —dijo Keller.
Salí y el jardín me envolvió con sus esencias vegetales. Por un momento, tuve la impresión de que alguien me observaba desde las sombras de las puertas entreabiertas. Seguí, sin mirar atrás.
Mientras avanzaba por el largo pasillo, algo me detuvo de improviso.
—José María… —Un susurro rozó mi oído.
Me giré con brusquedad .
El corredor estaba vacío. Solo se oía mi respiración entrecortada. Crucé el patio del campamento con prisa.
La cancela quedó a mis espaldas y empecé a descender por la vereda de grava.
Ya a punto de llegar a San Miguel Tlalilnamican, mientras descendía por una cuesta empinada, mi pie derecho resbaló sobre unas piedras sueltas.
Caí de bruces y me golpeé la rodilla. Un latigazo me recorrió el tobillo y me dejó sin aliento.
Intenté incorporarme, pero el tirón me obligó a quedarme inmóvil.
Dejé escapar una blasfemia entre dientes, con el sabor salobre de la tierra aún en la boca.
Mientras tanteaba la pierna para evaluar el daño, escuché pasos acercándose.