Capítulo 21
E l sendero se abría paso entre matorrales resecos y magueyes de hojas aceradas.
A medida que descendía por la ladera, voces agudas, el traqueteo distante de un tractor, el roce del viento entre los alambres oxidados y el murmullo del pueblo comenzaron a llegar hasta mí en fragmentos.
Aunque el sol no caía a plomo, ya subía por el cielo con firmeza.
San Miguel Tlalilnamican empezaba a moverse.
La plaza mayor me recibió con una escena muy distinta a la que había creído ver desde la carretera el día anterior.
La pequeña explanada, que quizá en otros tiempos fue un espacio de solaz, se había convertido en un aparcamiento improvisado.
Dos autobuses turísticos —rebozados de lodo y adornados con franjas de colores vivos— descansaban junto a un par de camionetas desvencijadas que servían de base para los comerciantes ambulantes.
Habían levantado una hilera de puestos cubiertos con lonas raídas que tamizaban la luz del sol.
Junto a verduras y productos electrónicos de contrabando, entre los que destacaba un aparato de vídeo de Sony, se ofrecían efigies de la Virgen.
Algunas estaban talladas con pulcritud en madera.
Pero otras estaban vaciadas en yeso burdo.
Por todos lados había estampas, velas, camisetas con consignas como «Tlalilnamican, tierra de milagros».
En uno de los templetes, una mujer mayor, arropada en un sarape que le caía sobre los hombros, acomodaba con meticulosidad un grupo de figuras de pasta.
Representaban a la vidente en el momento de la aparición, aunque ninguna se parecía a la joven que había visto en las fotografías.
La gente empezó a colmar el lugar. Me aparté unos pasos, en busca de distanciarme un poco de aquel bullicio.
De pronto, un niño se tropezó conmigo. Traía un niqui rojo con un rótulo de letras blancas y desiguales en la espalda: «Yo vi a la Virgen».
Llevaba un polo que se le derretía en la mano.
Su madre lo perseguía a zancadas, con el rostro exhausto.
—Sidronio… ¡Sidronio Fernando! Ven para acá, chingado —gritó, y el nombre resonó broncíneo entre los tendajos.
A mi izquierda, un hombre de barriga inmensa inspeccionaba una mesa de artículos religiosos. Gastaba un sombrero blanco que le quedaba demasiado pequeño. Cogió una estampa plastificada con la imagen de Ana Lucía, rodeada de un resplandor imposible, y la sostuvo contra la luz.
—¿Esta sí es la de a de veras? —preguntó.
—La más reciente, patrón. Recién bendecida allá arriba por los mismísimos milicianos —respondió la vendedora, apuntando hacia la colina—. Trae indulgencia incluida y todo, ¿eh?
—¿Neta? ¿Y me va a ayudar con la próstata? —Rio el hombre.
—Ayuda con lo que se quiera si uno tiene fe —replicó la mujer sin pestañear.
El humo de las frituras se fundía con la cera perfumada de las velas y con la pintura fresca. A unos metros, un altavoz emitía, con distorsión y en un bucle infinito, el Himno a la Guadalupana intercalado con avisos de seguridad:
—Les recordamos que los accesos a Peña Colorada estarán cerrados del veinte al veintitrés de abril .
La voz era femenina y modulada, como la de una estación de autobuses.
Una familia entera —padre, madre, tres hijos y hasta un perro caniche— se había detenido frente a un tenderete de camisetas estampadas con la fotografía de la vidente. El más pequeño insistía en una talla que no le correspondía.
—Esa no, escuincle, esa es pa tu tío —dijo el padre, dándole una palmada en la cabeza.
—Es la que tiene la cara más bonita… —reclamó el niño, señalando la imagen.
—¡Pero si es la misma, menso! ¿No ves que todas traen la misma cara?
Un vendedor, con una bata blanca que imitaba la de un médico, ofrecía un remedio infalible.
—¡Acérquese, marchantita, acérquese, caballero!
¡Aceite puro de hígado de tiburón! Para la reuma, las coyunturas, el dolor de rodillas, la embolia, la espalda cansada y los músculos entumidos.
¡Pruébelo aquí mismo! Y verá qué alivio.
También tenemos pomada de manteca marina. ¡Pregunte sin compromiso!
El sol se acercaba al cenit y las lonas ya no cubrían a nadie. Apenas filtraban un resplandor sucio.
Avancé por las calles estrechas del pueblo y me percaté de que el cambio ya alcanzaba incluso las fachadas.
Algunas viviendas, cuyas paredes de ladrillo asomaban como llagas abiertas, lucían frentes recién pintados o muros en plena reparación.
En una esquina, varios hombres trabajaban en lo que pronto sería un restaurante.
El letrero, aún incompleto, mostraba una frase en letras doradas: «Fonda los Arcos del Mayab».
—Ora sí que esto se está llenando todo de gente, ¿verdad? —escuché detrás de mí.
Me volví y vi a un anciano, de rostro surcado de arrugas y con un sombrero de palma gastado. Se apoyaba en un bastón de madera retorcida, tallado a mano.
—Así parece —respondí.
—No me quejo, ¿sabe? Antes no se paraba naiden por acá. Hay trabajo pa los jóvenes, y pos eso está bien. Nomás que pienso que esto también nos roba un poquito la paz, oiga.
En un taller mecánico cercano, bajo un letrero de «Talachas» pintado a mano, un locutor comentaba en una radio de transistores las secuelas de la visita del papa Juan Pablo II a Nicaragua.
El anciano no se interesó. Yo, en cambio, reconocí en aquella noticia una fractura que ya atravesaba el continente.
—¿Siempre ha vivido aquí?
—Toda mi vida. Y ya son hartos, hartos años. Mire que antes, esto era puritito sosiego.
Vi cómo unas gallinas escarbaban la grava con aire indiferente. Una de ellas se detuvo a picotear una estampa caída.
—¿Usted es de los melecianos ? —Señaló hacia mi cuello.
—No. Estoy aquí de paso.
—Tons, le cuento. Naiden daba ni un peso por estas tierras. Y ahora, con eso de la Señora, pos vienen los ricos, compran todo y hacen sus casas. Casas y changarros, lo que se pueda.
—¿Y quién construye?
—¿Cómo?
—Que quién hace las casas, digo.
—Ah, pos los de la ciudad. De allá de Querétaro. O de México. Chilangos que ni saben caminar por los cerros. Nomás llegan y dicen que van a estar más cerca de la Virgencita que dizque porque van a ver Peña Colorada desde la ventana.
—Esperemos que las cosas no se tuerzan.
—Dios le oiga. Ya ve cómo es la gente cuando el dinero anda suelto. Se ponen como perros rabiosos.
Me alejé por el camino hasta alcanzar una pequeña ermita al borde del pueblo, junto a un cementerio. El edificio, austero, tenía muros de piedra deslavada y una techumbre de tejas rojizas que llevaban décadas resistiendo el sol y la tormenta. Estaba en ruinas.
Volví sobre mis pasos y regresé cansado a Monte Cristal.
Tras un almuerzo en solitario en el comedor del campamento, me llevaron a una de las salas del bloque principal.
La estancia, pulcra, exhalaba un lujo disciplinado y apestaba a desinfectante de pino.
Al fondo, una mesa cubierta con mantelería blanca sostenía varias carpetas abiertas y un termo de café de tamaño desproporcionado.
Keller y Olaya ocupaban otra más estrecha.
Se turnaban los documentos, cambiaban papeles de sitio y fruncían el ceño.
Cuando entré, ambos alzaron la cabeza. Me saludaron con una cordialidad que sentí demasiado apresurada.
Me senté frente a ellos, en una butaca de tela oscura.
El murmullo de los curas cesó de golpe. La sala quedó sin aire. Pensé que se había activado el sistema contra incendios y que se había liberado gas halón. Busqué el Ventolin en el bolsillo. Ambos miraron hacia la puerta.
Y entonces, sin más, entró.