Capítulo 20
S alí de la residencia rumbo a Querétaro. Marifuente no dijo nada aquella mañana. Nos abrazamos sin palabras.
Armando ya me esperaba junto al Grand Marquis, con su entusiasmo habitual.
—No se me agüite, padre —dijo, con la puerta abierta—. Ya verá cómo las cosas se acomodan luego luego.
—Gracias, Armando.
—¡Pos vámonos pa Querétaro, pues! —concluyó al arrancar el motor.
El automóvil marchaba despacio por las avenidas arboladas de Polanco, bajo una mañana limpia y luminosa.
Los edificios modernistas desaparecieron poco a poco y el bullicio de la urbe se desvaneció en el retrovisor.
Salimos al Periférico y luego tomamos la autopista federal México-Querétaro.
El tráfico era bastante denso. Iban y venían camiones cargados de mercancías, autobuses repletos de pasajeros y coches que avanzaban con lentitud, soltando bocanadas de humo oscuro.
Tan pronto abandonamos la periferia, la calzada se abrió ante nosotros en un río de asfalto que se perdía en el paisaje árido.
Los montes desnudos se levantaban en la distancia —teñidos de ocres y rojizos—, salpicados aquí y allá de maizales y magueyes.
El calor entraba por las ventanillas, cargado de tierra seca y de hierba quemada.
Armando cerró las ventanillas y encendió el aire acondicionado. No hubo ningún comentario turístico. Ninguna anécdota. Solo me acompañaban el ronroneo del motor y su mirada atenta, fija en el camino.
Nos detuvimos en una gasolinera. Mientras repostábamos, aproveché para estirar las piernas y observar a mi alrededor.
Junto a la isla de bombas, una mujer vendía quesadillas en un comal.
El humo blanco del fuego traía consigo el olor tibio del maíz recién hecho y el queso fundido.
A pocos metros, un cartel desvencijado llamó mi atención.
Un cementerio de coches se anunciaba como «deshuesadero».
La palabra —cruda y precisa a su modo— me hizo pensar en su prima castellana: «desguace».
La imagen de aquellos esqueletos apilados, despojados de su carne metálica, me arrancó una sonrisa absurda.
Ya de vuelta en el automóvil, el trayecto recobró su tedio.
Armando encendió la radio para llenar nuestro silencio.
El coche se inundó de clásicos rocanroleros de la mano de El Fonógrafo, ligando música y recuerdo.
Los Locos del Ritmo negaron ser rebeldes.
Roberto Jordán pidió que le hicieran alguna seña y Manolo Muñoz se burló de un desastre universal despeinado.
El sol estaba en lo alto cuando aparecieron las primeras señales de Querétaro.
Una valla antigua rezaba con orgullo: «Motel San Javier, a 2 km».
Poco después, un letrero anunció la proximidad del acueducto.
Como el de Segovia, también llevaba algunos siglos observando la ciudad.
A medida que nos acercábamos, el aire se volvió más fresco. Llegaba revuelto con la floración de los jacarandás, y las montañas se vistieron por fin de un verdor profundo.
Al entrar en la Muy Noble y Muy Leal Ciudad de Santiago de Querétaro, el sol de la tarde bañaba las fachadas coloniales con su luz dorada.
Las buganvillas y los balcones de hierro parecían saludarnos en silencio, mientras el golpeteo de las ruedas en los adoquines marcaba el compás del arribo.
La capital del estado nos recibió entre voces lejanas, el repicar de una campana en algún rincón y el olor de un guisado que se colaba desde una vivienda.
De Querétaro a El Marqués hubo otros veinte minutos de viaje, esta vez por una ruta de dos carriles que contrastaba con la autopista amplia y moderna que había quedado a nuestras espaldas.
Esa última parte del itinerario adquirió un tono más rústico.
Las curvas cerradas obligaban a reducir la marcha.
El camino evidenciaba el desgaste de los años: badenes, baches y marcas de sol y lluvia.
Salimos de la carretera y cogimos un ramal rural. Llegamos a San Vicente Ferrer y de ahí viramos hacia el oeste, hacia Peña Colorada.
Llegamos por fin a San Miguel Tlalilnamican, con el aroma de la tierra mojada de fondo.
Al ver el pueblo desparramado entre polvaredas y arbustos, sentí cómo el cansancio me alcanzaba de golpe.
—Ora sí. ¿Ve, mi padre? No hicimos nada, si nomás fue un paseíto.
—Y muy agradable. Muy tranquilo.
—Ya mero llegamos al campamento. Déjeme checar tantito la Guía Roji porque creo que cambiaron la entrada.
Paramos a las afueras del pueblo. Me asomé por la ventanilla y observé las casas en la lejanía.
Dos mujeres, envueltas en rebozos oscuros, pasaron junto al arcén y nos miraron de reojo.
Armando dejó el mapa en el asiento y le preguntó a un joven que se acercó en bicicleta.
El Campamento Juvenil Monte Cristal quedaba a menos de un kilómetro.
Arrancó de nuevo y nos internamos por un sendero de grava, donde las piedrecillas golpeaban el chasis con un rumor que recordaba a un enjambre de avispas.
La entrada del campamento estaba delimitada por un enorme arco de madera y piedra.
Más allá se extendía un conjunto de cabañas modernas, con techos de teja roja y amplias ventanas.
Recordaba a un complejo hotelero de lujo plantado en mitad de la nada, ajeno al poblado vecino.
El vehículo se detuvo frente a uno de los edificios. Bajamos.
Recogí mi equipaje y avancé un paso hacia la entrada. Armando seguía allí. Sonreía. No decía nada. Hasta que recordé a Marifuente.
Saqué un par de billetes y se los tendí.
—Gracias, Armando. Estos días ha sido usted de gran ayuda.
—Faltaba más, padre. Ya ve que aquí andamos, siempre al tiro. Y ya sabe: cualquier cosa, ahí me echa un grito.
—Lo haré.
Guardó el dinero en el bolsillo de la camisa, inclinando la cabeza, y volvió al coche. Lo vi alejarse envuelto en una pequeña polvareda.
Todo en el campamento lucía impecable. Desde los senderos de grava hasta los jardines llenos de flores exóticas, dispuestos con la minuciosidad propia de una fotografía de revista. Era un eco de la residencia de Polanco.
Algunos jóvenes iban y venían, no pocos con prisa; otros conversaban bajo los árboles. Olaya salió por la puerta acristalada del vestíbulo. Sonrió y extendió la mano de anfitrión.
—Padre Arizaleta, no tiene idea cuánto valoramos que haya aceptado continuar con nosotros.
—Gracias. Haré lo posible por estar a la altura del padre Marifuente.
—Estoy seguro de que así será. Y, si me permite… ¿tiene usted noticias de él? Nos entristeció mucho su regreso a la madre patria .
—Aún no he podido hablar con él. Sé que volverá mañana. Está delicado.
—Dios quiera que se alivie pronto. No deje de transmitirle nuestros mejores deseos cuando tenga ocasión.
Enseguida se acercó Keller. Me ofreció un saludo con gesto preciso. Bajo el sol parecía más delgado. Con los huesos muy marcados.
—Yo también deseo que el padre Marifuente mejore.
Y es, de veras, un placer tenerlo a usted con nosotros.
En los Milicianos del Reino siempre hemos apreciado el espíritu crítico de los jesuitas.
Confiamos, claro, en que pueda mirar todo esto con el corazón abierto. Como ha venido haciendo hasta ahora.
—Así lo haré, padre Keller.
Olaya me dio una suave palmada en la espalda.
—Y si hay algo que podamos hacer para facilitarle la estancia, no dude en decírnoslo. Queremos que se sienta como en su casa.
Me habían asignado una de las cabañas más cercanas a la entrada. Comunicaba con el resto mediante un corredor techado, largo y recto, que recordaba al de una residencia hospitalaria. Olaya me acompañó hasta la habitación. Era amplia y cómoda. El cura me dejó un par de llaves en la mano.
—Aquí tiene, padre —dijo—. Esta es una de las cabañas que solemos destinar a los invitados especiales. Y con usted no podía ser menos.
—Gracias.
—Instálese, por favor. Ya nos veremos después, cuando ya esté descansado.
Cogí una de las llaves y la introduje en la cerradura. Abrió sin un rechinido.
Dejé la maleta junto a la puerta y cerré.
El cuarto de baño tenía ducha y bañera. Había una salita donde un aparato de televisión disputaba el espacio con una cruz de alpaca colgada en la pared.
Tras otra puerta encontré un secreter de madera pulida y una cama hecha con diligencia.
La ventana se abría hacia Peña Colorada y el pueblo se intuía en la distancia, apenas un trazo vago entre la neblina.
En el techo, un ventilador giraba con lentitud, empeñado en disipar, sin éxito, el calor que se acumulaba en cada rincón.
Me dejé caer sobre el colchón y el sueño llegó sin necesidad de esfuerzo alguno.
A eso de clarear, el mundo recobró su forma y decidí aventurarme temprano en San Miguel Tlalilnamican. No había prisa. Avancé despacio por el sendero que unía el campamento con la plaza, mientras el despertar del día traía consigo fiemo y el murmullo ralo del campo.