Nadie entierra los nombres Capítulo 19
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Capítulo 19

Tras un desayuno frugal —pupusas humeantes y horchata de morro— me dirigí a la explanada, donde Eligio, el líder de nuestra comunidad de base, conversaba con la madre Susana.

—Qué bueno que anda por acá, padre —dijo él al verme con ojos de obsidiana—. Mire, fíjese que estaba hablando con la hermana y, como ya viene el Corpus, queríamos ver si los bichos nos pueden hacer unas mulitas, como las que hacen allá en México. ¿Cómo lo ve?

—¿Mulitas? ¿Qué mulitas? —pregunté.

—Sí. Son unos animalitos chiquititos que hacen pa darle gracias a Dios en la fiesta. Son rebonitas.

—Yo ya las vi también en un retiro. Allá en Campeche — confirmó la monja—. Las hacen de paja y las pintan bien coloridas. Les ponen cuchumbos y guacales pequeñitos a los lados.

—Solo que como aquí no hay paja, habrá que inventarles otra cosa —dijo él.

—Yo creo que con hojas secas y ramitas podés armarlas, ¿no? —propuso ella.

—Pa que los bichos lo hagan chiche, ¿verdad, padre?

—Sí, don Eligio. Me parece una idea excelente —contesté.

—Además, a los niños les vendría bien un paseo. Que ellos mismos junten sus materiales —añadió la religiosa.

—Listo, pues. Al terminar la misa nos vamos todos en montón y a ver qué topamos, ¿va?

—Vale. Voy avisando a don Amador de los planes —contesté.

Poco después, el padre Amador ofició en la barraca que hacía las veces de iglesia. Era un refugio levantado a toda prisa con las manos de todos. Las paredes de chapa desgastadas dejaban pasar retazos de luz, y el efluvio del légamo se fundía con el de las flores frescas.

Los chicos se removían inquietos en los bancos de madera. De vez en cuando, alguno lanzaba un vistazo fugaz al altar.

Amador levantó el brazo para dar la bendición final.

Pero detuvo el gesto en el aire. Su mirada severa barrió a los pequeños, que se tensaron al contener la respiración.

Su barba blanca, siempre navideña, contrastaba con la seriedad del semblante.

Aunque los años en Centroamérica habían dejado huellas en su piel, el acento donostiarra persistía en cada palabra.

—… y amén —dijo al fin y guiñó un ojo—. ¡Hala, que se nos enfría el monte!

La risa de los críos estalló entonces en un río desbordado. En cuestión de segundos, el repiqueteo de los pasos menudos recorrió el pasillo mientras corrían al sol. Salieron disparados hacia el bosque. Nosotros los seguimos, arrastrados por su algazara.

El grupo se encaminó al lago, con el volcán de San Diego a la espalda.

Su cima nos despedía antes de fundirse con las nubes grises.

Formábamos una pequeña caravana: Eligio, Susana y Amador caminaban a mi lado.

Alejo, el carpintero —el único en el pueblo—, sostenía de la mano a sus dos hijas: Mariana y Leticia, de siete y cinco años.

Detrás venían las demás familias de la parroquia, padres con sus hijos, un racimo humilde que no pasaba de la veintena.

—Fíjense que las ramitas estén bien secas, nada de verdes, ¿oyeron? —dijo el padre de las niñas. Recogió dos varas del suelo y se las entregó—. Si están mojadas, no sirven.

—¿Y podemos jugar luego con las mulitas, apá? —preguntó Mariana, inquieta.

—Si se portan bien y ayudan a su mamá luego en la casa, capaz que sí.

—Nosotras siempre ayudamos a mamá, ¿verdad, Leti? —dijo la pequeña, empujando con suavidad a su hermana.

—Mamá nos quiere mucho —respondió la otra.

—Pues a mí me quiere más. Ya lo verás.

—No es cierto…

—¡Ya estuvo, bichas! No se me peleen —interrumpió él, con una risotada—. Vayan por las ramitas. Y hagan las mulitas bien bonitas, ¿o no que quieren jugar luego?

Llegamos al lago cuando el sol aún fundía la tarde sobre nuestras espaldas. El agua y los montes se iban tiñendo de caña quemada y miel. Se oía el canto de los quetzales entre los árboles. Los críos corrían por la orilla, saltaban sobre las piedras y recogían las ramas entre la broza.

Susana se detuvo.

Fue la primera en notar las huellas de los neumáticos en el barro .

—Son ruedas de un blindado… —dijo Eligio—. Vámonos pa’l pueblo, pero ya.

No alcanzó a decir más. El canto de un quetzal murió de súbito en el aire.

Desde el otro lado del monte, unas voces ásperas nos ordenaron que nos tiráramos al suelo.

No entendíamos lo que sucedía. Las ráfagas estallaron. Nos desplomamos, arrastrados por el pánico, para pegarnos a la tierra. Todo se desgarraba en pólvora y bramidos.

El mundo se fragmentó en incontables esquirlas.

Entre el desgarrarse del follaje, un cuerpo caía y la naturaleza, de pronto, dejó de respirar.

Vi a Susana desplomarse, envuelta en humo.

Amador recibió un disparo en el brazo al intentar proteger a un niño.

Los pequeños que lograron escapar corrieron hacia la floresta, seguidos por sus padres.

—¡Mamá! —El grito desgarrador cortó el caos.

Giré justo a tiempo para ver a Mariana atrapada entre los arbustos.

Corrí sin pensar. Me lancé sobre ella. La cubrí.

Caímos sobre el cieno. Las zarzas nos rasguñaban con brutalidad despiadada.

Los proyectiles silbaban tan cerca que pensé que el firmamento se partía a nuestro alrededor.

La niña lloraba, aferrada a mí con toda su alma.

Se estremecía como un venado acorralado.

Con sus lágrimas, parecía querer apagar el infierno que nos envolvía.

—Padre, tengo mucho miedo… —murmuró.

—Dios está con nosotros, hija —mentí.

—¿Y la Virgen? ¿También está con nosotros? —preguntó, alzando los ojos húmedos.

—Sí, también ella —dije, con la voz hecha pedazos—. Siempre está aquí, cuidándonos a todos.

La sostuve contra mí y supliqué que cesaran los disparos. Metí la mano en el bolsillo y mis dedos temblaron al apretar el rosario de mi madre. Pasé las cuentas gastadas una y otra vez. Susurré avemarías que se desvanecieron en el fango. Imploré que la pesadilla acabara.

Pero no. No despertábamos. Las balas llovían.

Cuando el estruendo se extinguió, el silencio cayó sobre nosotros.

Tres revolucionarios y un soldado yacían desperdigados en la grava y el lodo.

El agua de la orilla se teñía de rojo. El hedor de sangre y pólvora se mezclaba con el calor de la tierra.

Las Fuerzas Populares de Liberación y la Fuerza Armada de El Salvador se habían cruzado en el macizo.

Sin saberlo, habíamos tropezado en medio de la línea de fuego.

Mariana reposaba inmóvil en mis brazos. Una mancha escarlata se extendía por su espalda, oscureciendo la tela rota de la blusa.

Y yo no tenía ni un solo rasguño.

Apreté el rosario, sintiendo los nudos hundirse en mi piel temblorosa. Intenté llamarla, pero su nombre no salió de mis labios. La sangre me empapaba la camisa. Quise rezar, pero las sílabas se ahogaron en el pecho.

Todo se detuvo, salvo el retumbar de las últimas detonaciones.

Un par de días después, enterramos a Mariana.

La caja era pequeña, humilde, hecha a toda prisa con las tablas de la mesa del comedor familiar. No quedaba otra madera seca en la casa. Alejo la construyó con manos que no supieron si temblaban por el dolor o por lo vivido.

El caserío entero se volcó al camposanto.

Tan solo era un claro, con cruces torcidas y nombres borrados por la lluvia.

San Damián era muy pequeño y el ataúd lo era aún más.

Dejaron el cajón sobre una silla de paja, junto a la fosa abierta.

La ataviaron con un vestidito azul —prestado por una vecina cuya hija había crecido demasiado pronto— cargado de volantes y encajes.

Un atuendo de fiesta para un ángel roto.

Su madre se arrodilló a un costado del improvisado féretro. Le acariciaba las mejillas frías con una ternura desesperada.

—Marianita, Marianita… —susurraba, una y otra vez—. Mi Marianita.

Detrás, Alejo sostenía en brazos a Leticia, que miraba todo con los ojos muy abiertos, sin entender por qué su hermana no despertaba.

La abrazaba con fuerza, no fuera que a ella también se la arrebataran de las manos.

Susana, que solo había caído desmayada durante la refriega, permanecía a un lado, apretando un rosario de perlas.

Don Amador, con el brazo vendado, inició la bendición, pero la pujanza le abandonó a mitad del rezo y, esta vez, ya no fingió entereza.

Eligio, el hombre de la mirada de piedra, guardaba silencio.

Fijaba la vista en un punto invisible sobre el hoyo.

Cuando comenzó a oscurecer, el líder avanzó con lentitud, se acercó a los padres de Mariana y se apoyó en el hombro de Alejo.

—Ya es hora.

El carpintero no se movió. Las palabras lo dejaron clavado al suelo.

Los niños del caserío retrocedieron un paso.

El líder de la comunidad tomó una sábana vieja, la extendió sobre la caja a modo de tapa y, con ese último manto, arropó a Mariana.

Con la ayuda de un vecino, bajaron el cajón con cuidado reverente, como si temieran perturbar el sueño de la chiquilla.

Luego, empezaron a cubrirla con tierra. Y cada palada caía sorda, igual que un latido apagado.

La madre se incorporó, tambaleante.

Buscó en el abrazo de Alejo un último refugio. Y entonces se quebró. Un alarido brotó de ella, desgarrando la tierra y arañando el cielo. Recuerdo que, en el horizonte, el sol se despedía, derramando una luz dorada. La tierra guardaba el dolor en sus venas de arcilla.

Y aquella había sido, sin duda, la tarde más triste del mundo.