Nadie entierra los nombres Capítulo 18
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Capítulo 18

M arifuente permanecía recluido en la residencia. Lo fui a buscar a su habitación y lo encontré recostado en un amplio sillón de piel de Cassina. Tenía el rostro pálido y los rasgos vencidos. Apenas podía sostenerme la mirada.

—Este país me sobrepasa, hijo —murmuró, forzando una sonrisa que se quebró en cuanto tocó sus labios—. Sus guisos me cobran tributo.

Sus pupilas, cansadas y opacas, buscaron las mías. Marifuente inspiró con dificultad y, tras una pausa, enderezó el cuerpo con esfuerzo sin dejar el asiento.

—José María… —Su voz era un hilo desgarrado—. No puedo más.

—¿Tan mal se encuentra?

—Sí. Este cuerpo ya no responde.

—Quizá si descansara unos días.

—No. Arrastrarme así sería una carga para Roma, para la investigación misma. Para ti.

—¿Ya ha hablado con algún médico? Seguro que los milicianos tienen…

Me detuvo con la mano en alto .

—Esta enfermedad vive en mí desde hace años, hijo. He tomado una decisión. Regresaré a España.

—Entiendo. ¿Y cuándo volvemos?

Negó con la cabeza y siguió:

—Ya lo he hablado con ellos. Quieren que continúes tú.

—Padre, sabe que yo no puedo… yo no tengo su experiencia.

—Tendrás que hacerlo. Hay que cerrar lo que hemos abierto. Y el tiempo apremia.

No contesté. El sueño lo rindió ahí mismo. Miré sus manos inmóviles y el vaivén de su pecho, ya más suave, más lento.

Le puse una manta encima y salí de la habitación.

El cielo caía sobre la ciudad en un gris inmóvil. Inspiré dos veces del Ventolin y sentí su sabor acibarado. Busqué a Armando en el patio. Estaba recostado contra una pared y encendía un cigarrillo. El chillido de uno de los pavorreales atravesó el aire.

—Armando —dije—, necesito salir.

Me observó sin prisa.

—Claro, ¿a dónde, padre?

Me encogí de hombros.

—Adonde sea. Llévame lejos.

Armando arqueó una ceja, esta vez no sonrió y tiró el cigarrillo al suelo, aplastándolo con el zapato.

—Pos vámonos, pues.

El motor arrancó y me dejé llevar por el movimiento, sin resistencias. La ciudad nos engullía con su ritmo incesante. Las luces comenzaban a parpadear y los murmullos del tráfico se mezclaban con mis pensamientos, que iban y venían sin rumbo.

Armando aderezó el trayecto con los comentarios de siempre.

Me llegaban lejanos, perdidos entre el ruido de los cláxones y de los motores.

La petición de Marifuente me cercaba la mente como una marea inevitable.

Acaricié el Ventolin en el bolsillo mientras miraba por la ventanilla el movimiento lento de la ciudad.

Al cabo de un rato, desembocamos en una explanada inmensa. Un letrero solemne nos daba la bienvenida: «Insigne y Nacional Basílica de Santa María de Guadalupe».

—Ya estamos, padre. La basílica más grande de América. La nueva, ¿eh? Aquí está la mismísima jefa —dijo con una sonrisa adolorida.

—Espérame, por favor. No tardo. Media hora, si acaso menos.

El estruendo de los tambores y las caracolas llenaba el espacio, mientras una multitud de danzantes —ataviados con tocados emplumados, cascabeles en los tobillos, conchas y trajes de raíz indígena— giraba y saltaba al compás de los instrumentos.

Me detuve a contemplarlos, sin llegar a entender del todo la hondura de aquel ritual.

Me parecía que con cada salto vibraba en ellos un fervor más antiguo que la devoción mariana que los había convocado al santuario.

El copal lo saturaba todo. Su fragancia amarga y densa consumía el aire. Me ahogaba. Las plumas de sus penachos temblaban con cada sacudida, como aquellas palomas en Estella, mientras el humo del incienso subía entre ellos como una jaculatoria, un hilo ardiente que se abría paso entre los siglos.

Subí la escalinata hacia la Basílica, rodeado de fieles que ascendían con el mismo propósito.

Algunos portaban velas; otros, ramos de flores.

O coronas de espinas y cadenas. Dos mujeres descalzas, de rebozo gris y pelo cano, se arrastraban de rodillas —entre rezos quebrados— con la piel en carne viva.

Dejaban un rastro de sangre en la piedra.

Traspasé el nártex y el estrépito de las caracolas quedó atrás. La quietud del templo me envolvió de inmediato. Los fieles avanzaban en silencio, junto a mí.

Al fondo, sobre el altar, se erguía la efigie de la Perfecta Siempre Virgen Santa María de Guadalupe.

La multitud se acercaba a ella con una devoción que no dejaba ver ningún resquebrajamiento.

Alzaban los brazos, cerraban los ojos o murmuraban entre dientes.

En sus expresiones se leía una fe que me parecía intacta, primaria.

Me acerqué a la pasarela que conducía al retrato.

Allí estaba: la tilma original, suspendida sobre una cinta transportadora que desplazaba a los peregrinos con una eficacia mecánica. Solo un segundo para ver, otro tal vez para rezar. El milagro había sido reclutado para cumplir horario como en una atracción de feria.

Miré por última vez la figura de la Virgen que se alejaba de mí.

Guadalupe —con su manto turquesa y la tez morena— nos miraba desde lo alto con una dulzura inmóvil rodeada de estrellas.

La luz artificial le confería un halo sacro.

Busqué en la inclinación de su cara, en la sobriedad de sus manos juntas.

—Madre… si al menos fueses real —murmuré.

Tras cruzar el atrio del templo, el color y el ruido me asaltaron de nuevo sin tregua.

Lo cotidiano volvía a reclamarme. Los vendedores ocupaban cada rincón, extendiendo mantas cargadas de estampas, rosarios y velas, figuras de santos con la expresión arrobada y las manos en alto.

Las voces se atropellaban. Las conchas resonaban.

Los cascabeles retumbaban sobre la piedra.

Y en alguna parte, los tambores aún persistían entre el incienso. El copal me cerraba los bronquios.

Entre la multitud, una niña de unos nueve años se abrió paso hasta mí. Tenía la piel morena, los rasgos finos y unos ojos grandes y oscuros. Creí ver en ella una inquietante expresión familiar. Me saludó con una sonrisa.

—Señor, ¿me compra una mulita? —dijo, alzando el tono por encima del bullicio .

Sostenía una pequeña mula de paja, pintada con colores vivos y adornada con flores diminutas de papel. Imposible. Faltaban todavía semanas para el Corpus. Era pronto para aquellas mulitas. Demasiado pronto.

—Son pa’l Corpus —insistió, mientras me escrutaba con curiosidad sin entender por qué me costaba tanto contestar.

Respiré hondo y traté de forzar una mueca imperfecta.

—Claro, hija, dame una —alcancé a decir, y mi voz se astilló como madera vieja.

Saqué un billete y se lo tendí. Pedí que se guardara el cambio.

Agradecida, y algo perpleja, me entregó la mulita de paja.

La recibí con manos lentas, con más ceremonia que a una hostia consagrada.

La guardé despacio, con todo el cuidado que me quedaba.

Las lágrimas brotaron, sin que intentara ocultarlas.

Busqué el inhalador en el bolsillo.

Ya subido al coche, Armando me lanzó un vistazo curioso. Pero no dijo nada. Encendió el motor y se puso en marcha. Viajamos de regreso sin cruzar una sola palabra durante todo el trayecto.

Aquella noche se desató de nuevo el recuerdo del infierno.