Capítulo 17
M arifuente se excusó después de la comida, diciendo que no se sentía bien de nuevo. Así que Armando me llevó a la librería Rulfo en solitario.
—Padre, nunca imaginé que fuera usted de los que van a librerías de viejo. Es que, como a los milicianos, nomás les gustan las cosas nuevas. Ya ve.
Sonrió mientras esquivaba a un peatón distraído con un giro oportuno del volante.
—Mire, esta calle tiene mucha historia y hartas tiendas de libros. Y la Rulfo… ¡Uf, picudísima! De las más antiguas. Pero aguado, mi padre. Dicen que también tiene su lado misterioso, ¿eh? Ándese con cuidado, que hay libros tan rucos que hasta tienen fantasmas adentro. Espantan. Nomás digo…
No respondí. La vista se me perdió entre las callejuelas del centro. Desde fuera del vehículo llegaba el humo de los tubos de escape impregnado de frituras y atanor.
La Calle de Donceles, que queda detrás de la Catedral Metropolitana de la Asunción de la Santísima Virgen María a los Cielos de la Ciudad de México, se apretujaba entre los siglos. La nobleza colonial se hundía en un desorden moderno de cables y rótulos.
Armando detuvo el coche y me lanzó una sonrisa socarrona antes de despedirse. Faltaban cinco minutos para las ocho.
—Buena suerte, mi padre. Espero que encuentre su libro. Ahí vengo por usted en una oreja.
Señaló un cartel que anunciaba la hora de cierre de la librería: a las nueve de la noche.
Anduve unos pasos bajo las farolas que proyectaban su luz desdibujada sobre las fachadas envejecidas.
Al poco de cruzar la puerta, me sobresaltó el silencio, roto solo por el roce del viento al colarse por mi espalda.
Las estanterías se alzaban hasta el techo, cargadas de volúmenes que exhibían lo mismo cubiertas raídas que encuadernaciones cuidadosas.
Caminé por las secciones de poesía y teatro hasta que me encontré con un hombre de baja estatura y cabello largo, algo desordenado, que hojeaba un libro. Al oír mis pasos, levantó la vista, lo cerró y se acercó. Su voz era rasposa.
—¿Padre Arizaleta? —preguntó, tendiéndome la mano—. Soy Jaime Botello, periodista de Novedades .
Su apretón era firme y la mirada, aguda. Tenía una enorme nariz aguileña.
—¿Viene solo?
—Sí. El padre Marifuente está indispuesto —aclaré—. Bueno, usted dirá: ¿a qué responde esta cita?
—Por el caso de Querétaro. Y por la investigación que ustedes llevan a cabo para Roma.
—Ya. Debo admitir que su método de contacto fue poco ortodoxo.
Sonrió de lado y encogió los hombros. Su aliento apestaba a cerveza.
—Cuando se trata de algo así, padre, la discreción es fundamental. Y la creatividad, a veces, es necesaria. —Recolocó el tomo en el estante con cuidado—. ¿Le parece si caminamos? No sea que no veamos bien quién anda por aquí. Ya sabe lo que dicen: las paredes oyen, pero los libros escuchan más.
Recorrimos los pasillos estrechos, flanqueados por títulos que abarcaban tanto lo humano como lo sagrado.
Ciencias y artes. Confitería. Mística. Nos adentramos donde los libros tenían más polvo y quizá no se habían movido en años.
La lignina confundía su olor con el de una resina acre y a pesar de que las lámparas colgaban bajas sobre nuestras cabezas, su luz apenas alcanzaba a rozarnos y dejaba los rincones hundidos en la penumbra.
—Mire, padre —dijo, deteniéndose ante una repisa de teología popular—, voy al grano. Llevo meses siguiendo las supuestas apariciones en Querétaro. Y hay cosas que no están muy claras.
Se detuvo frente a un ejemplar titulado Milagros y profecías en la era moderna y lo señaló con un gesto cargado de ironía. Soltó una risa fingida, sin alegría. Lo cogió y lo hojeó sin interés mientras hablaba.
—A ver. No digo que lo que ocurre sea falso. Digo que huele raro. Muy raro. —No pude evitar mirarle el apéndice nasal—. Nunca se sabe. Si lo que ocurre es verdadero o no, eso ya les toca a ustedes. Usted perdonará, yo no soy creyente.
—No se preocupe por mí.
Dejó el libro en un estante etiquetado como «ficción contemporánea».
—Nada más que lo que sí es preocupante es el manejo, el milagro es lo de menos. Huele más a campaña que a devoción. —Bajó la voz—. Para algunos, un milagro es una gracia. Sí, pero para otros es una gran oportunidad. De ingresos, no de salvación. ¿Me explico?
—Ya. ¿Y tiene pruebas de esto?
Negó con la cabeza. Suspiró.
—Pruebas, no. Ni una. Indicios: todos los del mundo.
Créame, padre, cuando algo apesta a montaje, suelo acertar.
Es instinto. La familia no es lo que se dice muy piadosa.
Sobre todo el cabeza de familia. Tiene cola que le pisen.
Es influyente y está empeñado en que esto prospere.
El motivo aún no lo tengo claro. Lo que sí sé es que hay fuerzas demasiado grandes moviéndose en torno a esta historia. Azurmex está metida hasta el fondo.
—Ya. Azurmex…
—La azucarera del ingeniero Espino de Morales. El papá de la muchacha. Primera en Latinoamérica, tercera en el planeta. Mucho dinero.
Me apoyé contra una rinconera.
—¿Y por qué me cuenta todo esto a mí? —pregunté al fin, mirándolo de frente.
—Porque ustedes no están enredados en los mismos intereses. Ustedes no son milicianos. No sé si me vaya a creer, pero si alguien puede distinguir entre fe y manipulación en la Iglesia, son ustedes. Los jesuitas tienen fama de ser sagaces. Casuistas hiperracionales.
Reí. Desde fuera sonó la bocina de un coche, insistente, seguida de un insulto y el acelerar de un motor.
Me tendió la mano. Inclinó la cara con una sonrisa vaga y me entregó su tarjeta.
—Por si acaso, padre. Cualquier cosa, quedo a sus órdenes.
La metí en el bolsillo sin mirarla.
—Gracias, Botello. Veré qué hacer con esto.
Esa noche, el sueño no acudía. Me tumbé en el colchón mientras repasaba el día en fragmentos: las voces, los gestos, la librería, Botello, Armando…
Y ella.
Ni siquiera conocía su nombre. Al cerrar los párpados, su imagen volvía con una claridad cruel: el porte sereno, los ojos verdes que herían sin mirar.
Ya estaba clavada en mí. Habitaba el espacio entero.
Hasta las sábanas y la almohada. El reloj marcaba las horas con lentitud punitiva. El descanso no llegaba.
Hasta que por fin, sin darme cuenta, cayó el sueño.
Primero, llegó un vapor oscuro. Luego, la mansión transfigurada: mármol brillante, flores de perfume ácido y madera lustrada con una exageración que dolía. Desde los ventanales, una luz dorada se derramaba con la misma solemnidad de una misa mayor.
Ella estaba sentada, igual que la había visto en el sillón de la casa.
Inmóvil. Su cabello recogía el destello de una lámpara cercana.
El vestido rojo vino seguía las curvas sin urgencia.
Ella mantenía las manos posadas con la exactitud de un icono.
Y sus ojos. Verdes. Los mismos que había intentado desterrar durante toda la tarde.
—Padre… —dijo. Su aliento de frutas rozó el aire y quedó allí. Vibraba.
Avancé hacia ella. El suelo desaparecía bajo mis pies, y lo único que quedaba era ella.
Su cercanía. El calor que la rodeaba como un aura.
Al inclinarme, me alcanzó el aroma de su piel.
Ese Joy. Su dulzor floral, pero ahora con una veta más oscura, me envolvió por completo.
Con un tono más fuerte de almizcle. Estaba cada vez más cerca.
Acercó una mano, despacio. Sus dedos tocaron mi mejilla con lentitud, y mi aliento se detuvo. Su fragancia seguía ahí y me recorría como un aceite.
—¿Qué es lo que te inquieta, José María? —dijo.
Se inclinó. Se acercó aún más, hasta que su hálito chocó con el mío, que ahora llevaba un dejo de hierro. Quise detenerme. Quise ordenar al cuerpo que retrocediera. El delirio ya no obedecía.
De la nada, alzó un póculo de plomo que absorbía la luz a su alrededor. Rebosaba de sangre aún caliente. Lo acercó a mis labios y entonces dijo lo que solo puede decirse en sueños:
— Hic est enim calix sanguinis mei…
—¡No! —brotó de mí.
—Toma y bebe de mi cáliz.
—¡No! ¡Dios, no!
—Porque este es el cáliz de mi sangre. Sangre de una alianza nueva… y eterna.
Un sollozo escapó de mi garganta y mi pecho rozó el suyo. Dejó caer el cáliz y el líquido herrumbroso y oscuro se derramó sobre nosotros. Un estremecimiento me atravesó como un rayo mudo.
Y su boca, por fin, tocó la mía.
Me desperté de golpe, cubierto de sudor, con el corazón atrapado en un latido sin salida.
La habitación continuaba inmóvil, rasgada por un resplandor de luna que rozaba el borde de la alfombra.
Me llevé las manos al rostro. Temblaba. Intenté borrar lo vivido, pero ella ya se había damasquinado en la piel. Como el tatuaje de un emblema secreto.
—Dios mío, perdóname —gemí a un dios en el que ni siquiera creía.
Extendí la mano hacia la mesita. Mis dedos tropezaron con el lomo de un libro, después con el rosario de mi madre, hasta encontrar por fin el cilindro frío y familiar del inhalador.
Presioné el cartucho. El sonido del aerosol rasgó el silencio, seguido de esa bocanada amarga que presagiaba control.
Me dejé caer sobre las almohadas, contando el ritmo de mi respiración.