Nadie entierra los nombres Capítulo 16
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Capítulo 16

L legamos a las Lomas de Chapultepec. La calle Monte Parnaso discurría entre arboledas y moría en una arteria privada que desembocaba en una rotonda.

La mansión de los Espino de Morales y de Beaulieu se alzaba al fondo como un blasón de piedra.

Frente al portón, dos todoterrenos negros permanecían inmóviles.

Dos columnas corintias flanqueaban la entrada.

Tres hombres de traje azabache nos observaban a través de sus gafas de espejo.

Armando saludó con una inclinación de cabeza y uno de ellos se tocó la frente en un gesto militar.

—¿Quihúbole, mi Gregory? Aquí traigo a las visitas —dijo, jovial.

—Qué pasiones, Armandiux —contestó y chocaron los puños.

Armando bajó la ventanilla trasera. El hombre alzó las gafas un momento y nos escrutó dentro del vehículo.

—Pásenle.

—Ahí los vidrios. Mañana en el Gallo de Oro, ¿eh?

La cancela se abrió con lentitud y dejó al descubierto un entramado de hierro forjado en volutas florales, donde el cobre pulido asomaba con fulgor recatado.

Nos alcanzaron la hierba recién cortada y el perfume de las gardenias.

Desde algún lugar llegaba un rastro de sahumerio diluido.

Atravesamos un parterre descomunal donde una fuente presidía una gran rotonda.

Armando detuvo el Grand Marquis en la entrada principal.

Dos criados aguardaban, rígidos, expectantes, sin mediar palabra.

Uno de ellos nos abrió la puerta. Nos guiaron por un vestíbulo alfombrado en rojo oscuro.

Desde lo alto de las paredes tapizadas, nos contemplaban unos retablos sacros, ceñidos con lámina de oro batido.

Y arriba, en la bóveda catalana, una lámpara de cristal descendía como una ofrenda, tan desmesurada que amenazaba con desplomarse sobre nosotros en cualquier momento.

La madre de la vidente nos esperaba al pie de la escalinata, con su figura enhiesta y rasgos afilados.

Vestía de borgoña, con elegancia glamorosa y sin excesos.

El cabello —rubio, largo y ondulado— caía con naturalidad sobre los hombros y dibujaba un recuadro sobrio alrededor de sus ojos de jade.

Del cuello blanquísimo y largo pendía un crucifijo incrustado de brillantes.

Aunque llevaba años en México, su español conservaba una melodía extranjera.

—Bienvenidos. Nos honra su visita —dijo con cadencia trabajada—. Mi marido bajará enseguida.

Me tendió la mano. Era firme, cuidada. Al soltarla, una vibración imprevista me atravesó las entrañas.

Me recorrió un rubor prohibido. Aparté la vista y respiré hondo, aferrado al decoro que imponía la ocasión.

Ella se volvió sin prisa y nos condujo hacia el interior.

Percibí un frescor de rosa y jazmín. El legendario Joy de Patou.

A medida que avanzaba, la emanación se hacía más cálida.

Los ventanales del salón permitían entrever un jardín dispuesto con una perfección histriónica.

A un lado, un piano de cola de concierto se escondía en la penumbra.

En el centro, varios sillones se reunían en torno a unas mesitas, labradas con detalle, sobre las que reposaban enormes lámparas apagadas.

Junto a una de ellas, una Biblia de gran formato descansaba abierta sobre un atril tallado.

Poco después apareció el padre de la vidente. Un hombre de hombros sólidos y barba bien recortada. Vestía el traje sin una arruga. Durante el apretón protocolario, me devolvió un escrutinio atento, premeditado.

Nos acomodamos en las butacas y el protocolo siguió su curso. Un asistente trajo infusiones y café en vajilla blanca Flora Danica, servidos en bandejas de plata impecables cubiertas de lino fino.

Ella permanecía en su asiento de respaldo elevado, con la quietud de un retrato y el interés fijo en nosotros. Él sostenía una sonrisa elegante y premeditada.

—Mi esposa y yo valoramos mucho que Roma haya decidido atender este asunto con la seriedad que se merece —dijo el ingeniero Espino de Morales, con voz de barítono—. Para nosotros, no hay nada más urgente que el mensaje que nuestra hija ha recibido del cielo.

—Lo sabemos —respondió Marifuente—. El Vaticano no toma estos casos a la ligera.

Nuestra anfitriona ladeó la cabeza y su mirada se dirigió hacia mí. Había en ella una calma marina. Aparté los ojos justo cuando su voz comenzó a desplegarse al ritmo envolvente de su acento galo.

—No está en la casa ahora. Se encuentra en Querétaro, en el Campamento Monte Cristal. El de los jóvenes. Allí, las consagradas del Custodes Regnum le prepararon una habitación. Está bajo su cuidado. Muy cuidada.

Ella giró el rostro y el reflejo de la vidriera emplomada devolvió su perfil perfecto.

Yo bebía a intervalos. El café era fuerte, equilibrado en su aroma. Con tostado intenso. Y sin saber el porqué, me sabía insípido. Mi mano temblaba al coger la taza.

—Supongo que ver la fe de su hija consolidarse habrá sido, en parte, un consuelo —dije—. Siempre lo es para toda madre cristiana, en especial durante la adolescencia.

—No ha sido un consuelo. Nada de eso —refutó ella. Exhaló hondo y cerró con fuerza los dedos—. Ha sido una herida. Hemos entregado más de lo que creíamos posible. Y me refiero a mucho más que a cosas y dinero.

—Lo comprendemos, señora —dijo Marifuente—. Este tipo de recorridos pide mucho más que fe. Exige aguante y tiempo, y esa forma de renuncia que solo los padres que aman a sus hijos entienden bien.

Cuando sus ojos volvieron a buscar los míos, ya no desvié la mirada.

—Estamos aquí para sostener a la Iglesia —intervino él, directo—. Y queremos que esto se conozca.

El ingeniero nos examinaba con la mirada.

—La fe obliga —prosiguió tras una corta pausa—. Y nuestra ayuda, claro. Dios nos bendijo con mucho y es justo que lo retribuyamos al mundo.

—No se trata de nosotros —dijo ella—. Ana Lucía no tuvo elección. Ella recibió una tarea. Nosotros hacemos lo que corresponde. Acompañarla.

—Pero ya lo saben. Hay quien duda, hay quien no puede creer. Aunque nuestra Madre, la misma Virgen, hable. Entenderán que no podemos permitir que la imagen de nuestra hija se manche entre rumores. No nada más está en entredicho su credibilidad. Hay un enorme legado detrás de nuestro nombre.

El Breguet de nogal y fina marquetería sonó los cuartos con un tañido profundo, afinado.

—Imagino que no vienen solo a observar —retomó él.

—Nada sucede sin motivo, en efecto —dijo Marifuente .

—Solo espero que sus conclusiones sean acordes con lo que sucede en Querétaro.

—Hemos sido enviados solo para escuchar, no para concluir.

—Sí, padre. Y espero que también a anunciar. Porque hay silencios que, si se dejan, se vuelven resistencia. O pueden convertirse en negación.

—No todo silencio niega. En ocasiones protege —dije.

Inclinó la cabeza hacia un lado mientras me miraba.

—Tal vez. Pero la verdad, cuando se manifiesta, no tolera demasiadas demoras.

—La verdad exige pruebas —replicó Marifuente—. Y paciencia. A veces mucha.

—A veces, sí. Recuerde que hay casos en los que el tiempo es un lujo. Deberían saber que hay presión sobre ustedes. Muchas expectativas.

—¿Y espera que hagamos las cosas sin más, solo porque hay presiones? —atajé.

Pareció sorprendido.

—No me malentienda. No buscamos sumisión —remató él—. Buscamos comprensión.

—Comprensión hay. Y le aseguro que no habrá sumisión.

Mi atención regresaba a ella sin remedio. Nuestras miradas se encontraron por tercera vez.

Al terminar el encuentro, Espino de Morales nos acompañó hasta la entrada.

—Vayan con Dios, padres. Confiamos en su buen discernimiento.