Capítulo 15
S alí de la residencia con la esperanza de perderme por las calles de Polanco. Caminé hacia el sur hasta toparme con la avenida Horacio. Avanzaba despacio, con los pies torpes sobre las amplias aceras, mientras las ramas de los árboles dibujaban sombras caprichosas sobre la calzada.
Una panadería en la esquina de Newton despedía la inconfundible esencia de azúcar caramelizado, harina horneada, canela y mantequilla.
Desde el escaparate, los panes dulces bautizados con nombres exóticos —conchas, cuernitos, orejas, chilindrinas…
— y hasta gelatinas multicolores me invitaban a acercarme más.
Me detuve a observar el ir y venir de la gente con bolsas marrones repletas de pan: los populares bolillos y teleras tan estimados en México.
Al frente, vi un quiosco amarillo lleno de revistas y diarios.
En los titulares de política y deportes, la ciudad mantenía su rumbo.
Escándalos, goles, cotilleos de sociedad y promesas.
Las mismas historias y las mismas cuitas que se leían en Pamplona.
Eso sí, sin los atentados, las huelgas ni el drama político de opereta.
Entré en la Librería de Cristal, un establecimiento discreto en la avenida, rodeado de edificios modernos y relucientes.
Tan pronto crucé la puerta, me recibió el olor a papel y tinta, con aquel toque de madera y metal que siempre me resultaba reconfortante en los lugares llenos de libros nuevos.
Deambulé por las estanterías. Mis ojos recorrían los títulos sin detenerse en ninguno.
Hasta que uno de los tomos, azul y blanco, me llamó desde una repisa: Contradicciones y absurdos de la Biblia , de Aguilar.
Lo tomé y, nada más abrirlo, me regresaron los recuerdos ácidos de mis años en la facultad de ingeniería.
En la Compañía, muchos tenían, además de vocación, una carrera: médicos, abogados, arquitectos.
A algunos nos enviaban a completar los estudios lejos del seminario y de sus rutinas.
Se suponía que debíamos conocer otras disciplinas, otros métodos.
Y quizá también otras tentaciones. A mí me tocó cruzar el océano para estudiar ingeniería.
No exactamente por obediencia. Mis calificaciones hicieron buena parte del trabajo y una beca terminó por llevarme a California.
Aunque la Universidad de Santa Clara también era jesuita, allí la fe convivía con laboratorios, teoremas, ideas y profesores que no parecían dispuestos a concederle ningún privilegio.
De tanto pasear entre sus edificios de estuco claro y sus jardines, acabaron por volverse familiares.
Disfruté mucho aquellos días. Aprendía, creaba nuevas certezas.
Una tarde fría del invierno de 1972, entré en la biblioteca en busca de calefacción y de material para un ensayo de física.
Era un trabajo árido y sin urgencia. En el ala oeste, junto a los anaqueles dedicados a las ciencias extintas, se alzaba la sala Isaac Thomas Bourne.
Sus puertas de cristal siempre me habían recordado la entrada a un mausoleo.
El señor Bourne —insigne filántropo y benefactor de la institución— había impuesto una sola condición al donar su valiosa colección personal antes de morir: que permaneciera intacta y confinada, sin mezclarse jamás con los fondos generales.
Ese día, sin saber por qué, crucé el vestíbulo.
Entre la fragancia del cuero y del papel viejo, sobre uno de los estantes, distinguí un cartel con una declaración inquietante: «Christian Mythicism».
Al principio pensé que alguien había escrito mysticism mal.
Bastó ver los lomos alineados para entender que, en efecto, se trataba de mythicism .
Siempre he creído que Alétheia —esa diosa esquiva y sin templo— rara vez espera en las cátedras más sonoras ni en los púlpitos ornamentados.
La verdad suele aparecer en los pasillos desiertos, en las páginas marginales de una obra que nadie cita.
A veces, incluso, se esconde en una duda bien formulada. O en las paradojas más absurdas.
Así que tomé la primera obra que me llamó la atención.
El autor: Arthur Drews. El título, incendiario: The Christ Myth .
Lo abrí. La tesis era brutal por su sencillez: no había pruebas históricas concluyentes de que Jesús de Nazaret hubiera existido.
Ninguna fuente fiable más allá de los evangelios.
Ningún registro independiente. Ninguna pisada dejada en la tierra.
Cerré el libro de golpe. Me quemaba los dedos.
Y a pesar de ello, no lo devolví a su lugar.
Me lo llevé en préstamo, junto a otros dos que ya no recuerdo.
Al entregarlos en el mostrador, evité mirar al bibliotecario a los ojos.
Durante noches, en mi dormitorio, con las cortinas cerradas y el sigilo del campus alrededor, devoré esas páginas con urgencia, en espera de encontrar las respuestas que se me negaban.
Y entre aquellas páginas descubrí paralelismos y el sincretismo religioso.
Las correspondencias entre Cristo y Mitra eran dolorosas.
Entre la Pascua y los ciclos solares. El zodíaco.
Dionisio y la eucaristía. Entendible hasta cierto punto.
Pero lo que no pude encajar fueron los huecos documentales. Todo era copia de copias, muy posteriores. Y había siglos enteros sin noticias, sin fechas, sin testimonios. Sin nombres.
¿De verdad faltaba todo aquello? ¿Cómo podía sostenerse la figura central de mi fe —y la de millones— sobre pilares tan ambiguos? ¿Cómo explicar que no hubiera una sola prueba externa irrefutable?
Decidí llevar mis inquietudes al padre MacLean.
Se decía que había leído a Orígenes en griego y a Kant en alemán, y que nunca había perdido una sola discusión en el Toastmasters.
Lo hallé sentado detrás de su escritorio, refugiado en el humo dulce de su pipa y rodeado de gruesos volúmenes encuadernados en tafilete y cordobán.
Encima de la repisa, una radio Zenith emitía una de las Variaciones Goldberg —la novena, Canone alla Terza — de la mano de un Glenn Gould perfeccionista.
—Padre —dije—, necesito su ayuda. He estado leyendo algunos textos en las últimas semanas que me han llenado de dudas. Hay autores que sostienen que no existen pruebas concluyentes de la existencia histórica de Jesús.
Me observó unos segundos sin responder. En la ventana, las hojas de un roble temblaban con el viento.
Sonrió. Tenía la voz profunda y la mirada austera.
—Sí. Esa teoría tuvo bastante recorrido hace tiempo. Hoy la sostiene muy poca gente. La inmensa mayoría de los historiadores da por sentado que Jesús existió. Otra cosa, muy distinta, es lo que podemos saber con certeza sobre él.
—Entiendo el consenso de los historiadores, pero el problema sigue ahí a pesar de ese acuerdo.
Mire, de César conservamos monedas, bustos, inscripciones, cronistas que vivieron cerca de su tiempo.
Nadie discute que existió. Pero de Jesús solo tenemos los evangelios, cuya historicidad también se discute.
Josefo, quizá. Y aun así, con interpolaciones.
El profesor dejó la pipa sobre la mesa.
—José María, César fue el hombre más poderoso de su tiempo.
Gobernó un Estado que escribía sobre sí mismo sin descanso.
Jesús fue un predicador judío en una provincia perdida del Imperio.
Si esperáramos encontrar el mismo tipo de huellas en ambos casos, estaríamos haciendo una mala comparación desde el principio.
—¿Entonces tenemos que conformarnos con menos pruebas?
—No. Tenemos que conformarnos con las pruebas que la historia puede ofrecer en cada caso. La historia nunca trabaja con la comodidad de la ciencia.
—La existencia de César no exige fe.
—La existencia de Jesús tampoco: la provoca. La fe empieza después. Mucho después.
Volvió a llevarse la pipa a los labios, aunque ya estaba apagada.
—Pero siguen estando los paralelismos. Mitra. Dionisio. Los cultos mistéricos…
Asintió despacio.
—Claro que existen. Las religiones llevan siglos prestándose símbolos, fiestas, palabras, ideas. Raro sería que no lo hicieran.
—Entonces…
—Entonces la pregunta no es quién llegó primero a una imagen. La pregunta es qué hace cada tradición con ella. Dos personas pueden utilizar la misma palabra y querer decir cosas completamente distintas.
—Y el sincretismo…
—Existe. Siempre ha existido. Pero el sincretismo explica cómo viajan las formas, no necesariamente de dónde nace una convicción.
—Yo solo encuentro huecos. Demasiados huecos.
El reloj de péndulo marcó la media hora con una campanada. A lo lejos pasó un tren. Bajé la vista al libro abierto que tenía sobre su escritorio .
—¿Sabes cuál es el problema de los buenos estudiantes? —preguntó al fin.
Negué con la cabeza.
—Que creen que todas las preguntas tienen la obligación de parecerse a las matemáticas y que siempre deben tener respuesta. Estás en ingeniería, ¿no?
—Sí.
Sonrió apenas.
—La historia no es una demostración. Es una reconstrucción. Trabaja con fragmentos y silencios. Hay que aprender a convivir con ellos.
—No sé si podré.
—Eso, José María, ya no es un problema de la historia.
—¿De qué es, entonces?
Me sostuvo la mirada.
—Eso tendrás que averiguarlo tú.
Salí a los patios traseros y caminé un rato por los Mission Gardens, donde los senderos, flanqueados por palmeras y un césped impecable, me ofrecían una calma noble. En el aire quedaba un frescor húmedo. Las paredes de adobe oscurecían el prado y las glicinas en flor.
Dejé atrás la Librería de Cristal y caminé hasta la Plaza Uruguay.
Unas cuantas familias paseaban bajo la luz fatigada del atardecer mientras los niños corrían alrededor de los árboles.
Sus risas salpicaban el parque. Me detuve ante una fuente seca en el centro de la explanada.
Sus bordes ajados y el musgo en las hendiduras le conferían un aspecto de plaza olvidada.
Crucé por la calle Lope de Vega, donde edificios decadentes se alternaban con torres nuevas, sin plan ni transición alguna.
Al llegar a la avenida Presidente Masaryk, el banco Aboumrad quedó a mi izquierda.
Avancé hacia el oeste. Más adelante, tras un par de rotondas, las bombillas de boutiques y cafés brillaban indiferentes a la noche que ya se desplomaba sobre las aceras.
En una terraza, un grupo de amigos reía y brindaba con ligereza.
Giré hacia el norte y Arquímedes me recibió con su geometría habitual.
Las habitaciones de la residencia se encendían una a una.