Nadie entierra los nombres Capítulo 14
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Capítulo 14

O tro día, otra mañana. Y esta vez, la Ciudad de México se abría con cautela.

La luz dorada del amanecer resbalaba por igual sobre fachadas gastadas y torres relucientes.

Armando nos recogió temprano. Desde la ventanilla del Grand Marquis veía cómo los vendedores ambulantes desplegaban sus mercancías con rapidez ritual en las esquinas: flanes, tamales, gelatinas y café en termos de aluminio.

Bajé el cristal y enseguida nos rodeó el olor de la masa cocida y del diésel tibio.

—Fíjense —comentó, mientras esquivaba un bache—, que la otra vez que pasé por este mismo boulevard estaban todas las bardas llenas de puros posters de conciertos.

Y no se crean que eran de esos conciertos clásicos aburridotes de los que oye la momiza y todos se jetean.

Nel, no. Estos eran de rock . Así nomás.

Ahora dizque es rock . Le quitan el roll .

Que no manchen. ¿Y qué tienen de rock ? ¿Ya oyeron a El Tri?

El Alex Lora nomás grita con una vocezota aguardentosa, bien rasposa, feota.

Eso no es el rocanrol suavecito de Enrique Guzmán o de Angélica María.

No. Esto es puro grito y tamborazo. ¿Pa qué tanto escándalo?

Puros alaridos… ¡Órale, güey! ¡Fíjate, pendejo !

Frenó en seco cuando un camión con el parachoques oxidado nos cerró el paso.

—¡Chinga tu madre! ¡Pareces taxista! —gritó el otro conductor.

—¡La turca! —contestó Armando.

El camión se adelantó y se detuvo de golpe delante de nosotros. Su conductor abrió la puerta y puso un pie en el estribo.

—¡Bájate, cabrón! Órale, aquí te espero —amagó.

Armando dejó que la distancia entre los vehículos disminuyera y con un ágil movimiento del volante, torció por una calle aledaña.

—Perdón… —se excusó—. Ustedes dispensen, padres. Es que aquí algunos manejan con las patas, me cae. Con razón no avanzamos.

La ciudad iba cediendo. Polanco quedaba atrás con sus escaparates y boutiques dormidas.

Las avenidas se estrechaban, los árboles inclinaban sus copas sobre calles mojadas y el sol se colaba entre balcones, persianas a medio abrir y cables de luz y teléfono que cruzaban el cielo en una maraña gordiana.

—Ya llegamos —anunció Armando—. Esta es la Roma. Es más viejito todo, pero como que se respiran otros aires más pirruris.

El coche se detuvo junto a un largo muro de ladrillos gastados, cubiertos de lama. Al fondo, emergía el templo de la Sagrada Familia, en un calco perfecto del viejo continente.

—Se entra por ahí, donde está esa reja negra —nos indicó, señalando una puerta discreta, a un costado de la iglesia—. Mientras, me voy a dar un voltio y por acá los veo más tardecito.

En la sala nos aguardaba uno de los jefes de obra de la Compañía de Jesús en México, el padre Ignacio Velasco Sandoval —un hombre alto, de voz pausada, con formación jurídica y maneras austeras—, junto a tres sacerdotes más.

Uno de ellos, que además era doctor en psiquiatría, le confería al cenáculo un matiz de seriedad clínica.

—Entiendo que ya se reunieron con los milicianos —dijo Velasco, afable—, ¿no es así?

—Sí. Hemos tenido un par de encuentros, aunque muy superficiales. Procuramos avanzar con cautela. Oídos atentos, pasos medidos —respondió Marifuente.

—Hacen bien. Con ellos las cosas no suelen ser sencillas —declaró uno de los presbíteros.

En la pared, un retrato en sepia de Pedro Arrupe presidía la estancia. El marco de madera, sin adornos y gastado, desentonaba con la intensidad serena de su talante. Bajo la fotografía, una pequeña placa proclamaba su nombre y el lema: «Servir a la fe y promover la justicia».

—Sabemos que les han confiado una misión de extrema delicadeza. El padre Vigil Ávalos, nuestro provincial, ya nos compartió los detalles —añadió Velasco—. No es fácil andar por un campo minado, y mucho menos con los milicianos de por medio.

Marifuente cruzó los brazos sobre la mesa y apuntó:

—La instrucción de la Santa Sede fue clara: verificar la autenticidad de las apariciones, evitar que esto derive en espectáculo y, si no hay fundamento, frenar la maquinaria a tiempo.

—Tengan en cuenta que la familia de la joven añade complicaciones que no podemos ni debemos ignorar —reconoció otro de los curas.

—Ya. Tuvimos una primera aproximación con el abogado de la familia de la vidente —intervine—. Un encuentro sui géneris.

—Puedo imaginarlo.

—¿Y qué se conoce de la vidente misma? —pregunté, para redirigir la conversación .

El sacerdote psiquiatra sostenía una taza de loza blanca con la imagen de la Virgen de Guadalupe.

Bebía a sorbos pequeños y, en cada pausa, la volvía a colocar sobre un posavasos de yute.

Sus ojos, intensos y demasiado juntos, denotaban una lucidez cautelosa.

Dejó las gafas sobre la mesa y nos explicó:

—A juzgar por lo que tenemos hasta el momento, la adolescente presenta un perfil ambiguo.

No hay antecedentes de trauma ni diagnósticos significativos.

Tampoco muestra una trayectoria religiosa relevante.

En resumen: ninguna marca patológica. Sin señales espirituales.

Una vida sin complicaciones. Excepto, claro, por su entorno económico.

—¿Y eso no lo vuelve más desconcertante? ¿Que alguien sin historia de fervor, pero de gran fortuna, hable de visiones? —preguntó Marifuente.

—Exacto —respondió el psiquiatra—. Y esa es nuestra sospecha: en contextos donde el estatus y la devoción se entrelazan, las manifestaciones religiosas tienden a convertirse en una forma legítima y rentable de diferenciarse.

Esperemos que no sea así, pero no sería la primera vez que se simularan visiones con fines pseudorreligiosos, si me entienden lo que quiero decir.

—Completamente.

La reunión continuó después con cuestiones de método: revisar testimonios, analizar los mensajes, entrevistar testigos, emitir —si era prudente— un informe preliminar…

Todo según los protocolos dictados desde Roma.

Uno de los clérigos junto a mí tomaba notas en un cuaderno de tapa negra.

Su estilográfica dejaba una caligrafía acostada y apretada.

De vez en cuando subrayaba una palabra con una regla transparente.

Era el único que escribía. Pasó una media hora larga.

—Antes de cerrar esta reunión —dijo Velasco—, hay un asunto que quiero destacar. El provincial ha solicitado en esto discreción absoluta. Este tema no admite deslices.

—Perdón, con respeto, pero la discreción no parece ser el rasgo dominante —apunté—. Ayer mismo el periódico traía un artículo acerca de Querétaro y sus milagros.

—No me refiero a los medios. Todo el mundo sabe que algo ocurre allí y que el Vaticano envió observadores.

—¿Entonces, a qué se refiere?

Velasco se giró hacia mí.

—Padre Arizaleta, seré directo. Le pedimos cautela respecto a su pasado en El Salvador y sus vínculos con la teología de la liberación. En México ese tema sigue generando recelo. No queremos menospreciar ni negar lo que ha hecho. Simplemente, no conviene airearlo.

—Ya. Entiendo.

—No me malinterprete. Valoramos el trabajo de campo.

Tenemos un par de comunidades en Chiapas y en Guerrero, en zonas donde la injusticia es brutal.

Sabemos lo que se juega. Pero los Milicianos del Reino tienen otra forma de ver las cosas.

Y en este caso, son ellos quienes albergan la misión.

Su historial puede usarse fuera de contexto.

Y no queremos que eso complique aún más la situación.

¿Me comprende? Soy abogado y, créame, las cosas en este país pueden ser muy, muy complejas.

—Con absoluta claridad.

Poco después nos levantamos. Hubo despedidas formales, un par de frases de cortesía.

—Por cierto, ¿y dónde nos alojaremos en San Miguel? —preguntó Marifuente, ya encaminados a la puerta.

—En el Campamento Juvenil Monte Cristal. Allá reside la joven desde el verano anterior. Estarán bajo el patrocinio directo del Custodes Regnum en San Miguel. Nosotros no tenemos presencia en Querétaro.

Salimos de la sede de la Compañía sin mediar palabra y la tarde nos recibió con su orquesta habitual de cláxones impacientes y motores descompasados.

Iron Maiden emergía distorsionado desde un coche detenido en doble fila.

El seiscientos sesenta y seis resonaba como una amenaza eléctrica que se diluía en la marea del tráfico.

Armando forcejeaba al otro lado de la calzada con su Grand Marquis en la corriente de coches.

Nos vio, hizo un ademán y señaló el paso peatonal.

No podía acercarse más. Cruzamos por un pasillo de vendedores ambulantes que ofrecían tanto dulces como escapularios.

De pronto apareció un anciano delgado y andrajoso.

Del hombro le colgaban, en abanico, las tiras de la Lotería Nacional.

—¿Un cachito de suerte? —dijo, alzando uno de los billetes con gesto ceremonioso—. Este termina en siete, chequen.

—Gracias, hoy no —respondí, con la mano en alto.

Fue inútil. Ya lo había metido en el bolsillo de mi chaqueta con la habilidad de un prestidigitador.

—Ándele. —Sonrió—. No se me niegue. Este va de oquis. Se lo regalo yo. Hay números que le eligen a uno.

Antes de que pudiéramos replicar, se perdió entre la marea de cuerpos.

—¿Quién era ese?

—No lo sé.

Sentí el rectángulo con los dedos. Lo saqué. Era un billete ordinario, impreso con el retrato de don Benito Juárez, los dígitos y la fecha del próximo sorteo. Al darle la vuelta, descubrí una nota manuscrita, con tinta azul: «Librería Rulfo. Mañana 8 p. m. J. B.».

—¿Qué? —soltó Marifuente al notar mi expresión.

Le mostré el papel. Lo leyó sin sorpresa.

—Vaya. Un método inusual para citar a un par de jesuitas.

—Y que lo diga .

Subimos al coche en cuanto llegamos al otro lado. Mientras Armando ajustaba el retrovisor, le pregunté por la librería.

—¿Donceles? Está en el mero mero centro, paralela al Zócalo. Se llega por la calle República de Brasil, atrás de la catedral. Si quieren, les acerco cuando ustedes gusten.

El Grand Marquis avanzaba con ese ronroneo satisfecho de motor grande. Las luces de la ciudad iban encendiéndose a medida que nos alejábamos de la colonia Roma.

Al internarnos por una vía más desierta y oscura, nos acercamos a un semáforo. Justo cuando el amarillo parpadeó, nuestro conductor pisó el acelerador. La luz roja apareció antes de que cruzáramos del todo. Un silbato agudo nos cortó el paso. Un policía en motocicleta vino directo a la ventanilla.

—No se me preocupen —dijo Armando, bajando el volumen de la radio—. Ahorita mismo lo arreglamos. Ustedes aguanten aquí. Es puritito trámite.

Sacó la llave del encendido y se giró hacia nosotros.

—Y por si las flies , estos rumbos no son precisamente de los más seguros.

No se me asusten, nomás digo. Si llegara a pasar algo, aquí abajo hay un botoncito negro.

Chirris, chirris. Casi ni se ve. Le dan tres toquecitos: ni uno más ni uno menos, y la máquina arranca.

El carro camina unas cuadras y luego luego se apaga, pero con eso hasta les sobra. Es nomás por si acaso.

Nos guiñó un ojo y sonrió. Luego bajó del coche.

Desde el asiento trasero, alcancé a escuchar su conversación.

—¿Quihúbole, oficial? Nomás me comí tantito el ámbar.

—No estamos jugando, señor. ¿No ve que hay niños cruzando la calle?

—Sí, claro. Pero ya vio que no pasó nada. Además, traigo a dos padrecitos extranjeros. No les haga el feo.

—Padres o no, te brincastes el alto.

—Nomás écheme la mano, jefe. Traemos prisa.

—Está bien difícil, señor. Esta es una infracción bien grave .

—¿Y cómo le hacemos?

—Pos no se puede hacer nada. Es corralón.

—¿Tons?

—Vamos a tener que llamar a la grúa… ¿No ve que hace mucho calor?

—Pos entonces mire, ahí le va pa’l chesco. Pa que se me refresque.

Al final, un billete púrpura cambió de dueño con la misma naturalidad con que se intercambian cromos. Armando regresó al automóvil.

—Ya estufas, mis padres.

Arrancó. Cuando doblamos la esquina, soltó una risa seca. Miré de nuevo al tablero. Nada ocurrió y seguimos adelante.

De regreso en la residencia, nos entretuvimos un rato en una salita del segundo piso. Poníamos al día las libretas en silencio.

—Mañana visitaremos a la familia de la vidente —dijo Marifuente, dejando el bolígrafo en la mesa de centro—. Iremos solo nosotros dos.

—¿Y los milicianos?

—Ellos siempre están. Aunque no se vean.

—¿Por qué lo harían? ¿Por qué dejarnos solos?

—Yo también pensé que alguien vendría. Al parecer, no lo consideran necesario.

Cerré mi libreta y la dejé descansar en las piernas.

—¿Y eso no le resulta raro?

—¿Qué quieres que te diga? Todo en este caso ya es raro de por sí. Ya lo averiguaremos. Lo importante es que estemos alerta. Bueno, voy a recostarme un poco. No me siento muy bien.

Desde la ventana entreabierta se colaba el chasquido de una escoba de palma barriendo hojas secas y el chillido de los pavorreales. Entraba un vago aroma a magnolias y madera.

Nos despedimos.

Volví a la habitación y me tendí sobre la cama, sin quitarme el alzacuellos que me ceñía el cuello bajo la camisa. Pero no pude descansar. Consulté el reloj: eran las seis y media.

Salí a la calle.