Nadie entierra los nombres Capítulo 13
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Capítulo 13

M ientras aguardábamos a Armando en la recepción, vimos salir a los milicianos de la cabina del ascensor. Sus trajes, impecables en el corte y la caída, llevaban el sello inconfundible de Attolini.

Keller se acercó y rompió el hielo con maneras educadas.

—¿Qué les parece si les invitamos a almorzar en un sitio muy especial? ¿De casualidad conocen La Hacienda de los Morales? Es un lugar emblemático de la ciudad.

Se volvió hacia Olaya, quien asintió con entusiasmo. La invitación fue aceptada con la misma cortesía.

Cuando llegó Armando, le indicamos que nos condujera al restaurante. No apartaba la vista del tráfico, pero de vez en cuando el retrovisor captaba un destello de sus pupilas. Juraría que sus labios se movían.

El frescor de mediodía entraba por la ventanilla entreabierta. La Ciudad de México, vasta y vertical, me recordaba un mapa sin leyendas en el que lo contemporáneo y lo antiguo convivían sin orden aparente.

Olaya estaba junto a mí y percibí a su alrededor un Drakkar Noir intenso, ahumado y resinoso. Su acento sonaba refinado, aunque natural, y en ocasiones tenía ecos del miliciano petulante del desayuno.

—Miren. Ahí atrás está la Torre de Pemex —comentó, apuntando hacia un rascacielos en ciernes que asomaba detrás de una cortina de smog, con las vigas tocadas por los primeros rayos del sol de la tarde—.

Una vez que se termine, será la construcción más alta de Latinoamérica.

Un símbolo más del progreso de nuestro país.

Keller se distraía con el paisaje. Sus párpados caídos le daban un aire de cansancio.

Miré por la ventana mientras avanzábamos por la calzada.

El tráfico no era tan caótico como antes, aunque la urbe todavía palpitaba con esa energía que me costaba asimilar.

Los vendedores ambulantes serpenteaban entre los coches.

Nos ofrecían zumos frescos e incluso pequeños juguetes, siempre con una sonrisa profesional.

—Ese de allá es el Conservatorio Nacional de Música, que cuenta con salas diseñadas para una acústica perfecta. Es la envidia de Europa —dijo Olaya, indicando un complejo de ladrillo rojo en la esquina del Periférico.

—Y este otro, aquí adelante, es la embajada de Cuba. Una belleza, ¿verdad? —continuó.

Era de corte moderno, geométrico, sobrio en su lenguaje y ostentoso en su escala.

En su arquitectura monumental parecía haberse olvidado el camino de la zafra y la cartilla.

Me dolía pensar que el Comité se había rodeado de mármol mientras su pueblo seguía sometido al boicot y la escasez en el barrio.

Olaya continuó enalteciendo las maravillas nacionales que encontrábamos a lo largo del recorrido.

Empecé a pensar que, igual que Armando, llevaba dentro un guía turístico, dispuesto a enaltecer su país en cuanto el silencio se abría paso, tal vez convencido de que cualquier forastero estaba hambriento de someterse a su gabela de exaltación patriótica.

Keller seguía ensimismado y Marifuente observaba el trayecto, ausente .

El automóvil giró por fin hacia una calle más estrecha, ceñida por árboles que cubrían el asfalto y que por fin nos daban un respiro.

—Servidos —dijo Armando, con una cortesía que rozaba la displicencia—. La Hacienda de los Morales. Siéntanse cómodos, padres.

El vehículo se detuvo ante la entrada de la ex hacienda.

El portón de nogal, flanqueado por columnas, conservaba una suntuosidad que invitaba a cruzarlo.

Las gardenias bordeaban el sendero y se respiraba el perfume del jazmín recién regado.

Lo colonial fundía sus formas en una austeridad monástica.

El interior abundaba en arcos, columnas, techos altos, jardines y candelabros de hierro forjado.

Nos guiaron hasta una mesa de madera pulida.

El mantel blanco y pulcro que colocaron sobre la mesa sugería una elegancia de postín.

Frente a mí, Olaya examinaba la carta con la comodidad del comensal habituado a su contenido.

Nos propuso un entrante de gorditas de chicharrón y quesadillas de flor de calabaza.

En un rincón, un trío tocaba un bolero. Las notas algo desafinadas de Sabor a mí cruzaban el comedor entre conversaciones apagadas.

Fue Olaya quien comenzó las cortesías.

—Permítannos disculparnos si la reunión de esta mañana fue más dura de lo necesario —se excusó—.

El padre de la vidente insistió en que habláramos primero con su representante, antes de iniciar cualquier trato con ustedes.

La verdad, no teníamos ni idea de qué esperaban, y la actitud del abogado también nos desconcertó mucho.

Marifuente agradeció con un gesto. Yo me limité a observar.

Y llegaron los guisos.

El camarero me dejó un plato de mole poblano. El arroz formaba montículos simétricos, dispuestos con meticulosidad arquitectónica. El aroma era profundo, con toques de chocolate y una intensidad que llegaba al extremo .

—No es fácil manejar este tipo de situaciones —dijo Keller, mientras cortaba una pechuga con pulso de cirujano—.

Desde que supimos que el Vaticano intervendría, todo cambió de un día para otro.

La familia de la niña presiona. Mucho. Ustedes comprenden.

Si Roma no valida las apariciones, todo esto se cae.

Y el ingeniero Espino de Morales no está dispuesto a permitir que eso ocurra.

—El ingeniero es uno de los principales benefactores de la congregación y uno de los más cercanos —aclaró Olaya.

—Sí. Es muy interesante que la hija de un benefactor tan relevante haya sido elegida por la Virgen para transmitir su mensaje, ¿no les parece? —pregunté.

—Los caminos de Dios son inescrutables. A nosotros también nos pareció, al principio, una paradoja que nuestra madre eligiera a una joven de una familia tan cercana a nuestro movimiento. No se crean. Pero en cuanto tuvimos contacto con Ana Lucía, nuestra percepción cambió —aclaró Keller.

—¿Hace mucho que la tratan? —preguntó Marifuente.

—Llegamos a Monte Cristal, o sea, al campamento, unas semanas después de la primera aparición. Monseñor Toriz Cobián estaba muy interesado en lo que ocurría allá, por lo que delegó el asunto en el obispo auxiliar. El comité de investigación se formó en tan solo dos días.

Olaya dejó los cubiertos sobre la mesa y levantó la copa de vino, inclinada hasta tal punto que pensé que se derramaría su contenido.

—Miren, no vamos a negarlo: la presión de la familia existe. Y eso vuelve el tema aún más delicado. Lo que vieron hoy con el licenciado Portasola no es nada en comparación con lo que hemos tenido que vivir nosotros —dijo.

—Cierto, pero ahí es donde creo que todos tenemos que cerrar filas para que la verdad se abra paso. A pesar de lo complejo del entorno —añadió Keller.

—Entendemos que es complejo, padre —dijo Marifuente—. Y nuestra misión es muy clara: discernir lo verdadero. Sin influencias externas.

—Por supuesto —terció Olaya—. Eso es lo que buscamos también nosotros. Al final del día, estamos del mismo lado, ¿no?

—Del lado de la verdad —dije.

—Sí, el único lado que importa —concluyó Keller.

La música seguía. Las guitarras alargaban las cadencias de Perfidia con un rubato excesivo, relamido para mi gusto. El requinto había vuelto a afinar y la melodía surgía consonante.

Probé el mole. Ardía. El pollo, cubierto por aquella salsa marrón y densa como un barniz antiguo, sabía a la vez amargo y dulce. Me cautivó.

En cuanto salimos del restaurante, el sol de la tarde nos cegó. Era un contraste brutal con la penumbra del salón.