Capítulo 68
— N o quiero que me absuelvas —dijo, con la vista fija en el muro—. Solo necesito que me escuches.
Le miré en silencio y le animé a continuar con un gesto.
—Cuando entendí… —vaciló—. Cuando vi a Olaya besar a Evaristo en el almacén…
Calló un momento. Bajó la cabeza y entrelazó las manos. Le temblaban, aunque las tenía apretadas.
—Ya había cazado algunas miradas entre ellos, furtivas.
Tenía mis sospechas. Pero ese beso confirmó todas las dudas.
—Suspiró—. Y es que a mí también me miraron así una vez.
Acababa de cumplir doce años el día en que ingresé en la Quinta Pacelli, el seminario menor.
Mis padres habían emigrado de Alemania después de la Segunda Guerra Mundial y murieron algunos años después de llegar a México.
Me quedé solo y, gracias a la amistad de un tío lejano que había emigrado en los años veinte, me ofrecieron acogida.
Yo les ayudaba en misa, limpiaba los bancos y asistía a los curas.
Después de unos meses, uno de ellos me dijo que yo era alguien especial.
Que Dios amaba más a los que sabían guardar secretos. Y que tenía que ponerme a prueba .
—¿Qué pruebas, Keller?
Se encogió de hombros.
—Me pedían hacer cosas, ya sabes. Lúbricas. O que me dejara hacer cosas. Creo que el detalle no es relevante.
—Ya.
—El caso es que me pidió que mantuviera el secreto. Ahí estaba la prueba. Pero después de él hubo otros. No recuerdo todos los rostros. No sé. Ni siquiera recuerdo los nombres.
Sonó un portazo cerca. El golpe hizo vibrar incluso la celda.
—Y no. No me interesa dar nombres —siguió—.
Ni revivir escenas. Solo necesito que entiendas el porqué de todo esto.
Crecí y terminé en Ontaneda. Después, fui al Colegio Máximo.
Y me dejaron en paz. Me ordené. Y después de muchos años, cuando el padre Mateo Borrajas se juntó con dos empresarios para fundar el Custodes Regnum, vi una oportunidad.
Abandoné la Legión de Cristo para olvidar ese pasado. Para enterrarlo.
»Pero ese día. En cuanto descubrí que entre los dos existía ese vínculo de inverecundia, que pensé que habíamos dejado atrás en la Legión, entendí que Olaya había hecho con Evaristo lo que me hicieron a mí.
Que me había engañado a pesar de lo que veía.
Y lo que más me dolió fue que Evaristo… que él lo aceptaba. Yo no podía…
Lloró. Dejó que el llanto fluyera con pequeños sobresaltos.
—Me cegó el recuerdo. —Recuperó el aliento—.
Pensé que ya lo había olvidado. Pero no.
No creas que fue el egoísmo de recordar aquellos años de una infancia quebrada y pervertida.
Lo que más me pegó fue el remordimiento.
Porque aunque a mí ya me habían dejado en paz, vi a otros como yo entrar en las oficinas de los superiores y no dije nada.
Me convencí con argumentos cómodos. Esos que usamos para eximirnos de responsabilidad y no dar la cara.
Que eran sus decisiones, que no me correspondía intervenir.
Que era su propia prueba personal. Me escondí entre los demás.
La verdad estuvo delante de mí muchas veces.
Y ya no pude. Y cerré los ojos, Dios mío.
Los cerré. Y atiborré mis oídos con cemento.
Y cuando vi a esos dos, sus miradas, sus caricias veladas, me hice sordo.
Pero el beso y aquella confesión final en la bodega me cegaron. Y ya no supe de mí.
Me miró con sus ojos amarillos.
—Y ahora entiendo que no son las congregaciones, ni los Legionarios, ni la Milicia, ni la Iglesia las que se rompen. Adonde vaya, siempre habrá hombres. Somos nosotros los hombres, débiles. Como Olaya, como yo, los que cargamos la inmundicia de un lado a otro.
—¿Y Ana Lucía? —pregunté, sin dureza.
—No sabía nada —confesó, entre llanto y sollozos, pero con firmeza—.
Creí, creí que ella veía algo. Tenía mis dudas, pero pensé que todo provenía de ella.
Nunca noté que Olaya la drogara. Sabía que él creía que había prácticas que despertaban estados que abrían puertas místicas, que leía a William James.
Que, para él, algunas sustancias eran caminos para llegar al espíritu.
Lo hablamos mucho. Pero no. Nunca lo ligué con lo que pasaba.
Tampoco sabía nada de los chantajes de Flores Magut.
Creo que ni Olaya lo sabía. Dios. No imaginé que Evaristo…
que él también… Le dejé usar mi oficina a su aire. Sin saber.
Se detuvo. Me miró con una súplica vencida.
—¿Por qué lo extorsionaban? —indagó.
—Espino de Morales es un hombre oscuro —repliqué—. No es difícil encontrar algún motivo para chantajearlo.
—Sin duda. Espero que la justicia lo alcance a él también.
Se frotó las manos y me miró aún con lágrimas en los ojos.
—Y hay algo más. No te supe leer, José María. Ni a ti, ni a Monte Cristal. Ni a la Iglesia. Ni a Dios. Quiero pedirte perdón por eso. Desde lo más profundo. Porque confundí tu entereza con hipocresía. Porque pensé que tu falta de fe no era más que un pretexto .
—Te creí el artífice de todo —dije—. Creo que me equivoqué en eso yo también.
Permanecí donde estaba. Keller se secó la cara con la manga. Lo vi parpadear. Luego inspiró hondo.
—Evaristo está vivo. Al menos, solo tendré una muerte en la conciencia.
Y eso fue todo. Nos quedamos callados. La respiración de Keller raspaba la celda.
Llamé al guardia. Antes de salir, lo miré una vez más. Seguía sentado en el catre, con las manos entre las rodillas.
Minutos después, respiraba distinto. El viento, la luz, los sonidos eran distintos. O quizá era yo el que había mudado, ya sin remedio ni retorno. Velasco me esperaba en el corredor. Su semblante sombrío dejaba entrever que había escuchado parte de la confesión antes de alejarse.
—¿Qué harás ahora, José María? Es probable que con todo esto salgas pronto de aquí.
Miré a lo lejos la puerta cerrada de la celda de Keller. Enseguida, al pasillo que conducía a la promesa de libertad.
—No lo sé. Pero sí sé que no volveré a callar. Nunca más. Y esto, lo contaré todo, tal como ocurrió. Aunque no quieran oírlo. Aunque nadie me lo pida.
Velasco asintió despacio.
—Entiendo. Mucha gente no estará contenta…
—Ya.
—Pero yo mismo te animo a que lo hagas. En su momento.
—Lo haré.
—Entonces prométemelo —dijo Velasco—. No a la Compañía. A mí.
Al salir por fin del edificio, un par de días después, el viento de Querétaro me recibió con una caricia extraña .
Cada zancada que daba era lenta, y pensé que venía acompañado por la vieja Némesis a mis espaldas, satisfecha y silenciosa. La brisa, fresca pero seca, traía consigo el rastro lejano de los jacarandás floreciendo en algún rincón.
Me llevaron de vuelta a Monte Cristal en un vehículo oficial.
El camino, oscuro y serpenteante, se me antojó más largo que nunca.
A través de la ventanilla, el paisaje semidesértico se desdoblaba con cadencia monótona.
La silueta de Peña Colorada, alargada por el atardecer, se proyectaba contra el cielo como un gigante dormido.
El coche se detuvo frente a la entrada del campamento. Lo encontré convertido en un lugar irreconocible. En pocos días ya se notaban las señales de abandono. Jaime Botello me esperaba, apoyado en una de las columnas de la cancela.
—Padre…
—¿Dónde demonios se había metido, Botello? Lo busqué el día del milagro, pero no apareció por ningún lado.
—Alcohol, pero creo que ya lo sabe. —Se encogió de hombros—.
Desde que era adolescente, ha sido mi cruz.
Se me fue la noche en Querétaro. Conocí a dos putitas.
Hablamos, bebimos y luego perdí la conciencia.
Cuando desperté, estaba en la habitación de un hotel de paso junto a la carretera.
Desnudo. Sin dinero. Intenté regresar a Monte Cristal, pero cuando llegué, ya estaban todos en el almacén de Conasupo. Y usted, pues, usted ya se había ido.
—Tenga cuidado con eso. Hay grupos de apoyo.
—Ya, ya lo sé. Puede que algún día.
Le dio una calada profunda al cigarrillo y miró hacia el sendero que lleva al pueblo.
—Por cierto, ya que estamos platicando de cosas agrias, ¿vio la nota de Villalobos sobre el ingeniero Espino de Morales?
—Sí —contesté—. Todo fue muy rápido. Suicidio, dicen.
—Lo que suponíamos que eran donaciones resultó ser un pago extorsivo. Lo tenían atrapado. Amenazaban con revelar… lo de su hija. Y mire la ironía: ahora ya lo saben todos.
—¿Sabe cómo fue?
—En cuanto lo citaron a declarar, no lo dudó. Tomó una Ruger y directo a la cabeza.
—Otra tragedia. Aunque a veces, hasta en las desgracias puede haber también justicia.
—No del todo. Del que no se sabe nada es de Héctor Flores Magut. Está en calidad de desaparecido. Nadie le ha visto desde que Evaristo Maldonado se puso a cantar La traviata .
—Ya…
Un perro solitario pasó a nuestro lado y se detuvo, esperando que quizá le arrojáramos algo de comer. Partió tan pronto como supo que no recibiría nada.
—¿Y qué sigue ahora en su camino?
Me llevé la mano a la nuca y miré hacia el gran jardín.
—Tengo que volver. Mi hermana ya me espera en la Ciudad de México para que volemos juntos a Madrid. La situación está difícil en casa. ¿Y usted?
—Yo tengo una buena historia que contar, padre. Gracias a usted.
—Entonces, haga que valga la pena, Botello.
—Pues le deseo un buen viaje. No se pierda.
Se puso la cazadora y tiró la colilla al suelo. Lo vi alejarse rumbo a San Miguel Tlalilnamican, envuelto en polvo y silencio, bajo el sol de la tarde.