Capítulo 69
E l día de mi partida —esta vez la definitiva— amaneció bajo un cielo despejado, con un fresco inusual para la época.
El campamento, que tantas veces se me antojó ajeno y opresivo, estaba transfigurado aquella mañana.
El bullicio había cesado. No había monitores y las consagradas estaban en Querétaro desde hacía días.
El personal de apoyo se reducía a dos o tres jardineros y algún conserje o portero de guardia.
Hice la maleta. Buscaba en ese simple acto un alivio que, al final, solo se convirtió en más pesadumbre.
El polvo se me pegó a la ropa en cuanto cerré la puerta de la cabaña.
Peña Colorada se levantaba entre nubes bajas que la ocultaban en la distancia.
El delicado aroma del maíz cocido llegaba del pueblo como un recuerdo.
Mi estancia en San Miguel Tlalilnamican había sido breve, aunque intensa.
Al abandonar aquel rincón, no tenía claro si me llevaba alguna respuesta o una nueva ecuación para resolver.
Pensé en Ana Lucía. No sabía dónde la habían alojado ni si querría volver a verme.
Llegué a la capilla en busca de algo de paz antes de marchar .
Allí estaba ella, sentada en uno de los bancos del fondo. Vestía una camiseta roja de algodón y unos vaqueros sencillos. El fulgor encarnado de su ropa vibraba contra la austeridad de las paredes. Al acercarme, levantó la vista y me ofreció una sonrisa apretada.
—Sabía que vendría aquí antes de irse, padre —dijo.
—No pensé que fuera a verte de nuevo, Ana Lucía.
Tomé asiento a su lado.
Nos quedamos así, en un silencio compartido. Los primeros destellos de la mañana se colaban por las ventanas, proyectando manchas de color sobre nosotros.
—Supongo que ya sabe lo de mi papá —soltó.
Asentí, incapaz de encontrar palabras de consuelo que no sonaran huecas. Ella miraba al altar.
—No siento tristeza —continuó—. Ni alegría. Pero ahora siento como que puedo respirar después de haber pasado meses bajo el agua.
Tomé su mano entre las mías. La sentí fría.
—Lo que hiciste… tu testimonio fue un acto de valentía extraordinaria.
—No fue valentía, padre —declaró y alzó los ojos—. Fue pura supervivencia.
Su rostro no tenía una sola marca del maquillaje con el que la solían presentar delante de las cámaras.
—Tuve un sueño anoche —dijo de repente, cambiando de tema—. Soñé con la Virgen. Y no era como en las visiones. Era diferente: o sea, la que recuerdo que vi de chavita en el jardín de la casa, ¿ve?
Esperé callado. No quise romper la delicada intimidad que nos cobijaba en ese momento.
—En el sueño, yo era pequeñita otra vez.
Tenía como seis o siete años. Estaba jugando junto a un lago, un sitio muy padre.
Otra chamaquita andaba conmigo. Era morenita, con unos ojos grandes y negros que le brillaban.
Se reía un buen. Jugábamos con unos animalitos que estaban hechos de ramitas y hojas secas.
Eran como mulitas, o sea, como las del Corpus —me miró de reojo, buscando algo en mi expresión—. ¿Conoce esas mulitas?
Asentí. Un escalofrío me recorrió el cuerpo entero. Sentí escozor en los párpados, pero no hice ningún esfuerzo por disimularlo.
—La Virgen estaba allí también con nosotras —continuó—. No decía nada. Solo nos veía. Tenía la cara tranquila, como que todo iba a estar bien. Me desperté rarísima. O sea, como que lo que viví aquí fue un sueño y lo soñado era real.
Las luces de las velas temblaban bajo los cuadros del viacrucis que Jonás y Evaristo habían confeccionado semanas atrás.
—¿Sabe qué voy a hacer ahora? —preguntó, rompiendo el momento.
—No —solté, con curiosidad genuina.
—Voy a estudiar psicología. Quiero ayudar a otras chavas. A otras como yo.
—Serás una excelente psicóloga.
Y lo creía de verdad.
—¿Y usted? ¿Qué hará cuando vuelva a España?
—No lo sé. No estoy seguro de si seguiré siendo sacerdote.
Asintió con dulzura, con comprensión.
—Gracias por oírme —dijo después de una pausa.
—Siempre me agradó escucharte. —Mi voz salió quebrada—. Y gracias a ti por tu coraje. Por mostrarme que la verdad, por dolorosa que sea, vale la pena.
Esbozó una sonrisa y, sin aviso, me dio un beso en la mejilla. Luego se puso de pie y avanzó hacia la salida. La luz de los vitrales le manchó de azul y oro la camiseta roja.
—Adiós, padre. O tal vez hasta pronto —dijo, volviéndose una vez más—. Puede que algún día nuestros caminos vuelvan a cruzarse. Mañana por la tarde me voy con mi mamá a México .
—Hasta pronto, Ana Lucía.
La vi desaparecer por la puerta.
El sol aún ascendía cuando crucé el umbral. Armando esperaba junto al Grand Marquis, que nos llevaría a la Ciudad de México. Cuando arrancamos, Peña Colorada quedó atrás.
Lo demás vino conmigo.