Epílogo
EPÍLOGO
D espués de Monte Cristal, emprendí por fin el regreso a Navarra.
Me encontré con Rafaela en la Ciudad de México, como habíamos quedado.
Nos abrazamos mal, rígidos los dos. Compartíamos una infancia, pero no los mismos recuerdos.
Vivimos unas semanas en Pamplona bajo el mismo techo prestado hasta que comprendimos que ninguno sabía cómo regresar porque la casa había desaparecido mucho antes que las paredes.
Se casó con un profesor de física de Gijón y tuvo dos hijos.
Todavía vive en Valladolid con una de sus nietas.
Alcancé a vivir las últimas horas de mi madre.
El doctor García Bombarda le había retirado el Cardisomn, aunque ya era demasiado tarde.
Ya no había en ella ninguna agitación que contener.
En el último momento me senté a su lado y le tomé la mano.
Respiraba con la boca abierta y movía los dedos sobre la sábana, entregada sin voz a aquella cuenta que ninguno de nosotros comprendió jamás.
Abrió los ojos y pronunció el nombre de mi padre.
No el mío. Le respondí de todos modos. Hermes no exige exactitud a quienes ya han pagado el óbolo y se encaminan al Elíseo .
Nada cambió para Josu. Siguió en la cárcel. Lo vi dos veces más. En la segunda me preguntó si había vuelto a creer en Dios. Le contesté que no sabía. «Eso ya es algo», dijo. Murió allí dentro.
Estuve también junto a Marifuente en sus últimos días y asistí al gran homenaje que le rindieron en el Colegio San Ignacio. Tenía razón: a veces lo que despreciamos termina por volver.
Dejé la Compañía tras el entierro de mi guía espiritual, sin portazos ni anatema. Miranda me acompañó hasta la puerta aquel día. Desde entonces dejé de vestir sotana y ya no pude invocar la obediencia para explicar mis mudanzas.
Jamás volví a saber de Ana Lucía.
Nunca supe si había visto algo divino o si la fe era la forma más poética de un fármaco. Su historia permanece sepultada, como tantas otras, entre los legajos del Archivo Apostólico Vaticano, bajo una de las formas más amables del olvido.
Fui a París, a la École nationale des ponts et chaussées, donde pocos años antes había nacido Ingénieurs sans frontières.
Empecé a colaborar con ellos y, en los años siguientes, participé en distintos proyectos de cooperación.
Repartí papillas y pañales por las trochas de Kibera, en aquel mar de zinc de Nairobi.
Instalé un teléfono de emergencia en uno de los accesos a Dharavi, en Bombay, junto a las curtidurías.
No conseguimos poner allí ni un solo grifo.
En Cité Soleil ayudé a administrar las gotitas de Sabin a los niños, hasta que una orden firmada por el propio Namphy nos expulsó del país bajo la acusación de hacer «propaganda comunista».
A finales de 1988 llegué a San Cristóbal de las Casas. Venía acompañado de un pequeño grupo de ingenieros para reparar radios, tender cables, calcular la pendiente de una acequia y callarme cuando no entendía. Al terminar, ellos se fueron y yo me quedé.
Viajé a La Realidad y La Garrucha. Poco a poco, me interné en la selva con un par de sacerdotes y un joven profesor universitario.
Las comunidades me recibieron con la cautela que merece todo forastero que llega diciendo que quiere ayudar.
Aunque nosotros seguíamos llamándonos hermanos, con el tiempo los de fuera comenzaron a llamarnos insurgentes.
Nunca fui militante ni quise serlo. Nunca cogí un fusil.
A veces fui maestro; otras, electricista.
Casi siempre solo un par de manos. Hoy algunos me conocen como Tatic .
Un nombre que heredé de un gran hombre al que admiré hasta su muerte y que terminó de mostrarme el camino. Y aquí he estado desde entonces.
Cumplí a mi modo la promesa que le hice a Velasco, o eso quise creer durante décadas.
Antes de escribir estas páginas conté lo de Monte Cristal.
Hablé de Keller, de Olaya, de Ana Lucía, de los muertos que encontramos sin nombre bajo la tierra.
Cuando me preguntaron por El Salvador, también hablé.
Pero había una historia que seguía contando siempre de la misma manera.
Una frase que jamás cambiaba. A fuerza de repetir una mentira, uno puede acabar creyéndola.
Pero no para siempre. No, Goebbels: repetirla no la hace verdad.
Una verdad que nunca he contado a nadie. Hasta ahora. Lo fui dejando para después. Y esa es la razón de todas estas páginas: ya no puedo seguir aplazando el momento de contarla. A los setenta y ocho años uno empieza a desconfiar de la palabra «después».
Siempre dije que, al encontrar a Mariana entre los matorrales, corrí hacia ella y la cubrí con mi cuerpo para protegerla de las balas.
No fue así. Cuando llegué hasta ella, estaba viva.
Lloraba. Me tendió los brazos. La levanté para sacarla de allí.
Entonces sonó aquel disparo. No sé si la bala iba hacia mí o hacia la niña.
Recuerdo el estampido, el olor de la pólvora y un movimiento que mi memoria acabó por convertir en un gesto heroico.
Giré el cuerpo. Puse a Mariana entre la bala y yo .
Fue un instante: el impulso animal de querer vivir.
Y la bala quedó en ella. Después la cubrí con mi cuerpo, pero ya era tarde.
Conté ese segundo gesto como el primero.
Nadie me vio girar. Nunca se lo dije a nadie.
Ni a Marifuente ni a ningún confesor. Al final, solo recordaba lo que podía soportar.
No sé qué absolución podría pedir por eso. Tampoco escribo para obtenerla. Escribo porque no quiero que la verdad muera conmigo.
Mariana murió en mis manos porque, antes de poder pensar, elegí que muriera ella.
Todo lo demás —Roma, Monte Cristal, los informes, los muertos sin tumba— se ordenó en torno a ese silencio.
Sobre la mesa tengo todavía aquella mulita que compré en La Villa de Guadalupe. La paja se ha oscurecido y una de las patas cuelga apenas del hilo original. Algunas fibras se han soltado y me pinchan la palma al sostenerla.
La traje conmigo por el mundo sin saber que era la llave de una fosa.
No la suelto.
Selva Lacandona, Chiapas
Julio de 2026