Nadie entierra los nombres
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Capítulo 1
L a mancha de vómito sobre el misal seguía tibia cuando llamaron a la puerta.
Dormía y creí que los golpes provenían del sueño. Pero insistieron. Primero tres. Una pausa. Y luego otros tres, hasta que alcanzaron la cadencia de una letanía. Y aun así dejé que crecieran a mi alrededor, sin poder siquiera despegar los párpados.
—José María —dijo una voz al otro lado—. Abre.
Aquel timbre de bordón viejo era inconfundible, pero me faltaron fuerzas para responder. Solo quería abrazar la almohada.
Cuando los golpes arreciaron, arrojé las sábanas al suelo.
—Ya, ya voy —dije.
Tardé en incorporarme. La acidez me amargaba el aliento y los músculos se resistían a responder. Al fin conseguí ponerme en pie y me arrastré hasta la entrada. Descorrí el pestillo a tientas y tiré de la hoja, que se abrió con un largo lamento oxidado.
El padre Ambrosio Marifuente apareció bajo el dintel.
No pude evitar que una arcada me subiera hasta la garganta.
Por la puerta entreabierta del baño se colaba el hedor agrio de mi propia peste.
Temí que aquello lo detuviera, pero él cruzó la habitación sin vacilar, con paso de cuartel.
Se plantó entre un crucifijo roto y el misal pisoteado con las tapas salpicadas de bilis.
—Esta es una manera estúpida de morir —dijo.
—Lo sé —murmuré.
—¿Y entonces?
—Después de todo aquello que pasó, me cuesta pensar que algo todavía importa.
—Pues justo por eso estoy aquí. Porque importa.
Se quitó los guantes con calma y se aflojó la bufanda. En aquellos días, él era mi director espiritual y el último vínculo que me ataba a la cordura, aunque yo hacía cuanto podía por no aceptarlo. No conseguí sostenerle la mirada. Callamos. Solo una gota caía en el baño con regularidad mezquina.
—Traigo un encargo —dijo por fin—. Miranda necesita apoyo en el colegio. Su ayudante se marchó y no encuentra a nadie que le auxilie con las clases.
—¿Matemáticas?
—Álgebra.
—¿Eso es lo que se les ha ocurrido ahora? ¿Álgebra?
Solté una risa que se me murió en los labios.
—Es lo que hay.
—Ya. No estoy para dar clase a nadie.
—No te he preguntado. Los chicos necesitan de…
—¿Chicos? Allí había niños.
Levanté la cara y lo miré. Marifuente no apartó la vista. He pensado muchas veces que, si en aquel momento él hubiera pronunciado una sola palabra de piedad, yo habría caído ahí mismo de rodillas. Pero no lo hizo.
—Esto no es allí —dijo.
—No. Aquí no hay que sacarlos del cieno.
Me agaché a juntar los trozos del crucifijo. La pasta de Albareda se había quebrado con los años. El resto lo había partido yo mismo la noche anterior en una escaramuza absurda entre madera y fe mojada en patxaran .
El sacerdote se dirigió a la ventana y descorrió la cortina de un tirón. La luz gris de Pamplona inundó el dormitorio y me obligó a contemplarlo sin misericordia. Marifuente permaneció ante el cristal sin volverse.
—Miranda te espera hoy a las cuatro en la sala del claustro.
—Padre…
—Hoy a las cuatro.
—No puedo.
—Sí, puedes. Claro que puedes.
—Es que no quiero.
Se volvió hacia mí. El goteo persistía al fondo.
—Entonces hazlo por obediencia. Una última vez.
Obediencia: la palabra me tocó donde más dolía. Durante años había obedecido por amor, por disciplina. Y por miedo, con una soberbia disfrazada de entrega. Incluso cuando el mundo empezó a desmentir a Dios con paciencia minuciosa.
Tal vez por eso asentí.
—Otra cosa —dijo—. Después de ver a Miranda, me buscas en la capilla, ¿entendido?
Antes de marcharse, Marifuente se calzó los guantes. Se detuvo junto al misal y lo señaló.
—Recoge eso.
Dio dos pasos más antes de añadir:
—Y dúchate. Aféitate. Que los chicos no te vean así.
Se fue y dejó la puerta entornada.
Me acerqué a la ventana y apoyé la frente contra el cristal.
Al otro lado, Pamplona se encogía bajo un invierno que no veía fin.
Febrero de 1983 avanzaba sin prisa. Los coches circulaban despacio mientras un anciano barría la acera.
Una mujer mayor cojeaba entre el vapor que subía de las cloacas.
Llevaba una barra de pan envuelta en estraza bajo el brazo.
Se detuvo de pronto, se volvió y echó a andar por donde había venido.
Yo también había dado media vuelta. Hacía menos de cinco meses que había abandonado El Salvador y ya me parecía una vida entera. Había regresado convencido de que la distancia pondría orden donde la fe ya no me alcanzaba.
Pero nada había cambiado.
Mi madre languidecía entre disculpas por seguir entre los vivos.
Mi hermano mayor cumplía condena en prisión.
Jamás se nombraba el motivo. Y mi hermana menor se había evaporado en Nueva York, escondida tras el apellido anglosajón de su flamante marido, en un intento vano de arrancarse las vocales de nuestra estirpe vasca.
La Compañía me había recibido con esa indulgencia que jamás es inocente.
Sabían lo ocurrido, o al menos lo suficiente como para no hacer preguntas, y me permitieron alojarme en la residencia sacerdotal de la calle de Sangüesa a cambio de realizar faenas domésticas.
Ordené archivos, lavé sotanas, fregué baldosas y aprendí a desatascar un retrete.
Veía en las bayetas y fregonas una forma humilde de expiación. Pero yo no era San Martín.
Abandoné los deberes. Falté a las comidas. Permití que aquel cuarto se amoldara a mí. Cerré puertas y ventanas. Y al final, los ojos.
Sabía muy bien que la paciencia jesuita no duraría mucho más.
A las cuatro, obedecí.