Capítulo 2
A quella tarde sin luz, el cierzo se colaba por las calles con un cuchillo de cristal.
Dejé la residencia, tiré hacia la izquierda y atravesé Larrabide.
Pasé frente al nuevo edificio del colegio, que estaba en plena construcción.
Las grúas rechinaban al viento sobre mi cabeza.
Giré por Francisco Bergamín y apuré el paso.
Subí los cuatro peldaños con prisa y el pórtico me tragó en su solemnidad de piedra.
El Colegio San Ignacio me recordaba a las iglesias salvadoreñas, con sus techos altos y su penumbra.
Pero allí no había rastros de pólvora en los rincones ni el sudor frío del miedo entre los bancos.
La sala de profesores estaba desierta, salvo por el padre Miranda, que revisaba sus notas con parsimonia. El lugar guardaba reminiscencias de laca reseca y de cera vieja.
—¿El último ayudante? Bueno, digamos que tuvo un cambio de vocación. Sufrió un arrebato —dijo.
Su acento sevillano arrastraba las eses con una cadencia perezosa.
—¿Místico?
—No, hijo, no. De otra índole. Cruzó el charco hacia Sudamérica de la mano de una monja. Los dos colgaron los hábitos a la vez. Eso. Una desbandada en toda regla.
Posó la libreta sobre el escritorio y se levantó. Abrió el armario y sirvió dos tazas humeantes de una cafetera que sufría un repentino ataque de asma mecánica.
—Mira, yo cargo con el grueso de las asignaturas, como Dios manda.
Lo que me hace falta es que alguien me eche un cable con los ejercicios prácticos y supervise los grupos de estudio.
Ya conoces a esta tropa. Los números no siempre entran a la primera.
Hay que explicárselos bien. A esos chicos hay que empujarlos un poco. ¿Está claro o no?
—Comprendo, padre. Buscaré la manera de que me entiendan.
—Ojo. No solo es cuestión de cifras. Estos chicos están en una edad en la que todo se les mueve y…
Se detuvo un instante con la vista perdida en las volutas de vapor que subían entre nosotros. Después sonrió, pícaro.
—¿Sabes qué fue lo más gracioso del asunto? Mi ayudante era un tipo de lo más soso. Un comboniano recién ordenado. Un aguilucho. Muy calmado, muy discreto. Pero ella… digamos que no era muy dada al recogimiento. Ya venía con el hábito flojo, ¿eh?
Lanzó una carcajada ronca y terminé por reír también.
—No es que uno esté aquí para juzgar. No, qué va —remató, con la taza alzada—. Pero que estos dos salieran del convento emparejados. ¡Uy, amigo! A todos se nos cortó el credo en la boca.
—Ya.
La hilaridad se apagó tan rápido como había brotado y Miranda recuperó el tono de mando.
—Bueno. Mira que mañana tengo lío en Pamplona que me impide dar la clase de segundo. ¿Te ves capaz de saltar al ruedo?
—Por supuesto —mentí.
Dejé la sala de profesores y llegué a la capilla del colegio. Marifuente estaba arrodillado ante el primer banco, con la mirada perdida en el vaivén de las cuentas de un rosario. La luz entraba por las vidrieras y teñía los rincones de un rojo sanguinolento.
—Has llegado —murmuró sin volverse.
Me acerqué y me quedé a su lado, consciente del ritmo errático de mi respiración.
—No sé si ayudar al padre Miranda me hará bien. Pero…
La lengua se me pegó al paladar. Sobre Ajelet-sahar, como en el salmo.
—¿Pero…?
Señalé el altar, las imágenes. La nave entera.
—Desde lo de El Salvador miro el crucifijo y no veo más que yeso. Me siento un fraude.
Marifuente giró apenas el rostro.
—¿Fraude? Fraude sería callar lo que llevas dentro.
Bajé la vista.
—Ya, pero si los alumnos vienen a mí por consuelo, ¿qué les voy a dar? ¿Cómo voy a guiar a nadie si yo mismo llevo los ojos vendados?
—También la luz atraviesa los hilos del tejido. Es cuestión de…
—Usted no entiende. No sabe.
—Sí, sé. Más de lo que piensas. ¿Crees que eres el primero que ha pasado por una guerra?
—Padre, yo…
—¿Qué te hace pensar que otros no han pasado por lo mismo alguna vez? La fe no sigue una línea recta. Hay días en que se pisa a ciegas. Es como una tierra agrietada.
—¿Y si al final no hay tierra firme ?
Me incliné y cubrí la cara. Desde lejos, la radio del bedel farfullaba sobre huelgas y rumores de cambio.
—Estoy a punto de dejarlo todo —anuncié—. La sotana. El ministerio. A Dios mismo.
Cuando levanté los ojos, él seguía mirándome. Luego se incorporó y se acercó al presbiterio.
—¿Y crees que, quitándote la sotana, vas a borrar el vacío? —preguntó, de espaldas.
—Al menos ya no fingiría.
—¿Y si lo que finges no es fe, sino incredulidad?
Las órbitas vacías de la calavera de Adán nos espiaban desde la base de la cruz.
—La desesperación también es oración —añadió—. Y a veces la única sincera.
Una de las velas crepitó y se apagó. El humo escapó en un denso negro hacia la bóveda, y el olor del pabilo quemado y de la cera llenó la capilla.
—¿Usted nunca pensó en renunciar?
No contestó de inmediato. Luego, sin apartar la vista de la otra vela que aún permanecía encendida delante del sagrario, se sinceró.
—Hubo noches en el Ebro —musitó— en las que recé por no despertar. Por no saber cómo seguir. Ni querer hacerlo.
Se giró. Su semblante se cerró y lo vi distinto.
—¿Y qué le queda a uno entonces?
—A menudo rabia. Miedo. Quizá, amor. Seguí en esto por alguna de esas razones. No siempre sé cuál.
—Yo no tengo ese amor.
Otra vez tardó en contestar. El viento golpeó una de las cristaleras y la hizo temblar. Adoptó esa postura militar tan suya y se acercó más a mí.
—Entonces vete —soltó—. Pero no esperes ningún reposo: a veces lo que despreciamos termina por volver .
El transistor del bedel dejó escapar a Aznavour y aquella Venecia sin luz.
Marifuente descolgó su gabardina del perchero de hierro forjado.
—Acompáñame —ordenó al fin.
Me incorporé y caminé con él. Cruzamos el corredor y nos dirigimos a su despacho que estaba impregnado de una fuerte fragancia a lignina.
Marifuente cerró con cuidado y esperó un momento apoyado en el pomo de la puerta.
Cuando por fin se convenció de que estábamos solos, me indicó la silla al otro lado del escritorio.
Se acomodó en el sillón y apretó los labios.
—Mira, José María —vaciló—, me han llamado de Roma.