Nadie entierra los nombres Capítulo 3
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Capítulo 3

—¿ D e Roma?

—Sí. Me piden que asista a una reunión delicada. Uno de esos asuntos que no se divulgan.

—¿Y qué clase de reunión es esa?

—Un voto de silencio me impide decirlo. De hecho, dudé mucho en hablar de esto contigo.

Hice un gesto con la cabeza.

—¿Y entonces por qué me cuenta esto?

—Porque después de lo que acabamos de hablar, me convencí de que deberías venir conmigo.

Me quedé mudo frente a él.

—Creo que tu experiencia —siguió— puede resultar muy valiosa.

—¿Valiosa para quién? ¿Para Roma?

—Para algo que los supera.

—Ya. ¿Y cómo puede ayudarles mi supuesta experiencia?

—Tu formación científica. Tu paso por América. Tu manera de ver lo invisible: todo eso es importante ahora.

—Pero comprenderá que acompañarlo a ciegas es un poco… ¿No puede darme al menos una pista? ¿Qué haría yo en Roma?

—Solo puedo decirte esto: no es la primera vez que la Iglesia se encuentra con una situación así. Pero el interés que despierta en esta ocasión es inusual. Incluso allí.

Deslizó los dedos por la arista de la mesa. Nos quedamos así unos instantes, con las miradas entrecruzadas.

—Mira. No es muy conocido —titubeó—. En el pasado ya participé en actividades similares. Me reclaman de nuevo. Quieren que supervise. Que aporte conocimientos que no aparecen en los manuales.

—¿Qué quiere decir?

Se levantó y continuó de pie junto al librero, hasta que la presión del silencio me obligó a ceder. Busqué en las vetas del suelo una respuesta que no llegaba. Desde lejos, el badajo del carillón del ayuntamiento desgarró la hora con un tañido grave.

—Ya —concedí al fin—. ¿Y cómo recibirían allá que me involucrara en algo tan sensible y secreto?

—Con mi aval, basta. Sé a quién acudir.

—¿Y si descubren que no creo en nada?

—Lo notarán igual. Además, tal vez tu falta de fe sea una ventaja en esto.

—Sabe que no tengo elección. ¿Obediencia, verdad?

Asintió y noté cómo el peso le aflojaba la espalda.

—Ve preparándote. Saldremos en cuanto me confirmen la fecha.

La noche resbaló lenta. Me perdí en un desierto de horas blancas, entre sábanas que se me enredaban en las piernas.

Cuando amaneció, permanecí tirado en la cama mientras el sol dibujaba las líneas de la persiana en la pared de enfrente.

Estuve así, sin pensar, durante un tiempo.

Cuando escuché los portazos de los otros cuartos, me levanté, abrí la ventana y dejé entrar la brisa helada.

Después, me quedé bajo el agua de la ducha hasta que el cuerpo cedió.

Al salir, me detuve durante un largo rato ante el espejo.

Bajé por la escalera y la portera me dio los buenos días.

No podía ocultar su sorpresa al verme. Le devolví la cortesía con una sonrisa igual de forzada.

Vacilé un rato en el portal de la residencia, absorto ante la lluvia fina que rayaba el cristal.

Mi cuerpo me pedía regresar a aquella habitación hedionda, a la tranquilidad de su oscuridad.

Pero me encaminé al colegio a contrapelo.

Bajo la gabardina llevaba puesto un jersey de lana marrón gruesa. Desentonaba en aquellos pasillos, entre las sotanas de rigor, pero no me importaba.

Llegué a la puerta de madera siete minutos tarde.

Aunque el alboroto al otro lado presagiaba lo que me esperaba al abrirla, nada más pisar el aula, el estruendo se apagó de golpe.

Los chavales traían la frente cruzada de hollín y escrutaron azarados la limpieza de la mía.

Yo no necesitaba el tizne de aquel miércoles: mi Cuaresma había comenzado meses atrás, en aquella tierra donde la ceniza caía del cielo.

Avancé entre los pupitres. En la pared del fondo había un mapa político de España, junto al retrato del Rey y un crucifijo. Oviedo aparecía tachado con un trazo violento de bolígrafo y rebautizado como Asturies . Una pegatina trataba de disfrazar la soledad de Ceuta.

—¿Qué tal, chicos? —saludé al aproximarme a la mesa del profesor.

—Buenos días nos dé Dios, padre —respondieron a coro con desgana.

Cogí un trozo de tiza y el polvillo me manchó los dedos al escribir: José María Arizaleta.

—Hoy me haré cargo de la clase. El padre Miranda tiene asuntos que atender en la ciudad .

Dibujé dos líneas y anoté una igualdad sencilla: f( x ) = 2 x + 3.

—Vamos a repasar las funciones lineales.

Abrieron los cuadernos con desinterés.

—A ver, ¿quién me puede decir qué significa «constante»?

—Algo que no cambia —contestó un joven desde el lateral derecho.

—Bien, sí.

—Un valor permanente: la parte que nunca varía —reiteró otro.

—Ya. ¿Y fuera de esta definición? ¿En la vida? ¿Existe algo que sea siempre constante?

—Dios, ¿no? —Se oyó cerca de la ventana.

—Sí, bueno. Eso dicen las Escrituras —dije—. Al menos eso nos enseñan, ¿verdad?

Insinué una sonrisa y se instaló un silencio de iglesia. Volví al encerado y transcribí otra fórmula, más compleja. Un laberinto de paréntesis y exponentes. Esta vez, les pedí que la resolvieran y enseguida el aula se llenó del rasgar de los lápices contra el papel.

Mientras trabajaban, me hundí en una ensoñación en blanco.

Sumido en esa distracción, me alcanzó una ligera tufarada de bocadillo clandestino.

Pan con chorizo o sobras del día anterior.

Pensé que tal vez la adolescencia también era eso.

Un hambre sin recelo. Y en esa deriva volvieron a la mente recuerdos de San Damián —el volcán, el lago, su gente y sus muertos—.

Desde el patio, el canto quebrado de un mirlo se filtró por el cristal empañado y me devolvió al presente.

—¿Ya lo tenéis?

Dos o tres asintieron. Otros seguían extraviados en el bosque de números.

—No os enredéis —expliqué, a la vez que trazaba en la pizarra—. No es tan difícil. Un par de movimientos, un cambio de signo y todo encaja, ¿veis? Los números se resuelven solos.

Una mano se alzó al fondo .

—Pero debe haber cosas que no se resuelven solo con números, ¿no?

—No, claro que no. No todo se resuelve con números. Aunque al final no os engañéis: el mundo entero funciona con números.

Se oyeron algunas risas nerviosas.

—No os lieis más de la cuenta —retomé—. Las ciencias exactas no van a haceros preguntas incómodas. No tenéis que dar tantas vueltas en falso.

Sus gestos delataban desconcierto, pero en algunos de ellos quise ver el asomo de la curiosidad. Así que tosí y me di media vuelta. Algunos estudiantes cuchichearon entre sí mientras regresaba a la pizarra.

—Este cura está pirado. ¿No es el que estuvo en una guerra o algo así? —comentó alguien, detrás, convencido de que no lo oiría.

Me giré despacio.

Sin darme cuenta, partí la tiza entre el pulgar y el índice con un chasquido. Curvé los labios con paciencia.

—Quizá sí. Quizá estoy pirado —admití—. Pero eso no os va a impedir resolver las ecuaciones. Así que volvamos a los problemas.

Regresé a la pizarra y copié una serie de ejercicios.

—Venga, os doy quince minutos. A ver qué lográis sacar hoy en claro.

Cuando sonó el timbre, fui directo a la sala de profesores.

Estaba vacía. Me senté junto a una de las mesas y recorrí con la mirada la estantería de trofeos y medallas.

Repasé los nombres en la vitrina: Berlanga, Abelardo, Txomin, Perico «el Besugo»…

Atletas y portentos intelectuales que, con los años, acabaron siendo camareros, curas o panaderos.

Quizá de todos ellos solo Pa co Azcona, que se hizo médico, y José Erdozáin, que terminó de abogado, tuvieron mayor fortuna.

A algunos apenas los conocía entonces y después les perdí la pista.

Eso sí, mi nombre no estaba allí. Nunca lo estuvo.

Me recliné en el asiento y disfruté del momento. Para mi sorpresa, aquel primer encuentro con los chicos había sido un respiro providencial tras los largos días de encierro. Pensaba que tal vez aquel encargo docente no estaba tan desencaminado.

Marifuente apareció en el marco de la puerta.

Le sonreí. Él venía serio, con los dientes apretados y el ceño fruncido.

—Te están buscando por todos lados. Han llamado de la Casa de las Hermanas de la Caridad. Tu madre ha sufrido una crisis. José María, deberías estar allí ya mismo.

Me quedé sin respuesta.

En cuanto puse un pie en España, me había prometido visitarla cada semana. Solo fui una vez. Una. Y desde entonces dediqué el resto de los días a confeccionar disculpas. Incluso antes de mi aislamiento, siempre había encontrado la excusa perfecta para posponer el corto viaje a Estella.

Esa vez ya no dudé. Descolgué el abrigo y salí rumbo a la estación de autobuses de Pamplona.