Nadie entierra los nombres Capítulo 4
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Capítulo 4

L os ladrillos azafranados de la estación se habían apropiado del color sucio de las tardes de febrero y estaban salpicados de lluvia y hollín.

Desde lo alto de la gran ménsula de estilo art nouveau que presidía la entrada, las agujas de los tres relojes giraban en sincronía.

Eran ya pasadas las cuatro cuando comenzó a caer el chirimiri.

Atravesé el acceso que daba a la avenida Conde Oliveto.

Las gotas repiqueteaban sobre el enorme tejado de chapa y el viento húmedo se filtraba por las esquinas cargado de diésel y tabaco negro.

Me acerqué a una de las taquillas. La empleada, enfundada en un echarpe deshilachado y guantes de lana gastados, ni siquiera alzó la cara al entregarme el cambio.

Le di las gracias y di media vuelta sin esperar respuesta.

Un suave «de nada» escapó de sus labios.

O creí haber oído que lo dijo. No lo sé.

Guardé el billete en el bolsillo y me refugié en el bar que daba a la dársena. Pedí un café. El camarero me sirvió un potingue aguado y caliente, que humeaba en un vaso de plástico. Quemaba.

Dos chicas se arrellanaban frente a una de las mesas de aluminio.

No levantaban mucho la mirada. Una de ellas jugaba con un rizo de su cabello, bajo un gorro de punto tejido en el rojillo clásico del Osasuna.

Desde algún rincón, Karen Carpenter aún se preguntaba por qué las estrellas caían del cielo, sobre las notas picadas del piano.

—Joder, me cuesta oírla —se quejó una de ellas.

—¿A la Carpenter? Murió que… ¿hará un par de semanas?

—Sí, tía. De hambre. Dicen que no comía por miedo a dejar de cantar bien.

—Qué fuerte —soltó la otra, sin apartar la vista de los garroticos de chocolate que tenía delante.

Entre chasquidos, un aviso metálico anunció la salida con destino a Estella.

Una decena de figuras grises cruzamos el pasillo hacia el autobús, que nos aguardaba con el motor en marcha en el muelle y los faros difusos por la niebla.

Fui tras ellas entre alientos tibios y un silencio de vapor.

Me senté al lado de la ventanilla, donde el vaho ya empezaba a cubrirlo todo. Nadie ocupó el asiento contiguo.

El autobús partió puntual. La ciudad se desdibujó entre el chubasco y los cristales empañados, hasta que el último edificio desapareció en la bruma.

Después, el paisaje se transfiguró en campos escarchados.

Las escasas construcciones se ocultaban entre colinas yermas y árboles desnudos, mientras el sol agonizaba sin brillo sobre la helada.

A mi alrededor, algunos pasajeros dormitaban. Cerré los ojos, pero no pude dormir. El rugido constante del motor, junto con el chirriar de los neumáticos, me mantuvo en una vigilia tensa durante todo el trayecto.

Aunque el viaje no duró más de una hora, cada minuto se volvía sobre sí mismo. En esa pesadez, imaginaba que Cronos viajaba conmigo y que rumiábamos juntos los nudos de la culpa.

Cuando llegué a la Casa de las Hermanas de la Caridad de Santa Ana, la tarde ya cedía ante la penumbra.

Como no había nadie en la recepción, crucé el claustro hacia el soportal.

El pasillo apestaba a un amasijo de lejía y jabón de lavanda que no llegaba a cubrir del todo los humores del edificio.

Caminé entre murmullos apagados, las toses agudas de los enfermos, mis pasos sin eco en el pasillo y el rechinido ocasional de una silla.

La habitación se escondía al final del corredor, en un rincón sombrío. Sobre el marco pendía una pequeña cruz y, debajo, una placa: «Doña Valentina Orbara, viuda de Arizaleta».

Me recibió una cama de barrotes de hierro.

Era un dormitorio minúsculo, justo para una persona.

En una repisa alta, una televisión chisporroteaba en blanco y negro sucio.

Mi madre, sentada en la butaca, no daba muestras de comprender ni las imágenes deslavadas ni el júbilo impostado de la presentadora.

— ¡Y ahora, queridos concursantes, tienen treinta segundos para nombrar todas las palabras que empiecen por la letra «P» y que se encuentren en un supermercado!

La cámara enfocó a los participantes: una pareja vencida por los nervios, rodeada de cartón piedra y luces intermitentes.

— Pa-pa-patatas —susurró él.

— Pimientos… pasta —soltó ella, más decidida.

El cronómetro no se detenía. Los dígitos se deslizaban sin tregua. En la orilla del encuadre se asomaba una calabaza ridícula que agitaba un canotier amarillo y se meneaba de forma descompasada.

— ¡Y el tiempo se ha agotado! —declaró la Gómez Kemp, mientras la melodía de fondo estallaba en un crescendo que punteaba el remate de la ronda. La risa enlatada del público irrumpió entonces, estridente y sarcástica, y llenó el cuarto de una resonancia grosera.

Miré a mi madre .

Permanecía en la misma posición en la que la encontré la única vez que fui a verla. Tenía el semblante lívido, las pupilas fijas en algún punto del patio, al otro lado del ventanal. Me acerqué y le tomé la mano. Era frágil. Fría.

—¿ Ama ?

Se volvió hacia mí con lentitud. Sus dedos se cerraron sobre los míos en un reflejo vago.

—¿ Amatxu ? —insistí—. Soy José María… Txema.

Un repentino golpeteo en la puerta quebró aquel instante. Entró una religiosa. La conocía desde hacía años, pero no recordaba su nombre. Tampoco lo recuerdo ahora. Su rostro amable, bajo la cofia, reflejaba serenidad.

—Hermana, por favor, dígame: ¿qué ha ocurrido?

—¡Ay, padre! La crisis de hoy por la mañana sí que nos ha dado un buen susto. Pero, gracias a Dios, ya pasó lo peor. Por ahora está sedada y se mantiene tranquila.

Se arrimó a la cabecera y leyó las anotaciones que las enfermeras habían dejado en su ausencia. Revisó los frascos de medicamentos de la rinconera. Uno de ellos, con una etiqueta verde en la que destacaba el nombre «Cardisomn», despertó mi curiosidad. No lo recordaba de mi visita anterior.

—¿Y este? —consulté.

—Es para el corazón. Ayuda a regular la arritmia.

—Ya. ¿Y la cabeza? ¿Le dan algo más?

—Sí, sin falta. El Gerimal. Tres veces al día, con las comidas.

Un rato después apareció el doctor García Bombarda, arropado en una bata impoluta que acentuaba su formalidad.

—¿Un paro, dice?

—Sí. A eso de las diez sufrió una descompensación importante. Entró en paro cardiorrespiratorio, aunque logramos recuperarla. La fibrilación auricular sigue siendo un problema, así que debemos ser muy cautelosos.

—¿Y cuál es el pronóstico ?

—Difícil de precisar —dijo. Se colocó el estetoscopio en los oídos y comenzó a auscultarla.

—La hermana me habló de un fármaco nuevo…

Mohíno me indicó que me callara. Escuchó con atención y, tras un breve lapso, retiró el instrumento.

—Perdone. Es que oigo mal. Sí, Cardisomn. Le administramos proprilazepam para controlar la agitación. Seguimos también con los ergoloides.

—Pues, la verdad, no parece haber mejoría. La noto igual o peor que antes.

—Intentamos todo lo que está a nuestro alcance, hasta donde tenga sentido. La ciencia ha avanzado, pero en esta enfermedad seguimos teniendo muchas limitaciones.

Echó un vistazo a la hoja de seguimiento.

—¿Ha comido ya, hermana?

—Sí, pero poca cosa.

—Adelántele la cena. Y avíseme de cualquier evolución del cuadro.

—Y usted, padre, vigile esa asma. Se oye la sibilancia desde aquí.

—Lo haré.

Forzó una sonrisa, me señaló el pecho y se desvaneció pasillo abajo seguido por la religiosa.

Ya solos, miré a mi madre otra vez.

Advertí que pretendía decirme algo. Me agaché, a fin de entender mejor.

—Veinticinco… ciento veintisiete… veintidós… —repetía en un bucle sin remate. Su voz, poco más que un hilo.

Me costaba creer que aún quedara algo de ella allí dentro. No alcanzaba a entender cómo un dios podía tolerar el sufrimiento humano con esa indiferencia. Que el dolor de sus criaturas apenas le causara una leve perturbación. O incluso placer.

Las viejas querellas teológicas se me agolpaban mientras apretaba los dientes y esquivaba las lágrimas.

Y es que el relato oficial que pretendía explicarlo todo, el del imprimátur, me resultaba incluso más obsceno: reglas dictadas en montes de fuego a profetas delirantes, con promesas de premios inalcanzables para quienes las acataran y tormentos interminables para los que osaran objetarlas.

Pero tal vez el verdadero infierno residía en el simple acto de hacerse las preguntas.

Me incliné y besé su frente.

La galería olía otra vez a lavanda y lejía. A lo lejos, una farola manchaba el atrio con su luz anémica.

—Cuídela, por favor —pedí a la monja ya de salida en el vestíbulo.

—No se preocupe, padre.

Salí. Bajé la escalinata hacia el jardín escarchado.

La noche me rozó con su mano helada. No había nadie en las calles.

Crucé el empedrado hasta una plaza cercana.

Al pie de un muro, un caño mohoso goteaba sobre la pila de una fuente.

Unas palomas bebían del agua quieta. Al sacudirse, sus plumas mojadas temblaban un poco.

En aquella calma reconocí la superficie del lago de Güija, quieta justo antes de la tormenta.

De pronto, alzaron el vuelo. Todas a la vez.

Ajusté la bufanda y me metí las manos en el abrigo, de camino a la estación.

En el bolsillo tropecé con las cuentas del rosario que mi madre me había regalado cuando ingresé en el seminario.

Había rezado mucho con él, pero aquel invierno había convertido por fin las oraciones en ceniza, incapaces ya de alcanzar el cielo.