Capítulo 5
E n el recreo, el patio vibraba bajo un sol indeciso. Los alumnos gritaban y corrían mientras los más pequeños se disputaban un balón que rebotaba contra las paredes de piedra.
Conversaba con el padre Esteban Soria y Fernández de Castro, un octogenario y catedrático de latín.
Era un hombre que examinaba la realidad a través de una lupa doctrinal invisible.
Por los pasillos del claustro circulaban anécdotas sobre sacerdotes inhabilitados o alejados del instituto por obra y gracia de su celo dogmático.
Sin embargo, esa tarde estaba tranquilo. Se frotaba las manos.
—¡Madre del amor hermoso! ¡Pero qué frío que hace hoy! —comentó.
—Ya. Justo ayer dijeron en el telediario que los termómetros bajaron a menos diez.
—¡Puf! Quién lo diría. Hace una semana parecía que ya venía la primavera y todo.
Dos estudiantes se nos acercaron, inquietos.
—Padres, ¿podemos?
Soria asintió .
—Claro —dije.
—Padre Arizaleta, perdone la pregunta, pero es que quisiéramos saber: ¿es cierto lo que dicen de que usted estuvo en El Salvador? —soltó uno, a bocajarro.
La mirada del clérigo se clavó en mí. Firme. Sostenida. Tenaz.
—Viví allí dos años —titubeé.
—¿Y es verdad que convivió con practicantes de la teología de la liberación? —intervino el otro.
No lo esperaba. Le sostuve la mirada a Soria y, sin pensarlo demasiado, me aventuré:
—Sí. Trabajé en comunidades de base y en varios centros de capacitación campesina. Compartí trabajo y misa con algunos de ellos.
—Entonces, ¿llegó a conocer a los teólogos famosos? ¿Al padre Jon Sobrino?
Me llamó la atención que uno de ellos hubiese oído hablar de él. En aquellos días, fuera de Centroamérica y de la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe, pocos habían oído hablar de Sobrino. Pensé que era una celada del propio Soria.
—A los dos Jon, de hecho: a Jon Sobrino y a Jon Cortina —tanteé.
—¿Y al peruano?
Ya no tenía nada más que perder.
—¿Gustavo Gutiérrez? Claro. Y también al franciscano brasileño, Boff.
—¡Jo! ¿Y cómo son? Cuéntenos, padre.
Sus ojos se encendieron. Me encogí de hombros. El eclesiástico cruzó los brazos con lentitud.
—Son intensos. Hablaban de pobreza y justicia con una convicción que no se limitaba al púlpito. Creen que el Evangelio se vive día a día. Que no basta con repetirlo.
—Chicos, la Iglesia desde siempre ha defendido la justicia social —terció Soria de inmediato, con compostura estudiada—, pero sin contaminar la fe con ideologías. Ese es el riesgo. Grave. La fe es personal.
Pasó la lengua por sus labios y me encañonó con la mirada.
—La política… ya sabéis lo que es la política —añadió, con el ceño torcido.
—Perdón, padres, pero ¿no dice el Evangelio que ayudemos al prójimo? —insistió el joven—. Y allí… allí creo que muchos necesitan más que palabras.
—Bueno, allí la miseria no era teoría —ratifiqué—. Era el pan nuestro de cada día. Y cuando uno ve eso, es difícil no pensar que la Buena Nueva está escrita para ellos.
—Llámala como quieras —replicó el preceptor con la voz airada y el rostro encendido—: teología de la liberación, teología de la revuelta…
o libertina. Solo ha servido de coartada.
Curas armados, «pastores» revolucionarios.
¿Eso es el Evangelio? Por favor, la religión no puede prestarse a experimentos de laboratorio con emanaciones masónicas y judeomarxistas.
Me mordí el carrillo y respiré hondo.
—No todos ven la violencia como camino, padre —objeté—. La mayoría sirve sin armas. Con la Escritura. Y con el sudor de su frente.
Los dos chavales intercambiaron una mirada cómplice. Soria consultó su reloj y se ajustó la sotana.
—Bueno, venga. Ya está, basta por hoy. Es hora de volver. No os dejéis confundir. La verdadera fe no requiere barnices ideológicos.
Con el paso de los años, supe que aquel joven curioso creció y que había sentido la llamada. Celebró su primera misa en una barraca a las afueras de San Salvador. Y fue fusilado unas horas después.
Se encaminaron los tres de vuelta a las aulas.
Yo me detuve junto al jardín. Los niños apuraban los últimos minutos de juego.
El polvo que levantaban sus zapatillas quedaba suspendido en la luz pálida del atardecer.
Y sin previo aviso, la memoria me devolvió a ese mismo lugar veintisiete años atrás.
Aquella tarde de abril de 1956, el cielo se debatía entre el índigo y el cobalto, sin una nube. Reíamos en el recreo. Ese lunes, la alegría era aún mayor: el ascenso del Osasuna a la Primera División había desatado una euforia contagiosa en toda Pamplona.
Corríamos sobre un campo improvisado, delimitado por un muro de piedra y porterías hechas con libros y jerséis. El balón era el centro de todo. Cada uno de nosotros ansiaba emular a sus héroes, creyéndonos Eusebio, Egaña o los hermanos Glaría.
—¡Eh! ¡Eh! Aquí, Txema… pásala —gritaba Íñigo.
Era uno de mis mejores amigos. Acababa de cumplir ocho años y ese día jugábamos en el mismo equipo.
Me hizo señas y se desmarcó hasta el marco contrario.
Vi la oportunidad y le lancé un pase elevado, una parábola perfecta, aunque temeraria.
La pelota trazó su arco mientras él corría directo a la pared del fondo.
—¡Íñigo, es tuya! —grité.
Saltó con todas sus fuerzas, pero falló en el cálculo. Su cabeza chocó contra el muro con un golpe seco. Cayó al suelo sin un solo gemido. Corrimos y nos abalanzamos sobre él, con voces quebradas. El balón rodó hasta perderse detrás de los setos.
—¡Íñigo! ¡Íñigo, despierta! —clamábamos, mientras alguien le sacudía los hombros.
El murmullo nervioso creció en el patio hasta que dos presbíteros llegaron a zancadas, con las sotanas agitadas por el viento.
—¡Abrid espacio! —ordenó uno y nos apartó con rudeza .
Se arrodilló junto al chiquillo y le daba suaves palmadas en las mejillas.
—¡Vamos, chaval, venga! ¡Vuelve!
Un tercer sacerdote apareció con una camilla de madera a cuestas. Tras varios intentos de reanimación, lo levantaron y lo llevaron con urgencia a la enfermería. A mi lado, dos compañeros me miraron con rabia.
—Lo lanzaste muy alto, mendrugo —dijo uno, sin piedad.
—¡Bruto! Si se lo hubieras tirado por abajo, esto no habría ocurrido, coño —añadió el otro, desafiante.
Cuando sonó la campana, entré en el aula con el corazón apretado. El profesor nos dio tiempo para rezar por nuestro amigo. Desde las ventanas abiertas, el ulular de una sirena me dejó anclado al asiento.
Esa noche no cené. Mi abuela advirtió cómo removía la sopa sin probarla.
—¿Qué tienes, Txema?
—Nada, amona —mentí.
—Majo, que te conozco. ¿Pasó algo en el colegio? —insistió con esa dulzura suya.
—Sí. Hubo un accidente durante el recreo. Íñigo… se lo llevaron en ambulancia.
—¡Ay, Jesús! Pobre. ¿Y cómo está?
—No lo sé. Hoy le pedimos mucho a Dios por él.
Ella permaneció en silencio, con el mismo recogimiento que solía preceder a sus oraciones. Luego sacó de la faldriquera una estampa de san Judas Tadeo y me la puso en los dedos.
—Ten. San Judas siempre nos escucha cuando estamos desesperados.
La sujeté como a una hostia consagrada, con miedo de que se me deshiciera en la piel.
Después, en la oscuridad de mi habitación, me acurruqué bajo las mantas y me aferré a la imagen del santo.
El papel olía a tinta y mandil. A manos de abuela.
Recé como nunca, con los dientes apretados y la garganta reseca.
Las lágrimas me corrían por las mejillas y empapaban la almohada, mientras repetía la misma súplica hasta sentir un hueco ácido bajo la lengua: «Por favor, Dios, haz que Íñigo se cure.
Te lo suplico. Te lo suplico. Te lo suplico».
No supe cuánto tiempo transcurrió. La radio de la cocina, que habían dejado encendida a volumen mínimo, soltaba zarzuelas y partes meteorológicos entre interferencias.
La luz de la calle temblaba sobre el techo.
Creía ver las sombras de los árboles moverse al ritmo de mi respiración entrecortada.
Las uñas, mordidas hasta la carne, me ardían de tanto apretarlas contra las palmas.
Y no ocurrió nada. Solo aquel techo iluminado a medias y un cromo doblado entre mis dedos.
El director del centro nos reunió en la capilla.
—Íñigo sigue grave en el Hospital de San Juan de Dios. Pidamos hoy por él antes de iniciar la jornada —dijo.
Su seriedad nos caló como la escarcha de madrugada. Las velas temblaban. El aire estaba impregnado de piedra húmeda y sotana. De naranja podrida. Las plegarias se mezclaban con el silbido del viento en las vidrieras. Durante el padrenuestro, sentí que algunos me miraban.
Al salir, varios nos agrupamos junto al almendro sin hojas del patio.
—Después de clase podríamos ir a verle —propuso un compañero—. Mi madre dice que está en una habitación del segundo piso. Se le puede visitar de dos en dos.
—Seguro que ya está mejor —dijo otro—. A lo mejor mañana está de vuelta.
—Entonces tenemos que ir hoy por la tarde —repuso el primero .
—Decidido. Le llevamos una carta. O unos caramelos. Para que sepa que estamos con él, ¿vale? —concluyó otro.
Lo imaginaba en una cama blanca, con una sonrisa y los ojos abiertos. Me perdonaría. Volveríamos a jugar. Asentí sin hablar.
—Txema, no.
—¿Cómo que no? —dije.
—Que tú no vas.
—¿Y eso? ¿Por qué?
—Porque todo esto es por tu culpa, gilipollas.
Antes de que terminara la jornada, nos llamaron de nuevo a la capilla.
Las campanas doblaron dos veces.
Lentas.
—Íñigo Echeverría ha fallecido hace una hora —anunció el capellán, con las sílabas rotas—. Oremos ahora por su eterno descanso.
Después de la misa de siete, intenté confesarme. Dije que fue culpa mía.
Pero el cura respondió con cielos, misterios y accidentes.
No entraba ya nada. Solo sentí el pecho de cartón. La boca seca.
Ese día, se me quebró la fe por primera vez. Y con ella, la infancia.