Nadie entierra los nombres Capítulo 6
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Capítulo 6

L as jornadas se repitieron con la aburrida exactitud de un metrónomo: clases, capilla, asma, insomnio. La primavera ya había hecho su entrada en Pamplona y el verde se derramaba por sus calles.

La figura del padre Soria se volvía cada vez más amenazante.

Aunque en el fondo deseaba que el sacerdote presentara una queja.

Que me expulsaran del colegio, de la Compañía, de todo aquello de lo que formaba parte.

De una vez. Pero la cercanía de los jóvenes me había devuelto una vitalidad que no experimentaba desde los días de San Damián.

Era jueves y, al cruzar el portón del colegio más tarde de lo habitual, me encontré con la ciudad en penumbra. En vez de ir a la residencia, decidí dar un paseo.

Caminaba por una de esas vías estrechas que el instinto recomienda evitar después de cierta hora. Las farolas estaban encendidas y las aceras desiertas. La conversación con Marifuente seguía rondándome sin respiro y avivaba en mí una curiosidad que ya rozaba límites incómodos.

Terminé en el parque de la Taconera.

Allí, en lo más apartado, distinguí varias siluetas.

Estaban ocultas entre los árboles retorcidos y la hierba empapada.

Eran tres o cuatro chicos, ninguno mayor de quince años.

Tenían la mirada vacía y el cuerpo vencido.

En un rincón, uno de ellos revolvía en una cucharilla oxidada al calor de un mechero zumo de limón con aquel polvo de color arenoso que le consumía la vida.

No mucho más allá, rodeada de oscuridad y ramajes, una pareja a medio vestir se abandonaba a un jadeo rítmico y febril.

Me pareció un espectáculo agreste, muy acorde con los grafitis en los muros que exhibían consignas ajadas de libertad o simples insultos burdos.

El viento arrastraba un amasijo de basura, alcohol, heces, orina y un tufo animal agrio que quemaba las fosas nasales.

Ni siquiera aquel descenso a la sima pamplonesa lograba apartarme de mis elucubraciones. ¿Un asunto extraordinario? ¿O no? Marifuente no lo había dicho. En cualquier caso —pensaba—, romper la rutina no me vendría mal.

Y Roma… Roma siempre había sido inquietante.

Dejé que mis pasos continuaran, sin destino alguno.

Al otro lado del parque, unos adolescentes preparaban kalimotxos con vino Don Simón y Coca-Cola, mientras un radiocasete berreaba —en la voz de Sherpa, el de Barón Rojo, a pleno pulmón— que los roqueros iban al infierno.

Aquellos chicos permanecían en su paraíso, entre gritos y risas, ajenos a toda carga que no fuera el vaso en sus manos. Y por un segundo envidié su ligereza.

Seguí por la calle de la Zapatería y, al acceder al pasaje de la Jacoba, me encontré con un camello acodado en la esquina.

Vestía una chupa de cuero mal ajustada y tenía los ojos rojos.

El olor agridulce del porro que fumaba se mezclaba con la humedad sucia de la noche.

Vendía «chocolate» a dos chicas que no tendrían ni siquiera dieciséis años.

Una de ellas llevaba el pelo teñido de rubio platino.

Reían y cuchicheaban los tres, entre frases a medias.

Al acercarme pude escuchar el intercambio.

—¿Seguro que es bueno, macho? —preguntó en voz baja una.

El tipo despachó la pregunta con un ademán montaraz.

—¿Que si es bueno? Esto es de lo mejor, nena. Marroquí. Vas a flipar. Te va a poner fina.

—¿Y cuánto dices que cuesta?

—Un talego, tía. Mil pelas la china.

—Hostia, tronco, ¿mil pesetas por un miserable cacho de hachís?

El vendedor se encogió de hombros.

—Pues si no quieres, ya sabes, guapa…

La otra, que se había rezagado, se adelantó y sacó un billete verdiblanco arrugado del bolsillo de su cazadora. Se lo entregó, nerviosa. Él le dio a cambio un pequeño envoltorio.

—¡Hala! A disfrutar, princesas. —Le guiñó un ojo—. No me vengáis luego con quejas, ¿eh?

—Tranqui, tío —replicó la del cabello teñido—. Estas movidas las controlamos a tope.

Se dieron la vuelta y se alejaron entre risas contenidas. Él desapareció en la dirección contraria, con el humo dulzón a la espalda. Sentí una punzada de asco. En mi hipocresía, me preocupaba más lo de Roma.

Seguía dándole vueltas al asunto hasta que llamó mi atención un bulto inmóvil acurrucado junto a la entrada del Café Iruña, en la Plaza del Castillo.

Las luces del Gran Hotel La Perla parpadeaban al ritmo de la brisa.

La escena había adoptado un aspecto tan surreal que habría inspirado a Magritte o al mismísimo Dalí sin necesidad de ajenjo.

Me acerqué y distinguí a un anciano encorvado, cubierto con una manta deshilachada que no lograba protegerlo del relente.

La barba cana le llegaba al cuello y los ojos vagaban, idos.

Me agaché .

—¿Está usted bien? —pregunté con suavidad.

El viejo no respondió. Giró la cabeza. Un hilo de saliva descendía desde la comisura de sus labios agrietados. Llevaba puesta una chaqueta militar de la posguerra, tan remendada que ya no quedaba tela original, y encima de ella una bufanda que alguna vez pudo ser azul. O verde.

—Espere aquí, por favor.

Caminé unos metros al interior de la cafetería, donde el camarero me preparó un café y lo sirvió en un vaso de plástico.

Después, atravesé la calle San Nicolás y entré en la panadería, que despedía una fragancia de mantequilla tostada.

Aunque ya habían cerrado, aún estaban haciendo caja y accedieron a venderme un par de bollos todavía tibios del día.

Regresé junto al hombre y le entregué la comida. No agradeció. Tampoco lloró. No se abalanzó sobre ella como lo había imaginado. Solo alargó el brazo, tomó los bollos y los acarició como a un animal dormido.

—A veces lo que despreciamos termina por volver —masculló con voz de polvo.

Me detuve, turbado.

—¿Cómo dice?

—La marea. Las personas. Vuelven. Todo —dijo y luego sonrió—. Pero uno ya no es el mismo. Hay que aprender a recibir las cosas desde cero.

Permanecí allí un instante más, con la bebida aún caliente en mis dedos. Se la ofrecí como un cáliz consagrado. La saboreó despacio, con temor reverencial. Y se retiró a su esquina con el pan y el café.

Cansado, emprendí la vuelta. A mis espaldas, la ciudad apagaba sus escaparates. El cielo tenía el color de la ceniza y los automóviles sonaban lejos, entre los portales.

Frente al cine Carlos III, una marquesina exhibía un colosal cartel del destape: una actriz exuberante reía gozosa, flanqueada por dos sujetos idiotizados, con la baba en el mentón, como perros ante un mostrador de carnicería.

Bebían con sendas pajitas dentro del sujetador del bikini.

La imagen aspiraba a ser el nuevo rostro de la libertad, pero no lograba ocultar la vieja zafiedad de antaño.

La noche siguió su curso y yo con ella.

Al alcanzar después la calle Julián Gayarre, un coche patrulla de la Guardia Civil cruzó la avenida de Zaragoza con la sirena encendida y las luces rojas reflejadas en los escaparates.

Entonces recordé el intento de golpe chapucero que había sacudido a España dos años antes, con el Parlamento entero encogido bajo los escaños.

Todos al suelo, excepto Carrillo. Sonreí.

Al menos siempre hay uno que no se agacha.

Llegué por fin a la residencia clerical.

Tomé dos inhalaciones de Ventolin para aliviar la opresión en el pecho.

En el portal supe que ya no lograría dormir.

Las escenas del parque seguían en mi cabeza: el traficante y las adolescentes, los cuerpos inertes sobre los bancos, la pareja abrazada en busca de un amor sin mañana y el filósofo anciano.

Cada cual extraviado en algún recoveco de su propia historia.

Al recordar ahora aquella mezcla de euforia y decadencia, comprendo que la transición no había traído esperanza a quienes seguían atrapados en los márgenes.

La miseria humana no había cambiado. Nada. Quizá igual que hoy.

El ascensor estaba averiado y tuve que usar las escaleras. Mientras subía, me preguntaba cuántos tiraban su futuro a la cuneta, sin mirar atrás.

Y entonces, entre esos pensamientos, irrumpió con fuerza el rostro de Josu.

De niños compartimos una complicidad hecha de aventuras.

Escapadas al borde del río, sueños al abrigo del alero de casa.

Pero la vida, en su manía de torcer los caminos, nos separó demasiado pronto.

Yo elegí el refugio de los libros y las aulas del colegio.

Él escogió la intemperie. Trataba de imaginar si, entre los baluartes húmedos de la prisión, recordaría el timbre de mi voz.

Si quedaba algo del hermano mayor que solía protegerme de las tormentas y de las broncas de nuestro padre.

Entré en el cuarto con el corazón en la mano y el inhalador en la boca.

El reloj marcaba las horas muertas. La zozobra se instalaba como una losa. Me asomé a la ventana. Fuera, las calles se perdían en la niebla. Sin quitarme la ropa, me tiré sobre el colchón. Estuve un largo rato con la vista fija en el techo, tendido en la cama.

Sin esperarlo, caí dormido.