Nadie entierra los nombres Capítulo 7
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Capítulo 7

L a mampostería áspera de la Prisión Provincial de Pamplona, labrada con piedra de Ezkaba, se alzaba sobre muros coronados con alambre de espino. Los tragaluces diminutos la convertían en una fortaleza sombría.

Entré en el vestíbulo y la humedad avinagrada se adhirió a mis bronquios. Dos policías conversaban junto al torno: uno con el uniforme abrochado al cuello; el otro, con la camisa por fuera y un paquete de Ducados asomado en la faltriquera.

—¿Oíste? Anoche, bronca otra vez en Imenasa. Hay que joderse —murmuró el más joven—. Dicen que pillaron a tres tirando piedras a los maderos. Y que se quedaron pasmados. No respondieron. Así. Como lo oyes.

—Mariconadas —resopló el otro, que lucía un bigote de corte anticuado—.

Antes, con los grises, sí que había cojones.

Ahora, con estos del PSOE, se creen que esto es jauja.

Un par de cascotes de mierda y ya van todos de mártires.

Yo a esos cabrones los metía aquí dentro.

Aquí en el «Hotel San Roque», ¿eh? Cuatro días y ya veías tú cómo les quitaba yo lo gilipollas a hostias…

El diálogo se cortó en cuanto pasé entre ellos .

Me acerqué a la ventanilla. Al otro lado, el funcionario apenas alzó la vista sobre un ejemplar arrugado del ABC que relataba otra reyerta estudiantil.

—Pues lo siento. Hoy tampoco podrá verle, padre —dijo con fastidio y regresó la mirada al diario.

—Serían solo unos minutos, por favor.

Soltó un suspiro colmado de impaciencia.

—Las normas son las normas. Ya se lo dije la otra vez: necesita el permiso.

Resignado, me di media vuelta. Al cruzar la recepción ya de salida, distinguí una figura conocida: el padre Miranda avanzaba hacia el interior.

—¡José María, hombre de Dios! ¿Pero qué haces tú por aquí?

—Vengo a ver a mi hermano. Lo he intentado varias veces y siempre me niegan el acceso —respondí—. ¿Y usted? ¿Qué hace usted aquí?

—Ay, hijo. Llevo siglos como capellán en esta cueva de penitencia. Pero dime, ¿cómo que no te dejan? De verdad. Esto no cambia. Ni con los socialistas en la Moncloa ni aunque la Pasionaria saliera a rezar el rosario en bragas por las calles con la Massiel cogida del brazo. ¡Cagontó!

Sin vacilar, me hizo señas para que lo siguiera. Se acercó al burócrata de la ventanilla.

—Oiga, don Manuel, vamos a ver. ¿No podría hacer, digamos, una excepcioncilla hoy? ¿Eh? El padre José María solo quiere saludar a su hermano.

El hombre hojeó el registro de movimientos: una columna de nombres con anotaciones torcidas y sellos húmedos.

—Es que es un preso de los que necesitan permiso, padre. No se puede hacer nada.

—¿Cómo que no se puede hacer nada? ¿Ni siquiera para un amigo?

Miranda guiñó un ojo. El funcionario dudó .

—Mire, por ser usted. Eso sí, que no se alargue mucho. Y por Dios, que no se entere el director.

—Gracias, don Manuel. Es usted un cristiano de los de antes. Con alma… y sin reglamento en las venas. Como debe ser.

—A mandar.

El de la ventanilla se cuadró y después me señaló el camino con la cabeza y me advirtió:

—Venga, adentro. Quince minuticos. No queremos líos, ¿vale?

Asentí.

Un rumor eléctrico anunció que la puerta se abriría. Al otro lado, un guardia civil me palpó los bolsillos de la chaqueta.

—¿Y esto qué es?

—Un Ventolin.

—¿Y qué coño es un bandolín ?

—Un inhalador para el asma.

Lo giró, se lo acercó a la nariz y me lo devolvió sin más. En su solapa brillaba a medias una insignia carcomida todavía con el águila. Me hizo pasar por el arco, tras el cual otro centinela me condujo a los locutorios.

Avancé con el corazón en vilo. Los muros estaban cubiertos de pintadas descoloridas y el pasillo hedía a orina, excremento seco, tabaco negro y al inconfundible sudor agrio de los cuerpos encerrados.

Los familiares de los presos conversaban en voz alta, con miradas cargadas de pena y afecto.

Sobre el escritorio metálico del vigía, una televisión portátil —apoyada en una silla, con una percha como antena— arrojaba imágenes borrosas del telediario.

Campo Vidal se perdía en el vocerío general.

En la pared, un reloj de plástico marcaba las horas con un tic-tac silencioso, y el cartel de «Prohibido fumar» era ignorado con descaro por cuantos lo veían .

—Siéntese ahí, por favor —indicó otro funcionario de prisiones—. ¿Arizaleta, dijo?

Asentí y me acomodé en una cabina vacía.

—Espere un momento, que ahora se lo traen.

Observé a una pareja en el habitáculo contiguo. Fingían cogerse de la mano a través de la mampara. Ella tenía el antebrazo libre sobre una barriga hinchada por un embarazo que ya daba señales de estar a punto de dar a luz.

Entonces, tras el chirrido de una reja, lo vi.

Entró cabizbajo. Tenía la barba descuidada y el pelo largo. Al reconocerme, se irguió. Nos sentamos frente a frente.

—No sabes cuánto he esperado esto, Josu.

—¡Joder, tío! Yo también, Txiki . Ya era hora. ¿Y ama ?

—Está… igual —mentí—. Ya ves cómo es esa enfermedad.

—Sí, mierda. Me acuerdo de cuando estaba bien. ¿Y la Rafaela? ¿Alguna noticia?

—Nada. Supongo que sigue en Nueva York, con el marido.

—¿Y tú, Txema? ¿Qué tal fue la movida aquella en El Salvador?

—Bueno… fue difícil. Me tocaron cosas que… —Me detuve—. La situación es muy dura allí. No pude hacer gran cosa.

—Venga ya. Seguro que les ayudaste mogollón. Además, tú tienes un dios que te lo resuelve todo, ¿no?

Se me escapó una risa ácida.

—Ya. Imagínate tú, que he dejado hasta de creer. Ya no creo en nada: ni en los hombres ni en Dios. He perdido la fe por completo —confesé.

—¡Hostia puta! El cura ateo. Manda huevos. —Soltó una carcajada seca—. ¿Y qué vas a hacer, tronco? ¿Entrar por fin en razón y mandar la sotana a tomar por culo?

—No sé… igual sí.

—No me jodas. ¿Y de qué vas a currar?

—Alguna movida en electrónica. No sé aún .

—Claro. Tenías que ser jesuita. Sois la madre que os parió. Para algo te tenía que servir la Universidad, ¿no?

—Eso mismo. Tal vez consiga algo en alguna empresa. Ya tuve bastante con Centroamérica.

—Eso dices hoy. Ya te veo con un fusil a cuestas, metido en otro de tus follones. Siempre fuiste un cabezón de la Virgen, Txema.

El vigilante se aproximó al escuchar la alusión al arma.

—A ver, tenemos que cortar aquí. Lo siento —dijo, sin simpatía.

Nos levantamos despacio. Intenté tocarle a través del panel transparente.

—Cuídate. Imagino que tienes buena conducta, ¿no?

—Bah. Sí, hago méritos. Si la suerte acompaña, a lo mejor me piro pronto de toda esta mierda.

—Menuda alegría sería esa.

—Ni me digas.

—Por cierto, me voy a Roma unos días. Cuando vuelva, ya vendré a verte.

—¿A Roma? ¡Hostia, a ver si te hacen papa y todo!

—No esperes milagros.

—Tú insiste, macho. Igual cae algo. Por lo menos, cardenal, digo. Y si no, te vienes de vuelta y montamos la de Dios.

El celador hizo un gesto de impaciencia y tuve que dejarlo.

Dos días después, Marifuente y yo volábamos a Roma.