Nadie entierra los nombres Capítulo 8
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Capítulo 8

—Bueno, llegamos —declaró Marifuente, abrochándose la gabardina—. Ya están esperándonos. Mira.

Junto a la aeronave nos esperaba un coche negro pulido.

El capó estaba perlado de gotas que se deslizaban con lentitud.

Junto a la puerta trasera, un hombre de uniforme oscuro, con guantes blancos y gorra de plato, se erguía sin hacer el menor movimiento.

Tan pronto vio a Marifuente, se cuadró con gesto mecánico.

El escudo dorado de la visera refulgía bajo la luz sucia del cielo romano. Nos abrió la portezuela.

En el interior me encontré con un lujo inesperado: cuero recién acondicionado y reflejos metálicos con un brillo controlado.

Nos acomodamos en los asientos mullidos.

Los cristales nos devolvían los reflejos del asfalto.

Un piano apagado —Clementi, tal vez el segundo movimiento de Didone abbandonata — emergía de altavoces ocultos.

Me volví hacia mi acompañante en busca de alguna explicación sobre aquel montaje tan calculado. Pero él permaneció en silencio.

El chófer arrancó sin emitir sonido alguno y el coche avanzó sobre la calzada mojada entre el repiqueteo del chubasco y los ruidos ahogados de la terminal, que ya quedaba atrás.

Media hora después, el conductor guiaba el vehículo por la autostrada .

Avanzábamos con regularidad, lejos del caos de la Ciudad Eterna.

Al franquear el Ponte Vittorio Emanuele II, el Tíber reflejaba en su superficie de plomo el temblor de los faros.

En la acera, dos carabinieri se guarecían bajo la marquesina de un bar, con los uniformes azul noche salpicados por la lluvia.

Un cartel descolorido del PCI convivía en una valla con un anuncio arrancado en el que todavía se podía leer La città delle donne , de Fellini, y una pintada que reclamaba «lavoro per tutti».

El vaivén constante del limpiaparabrisas marcaba el trayecto. Una Vespa cruzó veloz ante nosotros, levantó agua de los charcos y un insulto en italiano quedó colgado en la neblina.

Transitamos por la Via Aurelia, acercándonos al Borgo Santo Spirito. Reconocí el trayecto y esperé que el automóvil se detuviera por fin frente a la Casa General de la Compañía de Jesús.

Pero no fue así.

Giró en dirección contraria. Las calles se volvieron más estrechas y el tráfico desapareció.

En una esquina, los neones titilantes de una trattoria se alternaban con la luz de una farmacia.

El ventilador de la calefacción cesó justo en el instante en que doblamos hacia una travesía más angosta y el vaho de la respiración comenzó a empañar los cristales.

El conductor bajaba de vez en cuando la ventanilla para orientarse.

El aire frío se mezclaba con el calor interior y el olor a gasolina quemada.

Entre los edificios, la cúpula de San Pedro emergió ante mis ojos.

Majestuosa y remota. La lluvia descendía en hilos de plata por las piedras gastadas.

Atravesamos la Via della Conciliazione despacio.

Me empequeñecí ante las columnas que escoltaban el camino hasta los muros, vencidas por el peso de los siglos.

El vehículo se quedó por fin quieto delante de los muros ancestrales, bajo la mirada inmóvil de los guardias suizos que custodiaban la entrada.

Nos guiaron hasta una sala con techos tan elevados que recordaban las naves de una catedral.

El mobiliario era una colección de piezas de nogal centenarias y de arte sacro, digna de un museo.

En el centro, había una enorme mesa de reuniones que dominaba la estancia.

Sobre ella imaginé incontables bocamangas y debates que habrían bruñido aquella madera durante generaciones. Todavía olía a betún. Y a tiempo.

Me acomodé al lado de Marifuente.

Los asistentes ocupaban sus sitios según su dignidad.

En la cabecera, el reverendo Antonio Morelli, un superior mayor de la Compañía de Jesús, permanecía inmóvil.

A su lado, monseñor Giuseppe Bellini, un obispo de facciones adustas, mantenía los dedos cruzados.

Más allá, Carl Higgins, de la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe, escrutaba a los demás con la meticulosidad de un entomólogo.

En la otra esquina, la doctora Chiara Conti, una psiquiatra joven de gesto agudo y compostura vigilante, esperaba más dispuesta a observar que a intervenir .

Frente a nosotros, un proyector trazaba su haz sobre el polvo suspendido y rompía la solemnidad del ambiente.

—¿Cómo ha sido el viaje, padre Marifuente? —preguntó Morelli.

—Sin contratiempos. El vuelo fue tranquilo. Roma, con su clima caprichoso, nos recibió mejor de lo que esperábamos. Y por cierto, hablando de caprichos, ¿cómo sigue nuestro prepósito? Escuché que tuvo otra complicación.

—Sí. La verdad, la situación no es nada halagüeña —respondió, con los codos apoyados en la mesa—.

Desde el derrame cerebral que sufrió en el aeropuerto, cuando regresaba de Filipinas, su salud no ha hecho más que empeorar.

Los médicos insisten en que guarde reposo.

El padre Dezza sigue a cargo de las cuestiones prácticas por ahora.

—El padre Arrupe nunca se permitió descansar —terció Bellini—. Después de tantos años al timón de la Compañía, con decisiones tan controvertidas a cuestas, era inevitable que el cuerpo le pasara factura.

—Bueno, dejemos este tema a un lado —zanjó Morelli—. Lo que nos convoca exige toda nuestra atención. Y no hace falta recordar que lo que aquí se discuta no debe salir de este grupo.

Me miró, sin pestañear. Estaba claro que esperaba de mí algo más que anuencia, así que accedí con una inclinación de cabeza.

Higgins se levantó y se colocó junto al lienzo blanco. Mantenía las manos entrelazadas a la espalda y hablaba con calma estudiada.

—Hace ocho meses, muy cerca de Querétaro, en México, tuvo lugar un hecho singular en un campamento juvenil de verano de ARCO, el Apostolado del Reino para la Comunidad.

Su logotipo apareció en la pantalla.

—ARCO es una agrupación juvenil que, entre otras actividades, organiza campamentos de verano. Promueve iniciativas inspiradas en la espiritualidad de distintas congregaciones y recibe el respaldo financiero directo del Custodes Regnum, la asociación laical que sostiene a los Milicianos del Reino.

—No olvidemos que los milicianos surgieron de una controvertida escisión de los Legionarios de Cristo y que hoy combinan una devoción férrea con su probada habilidad para maniobrar en ciertos círculos empresariales y políticos —matizó Bellini—.

La ruptura les concedió una libertad de movimiento inusitada y les permitió crear un brazo seglar muy potente que ha llegado a eclipsar al Regnum Christi o al propio Opus Dei.

Apareció la primera foto: una chica de tez clara y aspecto delicado, de unos quince años, con la vista perdida en el horizonte. Su expresión era tranquila, aunque impenetrable.

—Esta joven —retomó Higgins, mientras indicaba la imagen— asegura haber visto a la Virgen María durante una excursión. Desde entonces, afirma haber experimentado al menos siete apariciones más.

Las siguientes diapositivas revelaron estampas anodinas de la vida juvenil. Senderos polvorientos. Adolescentes con mochilas al hombro. Una tranquilidad rural que no sugería prodigio alguno.

El equipo óptico zumbó al detenerse en otra transparencia que mostraba de nuevo a la vidente de pie, sola en la cima de una colina.

La proyección fundió a negro como preámbulo.

—Aquí están algunos de los mensajes que dice haber recibido.

Cada frase surgía en letras blancas sobre fondo oscuro:

«Mi hijo los ama y yo también».

«No teman, yo siempre estoy con ustedes».

«Recen el rosario. Todos los días».

Higgins las leía en voz alta, con deliberada lentitud, y dejaba que cada sílaba sedimentara en nuestros oídos .

«Los cimientos serán removidos y el Reino renacerá entre las ruinas».

—¿Cimientos? —murmuró el obispo—. La Virgen no propondría derribar estructuras.

—A veces —explicó Conti—, los contenidos de estas supuestas revelaciones se presentan en un lenguaje ambiguo, incluso alegórico. Podrían ser manifestaciones de las propias inquietudes de la vidente.

La siguiente lámina descubrió otro dicho, aún más sorprendente:

«A los poderosos les llegará la hora en que el oro les queme las manos y su arrogancia se vuelva ceniza».

—Una declaración llamativa —comentó Morelli—, viniendo de la hija de un empresario acaudalado.

—No. La Virgen no habla así —abundó Bellini—. Habla de consuelo, de amparo. No lanza advertencias sociales. Y menos en México, donde, gracias a Dios, la teología de la liberación no ha echado raíces.

Llegó el siguiente enunciado:

«Vendrá el día en que la fe y la sombra se separen, y la Iglesia verdadera será reconocida por su faz».

—Pero bueno. ¿Y esto qué se supone que quiere decir? —preguntó Bellini, con los ojos entornados y la atención fija en el texto.

—Eso es justo lo que esperamos determinar, monseñor —replicó Higgins.

—En algunos casos —explicó la psiquiatra, acomodándose unas gafas Marcolin, de montura ancha y apliques brillantes—, las revelaciones evolucionan hacia un registro apocalíptico o punitivo.

No es raro que, en mujeres pubescentes sometidas a presión, la figura materna se fusione con imágenes de juicio o de castigo.

Freud lo llamaba «el retorno de lo reprimido»: lo que no puede expresarse con libertad emerge disfrazado de profecía .

Se mostró la última diapositiva de la serie:

«No hay principio ni fin en el flujo que une los extremos. Toda senda retorna a sí misma. Ninguna luz nace sola. Ninguna sombra muere sola. Quien busque el origen, solo hallará el círculo».

—¡Por Dios! Esto es un sinsentido —soltó Bellini.

Hasta entonces yo había permanecido callado, atento a la dinámica de la sala. Pero en aquellas palabras encontré el sello inconfundible de la segunda ley de Maxwell, y no tuve más remedio que armarme de valor:

—¿Puedo preguntar algo?

—Por supuesto, padre. Adelante —concedió Morelli.