Capítulo 8 #2
—¿La joven explicó el sentido de ese «flujo que une los extremos» o de «toda senda retorna a sí misma»?
—No —repuso Higgins—. Solo sabemos que lo repitió como un dictado durante uno de sus estados de trance.
—Es extraño —dije—. En el electromagnetismo se establece que el campo magnético no tiene principio ni fin. Que no existen fuentes ni sumideros: las líneas de campo forman bucles cerrados. No hay monopolos magnéticos…
—No entiendo nada —interrumpió el obispo.
—Perdón, monseñor. Es una manera de decir que las cosas no pueden existir de forma aislada. Que el origen y el destino son el mismo —aclaré.
—¿Y por qué decirlo así? —incidió Marifuente.
—Ese es justo el punto al que quiero llegar: es un lenguaje inusual en una adolescente sin acceso a ese saber —dije.
Higgins y Bellini intercambiaron miradas y la psiquiatra entrecerró los ojos.
—En ocasiones —explicó Conti—, lo que permea en estos dichos es un reflejo de lo que la mente ha absorbido, aunque sea de forma inconsciente. Pero reconozco que el nivel de abstracción aquí es poco común.
—Esta vez —declaró Marifuente— no bastarán ni las Escrituras ni la ciencia. Necesitaremos otro modo de ver. Pasando a otro tema, ¿se cumple el proceso prescrito?
—Sí. Al pie de la letra —respondió Higgins—.
Monseñor Alfonso Toriz Cobián, obispo diocesano de Querétaro, autorizó la creación de una comisión de estudio para investigar la autenticidad de estas vivencias.
La coordinación quedó en manos del obispo auxiliar Eusebio Cifuentes de la Barquera, con el apoyo de asesores externos y de representantes del campamento.
Hoy la presiden los milicianos. Ya prepararon un informe preliminar y planean hacerlo público en un evento de prensa.
Un ayudante se acercó y repartió una carpeta de cartón amarillo a cada uno de nosotros. Al abrirlas, descubrimos páginas repletas de transcripciones, fotografías y observaciones. Desde mi asiento, observé cómo los demás hojeaban los documentos.
—Este es el informe que nos ha enviado la comisión. Nos gustaría que lo estudiaran con detenimiento.
La noche había caído sobre los alrededores del Vaticano y la lluvia había cedido a una humedad bochornosa.
Pero no busqué el inhalador. Desde el exterior, las farolas proyectaban su resplandor a través de las cortinas.
Durante un rato, solo se oyó el crujir irregular de las hojas al pasar.
Higgins nos observaba mientras hojeábamos el dosier.
No hablaba, pero tamborileaba con el índice sobre el borde de la mesa.
Terminada la lectura, Bellini fue el que retomó la palabra:
—Recordemos que México ya cuenta con la advocación de la Virgen de Guadalupe.
El mismo santo padre viajó allí hace unos años y expresó en público su fervor por ella.
La llamó, si mal no recuerdo, «mi devoción más íntima».
No creo que los mexicanos precisen de otra aparición.
No podemos ignorar el simbolismo que Guadalupe tiene en la fe, en la identidad de ese país y de toda América.
Y ya tenemos suficientes problemas con los episodios recientes de Medjugorje, en Yugoslavia, donde el asunto se nos está yendo de las manos.
No podemos permitir que esto se desboque de la misma manera.
—Además, en este caso, las circunstancias son más escabrosas: no olvidemos que la joven no encaja en el perfil típico de quien experimenta visiones marianas. Proviene de una familia privilegiada, con un nivel socioeconómico muy alto —comentó Higgins.
—En cualquier caso, la Milicia parece estar ansiosa por hacerlo público —agregó el obispo.
Levantó el informe y lo agitó en el aire—.
Ya saben cómo son. Tienen sus propios intereses y su propio estilo para abordar estos temas.
No dudamos de su buena voluntad, pero su entusiasmo a veces se acerca a la imprudencia.
Su cercanía a familias influyentes y su inclinación por buscar la notoriedad dificultan una evaluación objetiva.
—Tampoco la joven tiene un historial religioso que respalde el relato —apuntó Conti.
—Somos conscientes de que la investigación debe mantenerse en una línea más prudente —aclaró Morelli, con tono definitivo—. Y resolverse cuanto antes.
—Padre Marifuente —anunció Higgins con formalidad—, como puede ver, este asunto requiere de especial tacto, del más alto ingenio y experiencia. Nos gustaría que se uniera al comité de evaluación en México. El propio cardenal Ratzinger ha solicitado personalmente su intervención.
—Como sabrá la mayoría —apuntó Morelli, dirigiéndose al grupo—, el padre Marifuente es una autoridad en esta materia y Dezza ya ha accedido a la petición.
Mi director espiritual se volvió hacia ellos y asintió con calma.
—¿Y cuándo debo partir? —preguntó.
—Cuanto antes —contestó Higgins, sin rodeos—. No podemos permitirnos otro escándalo mediático, menos aún ahora que la Iglesia está bajo tanta presión .
La reunión se disolvió instantes después. Cuando abandonábamos el edificio, Morelli se nos acercó.
—Padre Marifuente, perdone. ¿Me permite un momento, por favor?
—Por supuesto —confirmó. Me miró e inclinó la cabeza.
—¿Me esperas aquí, José María?