Capítulo 8 #3
Marifuente sugirió cenar en un restaurante cercano, que resultó tan ceremonioso como la sala que acabábamos de abandonar.
Casa Fabiani quedaba a unos minutos a pie de la Via della Conciliazione.
Se abría bajo la luz tenue de unas lámparas que resaltaban las vigas de madera rústica.
Las mesas estaban vestidas con lino blanco impecable.
En un rincón, un cuarteto de cuerdas interpretaba el segundo movimiento de L’inverno de Vivaldi.
El ritmo tenso del arco y los pizzicatos medían nuestra distancia mejor que cualquier palabra.
Nos acomodaron junto a una ventana que daba a un callejón estrecho. Marifuente pidió el menú y, tras leerlo, me recomendó el risotto al tartufo . Pero preferí un plato sencillo de pollo al horno.
A nuestro alrededor, los turistas y los clérigos conversaban por igual en voz baja.
—Bueno, José María. Ahora ya sabes de qué va esto —dijo, con el tenedor alzado hacia el techo—. Ya te lo había dicho: tu escepticismo y tu experiencia en Centroamérica serán de gran ayuda aquí.
—Ya veo por dónde va, padre. Pero si me lo permite, se lo digo de una vez: no voy a ir a México.
—¿No?
—No.
—¿No te atrae ni una pizca el caso?
—Atraerme me atrae, por supuesto .
—¿Entonces?
La verdad es que me consumía la curiosidad y el tema me resultaba fascinante.
Pero intentaba no salirme de aquel abatimiento que me había impuesto.
Creía entonces que la coherencia era uno de los valores sagrados.
Inamovible. A pesar de que yo mismo siempre he sido un mar en constante movimiento. No dije eso.
—Mire, no me parece que tenga ningún sentido que vaya a México. Además, ¿experiencia en qué? No soy ni teólogo ni psicólogo y usted lo sabe.
—La ingeniería, asimismo, tiene sus misterios.
—¿Y qué espera? ¿Que instale un sistema de comunicación y haga el diagnóstico con el multímetro incluido?
—Quizá eso también sea útil.
Marifuente rio con naturalidad, pero no me contagió su risa.
—Lo que más me ayudaría —siguió— es tu capacidad para ver patrones donde otros solo ven confusión.
—Poco puedo aportar allí.
—Eso dices tú. Hoy mismo fuiste el único que reconoció el mensaje oculto en esa frase sobre los extremos y los círculos.
El camarero nos dejó un antipasto de aceitunas, pecorino y tomates secados al sol. La dulzura carnosa de los frutos me distrajo por un momento.
El final del tercer movimiento invernal ondeaba como un velo en el aire.
—¿Cuánto duraría la estancia en México?
—Nada. Un par de semanas, un mes, quizá menos —aseguró con calma—. Ponemos las cosas en orden, redactamos un informe, ponemos un par de sellos y regresamos antes de que los medios conviertan ese campamento en un nuevo parque de atracciones.
—¿Y por qué no va usted solo? Usted es el experto.
Suspiró y volvió la cara hacia los músicos, que tocaban con más energía, lanzados al allegro del Cuarteto de cuerda número doce de Beethoven.
Se tocó el estómago.
—No estoy en mi mejor momento, José María —dijo tras una pausa—. La verdad es que mi salud no es muy buena. Me hace falta alguien en quien pueda confiar. Alguien que me asista.
—¿Y ya ha visto a un médico?
—Muchos.
Sonrió. Pero su gesto no logró ocultar la tristeza. Dio un sorbo a su copa y la posó sobre la mesa.
—Y hay otra cosa —prosiguió—. El padre Soria ya ha iniciado un expediente por ciertos comentarios escuchados en el colegio.
—Lo sabía, tenía que pasar.
—Sí. Creo que un distanciamiento del entorno académico no te vendría mal ahora.
Un grupo de turistas suecos aplaudió la última pieza del cuarteto. Tras la pausa ejecutaron una melodía polirrítmica y tensa que recordaba a Stravinski.
—Padre, sabe que no tengo otro remedio. Vine hasta aquí; iré con usted a México.
—Créeme, te hará bien.
—Ya.
Trataba de seguir el compás asimétrico de la música con un discreto movimiento de una cucharilla entre el índice y el pulgar, hasta que los músicos se detuvieron de nuevo. Esta vez no hubo aplausos. La cucharilla volvió a la mesa.
—Y dígame, ¿qué piensa de estos fenómenos? —pregunté.
—La práctica me ha enseñado a no pensar en nada.
—¿Cómo que a no pensar?
—Sí, hijo. Hay que abordar estas investigaciones con una mentalidad tabula rasa , sin prejuicios.
—Hombre, alguna opinión tendrá, ¿no ?
—¡Ja! Opiniones, muchas; ideas, pocas. Lo más sensato es mantener siempre un sano escepticismo. Al final, siempre encontramos una explicación. Y rara vez es sobrenatural.
Terminamos la cena entre comentarios triviales, un buen Barolo y alguna broma. Acabada la sobremesa, el camarero nos acompañó hasta la puerta y nos despidió con una leve reverencia. Mendelssohn sonaba de fondo cuando salíamos al fresco de la noche.
Caminamos en silencio por la cuesta que nos llevó hasta el hostal de San Pedro Fabro, el alojamiento que la orden nos había asignado para aquella noche.
Nos despedimos en la entrada, sin palabras.
Ya en la habitación, me recosté en la cama. Observé cómo las luces rojas de los coches se deslizaban por la pared y dibujaban destellos intermitentes. Hasta que, tal vez por el vino o por puro agotamiento, me dormí.
No desperté hasta que el sol logró filtrarse por las rendijas de la persiana.