Nadie entierra los nombres Capítulo 9
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Capítulo 9

N o había pasado ni un día desde mi regreso de Roma cuando salí temprano a la consulta. La mañana en Pamplona se abría fría y cuajada de niebla, con aquel aroma profundo a piedra mojada que siempre se filtraba entre los portales y los adoquines.

Junto al estanco, un quiosquero, refugiado en una pelliza que no encajaba con su oficio, apilaba ejemplares del Diario de Navarra y de El País .

En las portadas, los titulares eran sombríos: reconversión industrial, inflación, el conflicto de Altos Hornos de Sagunto. Y el último atentado en Madrid.

El zaguán era estrecho y oscuro. No parecía el lugar propio de un médico, de no ser por una placa de latón abollada: «Dr. Abreu. Medicina Interna y Alergología».

Subí por la escalera de mármol resbaladiza, con el pasamanos gélido bajo la mano. Ni el Ambi Pur ni el pulimento envejecido lograban borrar el perfume intenso que alguna paciente había dejado a su paso.

En la sala de espera, una pareja de mediana edad ocupaba los asientos junto al pasillo.

El hombre sostenía un periódico abierto, con los dedos manchados de tinta.

Su mujer estaba envuelta en un jersey de lana que podía reventarle en cualquier momento.

Sostenía un bolso de charol sobre el regazo y, ensimismada, hojeaba el Diez Minutos .

—¿Has visto lo del aceite? —se quejó él—. Otra vez por las nubes. Y mira que no aprenden de lo de la colza. A ver si no empiezan a vender de nuevo aceite amañado… Y la luz, para arriba. Como sigamos así, volvemos a pan duro y velas.

Pasó rápidamente las páginas del diario.

—Anda, que encima el Osasuna pierde y, para más inri, Bustingorri anda tocado —masculló—. Y en Landaben dicen que hablan de huelga. Es que no paran.

Ella suspiró y cerró la revista de golpe.

Me senté en un sofá frente a la ventana. La mujer me saludó con una leve inclinación de cabeza y el radiador crepitaba sin descanso. La consulta desprendía efluvios de mercromina y mentol.

Proust se equivoca. Es el olor el que arrastra los recuerdos, no el sabor.

Y aquel aroma me recordó las cataplasmas de mostaza de mi niñez.

Volví a vivir el calor insoportable en el pecho, las inhalaciones de eucalipto bajo una manta raída y el rostro empapado en vapor.

Vi una vez más las semillas de anís suspendidas en el hervor de aquella cacerola enorme, entre hojas largas, verdeamarillentas, y sentí aquella emanación penetrante en los pulmones.

Recordé las inyecciones de cortisona, una cada tarde, siempre igual.

La mía fue una infancia sin deportes. Y ni siquiera pensar en acercarme a los perros, aunque me gustaban tanto.

Los médicos lo exigieron sin rodeos: ningún pelaje, nada que pudiera irritar más unos bronquios ya castigados por la alergia.

La puerta del despacho se abrió y el facultativo asomó la cabeza.

—Pase, Arizaleta.

Entré y me senté frente a un escritorio atestado de boletines sanitarios de años anteriores, sepultados bajo un polvo que los cubría como tamo. El doctor Abreu, con su obligada bata blanca y su acento inconfundible, revisaba unas radiografías a contraluz.

— A veure , José María —dijo, sin levantar la vista—. No me agrada lo que veo aquí. De ninguna manera.

Asentí y miré hacia la ventana.

—Esto no marcha, ¿eh? —prosiguió, con un dedo sobre la placa—. Incluso diría que ha empeorado un poco. ¿Ha notado más ahogo?

—Sí, desde hace tiempo, por las noches.

Anotó algo en la historia clínica.

—Me lo imaginaba. Vamos a reducir el Ventolin. Demasiado salbutamol no es bueno para el cor , ¿sabe? Mejor, pruebe con Manex tres veces al día. Es nuevo. Lleva criasolina, que suele ir bien en los casos rebeldes.

Hizo una pausa.

—Pero ojo: disciplina absoluta —siguió—. Si lo suspende de golpe, puede haber efectos graves. Si no mejora, ya valoraremos la prednisona o la teofilina. De momento, Manex y constancia. Que luego vienen los disgustos.

—Manex. Entendido. ¿Con las comidas?

Asintió y arrancó la hoja del recetario. Me la deslizó sobre la mesa.

—¿Ha vuelto a fumar?

—No, acabo de cumplir cinco años sin una sola calada.

— Molt bé . Así me gusta. Eso sí, la humedad de aquí, aunque sea poca, no le ayuda en absoluto. Le recomendaría pasar una temporada en un lugar seco: Aragón, La Mancha, tal vez Madrid.

Vacilé un instante.

—Justo tengo un viaje en ciernes. México. Unas semanas, por trabajo.

El médico alzó las cejas, divertido .

—¿México? ¡Y tanto! Mi sobrina vive en el DF.

Dice que el clima es más seco, pero la polución…

¡Ay, la polución! No se pasee mucho por la calle y cuidado con las judías pintas, que dan muchos gases.

Sí, creo que allí les llaman frijoles. Y, sobre todo, evite el picante, muy apreciado en esas tierras.

Se levantó, me guio hasta la entrada y me apoyó la mano en el hombro.

—Cuídese, mossèn . Y no olvide el Manex. Tres veces al día.

Levantó tres dedos en alto antes de cerrar la puerta.

Ya por la tarde me encontraba en la residencia jesuita, rodeado de documentos y guías, con el pasaporte arrugado y la única maleta de piel, vieja y flexible, que tenía abierta sobre la cama.

Por la ventana entraba una voz —un Loquillo borracho, sentado en un Cadillac— que rebotaba por el patio de luces.

Marifuente entró justo cuando doblaba la última camisa.

—¿Preparado? —saludó desde el quicio de la puerta.

—Sí, aunque no sé si de verdad lo estoy —contesté y cerré la maleta.

—No será para tanto. En un par de semanas, quizá menos, y antes de que te des cuenta, ya estamos de vuelta en Pamplona.

—Supongo que sí. Estoy metiendo lo justo.

—Bien. Lleva lo imprescindible, que en Barajas no se andan con bromas por el exceso de equipaje. Y no olvides el pasaporte: ahora lo revisan hasta para ir a misa.

—¿No hará falta abrigo?

—¿En México? A lo sumo, una chaqueta ligera. Por cierto: lleva un traje, pero deja la sotana. Allí no se puede ir con ella por la calle. El alzacuellos es suficiente. Que sea pequeño. Discreto.

—¿Y eso?

—Leyes del país. —Encogió los hombros .

—Pues a cada país lo suyo.

—Sí. ¿Sabes que a Juan Pablo II lo multaron durante su viaje del setenta y nueve?

—¿Por qué? ¿Aparcaron el papamóvil en un lugar prohibido?

—No. —Rio—. Porque su santidad se paseaba vestido de blanco por las calles. Vetado, te digo. Creo que fue el propio arzobispo, el cardenal Corripio, quien pagó las multas de su bolsillo.

—¿Me está tomando el pelo?

—No, hombre.

—Ya. Así que ni sotana ni hábito. Supongo que los milagros en público también estarán prohibidos.

—De esos, no hay muchos. Ni en México, ni aquí, ni en China. Es una pena.

— Tabula rasa . Sin prejuicios.

—Precisamente. —Sonrió—. Ah, y por cierto: evita meterte en discusiones sobre política o religión con nadie. La gente es muy devota allí, pero también muy suspicaz con los forasteros. Mejor siempre escuchar que opinar.

—Apuntado. ¿Algún consejo más para sobrevivir en esas tierras?

—Sí: lleva siempre algo suelto, por si toca dar propina. Allí todo el mundo espera una moneda. Por cualquier cosa.

—Monedas, alzacuellos, pasaporte y sin prejuicios.

—Y los ojos muy abiertos.