Capítulo 10
El sol se despeñaba sobre un mar de nubes anaranjadas.
Al principio, no se veía gran cosa. Después, los volcanes nevados se recortaron contra un cielo de cobalto y el valle de Anáhuac se desplegó inmenso ante nosotros: una extensión interminable de edificios y avenidas que se ramificaban en la distancia.
El avión bordeó el Ajusco y las montañas se desdibujaron en una frontera lejana, devoradas por el avance gris de la ciudad.
El capitán anunció el aterrizaje. Algunos pasajeros recogían bolsos y mochilas; otros murmuraban oraciones o se ajustaban los cinturones con dedos temblorosos.
El descenso fue brusco, con sacudidas que arrancaron exclamaciones, alguna que otra blasfemia y el llanto antipático e imparable de un crío en la fila de atrás.
Aquel llanto me desgajaba los oídos. Me preguntaba por qué la madre no hacía nada para que se callara.
Su pasividad me enervaba, pero ese chillido sin pausa me dolía más.
Al tocar tierra, un aplauso espontáneo recorrió la cabina.
En cuanto se abrió la puerta, el calor y los vapores de combustible me tomaron por asalto.
El asfalto brillaba bajo un cielo cenizo, surcado por el rugido de los aviones y el griterío de los operarios.
A lo lejos, un hangar con el emblema de Mexicana de Aviación reflejaba los rayos de un sol apagado.
Más cerca, una hilera irregular de autobuses esperaba a los recién llegados.
Un joven policía federal, fusil al hombro, vigilaba la pista con expresión ausente.
Respiré hondo. El aire no era hostil, pero parecía llegar tarde a los pulmones. Al bajar por la escalerilla, saqué el inhalador y me lo llevé a la boca.
—Es la altura. Estamos a más de dos mil doscientos metros —apuntó Marifuente.
Allí no había coche negro ni conductor uniformado esperándonos.
Dentro de la terminal, el desconcierto era aún mayor.
Un tumulto de pasajeros se agolpaba frente a los mostradores de inmigración, donde los ventiladores giraban en vano y el bochorno nos envolvía sin piedad.
Las filas avanzaban con dificultad. Una adolescente que llevaba en brazos a un recién nacido dormido discutía con un policía sobre una carta de adopción.
Pensé que quizá aquel era el pequeño que había llorado durante el aterrizaje y me avergoncé de haberme irritado tanto por su llanto.
Un joven de cabello largo, embutido en un traje claro y con un maletín de cuero del que extraía documentos con torpeza, se afanaba en explicar la razón de su viaje.
La frente se le empapaba de sudor ante el funcionario impasible .
Cuando llegó nuestro turno, el agente de Migración tomó los pasaportes y los hojeó con calma, página por página, quizá en busca de una historia secreta.
—¿Motivo de su visita? —preguntó, mientras miraba los documentos.
—Trabajo pastoral —respondió Marifuente, sereno.
El hombre alzó una ceja y examinó nuestra vestimenta.
—¿Van a quedarse en casa particular o en institución religiosa?
—En casa de la comunidad —dije.
Estampó el sello con desgana y nos devolvió los papeles.
—Bienvenidos a México. Sigan por la línea roja.
En aduanas, los inspectores, uniformados y sudorosos, revisaban equipajes al azar. Un perro pastor alemán olfateaba bultos y paquetes. Una mujer mayor protestaba porque le habían abierto una caja de polvorones de La Estepeña que pensaba entregar a sus nietos y faltaba más de la mitad.
El aduanero nos recorrió con la vista y nos hizo poner el equipaje sobre una mesa de aluminio ennegrecido.
—¿Traen jamón, chorizo? ¿Vino? ¿Queso?
—Yo solo llevo un misal —replicó Marifuente y abrió la maleta.
El hombre sonrió y mostró un diente de oro.
—Aváncenle. ¡Siguiente!
Cruzamos por fin una puerta de cristal y un soplo de fritanga, atravesado por un suave perfume de hierbas, nos recibió, entre una ráfaga de voces y anuncios por altavoz.
Una multitud se apretaba frente a la salida internacional.
En primera fila, varios chóferes y empleados aguardaban de pie, cada uno con un cartel en alto con el nombre de algún viajero.
Tenían el cansancio pegado a la cara. Entre ellos, distinguí a un hombre robusto, de bigote ancho y entradas marcadas, que sostenía una carpeta color crema con una mancha circular de color café.
Sobre ella habían escrito, con letra infantil y mayúsculas mezcladas a capricho con minúsculas: «PAdRe AnbRocio».
—¡Aquí! ¡Padres! —nos saludó con entusiasmo.
Se guardó la carpeta bajo el sobaco y se acercó a nosotros.
—Soy Armando Molina, su transporte asignado. A sus órdenes para llevarles sanos y salvos a su destino. ¡Pásenle, síganme, por favor! —dijo, mientras cogía nuestro equipaje sin perder una sonrisa que descubría unos dientes blanquísimos.
—Gracias —contestó Marifuente.
Nos indicó el camino con la cabeza y nos condujo por el aparcamiento hasta un Dodge Dart K verde, cubierto por dos dedos de polvo.
El interior estaba embriagado de una esencia de vainilla acaramelada y persistente.
Los asientos estaban descosidos. Del retrovisor colgaba un ambientador de cartón con la caricatura de un dandi sonriente, de pie junto a un coche rojo antiguo y flanqueado por dos columnas con el lema: «El Vainillino Cotorro».
Armando vestía una camisa de poliéster con motivos florales y cuello de la década anterior, ajustada sobre unos pantalones vaqueros Cimarrón arrugados.
—¿Primera vez en la capirucha? —se interesó, mientras ajustaba el espejo y arrancaba sin más.
—No. Yo estuve hace muchos años aquí, en la capital —contestó Marifuente, cortés.
—Para mí sí es la primera vez en México —confirmé.
—¡Ah, pos le va a encantar, mi padre! El DF: la región más transparente, la ciudad de los palacios… —dijo y soltó una risilla mientras viraba hacia el Circuito Interior y se enfilaba hacia el Viaducto Río de la Piedad.
Durante el trayecto, observaba el ir y venir del paisaje urbano a través del cristal.
Los alrededores del aeropuerto se sucedían en una serie de construcciones de una sola planta: fachadas de bloques de color gris crudo, sin pintura.
Aquellas casas me recordaron a las afueras de San Salvador.
Pero las calles estaban vivas. No había soldados.
Ni hedor a pólvora. La gente entraba y salía de comercios y viviendas sin tregua.
Llevaban ropa de colores llamativos, dispares.
La circulación obedecía a una coreografía sin centro, propia de Merce Cunningham.
Los vehículos se deslizaban entre líneas invisibles, sin señales ni jerarquías.
Evitaban las colisiones de manera inexplicable.
De vez en cuando, irrumpían perros sin dueño que eludían los coches con una habilidad prodigiosa.
En ocasiones, cuando el coche bajaba la marcha, se nos acercaban niños «chicleros».
Ofrecían chicles Canel en pequeñas cajas verdes, vigilados a lo lejos —supe después— por sus propios padres.
A veces aparecía un tragafuegos; otras, alguien que intentaba limpiar el parabrisas ante la negativa seca de nuestro conductor.
—¡Sáquese! Nel —les decía, con el índice en alto.
Me recordaron a los adictos que vendían pañuelos desechables en los cruces de Pamplona.
A medida que nos acercábamos a alguna intersección, el aroma de los puestos de comida callejera se colaba por la ventanilla entreabierta.
El olor de la grasa, el maíz, las hierbas, las especias y la carne asada hacía difícil no imaginar el sabor.
Se alineaban aquí y allá tenderetes de metal blanco donde se despachaban platos que Armando nos describía, ufano, como tacos, gorditas, tortas y garnachas.
Los había en muchas esquinas, debajo de los puentes de los viaductos y otros, improvisados, junto a los semáforos.
—Hasta se le hace a uno agua la boca, ¿verdad?
A poco no se les antoja. Es que aquí en México, el que no come es porque no quiere.
Con nomás diez pesitos, uno ya se echa un buen taco de buche o de suadero —explicaba con orgullo mientras se relamía los labios y dos mujeres indígenas de edad avanzada pedían limosna entre los coches.
El tráfico se volvió más lento en una intersección y otros automóviles se alinearon junto a nosotros.
Nos adelantaron dos, tres, cuatro escarabajos Volkswagen, amarillos, con el techo pintado de blanco, pequeños y ruidosos.
Se sumaron otros y, en algunos, el sol se reflejaba en los interiores forrados de plástico e incluso de peluche.
Pegatinas de santos, vírgenes de Guadalupe, las iniciales MMH en verde, blanco y rojo, mujeres semidesnudas y logotipos de emisoras de radio convivían sin vergüenza en los parabrisas.
—Esos son canarios —aclaró—. Son vochitos.
—¿Vochitos? —pregunté.
—Sí. Así les decimos a los Volkswagen aquí, padre. Vochos. Vochitos. Les quitan el asiento del copiloto para hacerlos taxi. Ah, y no tienen radiador. Se enfrían con aire. Toda una joya mecánica.
Nos señaló un par de autobuses: uno azul y blanco y otro que se acercaba por detrás a gran velocidad, blanco con franjas rojas y naranjas.
—Y miren, allá va una Ballena y ese que viene acá es un Delfín. Nomás que ya los están cambiando por los nuevos camiones de la Ruta 100. ¿Ven? Esos de allá, amarillos con café.
Tomamos dos vías rápidas y volvimos a las arterias principales.
Al doblar por la avenida Ejército Nacional, nos detuvimos en un semáforo.
Era una esquina poco iluminada por luces ambarinas donde unas mujeres, maquilladas en exceso, esperaban apoyadas contra la pared.
Unas cruzadas de brazos, otras con las manos en la minifalda.
Una de ellas me sostuvo la mirada con un gesto lascivo que me hizo bajar los ojos.
Armando, al verlas, soltó una risita maliciosa y se volvió hacia nosotros.
—Uy, vean nomás… Híjole, perdón. Se me olvidó que son us tedes padrecitos, que si no, nos bajábamos un ratito a platicar con las chamaconas. Pero no se crean que todas son señoritas: alguna hasta puede resultar cachirul, ya saben. Como la monjita: Sor Prise . Hay que tener cuidado.
Lo miré de reojo. Su sonrisa se ensanchaba en el retrovisor.
El cielo parecía estar más bajo que en Pamplona, y en cuanto nos acercamos a la colonia Polanco, los edificios y las calles empezaron a cambiar.
Las zonas más deshilachadas y desgastadas quedaron a nuestras espaldas y dieron paso a avenidas bordeadas de árboles, grandes casas y bloques de oficinas.
El tráfico era más ordenado, aunque seguía regido por reglas que no alcanzaba a entender.
Las fachadas estaban recién pintadas y no había ropa tendida en los balcones ni las azoteas.
Por las aceras paseaban hombres y mujeres bien vestidos.
Algunos ocupaban las terrazas de las cafeterías; otros se detenían ante escaparates iluminados mientras un portero de uniforme abría y cerraba la puerta de algún establecimiento.
Después de la barahúnda que habíamos dejado atrás, hasta los coches parecían circular en silencio.
Armando no dejaba de hablar. Describía los lugares por los que pasábamos con el mismo entusiasmo que un guía turístico.
—Nomás chequen esos edificiototes —dijo e indicó con la cabeza una de las torres de cristal, coronada por un letrero luminoso con un águila estilizada y las palabras «Banca Serfín».
Después, el vehículo torció por la calle Arquímedes y se detuvo ante una gran tapia que rodeaba una manzana completa. Tras ella se alzaba una mansión con la fachada de piedra clara y jardineras recortadas hasta la perfección obsesiva, bañadas por una luz indirecta.
Un par de enormes columnas flanqueaban la entrada principal.