Nadie entierra los nombres Capítulo 11
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Capítulo 11

N os recibió un hombre mayor, una especie de sacristán reciclado en mayordomo. Vestía un traje oscuro, sin una sola arruga. Nos guio al interior sin una sonrisa.

Las paredes estaban cubiertas de óleos enmarcados en pan de oro, con vírgenes de rasgos germánicos, mártires de ojos desorbitados y una Última cena reinterpretada con exceso de materia y colores modernos.

Entre ellos creí ver un Rouault y un Zurbarán auténticos.

Las alfombras gruesas —encarnadas, de lana persa con ribetes dorados— amortiguaban cada paso con un mullido que ahogaba el sonido.

Las arañas de cristal tallado colgaban como custodias invertidas y vertían una luz fría de museo sobre nosotros.

Un par de sirvientes de librea se acercaron para recoger nuestras maletas. Se inclinaron en un alarde de cortesía mecánica.

—Sus recámaras están listas, padres —anunció uno de ellos, en un tono neutro que no invitaba a preguntas.

Nos condujeron por un pasillo sin cuadros ni espejos hasta las habitaciones.

La mía tenía una cama que entonces me pareció tan ancha como mis dudas. Madera pulida, colchas pesadas, lámparas con pantallas de alabastro. En el baño brillaban azulejos nuevos, colgaban toallas bordadas con hilos dorados y monogramas intrincados, y los grifos imitaban el bronce antiguo.

Descorrí las cortinas y me asomé por la ventana.

El jardín, iluminado desde el suelo, guardaba un orden minucioso. Los arbustos, recortados a la perfección, se alineaban entre caminos de piedra blanca y un par de fuentes.

Bello. Sin alma.

Cerré la cortina.

A pesar de la diferencia horaria, logré dormir. Creo recordar que soñé con calles interminables, edificios de barro y una ciudad enorme que se hundía en su propia podredumbre.

Desperté confundido sin saber dónde estaba. Y tardé en recordar el viaje y en reconocer la habitación extraña en la que me encontraba. Me acicalé y bajé al comedor junto a Marifuente.

Bajamos por una escalera doble de mármol para encontrarnos con techos altos, molduras barrocas, columnas de Carrara, tapices con escenas sagradas y profanas bordados con hebras de oro.

En el centro, nos esperaba una mesa interminable, adornada con candelabros de plata bruñida y una vajilla francesa que devolvía destellos a la luz filtrada por los vitrales.

Habían preparado un desayuno que podría haber alimentado a varias familias.

Frutas tropicales dispuestas con esmero escultórico —papaya, mangos de Manila, pitahaya, piñas, higos frescos—, bandejas de embutidos importados, quesos de todo tipo, huevos al gusto servidos en planchas de pizarra caliente, zumos exóticos recién exprimidos y una variedad de panes que incluía desde cruasanes hasta las mexicanas conchas y palmeras hojaldradas.

El comedor estaba cargado del aroma de la miel y del café colado en greca de cobre.

Tres jóvenes, ataviados con guayaberas blancas almidonadas y mocasines relucientes, iban y venían discretos, atentos a cada detalle.

Los periódicos del día estaban apilados sin cuidado sobre una mesita. Uno de ellos, manoseado de tanto hojearlo, estaba abierto por una nota relegada a mero relleno: «El milagro queretano».

Nos sentamos frente a dos curas milicianos que vestían trajes hechos a medida de corte milanés, camisas de algodón egipcio, planchadas con rigor y rematadas con sendas corbatas Charvet de seda.

El que estaba más próximo a mí llevaba un reloj Cartier visible bajo la manga ajustada, y el otro lucía un anillo episcopal que no le correspondía por rango.

—¿Verdad que impone? —dijo, orgulloso, uno de ellos, con un pañuelo Hermès que le asomaba impecable del bolsillo de la chaqueta, mientras se alisaba el cabello rubio, peinado con tanta gomina que aparentaba estar siempre mojado—.

La construyeron en los años cuarenta, cuando esta zona empezaba apenas a desarrollarse.

Era de una viuda que, antes de morir, tuvo el gesto generoso de donarla al servicio de la congregación.

Aquí recibimos a los benefactores que vienen a ver los frutos de su inversión espiritual.

Su voz arrastraba una cadencia melosa y muy afectada.

—Los altos prelados vienen cuando necesitan descansar —declaró el otro, reverente—. O cuando recibimos a políticos. Ejecutivos. Gente importante. VIP. Hasta el mismo padre Mateo Borrajas se queda a dormir a veces. Ustedes comprenden…

—Sí, sabemos que su misión exige muchos frentes. Es evidente que cuidan cada detalle con esmero —dijo Marifuente.

—Así es. Los detalles son muy importantes para nosotros —remató el de la gomina .

Sin apartar la vista de ellos, cogí un trozo de pan esponjoso y caliente. Un pan al que llaman bolillo. Y rompí la yema del huevo con él.

—Perdone, padre, pero… —interrumpió el más joven de los milicianos, atento a mi mano—. Puede que no lo sepan y no les culpo, pero en la regla de la Milicia tenemos ciertas normas de conducta en la mesa que deben cumplirse en todo momento.

—¿Perdón? —pregunté—. Creo que me he perdido algo.

—El huevo. Romper el huevo con el pan no es adecuado.

Me quedé inmóvil, con el pan en el aire y la yema aún tibia sobre el plato.

—No, no sabía —me disculpé—. Intentaré no ofenderles. En mi orden somos menos estrictos en estos asuntos.

—Lo entiendo, pero eso no lo exime. Por respeto a la hospitalidad de esta casa y a nuestra congregación, le pediría que lo evite en nuestra presencia.

—Lo siento, de verdad —insistí.

Él inclinó la cabeza y sonrió. Una joven se acercó a recoger la vajilla. Una de las tazas se le resbaló y derramó café muy cerca del miliciano.

—¡Fíjate! —exclamó.

—Disculpe, padre. Sara es nueva en el servicio. Es culpa mía por no haberla educado correctamente todavía —se disculpó otro de los sirvientes.

—No se preocupe. Entiendo.

En cuanto el sirviente se alejó, el miliciano le dijo al otro por lo bajo:

—Vieja babosa…

Aparté la comida.

Recordé ahí mismo a Jon Sobrino, a Gustavo Gutiérrez. A los compañeros de San Damián: hombres que, con los pies en la tierra y la sotana manchada de lodo y sangre, le daban sentido al Evangelio. Ya no dije nada durante todo el desayuno.

Abandonamos el comedor y atravesamos el pasillo principal. Salimos al patio central que recordaba la planta severa de un claustro. El exceso y el barroquismo del interior también imperaban en el exterior. Dos fuentes alternaban el chorro de sus surtidores a un ritmo asimétrico.

Tres pavorreales pasaron con lentitud frente a nosotros, como heraldos de la misma Hibris. En las cornisas, querubines de mármol sostenían jarrones barrocos rebosantes de buganvillas. El lugar estaba saturado de maderas finas, basalto, hiedra y desmesura.

Marifuente se detuvo bajo una pérgola cubierta de enredaderas.

—Es la primera vez que tratas con milicianos, ¿verdad? —comentó, sin rastro de ironía.

—Sí. Digamos que son el reverso absoluto de lo que viví en Centroamérica.

—Pues hay algo más que debes saber. Hay otro motivo por el que estoy aquí. Me han pedido que averigüe otro asunto.

Ladeó la cabeza y bajó los párpados. Se acercó un poco más.

—Verás —siguió—, el Vaticano ha iniciado una indagación preliminar discreta. No oficial.

—¿También secreta?

—Casi. Aunque quizá sea más delicada.

—¿Y eso es algo que sí puede compartir?

—Sí. Se trata de ciertas conductas en las que están implicados miembros influyentes del movimiento y de la cúpula de la Milicia. Necesito que estés atento. A lo que veas. A lo que se dice y, lo más importante, a lo que no se dice. Cuatro ojos ven mejor que dos.

—Conductas, dice.

—Faltas… graves .

—Ya. ¿De qué clase?

—Actos inmorales. Corrupción de menores. Testimonios fragmentarios. Silencios elocuentes. Nada probado. Pero todas las alarmas están encendidas.

Sentí la acidez escalar desde el estómago hasta la boca.

—¿Y con todo eso espera que mi fe renazca, padre? ¿Que vuelva a creer?

Marifuente bajó la vista.

—No lo sé —dijo al fin, entrecortado—. Pero es importante. Y si hay algo oscuro, tú debes verlo. Y nombrarlo. ¿Está claro?

Aunque había tomado el Manex, saqué el Ventolin de la chaqueta y me lo llevé a la boca.

Una hoja húmeda cayó sobre la piedra y dejó una mancha rojiza.

Uno de los pavorreales chilló, un reclamo demasiado áspero para aquel plumaje.

Marifuente giró y caminó hacia el fondo del jardín.

Yo esperé unos segundos junto a una de las fuentes.

El agua seguía brotando, indiferente.

Salimos. En la calzada aguardaba Armando —el chófer del día anterior—, esta vez impecable y uniformado, al lado de un Grand Marquis azul marino que relucía como si recién hubiera salido del concesionario.

—¡Ah, mis padres! —exclamó—. ¿Cómo les quedó el ojo?

De primera, ¿eh? Perdón por lo de ayer; como era domingo y ya era tarde, el garage de los milicianos estaba cerrado.

Tons tuve que usar el carro de mi primo.

Ustedes dispensen. Pero ora sí, con este cambio ya quedamos a la altura: de pipa y guante. ¡Vénganse, por favor!

Subimos al coche, que olía a nuevo y no a vainilla.

Arrancamos por una avenida ancha, llena de vehículos que circulaban a velocidades dispares, cada conductor aún fiel a su propio reglamento.

Armando no perdía ocasión y fue reseñando cuanto encontrábamos a lo largo del trayecto, incluida una iglesia dedicada a Nuestra Señora de Covadonga.

—Esa de ahí merengues, mis padres —dijo, señalándola con una mano mientras con la otra mantenía firme el volante—, es de los agustinos.

Ellos están en Polanco y ya tienen dos allá: la del Buen Consejo, o sea, la del Tetra Pak, en Newton.

Y la mera mera chipocluda, San Agustín, en Horacio.

Pero esta, pos la hicieron aquí. Sepa la bola por qué.

Hicimos un cambio de sentido frente a la Fuente de Petróleos.

Un elegante monumento a la expropiación petrolera decretada por el general Lázaro Cárdenas en 1938.

Poco después pasamos frente a nuestro destino.

El edificio de Paseo de las Palmas relumbraba como una placa al sol.

En sus cristales, el templo de Covadonga se reflejaba torcido, descompuesto en fragmentos: un auténtico mausoleo de la modernidad.

Bajamos del automóvil y Armando nos condujo hasta la entrada, tan cortés como siempre.