Alguien le está mandando a su mesa muestras de aceite con defectos que no existen. Y en toda la provincia solo hay una persona capaz de leerlas.
Nieves Sabariego lleva veinte años catando aceite.
Dirige un panel de ocho personas en un laboratorio de Jaén: ocho cabinas, ocho copas azules para que nadie pueda juzgar por el color, y la obligación de no hablar hasta que cada uno haya escrito lo suyo.
No usa perfume desde 2005. No fuma, no tiene animales, duerme con la ventana abierta en enero. Su nariz le ha comido la vida.
Una mañana de diciembre, en plena campaña de la aceituna, le llega a la mesa una muestra de la cooperativa de su pueblo con un defecto que no debería existir.
Y no es un defecto cualquiera: es exactamente el mismo que ella catalogó hace catorce años, en el aceite de la noche de la helada, en la muestra que le mandaron repetir y que acabó firmando limpia.
Aquella muestra la tomó una chica de veintiséis años llamada Trini Extremera, la del laboratorio de la almazara.
Nueve días después de que Nieves firmara el acta, Trini desapareció.
Encontraron su coche en Jaén, junto a la estación de autobuses.
Todo el mundo dijo que se había ido. Su madre dijo que su hija no se iba sin el abrigo, y nadie la escuchó.
Ahora las muestras raras siguen llegando. Una cada semana. Cada una con un defecto distinto y todas con la misma mediana imposible. Nadie las hace por error. Alguien las está fabricando y las está mandando a su mesa, a su panel, a su nariz.
Alguien le está escribiendo una carta en el único idioma que ella sabe leer. Y solo puede escribirla mientras la almazara muela: cuando se acabe la campaña, el veintiocho de febrero, echan hormigón sobre la balsa vieja y ya no habrá nada que leer nunca más.
Nieves tiene la certeza absoluta y ni una sola prueba. Lo único que puede enseñar de aquella noche es un papel firmado por ella misma que dice que el aceite estaba perfecto.






