Coartada
Nieves llegó a las once y pidió un café solo y no se lo bebió.
Nunca se lo bebía. Lo pedía por tener algo delante mientras trabajaba, y lo dejaba enfriarse hasta que se le quedaba encima esa película que hace el café frío, y la del bar ya no le decía nada porque llevaba tres meses viéndola hacer lo mismo.
Puso el brasero al uno, corrió la mesa hacia la ventana para tener luz de la calle y sacó la carpeta.
Nieves puso el dedo encima de aquella línea y lo dejó allí un rato, y mientras lo tenía allí se fue diciendo por dentro, en el orden en que se lo habían enseñado, lo que sabía cualquiera que hubiese pisado una almazara en su vida.
Al día siguiente, ese aceite se fue por el desagüe.
Nieves lo escribió todo a mano, en cinco folios, en letra de acta, con las fechas a la izquierda y los kilos a la derecha, y cuando terminó eran las doce y veinte y tenía la mano fría y el lunes por la mañana en Huelma.
Feliciano Valenzuela había comprado cuarenta y un mil kilos de un aceite que no valía nada, había necesitado una noche en blanco para justificarlos, había ordenado un parte falso, había borrado tres horas de aquella noche y al día siguiente había mandado tirar la única prueba que lo contradecía.
Y Trini Extremera había metido la nariz justo ahí, y once días después Trini Extremera había desaparecido, y el pueblo había dicho que se fue a Granada.
Fue él. Lo había sabido desde el 23 de diciembre, desde la primera palmada y la primera colonia, y lo había sabido con la parte de ella que no se equivocaba nunca.
———
La del bar vino a las doce y media a llevarse el café frío y a poner otro que tampoco se iba a beber, y de camino a la barra dijo, por decir algo:
— ¿Y esos papelones?
— Cosas del laboratorio.
— Uy, papeles. — La del bar se rio—. Aquí donde me ves yo tengo papeles de mi suegro de cuando el pantano.
Nieves se levantó a estirar la espalda y se acercó al tablón, y se acercó por la única razón por la que una se acerca a un tablón, que es que llevaba hora y media mirando una mesa.
Veinte años clavados con chinchetas. La lista de la matanza de 2009.
Una foto de un equipo de fútbol sala. Un recorte del cierre de la carretera por la nieve.
La esquela de un hombre. Una hoja arrancada de una revista de maquinaria.
Un boleto de lotería fotocopiado con un círculo rojo y un signo de exclamación a bolígrafo.
La primera comunión de alguien. Una foto de la cabalgata con un camello alquilado.
Y a la altura de los ojos, un poco a la izquierda del centro, un recorte de periódico amarillo, con el papel ya quebradizo, sujeto por las dos esquinas de arriba con chinchetas verdes, y sin una sola arruga, porque llevaba catorce años sin que nadie lo tocara.
Nieves lo había mirado el 23 de diciembre. Lo había mirado tres segundos, por encima, mientras Chano le ponía la mano en el hombro y le decía hija.
Ahora lo miró bien.
EL ECO DE MÁGINA. Semanario comarcal. Viernes, 16 de diciembre de 2011.
La foto ocupaba media página. Un salón de hotel con lámparas de araña, cincuenta y pico personas en cuatro mesas largas, todos de traje, todos con la copa levantada hacia el fotógrafo, y en primer plano, en el centro, de pie, con la chaqueta desabrochada y una placa de metacrilato en las manos y la boca abierta de risa, un Chano de cuarenta y cuatro años con veinte kilos menos y todo el pelo.
Y debajo, en cursiva pequeña, ocupando dos líneas y media de columna, el pie.
Nieves lo leyó tres veces.
La Asociación Provincial de Almazaras celebró su cena anual el pasado miércoles día 14 en los salones del hotel Alcuza de la capital, con asistencia de medio centenar de comensales.
En la imagen, D. Feliciano Valenzuela Cózar, presidente de la Cooperativa Olivarera de Valdehelada, recibe la placa conmemorativa de manos del anfitrión.
La velada, que comenzó a las nueve de la noche, se prolongó hasta pasada la una y media de la madrugada.
Nieves se quedó de pie delante del corcho con las manos en los bolsillos del abrigo. Detrás, la del bar fregaba vasos y el televisor sin volumen daba un partido de balonmano.
Miércoles día 14. A las nueve de la noche. Hasta pasada la una y media.
Trini Extremera aparcó su coche fuera de la cooperativa a las nueve menos veinte de la noche del miércoles 14 de diciembre de 2011.
A esa hora, a treinta kilómetros y medio de allí, en un salón con lámparas de araña, Feliciano Valenzuela llevaba veinte minutos dando la mano en la puerta a cincuenta personas que iban entrando a cenar, y a las nueve y media le dieron una placa, y a la una y media todavía estaba allí.
— Perdona — dijo Nieves, sin darse la vuelta—. Esta foto.
La del bar se acercó secándose las manos en el trapo y la miró desde detrás del hombro de Nieves, con la naturalidad de quien lleva catorce años pasando el plumero por delante de ella.
— Esa es del año de la helada. La cena de las almazaras.
— ¿Y esto quién lo puso ahí?
— Anda, pues Chano. — Se rio—. ¿Quién iba a ser? Vino al día siguiente con el periódico y la placa y me dijo, ponme esto ahí, que se vea. Y ahí lleva. — Le dio un toque con el nudillo al corcho, al lado de la chincheta—. Si lo despego se rompe.
— ¿Y tú te acuerdas de aquella noche?
— ¿Yo? — La del bar dobló el trapo—. Yo me acuerdo de que aquí no vino nadie, porque estaban todos moliendo, y de que él se puso una corbata que parecía un torero. — Se lo pensó dos segundos—. Y de que al otro día no abrió la boca en toda la mañana, del dolor de cabeza.
———
Nieves volvió a la mesa, se sentó, no tocó los cinco folios y se quedó mirándolos con las manos en el regazo mientras el brasero le calentaba las rodillas y el balonmano sin volumen seguía dando vueltas encima de la barra.
Cincuenta comensales. Un fotógrafo. Un pie de foto impreso el 16 de diciembre de 2011 y clavado en un corcho desde entonces, delante de todo el pueblo, a la altura de los ojos, catorce años, a doce metros de la báscula, a cincuenta de la tolva 2.
Feliciano Valenzuela Cózar había robado cuarenta y un mil kilos de aceite.
Había falsificado un parte. Había borrado tres horas de una noche y las estaba volviendo a borrar ahora mismo, en 2025, con la fusión encima, porque los hombres como él no aprenden.
Todo eso era verdad y ella lo tenía en la carpeta, escrito con su letra, con las fechas a la izquierda y los kilos a la derecha.
Y no estuvo allí.
Ordenó que se borraran tres horas y se fue a Jaén a que le dieran una placa, y no preguntó nunca qué pasó dentro de las tres horas que había mandado borrar, porque los hombres como él no preguntan: mandan y se van a cenar.
Nieves puso las palmas encima del mármol. Ocho grados en la calle, dieciocho en el bar, y el brasero al uno debajo de la mesa. Se tomó el pulso en el cuello con dos dedos, quince segundos por cuatro.
Ciento cuatro.
Era el número más alto que Nieves Sabariego se había medido en toda su vida, más alto que el del día que enterró a su padre en 2018 y más alto que el del 12 de diciembre de 2011, y no le sirvió absolutamente de nada, porque un pulso no es un dato: es un ruido.
———
Entonces empezó a pensar de verdad, que es una cosa que se hace despacio, hacia atrás y sin que le guste a nadie: ocho frascos, seis hasta ahora, y en cada uno una palabra. Acuérdate de la 41. La noche de la helada. La máquina. Los capachos. Está en la tierra. Hace catorce años. La balsa.
La máquina.
Metálico, tres y medio, 22 de diciembre.
Lo había apuntado hacía cincuenta y cuatro días y lo había dejado ahí, colgando, sin sitio, porque no encajaba: un metálico es un aceite que ha estado en contacto prolongado con metal, y en un fraude de papel no hay metal.
Un fraude de papel es un bolígrafo. Un fraude de papel lo comete un hombre con las manos blandas que no ha tocado una llave inglesa en su vida y que no sabría ni por dónde se abre una tolva.
Feliciano Valenzuela era una placa de metacrilato, una palmada en la espalda y una firma al pie de un albarán, y en cincuenta y ocho años de vida no había tocado un sinfín, ni una cinta, ni un molino de martillos, ni una llave de tubo.
Alguien le había mandado, la tercera semana de diciembre, un frasco que decía la máquina.
Y ella lo había leído como si el idioma fuera suyo, y no era suyo: era de un hombre de setenta y un años que había pasado treinta y cinco años dentro de una nave y que, cuando quería decir dónde había pasado una cosa, no decía el despacho. Decía la máquina.
Y luego estaba el sábado pasado.
Un hombre subido a una escalerilla, a la una y cuarto de la tarde, con una llave de tubo, atornillando una rejilla de seguridad que llevaba dos meses tirada en el suelo contra la pared, cuatro tornillos, uno en cada esquina, comprobando cada uno dos veces.
Y luego bajando y apartándose dos pasos y quedándose treinta segundos mirándola puesta, con la llave colgando de la mano, sin decirle nada a nadie, con la campaña acabándose y sin una sola aceituna que fuera a entrar ya por esa tolva.
En una almazara, en campaña, la rejilla de la tolva está en el suelo.
Está en el suelo en Valdehelada y en Bedmar y en Pegalajar y en Jódar y en las cuatro mil almazaras de este país, porque la aceituna helada hace bóveda, y cuando hace bóveda el sinfín se ahoga, y hay que meter la barra y picarla, y con la rejilla puesta no llegas.
Lo hace todo el mundo. No lo comenta nadie.
La quita el que manda en la tolva.
En la Cooperativa Olivarera de Valdehelada no manda en la tolva el presidente.
No manda en el troje, ni en la cinta, ni en la báscula, ni en el sinfín.
El presidente manda en las firmas. En las máquinas del patio manda una sola persona y tiene un nombre de cargo, y ese cargo, en 2011, no lo tenía el hombre de la placa.
Nieves cogió el parte de molturación del turno de noche del 14 de diciembre de 2011, que era un folio apaisado con una cuadrícula impresa y los kilos escritos a máquina, y lo puso encima de todo lo demás.
Lo tenía desde el 9 de enero. Lo había mirado, calculado, sumado y restado treinta o cuarenta veces, siempre por arriba, siempre en la cuadrícula de los kilos, siempre en aquellos noventa y seis mil que le habían hecho parar en el arcén de la carretera de Huelma.
Nunca había bajado hasta el pie de la hoja.
Abajo, en el margen inferior derecho, debajo de la línea de totales, había tres casillas pequeñas con tres rótulos impresos en letra de imprenta de máquina de escribir.
Visto bueno. El maestro de almazara. El jefe de patio.
Las dos primeras estaban rellenadas con un garabato de los que se hacen sin mirar, y la tercera tenía dos palabras escritas a mano, en mayúsculas cuadradas y apretadas, con la letra de un hombre que escribe poco y aprieta mucho.
A. Zafra.