Torredonjimeno
La niebla se acabó en el kilómetro doce.
Fue de golpe, en el cambio de rasante de antes de Mancha Real, donde la sierra suelta el valle y empieza la campiña: doscientos metros de algodón sucio y luego, sin transición, un cielo azul de once de la mañana y un mar de olivos hasta el borde del mundo, ordenados, iguales, plantados a doce por doce, con la tierra roja recién pasada de arado y las sombras cortas.
Nieves subió la ventanilla y bajó la calefacción.
Once grados en el salpicadero. En Valdehelada, a veinticinco kilómetros de allí, eran cuatro y no se veía la báscula desde el porche.
Fali le había dado un nombre de finca y un número de teléfono el lunes, después de dos llamadas y de un silencio largo, y no le había preguntado para qué.
La cuadrilla estaba en el llano, junto a un camino de tierra, y eran once personas trabajando en las últimas dos calles de una plantación de sesenta hectáreas.
Había un remolque, una vibradora enganchada a un tractor y un montón de mallas dobladas.
Fin de campaña también allí, cuatro días antes que arriba, porque en la campiña se acaba primero.
Nieves aparcó en el camino de tierra, se metió por la calle de olivos pisando aceituna de suelo y anduvo hasta el hombre que llevaba la cuenta.
Brahim Oulad Sekkat tenía cuarenta y tres años, uno setenta y cinco, seco, con el pelo gris a cepillo y tres días de barba blanca, y estaba doblando mallas con otro.
Una malla de recolección son ochenta metros cuadrados de plástico rígido, y se doblan entre dos, con un ritmo, tirando y andando, y él llevaba la punta buena, la de los dobleces, que es la que lleva el que sabe.
— Buenos días — dijo Nieves—. Busco a Brahim.
— Soy yo.
Hablaba el castellano que se aprende en catorce campañas oyendo a los de la gorra en las cunetas, con toda la sintaxis de la comarca metida dentro: decía la calle por la fila de olivos, decía el tajo, decía a ver si llueve por si llueve, y le ponía el pues al final de la frase igual que se lo ponía el socio del porche de la cooperativa.
— Me llamo Nieves Sabariego. Soy catadora. Trabajo en un laboratorio de Jaén.
— Ajá.
— Vengo de Valdehelada.
Brahim tenía la malla a media doblez, con los brazos abiertos y las manos en las dos esquinas. Se quedó así. El otro hombre tiró de su lado, la malla se tensó y no se movió, y el otro hombre lo miró y dijo algo y Brahim no contestó.
Luego bajó los brazos, dejó la malla en el suelo y le dijo dos palabras al otro, en árabe, y el otro cogió la punta y se fue con ella al remolque.
— ¿Por la niña? — dijo Brahim.
Y a Nieves, que llevaba once semanas midiéndolo todo, se le fue el número.
———
Fueron andando por la calle de olivos hasta el remolque, cincuenta o sesenta metros, y él cogió otra malla y empezó a doblarla solo, que es peor y más lento, y siguió doblando mallas todo el tiempo que estuvo hablando y no paró ni una vez, y a Nieves le costó veinte minutos entender que doblar mallas era la única manera que tenía aquel hombre de contar lo que le estaba contando.
— ¿Usted es la del aceite? — dijo—. ¿La del laboratorio de la carretera?
— Sí.
— Usted firmó.
— Sí.
— Yo sabía que iba a venir alguien — dijo Brahim, y dobló la malla por la mitad, la puso en el montón y cogió otra—.
Los primeros años lo pensaba todos los días.
Que iba a llegar un coche a la casa y me iban a preguntar.
Y no vino nadie. — Estiró el plástico—. Ni el segundo, ni el quinto.
Yo he estado aquí siempre. Veinticinco kilómetros.
Yo he ido a Valdehelada a comprar. He pasado por delante de la puerta con el coche cien veces. Y nadie me ha preguntado nunca nada.
— Se lo estoy preguntando yo.
— Ya. — Dobló—. Catorce años y dos meses.
Nieves hizo la cuenta sin querer, porque la cabeza se le iba sola y llevaba tres meses yéndosele: catorce años y dos meses son cinco mil ciento cincuenta y cuatro días, y en cinco mil ciento cincuenta y cuatro días no había subido por aquel camino ni un coche a hacerle una pregunta.
— Cuénteme el 14 de diciembre de 2011.
Brahim empezó por el principio y no se saltó nada, y lo dijo todo con la misma voz con la que se dice cuántos kilos ha dado una calle.
— Estábamos moliendo del troje 3 — dijo—.
Serían las ocho y cuarto. Éramos tres: el maestro, que era don Bartolomé, Tolo, y el jefe de patio, Yeyo, y yo.
Nadie más. Aquello estaba vacío, la cola no había, la báscula cerrada.
Y el fruto era malo. Era del troje 3, que llevaba once días allí y estaba caliente por dentro.
Yo metí la mano y quemaba. Olía a vinagre.
Yo no sé de aceite, pero eso lo huele un burro.
— ¿Por qué molían eso?
— No sé. — Puso la malla en el montón—. A mí me dijeron ven a las ocho y vine a las ocho. Yo estaba en la cinta, quitando palos y hojas.
— Siga.
— Llegó la niña. — Cogió otra—. Serían menos veinte de las nueve.
Aparcó fuera, en la cuneta, el coche blanco chico que tenía, el de su padre.
Y entró con la bata y con un frasco. Iba al depósito 7, a coger muestra.
Le dijo a Yeyo que venía a coger otra muestra y Yeyo le dijo que sí, que cogiera. Nada más. No hubo nada.
— ¿Discutieron?
— No. — Y lo repitió, porque le pareció importante—. No, señora. Nadie discutió con nadie. Nadie le levantó la voz. Nadie le puso una mano encima a esa niña. En toda la noche. Eso se lo digo yo.
Un tractor pasó por el camino y los dos esperaron a que pasara.
— A las nueve y pico se atascó — dijo Brahim—. El sinfín de la tolva 2. La aceituna helada se agarra y hace bóveda, se queda arriba como un techo y por abajo sale aire. El sinfín se ahoga. Yeyo se subió con la barra a picarlo.
— ¿Y la rejilla?
— La rejilla estaba en el suelo — dijo Brahim, y la miró por primera vez desde que habían echado a andar—. Como en todas partes. Como en esta finca. Como en la de al lado. — Volvió a la malla—. Eso lo hace todo el mundo. Con la rejilla puesta no llegas con la barra.
— Siga.
— La niña estaba abajo con el frasco en la mano y quiso ver por qué salía así.
Y se subió al borde. — Estiró el plástico y lo estiró demasiado—.
El borde de la tolva es un labio de chapa, ancho, se puede uno subir, se sube la gente.
Estaba mojado. Escarcha y aceituna, eso es jabón. — Dobló—. Y se resbaló.
Nieves no dijo nada.
— Le cogió la pierna derecha — dijo Brahim—.
Por debajo de la rodilla. Yo estaba en la cinta, a diez metros.
Yo lo oí antes de verlo. — Puso la malla en el montón, muy despacio—.
Yeyo le dio al paro. El paro está en la columna, en el rojo.
Y Tolo se metió debajo y le dio a la manivela al revés, a mano, para sacarla.
El maestro tenía cincuenta y siete años. Y le dio a la manivela él solo.
— ¿Cuánto tardaron?
— Tres minutos. Cuatro. — Se pasó el dorso de la mano por la boca—. Y la sacamos.
———
Se quedó de pie con una malla sin abrir en las manos, mirando la calle de olivos, con los brazos colgando y una punta del plástico rozando el suelo, y estuvo así ocho o diez segundos, que en un hombre que llevaba veinte minutos sin dejar quietas las manos ni un instante eran muchos.
— La sacamos viva — dijo Brahim Oulad Sekkat.
Nieves esperó.
— Estaba en el suelo del patio, en el hormigón.
Viva. Con los ojos abiertos. Hablando. Se le habían roto las gafas.
— Empezó a abrir la malla y no la abrió—.
Estaba blanca y hablaba muy deprisa. Y salía sangre.
Mucha. A golpes, con el corazón, tac, tac.
Yo eso lo había visto en un cordero, con perdón, no lo había visto nunca en una persona.
Once grados. Sol. Un mar de olivos hasta el borde del mundo, y once personas trabajando cuatro calles más allá, y una vibradora sonando lejos.
— Y Tolo dijo: el 112 — dijo Brahim—. Así, sin más. El 112. Y yo eché a andar para la oficina, que el teléfono estaba allí, en la mesa. Y Yeyo dijo no.
— ¿No?
— No. Solo eso. No. — Se le quedó una mano abierta en el aire y luego la bajó—. Y luego dijo: espera. Espera un momento. Déjame pensar.
Nieves se apoyó en el remolque, porque el remolque estaba allí.
— Y yo esperé — dijo Brahim.
— ¿Cuánto?
— Once minutos.
El aire de la campiña olía a tierra recién arada y a gasoil de tractor y no olía a orujo, porque en Torredonjimeno no hay orujera, y a Nieves aquello le llegó todo entero y no le sirvió de nada.
— ¿Cómo sabe que fueron once?
— Porque lo dijo él. — Brahim dejó la malla—. Cuando la niña ya no se movía, cuando ya se acabó, él miró el reloj y dijo: once minutos. En voz alta. Como el que dice una hora. — Se quedó callado—. Y no volvió a hablar en toda la noche. Ni una palabra hasta la mañana.
— ¿Y ustedes qué hicieron durante esos once minutos?
— Nada.
— ¿Nada?
— Nada, señora. — Brahim la miró de frente y no la ayudó—. Los tres de pie. Alrededor. Ella en el suelo y nosotros tres de pie mirándola. A dos grados bajo cero. Once minutos. Yo estaba a un metro y no me moví.
— ¿Y ella?
— Ella dijo llama. — Y por primera vez en veinte minutos, Brahim Oulad Sekkat dejó de doblar mallas y no cogió otra—. Yo la oí. Yo estaba al lado. Dijo llama, y lo dijo tres veces, o cuatro. Al principio fuerte. Luego ya no.
———
Lo demás lo contó de pie, con las manos en los bolsillos del pantalón de trabajo, mirando al suelo, y lo contó en dos minutos, porque eran dos minutos de cosas.
— Los capachos son del almacén viejo. De la prensa antigua, de los redondos de esparto.
Tolo abrió y trajo los que hacían falta.
Y dos pesos de hierro, dos de los de la prensa, que pesan como un hombre cada uno.
Y la llevamos detrás de la nave. — Levantó la cabeza y volvió a bajarla—.
A la balsa. La balsa de entonces, la del agua negra.
Estaba allí, abierta, con su valla mala.
— ¿Y el coche?
— El coche lo llevó él a Jaén. — Brahim no dijo el nombre—.
A la estación de los autobuses. Con el bolso dentro.
Y yo detrás, con el todoterreno de la casa, para traerlo de vuelta.
Salimos a las doce menos veinte y volvimos a la una menos veinticinco.
Eso yo lo sé porque cuando entramos en el patio yo miré el reloj de la báscula.
— Se calló—. Y en todo el camino no dijimos nada.
Ni a la ida ni a la vuelta. Dos coches por la carretera de Jaén, a las doce de la noche, y nadie dijo nada.
— ¿Y usted por qué no lo contó?
Brahim se pasó la mano por el pelo gris, dos veces, y se quedó mirando el montón de mallas dobladas, que eran catorce, y Nieves las había contado sin querer.
— Yo tenía veintinueve años y no tenía papeles — dijo—.
Era mi tercera campaña. Yo dormía en una nave con siete.
Si yo llamo al 112 aquella noche, a la mañana siguiente estoy en un avión.
Y en mi casa había cuatro personas comiendo de lo que yo mandaba.
— Se encogió de hombros con un movimiento mínimo—.
Eso es lo que pensé aquella noche. Los once minutos me los pasé pensando eso.
— ¿Y después? Tiene papeles desde 2013.
— Después, ¿qué? — dijo—. Después ya han pasado dos años.
Y luego cinco. Y luego uno va y dice: perdone, yo estuve, yo la vi, yo la oí, y no llamé, y luego la envolví.
— Volvió a coger una malla, por hacer algo con las manos—.
¿Y quién sale de esa habitación andando?
Después ya no es el miedo. Después es la otra cosa.
Nieves se apoyó en la chapa del remolque y no dijo ninguna de las cuatro frases que se le pusieron en la boca, porque las cuatro eran para ella.
— ¿Lo diría delante de un juez? — dijo.
Brahim dobló la malla entera, con cuidado, esquina con esquina, la puso encima del montón, que se quedó en quince, y luego se estuvo un rato con la mano abierta encima del plástico, aplastándolo, mirando el suelo, antes de contestar.
— Sí.
Echó a andar hacia la calle de olivos y se paró a los tres pasos y se dio la vuelta, y el sol de la campiña le daba en la cara, y en catorce años y dos meses aquella era la primera vez que alguien había ido a preguntarle.
— Señora — dijo Brahim Oulad Sekkat—. Yo no tenía papeles. ¿Usted qué habría hecho?
Nieves no contestó.
Ella sí tenía papeles. Tenía un contrato, y una nómina, y un título de la Universidad de Jaén de 2005, y un carné de catadora, y una hipoteca a treinta y dos años, y veintinueve años cumplidos en marzo, y el 12 de diciembre de 2011, a las once y cuarto de la mañana, en una sala a veintiún grados que no olía a nada, había cogido un bolígrafo y había firmado.