Contramuestra
Emiliano Poyatos tenía cincuenta y cinco años, la camisa por dentro, las gafas de leer colgando de un cordón y una manera de escuchar que consistía en no interrumpir nunca y no ayudar nunca.
Y puso, encima de todo lo demás, un folio con un nombre, una dirección, un teléfono y una sola línea escrita a mano con el bolígrafo apoyado en el capó del coche, en un camino de tierra de Torredonjimeno, el miércoles.
— ¿Y qué le contó? — dijo Poyatos, que no cogió el folio.
— Que la sacaron viva.
El sargento se quitó las gafas del cordón y se las puso, y aquello, en aquel despacho, era todo el gesto que un hombre así iba a hacer.
Nieves se lo contó entero. La tolva 2, la bóveda, la rejilla en el suelo, la barra, el borde mojado, el sinfín, el paro de emergencia, la manivela, el suelo del patio, la sangre, el 112 de Tolo, el no.
Los once minutos. Llama. Los capachos de esparto del almacén viejo.
Los dos contrapesos de la prensa de 1957.
La balsa. El coche de Trini en la estación de autobuses de Jaén con el bolso dentro.
El todoterreno de la cooperativa detrás.
Poyatos escuchó los cuarenta minutos con las manos cruzadas encima de la mesa y no dijo ni una palabra hasta el final, y cuando Nieves terminó todavía tardó ocho o diez segundos.
— ¿Ese hombre lo va a repetir aquí? — dijo.
— Sí.
— ¿Firmado?
— Sí.
Poyatos se levantó, fue al archivador de la pared y se quedó de espaldas con la mano en el tirador un rato largo, sin abrirlo.
— El 16 de enero, cuando usted vino aquí, yo le dije que para lo otro hacía falta un cuerpo — dijo—. Y usted me trae uno. Me trae dónde está. — Volvió y se sentó—. Le voy a decir lo que hay, señora Sabariego, y le voy a pedir que no me lo tome a mal, porque yo se lo digo para ayudarla.
— Dígalo.
— Yo esto lo pongo en un atestado esta misma tarde y lo mando al juzgado de instrucción de Jaén. Se lo prometo. — Puso la mano abierta encima del montón de papeles—. Y ahora dígame usted quién ha traído todo esto.
— Yo.
— Usted. — Poyatos abrió la carpeta del expediente que tenía a la izquierda, que era una carpeta fina, de las de un caso que se cerró en tres meses en 2012, y sacó de dentro un folio con un membrete y lo puso encima de todo lo demás, boca arriba, girado hacia ella.
Lo mismo que había hecho el 16 de enero—.
Y en toda esta mesa, el único papel firmado por un técnico dice esto.
Nieves no necesitaba leerlo, porque se lo sabía de memoria desde el 3 de diciembre, desde la mañana en que sacó la carpeta del archivo de Bética y se sentó con ella abierta encima de las rodillas en el suelo del pasillo, sin encender la luz.
Acta de análisis sensorial 2011/1203. Muestra 41-B, contramuestra.
Entrada: 12 de diciembre de 2011. Procedencia: Cooperativa Olivarera de Valdehelada, S.C.A.
Depósito 7. Sesión: 12 de diciembre de 2011.
Mediana del defecto principal: 0. Mediana del frutado: 3,8, identificado como frutado verde.
Categoría: aceite de oliva virgen extra.
Y abajo, a la derecha, en la casilla de firma del catador responsable de la toma de datos, una firma pequeña, apretada, de mujer de veintinueve años con una hipoteca a treinta y dos.
— Yo no soy nadie para decirle a un juez lo que tiene que hacer — dijo Poyatos—.
Pero llevo treinta y un años en esto y sé lo que va a pasar cuando esa carpeta se abra encima de una mesa en Jaén.
El primero que la abra va a leer esa hoja.
Y va a leer que la señora que denuncia que en aquel aceite había un defecto es la misma señora que certificó que no lo había.
— Se quitó las gafas—. Y entonces se para.
No porque nadie sea malo. Se para porque cualquier abogado de este mundo empieza por ahí y termina por ahí.
El ambientador de pino soltó su descarga con un clic.
— Y el hormigón es el 28 — dijo Nieves.
— El hormigón es el 28.
— ¿Y cuánto tarda un juzgado?
Poyatos hizo una cosa que Nieves no había visto hacer a nadie de aquel cuerpo en todo el libro de su vida: apartó la vista.
— Seis semanas — dijo—. Con suerte, cuatro. Y eso si a alguien le entra prisa.
Nieves miró el acta. Su acta. Catorce años y dos meses, cuatro líneas y una firma.
— Entonces quítela — dijo.
— ¿Cómo?
— Que quite usted el acta de la mesa. — Cogió el folio y lo puso boca abajo—. Si lo único que hay en esta carpeta que le da la razón al pueblo es un papel mío, yo lo quito.
— Señora Sabariego, un acta no se quita — dijo Poyatos, después de mirarla un rato largo.
— Un acta se rectifica — dijo Nieves—. Es lo único que se puede hacer con un acta.
———
Bajó a Jaén con la niebla pegada al parabrisas hasta el kilómetro doce y llegó al polígono Los Olivares a las dos menos cuarto, y Ramón Alcalá la recibió de pie, con la puerta del despacho abierta, que era su manera de decir que aquello iba a durar poco.
— Nieves, no.
— Todavía no he dicho nada.
— Llevo tres meses sabiendo lo que vas a decir. — Ramón se quitó las gafas y las dejó en la mesa, y por primera vez desde diciembre no le puso encima la voz institucional—. Siéntate. Por favor.
Nieves no se sentó.
— En diciembre de 2011, la muestra 41 de la Cooperativa de Valdehelada, depósito 7, salió de esta casa con atrojado, mediana tres y medio, frutado cero — dijo—.
Ocho catadores. Yo era una júnior con dos campañas y llevaba la toma de datos.
La contramuestra la repetimos tres días después por orden de Higinio Cabrera, con los mismos ocho, y salió limpia, y yo la firmé.
La 41 estaba bien y la contramuestra estaba mal, y yo lo sabía, y firmé la contramuestra. Eso es lo que voy a escribir.
— Eso no lo puedes escribir.
— Es que ya está escrito, Ramón. Está en el archivo. Lleva catorce años ahí. Solo hay que leer las dos hojas seguidas.
— Entiéndeme — dijo Ramón, que se había apoyado en el borde de la mesa y llevaba un rato mirando la moqueta—.
Yo no te estoy protegiendo a ti. Ojalá fuera eso, sería más fácil.
— Levantó la cabeza—. Si tú registras eso, mañana lo tiene la entidad de acreditación.
Y la entidad de acreditación no va a mirar la 41.
Va a mirar el panel. Y si el panel de esta casa admite que en 2011 repitió una muestra hasta que salió lo que hacía falta, se suspende.
Y si se suspende el panel, todas las certificaciones que hemos emitido desde entonces entran en revisión.
Todas. — Hizo la cuenta con los dedos abiertos encima de la mesa, sin números—.
Cuatrocientas cooperativas, Nieves. Cuatrocientas.
Gente que no ha hecho nada. Gente que no sabe ni que existimos.
— Ya me lo dijiste el 29 de diciembre.
— Y tú me dijiste que lo entendías.
— Y lo entiendo — dijo Nieves—. Lo entiendo perfectamente. Ese es el problema.
Se quedaron los dos callados durante ocho o diez segundos, y por el pasillo pasó el carro de las muestras con la rueda mala, esa rueda que llevaba tres años haciendo el mismo ruido y que en tres años no había arreglado nadie porque a nadie le tocaba.
— ¿Y qué gano yo callándome? — dijo Nieves—.
Dímelo tú, que llevas veinte años haciendo estas cuentas mejor que yo.
Si me callo, el 28 echan cuarenta centímetros de hormigón encima de una chica de veintiséis años y este panel sigue acreditado, y dentro de diez años otra jefa de sesión mira una hoja del archivo y ve dos actas seguidas que no cuadran y hace exactamente lo que hice yo, que es nada.
— Se abrochó el abrigo—. Yo no sé arreglar eso, Ramón.
Yo solo sé una cosa: que el 9 de diciembre de 2011 aquel aceite tenía tres y medio de atrojado.
Lo sabía yo y lo sabían siete personas más.
Y lo único que hay escrito es lo contrario.
— Si registras eso, yo no te puedo tener aquí — dijo Ramón Alcalá, que había cogido las gafas de la mesa y se las había puesto, y con las gafas puestas volvió el director técnico.
— Lo sé.
— No es una amenaza. Es un procedimiento.
— Ya sé que es un procedimiento — dijo Nieves—. Aquí todo es un procedimiento. Por eso está donde está.
———
Lo escribió esa misma tarde, en la sala 2, en la cabina 4, con la puerta cerrada, a mano primero y luego a máquina, y le llevó tres horas y veinte minutos, y no le salió ni una lágrima, porque para lo que estaba haciendo no servían.
Eran dos folios y se titulaba Comunicación de no conformidad sobre acta propia.
Decía la fecha, el número de muestra, el depósito, la almazara y el número de acta.
Decía que el 9 de diciembre de 2011 el panel había dado atrojado, mediana 3,5, frutado 0.
Decía que el 12 de diciembre de 2011 se había emitido un acta de contramuestra con clasificación virgen extra, sin que mediara ninguna incidencia técnica documentada que justificara la repetición.
Decía que la abajo firmante había firmado la segunda acta sabiendo lo que había dicho su nariz en la primera.
Decía, en la última línea, con la sintaxis muerta de los papeles de esta profesión, que la abajo firmante consideraba que el acta de 12 de diciembre de 2011 no reflejaba el resultado analítico y solicitaba su revisión, con todas las consecuencias que de ello se derivaran para su firma y para el alcance de acreditación del panel.
Desde el 4 de julio de 2005, Nieves Sabariego Ariza había firmado cuatro mil ciento sesenta y dos actas.
Con dos folios, las convertía todas en una pregunta.
Lo registró en tres sitios antes de las ocho de la tarde.
En el registro de entrada de Bética, con su sello y su número, delante de la chica de recepción, que no leyó nada.
En el registro del juzgado de instrucción número 2 de Jaén, unido a la denuncia que Poyatos había mandado a las seis y media desde Huelma.
Y en la entidad de acreditación, por sede electrónica, con el certificado digital, a las siete y cincuenta y uno de la tarde de un viernes, que es la hora más honesta que existe para hacer una cosa así, porque a esa hora ya no la para nadie.
Cuando le dio al botón, la pantalla puso un acuse de recibo con un código de veintidós caracteres.
Nieves apagó el ordenador, recogió el abrigo, cerró la sala 2 y dejó la llave encima de la mesa de recepción, que no se la había pedido nadie todavía.
En el aparcamiento del polígono, Sole la estaba esperando apoyada en el coche, con el anorak encima de la bata y sin nada en las manos.
— Ya está hecho — dijo Nieves.
Sole se quedó mirándola con las manos metidas en los bolsillos del anorak.
Tenía treinta y cuatro años, la mejor nariz joven de la provincia y por delante toda una vida de esto: de salas a veintiún grados, de copas azules, de ocho personas que no se pueden hablar y de alguien que un día le iba a decir repítela.
— ¿Y ahora qué? — dijo.
— Ahora nada. Ahora te vas a tu casa y mañana vienes a las ocho y catas lo que te pongan y lo pones tal como te salga.
— Nieves.
— Es que no hay más, Sole. — Abrió la puerta del coche—. Es solo eso. Siempre ha sido solo eso.
———
El sábado 21 a las nueve y diez de la mañana, Ramón Alcalá la llamó al móvil y estuvo cuarenta segundos al teléfono y la mitad fueron silencio.
El burofax llegó el lunes 23 a las once y media, a su piso de Jaén, y lo firmó ella misma en el descansillo, en pijama y con los pies fríos.
Extinción de contrato. Veinte años y siete meses.
El miércoles 25 por la tarde, el juzgado de instrucción número 2 de Jaén dictó un auto de dos folios y medio en el que, a la vista del atestado remitido por el puesto de Huelma, de la declaración prestada el día anterior por un tal Brahim Oulad Sekkat y de la documentación aportada por la denunciante, acordaba la paralización cautelar e inmediata de las obras del nuevo patio de recepción de la Cooperativa Olivarera de Valdehelada, S.C.A.
, y la práctica de diligencias en el emplazamiento de la antigua balsa de decantación clausurada en abril de 2012.
El auto no decía en ninguna de sus dos hojas y media que creyeran a Nieves Sabariego.
Decía que ahora había un expediente.